Conversaciones y novedades

María: la mujer que no olvida

Ángel Gilberto Adame

Año

1929

Tipología

Novedades

Lustros

1930-1934
1935-1939

 

Originaria de una familia de escasos recursos, María de los Ángeles Farías y Balleza nació el 6 de octubre de 1913[1] en la capital del país. Fue la primogénita de la unión de Cruz Farías y Ángela Balleza—según Mauricio Magdaleno, “unos artesanos que nunca conocimos”[2]—, y tuvo otros tres hermanos: Margarita, Cruz Alejandro y Mario.

     Debido a sus dificultades económicas, optó por una carrera técnica e ingresó a la escuela “Corregidora de Querétaro”, plantel de educación secundaria de carácter industrial para señoritas.[3] Ricardo Cortés Tamayo afirma que su afinidad a San Ildefonso nació “con motivo de unos ocasionales cursos de trabajadoras sociales”.[4]

     Su talante combativo la ubicó de inmediato en dos de los movimientos más importantes de fines de la década de los veintes: el paro que detonó en la autonomía universitaria y el vasconcelismo. Dada su juventud, desde un principio se le conoció como “la mascota” estudiantil.

     De tez apiñonada, ojos grandes, profundos y oscuros al igual que su cabello, la joven, de belleza sencilla, resaltaba sus cualidades naturales con pequeños detalles como un par de pendientes, los labios colorados y las cejas cuidadosamente delineadas. Contrario a lo que demuestra el testimonio fotográfico de la época, Magdaleno la rememora “morenucha, 17 o 18 años. Lo único que la agraciaba eran los ojos, mexicanísimos, oscuros y húmedos y así de grandotes. Vestía tan pobremente como nosotros y con un descuido poco femenino”.[5] Así bien, José Alvarado cuenta que “un día apareció en el patio de la Preparatoria una muchacha de vestir muy humilde, carente del menor afeite y con unas medias negras de popotillo; jamás asistió a lección alguna y para defender su castidad inventó un defecto anatómico; la protegía más su falta de desodorantes”.[6]

     María fue una víctima más de las bromas estudiantiles y desde un principio fue bautizada como “Febronia”. El apodo fue tan popular que incluso dio nombre a un periódico de propaganda juvenil. Roberto Atwood recuerda el origen del mote: “Se le decía ‘Febronia’ como se le decía también a Baltasar Dromundo ‘Febronio’, que eran los tipos que sin ser estudiantes siempre andaban con ellos”.[7]

     En la huelga de mayo de 1929, María tuvo una destacada actuación. Se le podía ver “en la Preparatoria, cuna de su fama, y por la Facultad de Derecho y también por Medicina y por San Carlos, y aun llegó a Ingeniería, en las calles de Tacuba. Aunque no nos atrevemos a confirmar llegara a tanto como hasta Tacuba, el pueblo, y a las aulas de Ciencias Químicas”, según Cortés Tamayo.

     Dada su juventud, tuvo mayor afinidad con “las Jijas”, una beligerante pandilla integrada “por una docena de chamacos de 17 a 19 años a los que en vano tratábamos de impedir que se echasen a la calle. De tanto regañarlos, aprendimos sus nombres: Bonifacio Moreno, Enrique Ramírez y Ramírez, Raúl Calvo, Juan Madrid, Rodolfo Dorantes y Bernardo Félix Ruiz”.[8] Aunque fue amigo de ellos, Octavio Paz no formó parte de esa agrupación, pero José Alvarado le atribuyó a María un amor secreto por el joven de Mixcoac. “Aunque debe de haber sido falso pues jamás entendió sus poemas”.[9]

     Según recordaría la propia María, “el 23 de mayo bien pudiera ser conmemorado por los estudiantes de nuestro país como la fecha en que un grupo de muchachos indefensos y deseosos de salvaguardar los intereses colectivos, dieron un formidable ejemplo de civismo a las fuerzas armadas del Gobierno, que fueron a atacarlos en su propia escuela, como si se tratara de un grupo de malhechores”.[10]

     Años después, María haría el recuento de ese histórico momento:


Ese día, dice, como a las diez de la mañana, estábamos en la Facultad de Leyes celebrando una junta, en la que deberíamos tratar sobre si se llevaba a cabo el movimiento de huelga proyectado o si antes se recurría a otros medios para auxiliar a los estudiantes de Leyes. 
La reunión era pacífica, pero, de pronto, llegaron los bomberos a dispersarnos y todos salimos en desbandada, escapando cada quien por donde mejor pudo.

Allí resultaron heridos los estudiantes Abelardo Ávila y Baltasar Dromundo [y] una hermanita del estudiante Miguel Cuauhtémoc Delgadillo, que vivía en una casa frontera a la Facultad de Derecho, al ver la forma en que los bomberos atacaban a los estudiantes, cogía con sus manos las macetas de su balcón y las arrojaba, una a una, sobre los agresores.

La Escuela de Medicina, […] estaba en contra del movimiento. Pero después de ver la forma en que los estudiantes habían sido tratados por los bomberos, se unieron a nosotros.

Con carácter de urgente se citó para una reunión, que se inició en el Salón de Actos de Medicina a las 6 de la tarde, con asistencia de casi la totalidad de los estudiantes universitarios y no universitarios, cuyos ánimos ya estaban exaltados.

Estábamos en esta asamblea cuando llegaron otra vez los bomberos, pero ahora acompañados de un pelotón de soldados armados, que comenzaron a disparar sobre los estudiantes.

Los muchachos se parapetaron en las azoteas de la Escuela de Medicina para repeler la agresión, contando para ello con ladrillos y piedras que otro grupo de muchachos, entre los que yo me encontraba, les llevábamos.
Dos largas horas se había sostenido esta penosa situación, cuando se presentó en la Escuela de Medicina el doctor José Manuel Puig Casauranc,[11] quien arengó a los muchachos y les ofreció toda clase de seguridades para que abandonaran el edificio y efecturan, si querían, la manifestación que tenían proyectada.
Confiando en las palabras del doctor Puig Casauranc, […] se organizó una gigantesca manifestación estudiantil que, en forma ordenada salió a las 8 de la noche y se dirigió rumbo a los principales periódicos, para protestar por los hechos del día.

Al volver la esquina de la Avenida Juárez e Iturbide, […] para dirigirnos a la redacción de “El Universal”, nos salieron al encuentro tres carros de bomberos, que, comenzaron a bañarnos con sus mangueras y siguieron propinando golpes a diestra y siniestra.

Yo, con estudiantes, me refugié en “El Universal” y resulté ilesa. Pero los otros muchachos no tuvieron la misma suerte. Aurelio Vallado recibió un balazo, y fueron centenares los que resultaron con golpes contusos de más o menos gravedad.

Fue tal la saña de los atacantes, que una de las hachas que usan los bomberos quedó incrustada, al lanzarla contra un grupo de estudiantes que, por fortuna pudieron esquivarla, en la pared del edificio que se encuentra frente al que ocupa “El Universal”, en las calles de Iturbide.

Una vez que los bomberos hubieron despejado el campo, ya bien entrada la noche, todos nos dirigimos a nuestros respectivos domicilios.[12]


Una vez conseguida la autonomía para la Universidad Nacional, los estudiantes apoyaron la campaña presidencial de José Vasconcelos. Para Magdaleno, “las mujeres […] tras oír nuestros anatemas y nuestro llamado a una vida mejor, se dejaban ganar fácilmente por la emoción y acababan siendo nuestras más activas propagandistas”. En Las palabras perdidas, su crónica del movimiento, le dedica un capítulo a las jóvenes que los apoyaron, ocupando María un primer lugar:


Una entre todas —tal vez la más humilde y legendaria de las mujeres del vasconcelismo—, se puso a nuestro lado una noche, y otra, y otras y siempre […]. Nos molestaba verla pegada a nosotros cuando salíamos a improvisar mítines en las más apartadas zonas de la ciudad: algo así como un temor marinero a la mala suerte. Tratábamos de echarla, ordenándole que se largase al partido y se pusiese a despachar la correspondencia del día, y como si nada. Tuvimos que tolerarla y a poco andar ya no podíamos pasárnosla sin ella. Un giro de las noches del invierno de 1928 que desembocarían en las palpitantes y claras de enero de 1929, revive en mí como un fluido de esos que hablan los espiritistas, un fluido que emanaba físicamente de ella y no sé si sería una pluma de airón o el revuelo de un mechón del lacio pelo negro.



1929. María a la derecha del candidato José Vasconcelos


Durante los preparativos para la convención nacional que debería culminar con la designación de Vasconcelos como candidato del Partido Nacional Antirreleccionista, los jóvenes integrantes del Frente Nacional Renovador carecían de experiencia en esas lides. Así, designaron a Inés Malváez[13] como la responsable de “poner en orden nuestras no siempre claras actas y, auxiliada por Carmelita Cantoral, Cuca Moreno Sánchez, María de los Ángeles Farías y demás muchachas de nuestro grupo, organizó nuestra representación en la convención”. Según Magdaleno, “nosotros acopiábamos el material humano y ella lo discernía y calificaba”.

     Dentro de la desigual contienda, los jóvenes varias veces fueron golpeados. Cortés Tamayo evoca una de esas ocasiones:


Un tercer maltrato más, que hubo otros, pero sería cuento sin cuenta, sucedió en el Jardín de San Fernando, al brillo nocturno de la espada de Vicente Guerrero y la cercanía del mausoleo sagrado de Benito Juárez, cuando ya las palomas en las tallas de la iglesia estaban durmiendo. El mismo grupo de Santa Catarina fuimos allá, en la esquina sureste del Jardín había, muy mal colocado sobre la orilla de la acera, un bote de basura de gran tamaño, que entonces había depósitos de basura en las calles metropolitanas, y su tapa fue nuestra tribuna; fui el primero en hablar y no había concluido cuando en la acera de enfrente apareció el mismo escuadrón de choque de Santa Catarina. Enrique Ramírez y Ramírez me remplazó en la tribuna y lo hizo tan severamente contra la imposición y sus esbirros que el escuadrón no esperó más, se nos echó encima a bastonazos de fierro forrados de goma y quién sabe cuántas cabezas se hubiesen quebrado si no aparece María de los Ángeles […] y reprochó con palabras durísimas a los agresores.[14]


Tras la derrota y el exilio de Vasconcelos, vino la desilusión: “La pobre María de los Ángeles aulló otra noche, estrafalariamente, frente al Teatro Lírico, que el único presidente era Vasconcelos y que México debía, si aún quedaba algún sentimiento de honor nacional, mantener viva la protesta contra el fraude”.[15] Sin embargo, María ya no se despegó del Barrio Universitario. Sin ser miembro formal de la Unión de Estudiantes Pro Obrero y Campesino, al no ser bachiller acreditada, se sumó a sus trabajos.


1933. María participa en la dotación de bibliotecas rurales


     Durante los debates por la educación socialista en 1933, María defendió la libertad de cátedra y apoyó al rector Manuel Gómez Morin, lo que la alejó de sus amigos más radicales. De esas lides, Bernardo Ponce la recuerda “morena, ni fea ni bonita, descuidada, llevando encima de su modesto vestido una chamarra negra de piel no bien curtida, por lo que, el olor, no era grato. A veces dormía en una banca de la Facultad de Derecho, o en algún rincón de la Escuela Preparatoria de San Ildefonso”.[16] A pesar de que “los estudiantes le gastaban bromas —y ella les contestaba en el mismo o parecido lenguaje que empleaban aquellos—, su identificación con el medio estudiantil, con la ‘raza’ universitaria, era de una lealtad a toda prueba”.[17]

     En esa etapa, su labor consistió en infiltrarse en los grupos más dogmáticos y proporcionar “noticias recogidas en la Escuela Preparatoria, cuartel general de Lombardo Toledano y sus seguidores”.[18]

     Tras esa aventura, María retomó a sus viejas amistades. Cortés Tamayo afirma que fue “clamor entusiasta cuando bajo los arcos y entre las columnas del alma mater, la Prepa Grande, la escuela única, resonó el grito libertario de Lázaro Cárdenas”.[19]

     En junio de 1934, asistió al Congreso de Mujeres Intelectuales contra la Prostitución que tuvo lugar en Mérida. Los congresistas dirigieron su atención a ese y otros males sociales. Según Andrew Grant Wood, María y el doctor Francisco Reyes, junto con otros delegados, “alentaron a los mexicanos a evitar a Agustín Lara por completo, ya sea en el escenario, en la radio, en el cine o en las revistas de entretenimiento”, ya que “todas sus canciones contienen un erotismo acentuado, lo que contribuye a la continua explotación de las mujeres”.[20]

     Alfonso Taracena, al dar cuenta de la propuesta de María, afirmó que “una señora Monterrubio sugirió que en ese caso debía invitarse, ‘como medida política y diplomática’, a Lara para que forme parte de la Misión Permanente del Congreso Contra la Prostitución. Allí estaría en su lugar, pero sobre este punto no se llegó a ninguna conclusión porque se dijo que se quitaría toda seriedad al Congreso”.[21]

     La prensa tomó a broma la petición de María. El compositor “se defendió tranquilamente afirmando que nunca tuvo la intención de ofender a nadie, y mucho menos a las feministas. Le dijo al reportero que sus canciones representaban sólo una humilde expresión de su forma de pensar y sentir.  Haciéndose eco de estos sentimientos, El Universal Gráfico publicó una columna titulada ‘Sociología cándida’, que proclamaba: ‘Si bien la misión [de las feministas] contra la prostitución es noble, su idea de censurar las canciones de Lara está equivocada. Seguramente el erotismo de las canciones de Lara no ha deshonrado a ninguna mujer. Además, las mujeres no se prostituyen simplemente por una canción’.”.[22]

     A pesar de este tropiezo, su compromiso con la instrucción se mantuvo incólume. Así, el 16 de agosto de 1936 representó a las autoridades de la Secretaría de Educación Pública en un acto de dotación de libros a campesinos de Tulancingo, Hidalgo.

     El 7 de abril de 1938, falleció su padre, Cruz Farías, dejando a María aún más sola, y obligándola a conseguir un empleo para obtener el sustento necesario para ella y sus hermanos. Hacia 1940, inició una relación con el periodista Guillermo Ávila de Mendoza y tuvo un hijo, Guillermo Federico. Olvidada por sus antiguos camaradas, vivió “modestamente en su pequeño apartamento de las calles de Mina, al lado de su madre y de su hijo Guillermo, y trabaja en la Biblioteca del Instituto Politécnico Nacional, con el cargo de ‘Técnica en Bibliotecas’”.[23]

     El viernes 10 de junio de 1949, unos quinientos miembros de la generación de 1929 se reunieron para conmemorar el vigésimo aniversario de la consecución de la autonomía universitaria. Aunque el recuerdo de María se preservó en las anécdotas de los comensales, su nombre no figuró entre los convidados.

     En 1952, al ser designado secretario de Hacienda Antonio Carrillo Flores y Raúl Salinas Lozano, titular de la Dirección de Estudios Hacendarios, fue parte de su equipo de trabajo, integrado, entre otros, por Ernesto de la Torre Villar, Elí de Gortari, Catalina Sierra de Peimbert y Antonio Helú Atta.

     En diciembre de 1962, el secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, le concedió un reconocimiento “por los servicios administrativos que durante más de 25 años ha prestado a las instituciones educativas del gobierno de la federación”. Homenajes similares recibiría del ministro Agustín Yáñez, ya que vivió entre los libros, su pasión, su vida.


ca. 1965. Mría recibiendo un reconocimiento del secretario de Educación Pública Agustín Yáñez


     Su nieto Rafael Ávila Neira la evoca como “una persona seria, cariñosa, hermética, muy propia, muy de protocolo, muy austera”, ocupada en sacar adelante a su único hijo como madre soltera —que alcanzaría el grado de ingeniero del IPN—, reservada del pasado que le tocó vivir, donde decidió ser una voz por el cambio para la mujer, el estudiante y el campesino, y que, al “igual que tantas mujeres nacionales y extranjeras, hizo lo mejor desde su trinchera, no por el reconocimiento póstumo, sino porque, sólo actuando, se catalizan los cambios de una sociedad hacia lo correcto”.

     “Ser mujer en 1940, ser madre soltera, trabajar y luchar porque un libro fuera su arma y su ideal, el sello que quería para un cambio para la mujer: igualdad de participación y dignificación de su rol en la sociedad”, puntualiza Rafael.

     El 27 de febrero de 1987, víctima de un infarto, falleció la célebre María de los Ángeles Farías y Balleza. Tenía 75 años. Está enterrada en el Panteón de Dolores junto con su madre y su hermana.


*Agradezco por su amable colaboración en la investigación y en la redacción de este artículo a Ana María y Rafael Ávila Neira.



[1] Debido a que no ha sido posible localizar el acta de nacimiento de María y en su acta de defunción se declara que falleció a los 75 años, es posible que su nacimiento se ubicara un año antes. 

[2] Mauricio Magdaleno, Las palabras perdidas, México, FCE, 2015, en línea.

[3] Claude Fell, José Vasconcelos. Los años del águila (1920-1925), México, UNAM, 1989, p. 195.

[4] Ricardo Cortés Tamayo,“En la mirada de”, Zona Paz.

[5] Magdaleno, op. cit.

[6] José Alvarado, “En la mirada de”, Zona Paz.

[7] Roberto Atwood, “Sobre la UEPOC”, Zona Paz.

[8] Cortés Tamayo, op. cit,

[9] Alvarado, op.cit.

[10] Carmen Báez, “Revelaciones de Febronia, la ‘mascota’ estudiantil”, El Nacional, 3 de mayo de 1949, pp. 1 y 3.

[11] En ese momento, Puig Casauranc desempeñaba el cargo de jefe del Departamento del Distrito Federal.

[12] Carmen Báez, op. cit.

[13] Durante el constituyente de 1917, la profesora Inés Malváez adoptó una posición antisufragista, contraria a Hermila Galindo, porque las mujeres “estaban bajo la férula del clero”.

[14] Op. cit.

[15] Magdaleno, op. cit.

[16] Bernardo Ponce, Rapsodia mexicana. Cuando el marxismo llegó al gobierno, México, Edamex, 1982, p. 69.

[17] Ibidem.

[18] Ibidem.

[19] Cortés Tamayo, op. cit.

[20] Andrew Grant Wood, Agustin Lara: A Cultural Biography, Nueva York, Oxford University Press, 2014, pp. 91 y 92.

[21] Alfonso Taracena, La verdadera revolución mexicana (1932-1934), México, Porrúa, 1992, pp. 391 y 392.

[22] Grant Wood, op. cit.

[23] Carmen Báez, op. cit.


Artículos relacionados