Conversaciones y novedades

Con los ateneístas

Ángel Gilberto Adame

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1904-1924

 

Carlos González Peña ca. 1910

A diferencia de varios de sus contemporáneos, Ireneo Paz vio con simpatía el advenimiento de los futuros ateneístas y el cambio cultural que enarbolaban. Además de ser un hombre letrado, su buen trato para con estos jóvenes derivó de que la mayoría de ellos fueron compañeros de generación de su hijo Octavio.

     A Pedro Henríquez Ureña —de 22 años— lo calificó como un “distinguido crítico”[1], a Antonio Caso lo consideraba un joven “inteligente”[2] y a Alfonso Reyes, por su parte, incluso le dedicó una nota:


En la última velada que se verificó en la Escuela Nacional Preparatoria, en honor de Henri Moissan, la nota dominante fue, sin disputa alguna, el hermoso y correcto discurso del joven Alfonso Reyes, alumno aventajadísimo de dicho plantel y que siempre se ha distinguido por su talento.

Nosotros, que en alguna ocasión hemos tenido oportunidad de admirar las excepcionales dotes del joven Reyes, ahora quedamos complacidos con el triunfo que acaba de obtener en toda línea; y los aplausos y felicitaciones que se le prodigaron, certifican, y esta es la palabra, que en el más allá y al término de su carrera científica, será un hombre útil y notable. […]

El Sr. General de División, Bernardo Reyes, al saber la victoria ganada por su hijo, de seguro que quedará gratamente satisfecho.[3]


Sin embargo, la relación más cercana con un ateneísta la mantuvo con Carlos González Peña, un joven originario de Lagos de Moreno que emigró a la capital tras la muerte de su padre y que se integró al cuerpo de colaboradores de La Patria el 10 de abril de 1904 con una crónica titulada “En la ribera”. El tapatío tenía casi 19 años cuando conoció a Ireneo y pronto se ganó su simpatía:


El próximo domingo se pondrá en escena en el conocido Teatro Hidalgo […] el drama “El huerto”, original del señor Carlos D. González, compañero nuestro en la redacción de este diario.

Muy joven todavía el señor González [y] quizá no habrá escrito su primera obra como lo deben hacer todos los maestros. Pero de todos modos para nosotros es motivo de satisfacción anunciar el estreno, primero porque vemos en el autor inteligencia y aptitudes; y segundo, porque en el drama se inmortaliza a la clase desheredada, que es a la que pertenecemos nosotros […].[4]


Durante su primer año de trabajo, el joven firmó sus colaboraciones como Carlos D. González —su segundo nombre era Dionicio— hasta que el 29 de agosto de 1905 decidió cambiarlo.

     De 14 de febrero al 20 de abril de ese año, Ireneo le publicó su primera novela, De noche. Al concluir la serie, la imprimió y la promocionó: “La última novelita publicada en el folletín de La Patria escrita elegantemente por nuestro compañero de redacción, [quien es] autor de obras muy aplaudidas”.[5] No obstante, las críticas para su paisano no fueron favorables. Entre quienes lo desestimaron se encontraban Juan José Tablada y Ciro B. Ceballos. En su edición de 2 de septiembre de 1905, La Patria publicó una reseña positiva de José López Goldarás. En ese mismo ejemplar, Ireneo arremetió contra los críticos:


Para aquellos que piensan como los señores Juan José Tablada o Ciro B. Ceballos, el primero poeta y literato, y el segundo que hace críticas como se puede hacer garabatos en un pedazo de papel, sin duda que nada valdrá el artículo de aquel intelectual.

D. Ciro B. Ceballos primero, y D. Juan José Tablada, después, escribieron muchas cosas de la novela y del joven autor jalisciense; cada uno ha demostrado no tener idea (lo diremos con franqueza) de lo que es arte, y se han puesto en ridículo al analizar un libro en cuyas páginas hay documentos de nuestra literatura nacional.

Tablada, que busca originalidad con sus frases de relumbrón, y Ceballos que fustiga sin piedad para imponer sus opiniones, creyeron haber indicado el camino a González Peña. ¡Qué maestros tan cursis!

No hay que esperar nada bueno de los nuestros, y sobre todo de Tablada y Ceballos, que copian, imitan y han falsificado lo que escriben escritores extranjeros.[6]


La afinidad entre González Peña e Ireneo incrementó, a tal grado que el editor lo invitaba a los tradicionales banquetes de periodistas, como uno que ofreció en honor del teniente coronel Félix Díaz.[7]

     En enero de 1906, González Peña concluyó su segunda novela, La chiquilla. La Patria la publicó por entregas de 2 de febrero al 23 de mayo de 1907. Su primera edición en formato de libro, la cual vio la luz ese mismo año, está dedicada a su mentor: “Al Señor Lic. Don Ireneo Paz, veterano de las lides intelectuales, con grande admiración y cariño ofrezco este libro”.[8] Cabe mencionar que ésta fue igualmente editada e impresa por el mismo Paz.

     Ese mismo año, ante el interés del periodista Manuel Caballero —amigo de Ireneo— por revivir la ya histórica Revista Azul de Manuel Gutiérrez Nájera, pero con un viro estético que criticaba la libertad del arte, el grupo de jóvenes intelectuales del cual formaba parte González Peña difundió una “Protesta literaria” el 7 de abril,[9] misma que abogaba por una defensa del “principio de libertad, de universalidad, de eclecticismo, de odio a la vulgaridad y a la rutina”. El manifiesto cerraba con esta proclama “¡Momias, a vuestros sepulcros! ¡Abrid el paso! ¡Vamos hacia el porvenir!”.

     Caballero les respondió con ironía. Dijo que la protesta estaba escrita “en un idioma que se parece al castellano”, y agregó: “Como puede verse por el desentonado tono de ese documento, el sólo anuncio de la aparición de la “Revista Azul”, con el programa anti-modernista, ha levantado ámpula dolorosa en el triste gremio de lesionados del espíritu, a quienes no pretendemos corregir, pero cuyos viciosos ejemplos literarios deseamos atenuar en lo posible”.[10]

     Los dimes y diretes continuaron. Una ruidosa manifestación de estudiantes, a la que asistió González Peña, tuvo lugar el 17 de abril. La mayoría de los periodistas no los tomaron en serio. El Imparcial hizo una crónica del evento: 


Un grupo de jóvenes literatos que ofician de pontificar en el santuario del modernismo unos y del decadentismo otros, con la cooperación del elemento estudiantil, siempre entusiasta, organizaron una manifestación que dijeron ser en honor del esclarecido poeta Manuel Gutiérrez Nájera, pero que en realidad fue para protestar contra la aparición de un semanario de D. Manuel Caballero […].

La manifestación […] llamó la atención pública porque desfiló por las calles más céntricas de la ciudad, formada por unos quinientos estudiantes, tras la banda del Batallón de Ingenieros que facilitó la Comandancia Militar, y a la sombra de un estandarte con flores, en el cual se leía “Arte Libre” […].

Cuando la procesión estudiantil hubo cruzado las calles de Plateros y San Francisco, se internó en la Alameda y se instaló cómodamente en torno del kiosco de la glorieta central.

—Que toquen la “machicha” —gritó un estudiante de la preparatoria, y la banda, obediente, rompió a tocar el popular baile exótico. 

El joven D. Rafael López […] recitó una hermosa composición vibrante y expresiva en honor de Gutiérrez Nájera, para ensalzar su obra y cantar sus triunfos. Los aplausos brotaron a raudales y hubo abrazos y felicitaciones.

Con galana palabra […] el literato dominicano Sr. Max Henríquez Ureña pronunció un esplendido discurso que fue interrumpido por los aplausos y causó impresión agradable por su elegancia, sensatez y elevado criterio. […]

El señor Ricardo Gómez Robelo, en una peroración vehemente y hueca, resultó en desacuerdo con las opiniones del señor Henríquez Ureña y se mostró intolerante y rudo en el lenguaje, sin decir en el fondo nada acertado respecto a Gutiérrez Nájera ni a su obra. Pero los estudiantes, siempre ruidosos y alegres, continuaron prodigando los aplausos.

Para broma.

Otro de los números netamente literarios por su atildamiento, fue el soneto que envió el poeta D. Jesús Valenzuela y que perdió brillo en labios del joven Alfonso Cravioto, por lo mal recitado.
Se escuchó el último paso doble de la banda y terminó la manifestación […].[11]


El 28 de abril aparecieron en la Revista Azul dos réplicas. Una de ellas estaba firmada, entre otros, por Ramón López Velarde: 


Ha llegado a nuestro conocimiento la manifestación ruda y de todo punto injustificada con que algunos escritores modernistas han pretendido atacar el viril programa de Revista Azul. Por estar dicho programa enteramente de acuerdo con nuestras convicciones artísticas y por ser Revista Azul el órgano defensor de los fueros del purismo castellano a la vez que el fustigador del modernismo, creemos un deber hacer constar nuestro fervor por la nobilísima causa que alienta el referido programa, a la vez que protestar enérgicamente contra la punible manifestación a que aludimos.

La vieja bandera tiene sus adeptos. ¡Viva esa bandera![12]


El 18 de julio, González Peña, en las páginas de La Patria, aludió a la esencia de ese debate estético:


En arte pueden admitirse en la actualidad dos marcadas tendencias que, si bien han existido de años atrás, hoy es cuando se disputan el predominio. La preponderancia del fondo sobre la forma o viceversa, es cuestión asaz vieja. […] Sería inútil, pues, discutir lo que discutido está. Cansar al lector con lo que Robert llamaría los cachivaches de antaño. El buen gusto aconseja que nunca se dé el predominio al uno o a lo otra, en razón de que la belleza es resultante del equilibrio que reina entre ambas. Aquellos que guiados por fanatismos de escuela han llevado sus preceptos históricos hasta el extremo de practicarlos en sus propias obras [...], no han logrado otra cosa que el olvido.[13]


Ireneo terminó apoyando a los jóvenes, lo que no solamente prueba su compromiso con el arte sin coyunturas, sino confirma la libertad de expresión que La Patria significaba para la conversación artística. Así, aplaudió su iniciativa de organizar conferencias literarias:


La juventud literaria de México, que va revelándose batalladora y entusiasta por el arte, dará un nuevo y segurísimo impulso a la cultura nacional.

Tan poco es lo que se habla de letras; tanta la indiferencia con que la multitud las observa, y tan absoluto el desconocimiento de los literatos célebres, que la idea de vulgarizar el conocimiento de la más alta de las bellas artes, parece sorprendente y admirable. [...]

Felicitamos calurosamente a la juventud literaria, que alimenta sanos y altísimos ideales. Ahora demostrará que es capaz de grandes cosas, contra el sentir de algunos rutinarios que no quieren ver en ellos pensamientos grandes y alteza de miras.[14]


La última colaboración de González Peña en La Patria coincidió con su venta. Su crónica de ese número se tituló “Balcones de ayer y de hoy”. Con esa nota concluyó un trabajo conjunto que duró más de cuatro años. En ese mismo número, el joven jalisciense, en unión de Liborio Fuentes, Samuel G. Ávila y Ranulfo Penagos, suscribió el siguiente agradecimiento:


El Sr. Lic. Don Ireneo Paz se retira. Bien merecido lo tiene. Ha laborado mucho, ha combatido demasiado y siempre victoriosamente en pro de sus ideales, desde los ya lejanos tiempos de su mocedad, hasta ahora, en que el crepúsculo de su vida trocó en su espíritu los viejos entusiasmos, la juvenil y divina acometividad, en una apacible, en una dulce reflexión serena.

Va, como los guerreros de la leyenda, a cambiar la vida azarosa de la lucha, por la tranquila del hogar, al lado de los suyos, que tanto le aman.

Y en este memorable día, cuando la pluma tiembla entre nuestros dedos, merced a la emoción creciente, no podemos menos de darle una pública despedida, que tendrá sobre ser íntima, el mérito de ser más solemne.

Él ha sido nuestro maestro, y lejos de encontrar en su ánimo la altivez del superior, hemos hallado una dulce bondad paterna.

Vea, pues, en estas líneas, a más de nuestro agradecimiento, el último y efusivo apretón de manos para el que hasta hoy fue nuestro Director, y continuará siendo nuestro amigo.[15]


Tres años después, el 12 de marzo de 1910, Ireneo felicitó encarecidamente a González Peña por la publicación de su nueva novela, La musa bohemia:


Tal es el título del nuevo libro que ha publicado nuestro amigo y compañero que fue en la redacción de nuestro diario, señor Carlos González Peña […] La edición es muy bonita, puesto que está hecha en España, y la novela, pues de una novela se trata, es deliciosa, por su asunto, por su novedad, por su lenguaje y por el tono verdaderamente inspirado con que está escrita.[16]


Años más tarde, en Historia de la literatura mexicana (1928),[17] ese vasto y erudito libro dedicado a “la memoria de todos los escritores que con abnegación y nobleza han trabajado durante cuatro siglos por la cultura de México”, y que pretendió “abarcar en conjunto la literatura mexicana desde sus orígenes hasta nuestros días”, González Peña condensó en una sola obra lo que, a su juicio, “bien podrían llenar sendos volúmenes”. Si bien es cierto que el ateneísta no fue el primero en acometer dicha tarea, también lo es que, a la postre, el tiempo consagró su esfuerzo por encima de otros estudios e investigaciones de la misma naturaleza. No por nada, la Historia de la literatura mexicana ha sido una de las bibliografías referentes en la educación pública de nuestro país.

     El nombre de Ireneo Paz es mencionado en dos ocasiones a lo largo de esta obra. La primera y menos relevante, en realidad, hace referencia a la edición de la Historia general de las cosas de Nueva España, de Fray Bernardino de Sahagún, que publicó Paz entre 1890 y 1895. Ésta, de acuerdo con González Peña, reprodujo la edición de Carlos María de Bustamante, que vio la luz en México entre 1829 y 1830, la cual calificó de “defectuosa” debido a que Bustamante “hizo alteraciones y supresiones graves, y sembró el libro de comentarios pueriles”.

     La segunda ocasión que González Peña menciona a Ireneo en su Historia de la literatura mexicana es cuando esboza su perfil literario, mismo que ubica en el apartado de la novela histórica, junto a autores del mismo género y época como Juan A. Mateos (1831-1913), Enrique de Olavarría y Ferrari (1844-1918) y Heriberto Frías (1870-1928):


D. Ireneo Paz (1836-1924), periodista y autor de las muy interesantes memorias intituladas Algunas campañas, produjo, asimismo, abundantemente, novelas del mismo género; aparte de Amor y suplicio y Doña Marina, las más celebradas, escribió seis leyendas históricas de la época de la Independencia, y trece más, consagradas a personajes del período de la Reforma hasta nuestros días.


Un siglo después, el título de un breve perfil de Carlos González Peña publicado por la revista Mexicanísimo[18] enmarcaría en tres contundentes palabras el imaginario que se tiene de este escritor: Un ilustre desconocido. Sin embargo, encasillar a González Peña solamente como el autor de su obra más conocida, su Historia de la literatura mexicana, sería soslayar una amplia y diversa carrera que tuvo en su centro a la historia, el pensamiento y la palabra escrita. Como funcionario del Museo Nacional, comentarista literario, novelista, ensayista, historiador, cofundador del Ateneo de la Juventud, catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, González Peña dedicó su vida al estudio y goce de la literatura, así como a la crítica y el registro de la cultura. 

     Recordar la obra de González Peña es, en cierto modo, iluminar la importancia que Ireneo Paz tuvo en su vida. A simple vista puede argumentarse que su presencia significó una especie de piedra de toque en la construcción de su perfil intelectual. No solamente por la oportunidad que representó para González Peña comenzar a escribir tan joven en La Patria, o la publicación de sus primeras novelas, sino también por la admiración y el interés mutuo de ser parte de la conversación cultural del momento —y todos aquellos intercambios de ideas y afectos que, con el tiempo, edificaron su amistad. 



[1] “Banquete”, La Patria, 1º de julio de 1906, p. 2.

[2] “Banquete en honor del señor licenciado Rodolfo Reyes”, La Patria, 5 de febrero de 1905, p. 2. Al convite que da cuenta esta nota, también asistió Octavio. Caso fue el orador principal.

[3] “Nuestra felicitación al joven Alfonso Reyes”, La Patria, 24 de marzo de 1907, p. 1.

[4] “Estreno en Hidalgo”, La Patria, 12 de noviembre de 1904, p. 1.

[5] “Biblioteca de La Patria”, La Patria, 27 de abril de 1905, p. 3.

[6] “Carlos González Peña”, La Patria, 2 de septiembre de 1905, p. 2.

[7] Cfr. “Banquete de periodistas”, La Patria, 11 de febrero de 1905, p. 1.

[8] González Peña, Carlos. (1907). La chiquilla. Tip y Encuadernación de Ireneo Paz. 

[9] Fue publicada en la prensa al día siguiente en El Diario, en su sección “Lunes literario” (página 8). Luego fue difundida por otros rotativos.

[10] Manuel Caballero, “Protesta de los modernistas”, El Entreacto, 11 de abril de 1907, p. 2.

[11] “Manifestación de estudiantes”, El Imparcial, 18 de abril de 1907, p. 2.

[12] “Contra-protesta”, Revista Azul, 28 de abril de 1907, p. 4.

[13] Carlos González Peña, “El preciosismo”, La Patria, 18 de julio de 1907, p. 1.

[14] “Conferencias literarias”, La Patria, 4 de junio de 1907, p. 1.

[15] “A nuestro director”, La Patria, 30 de abril de 1908, p 1.

[16] “La musa bohemia”, La Patria, 12 de marzo de 1910, p.1.

[17] González Peña, Carlos. (1966). Historia de la literatura mexicana: Desde los orígenes hasta nuestros días. Editorial Porrúa.

[18] Flores, Javier. (2019, 9 de agosto). “Carlos González Peña: Un ilustre desconocido”. Mexicanísimo