Conversaciones y novedades

Juan Marinello en México

Ángel Gilberto Adame

Año

1933

 

Juan Marinello en México, 1933

               Hace quince años, en la hermosa edad de los treinta y

cuatro, me acerqué a esta tierra sorprendente, contradictoria,

                            cautivante y profunda […] el encontronazo con México

 es como un deslumbramiento enervante y paralizador.[1]


A principios de 1933, el general Gerardo Machado, admirador de Mussolini, ejercía con mano de hierro su octavo año en el poder en Cuba, entre un descontento creciente de la oposición en la que estaba el comunista Juan Marinello. 


          Como narra Ana M. Suárez Díaz, en septiembre del año anterior, fue asesinado el líder del Senado cubano y consultor del presidente Machado. En venganza, el gobierno presentó una lista de personas a quienes se debía eliminar y alguien le hace saber que su nombre figuraba ahí:

Su amigo, el martiano mexicano Camilo Carrancá y Trujillo, enterado de los acontecimientos, […] le instaba, igual que el escritor cubano José Antonio Ramos, desde Veracruz, a un rápido traslado a este país. […] Después de mucho dudar, ocurrió un segundo asesinato: el de un distinguido porrista (cuerpo represivo machadista), y desde el mismo velorio se creó el espíritu de revancha. Allí se dispuso que pagaran dos catedráticos: los doctores Gustavo de Aragón y Juan Marinello. […] Un alto funcionario del gobierno instó a la esposa de Marinello que convenciera a su marido de que saliera de Cuba lo antes posible. Ese segundo acontecimiento sí logró que Marinello le comunicara de inmediato a Adolfo Cienfuegos Camus, embajador de México en Cuba en aquel momento su deseo de salir al exilio.[2]


          Arribó a Veracruz el 26 de marzo en el vapor “Orinoco”. Durante el viaje escribió: “Tengo emoción al llegar a esta tierra un poco enigmática y contradictoria. Veremos y diremos”[3].  El 2 de abril, la prensa daba cuenta de su llegada:

El doctor don Juan Marinello Vidaurreta, catedrático de la Universidad de la Habana y uno de los hombres de más significación en Cuba, acaba de llegar a esta capital, procedente de su país, escapando a la persecución del dictador Machado.  Le tocó en suerte refugiarse en la Embajada de México en aquella ciudad […]. 

          Su viaje a México era una vieja deuda espiritual que, según dice, tenía que cumplirse de un momento a otro, y nada lo ha complacido más que realizarla, amparado por la bandera de nuestra patria en una ocasión tan azarosa como la que en estos momentos ofrece Cuba en el panorama de las angustias contemporáneas.[4]


          La visita del exiliado cubano sucedió en los tiempos de las imputaciones de antinacionalismo contra los Contemporáneos y del juicio a Jorge Cuesta y Rubén Salazar Mallén por la revista Examen. Uno de los más fervientes defensores de “lo nuestro”, Ermilo Abreu Gómez, lo recibió con una carta pública:

Llegas a México en el momento en que se inicia nuestra renovación literaria.  Los que menos la advierten son los de casa; sumidos en la niebla de normas inveteradas, no han podido mirar la luz que se enciende sobre el horizonte.  Allá ellos.  Tienen ojos y no ven. Conócela mejor los que vienen del rincón de su provincia, o los que llegan de fuera, como tú.  Conócela mejor, porque las distancias amplían el ángulo de visión y permiten, en paz, averiguar antes la verdad que predicar lo conveniente.  Así no hay engaño posible.[5]   


          Al percibirlo afín a su postura, Abreu Gómez, le hace una síntesis de la polémica:

No hay, pues, en México, dos literaturas, una buena y otra mala, sino dos clases de hombres: unos capaces de penetrar el sentido de responsabilidad como miembros de un todo que trata de organizarse, que es la patria, y otros que no alcanzan la actitud solicitada por las corrientes propicias de México.  Estos últimos se atienen al idioma escrito: sus obras no son sino el remedo de otras literaturas concebidas bajo otros meridianos, bajo otros principios, ¡elaborados quién sabe cómo!  en otros crisoles y con otros metales.  No hacen sino cultivar un procedimiento de calca y de mimetismo.  Su labor es de engaño porque con ella simulan una universalidad.  Se rinden a la porquería del criollo y del mestizo, que se avergüenza de su casta y quieren simular el ejercicio de una cultura para la cual les falta alma y pellejo.[6]  


          En ese momento, las ideas de Marinello transitaban hacia un nacionalismo que mezclaba el marxismo-leninismo con el pensamiento de José Martí[7], por lo que no le resultó difícil simpatizar con la postura de Abreu Gómez. Por otro lado, el antillano también era esperado por algunos de los Barandales, los cuales comulgaban con sus posiciones políticas e incluso, un año antes, publicaron su texto “Plástica y poética”[8].  


          En esa época, el joven Octavio Paz cursaba el segundo año de la carrera de Derecho y asistía, de oyente, a algunas clases en la Facultad de Filosofía y Letras —ubicada en el patio chico de la preparatoria—, dirigida por Enrique O. Aragón. Además, Paz asistió a la conferencia de Aldous Huxley el 21 de abril, inició su amistad con Cuesta y empezó a vivir el entorno que dio lugar a los primeros debates sobre la educación socialista. 


          Marinello se instaló en la segunda calle de la Dalia número 19. A sus amigos isleños les confesaba que su adaptación no había sido fácil: “De salud bien, todo lo bien que puede sentirse un cubano, hombre del mar enfrente en este nido de águilas. Pero ya la opresión, la sordera, las palpitaciones que trae la altiplanicie van disminuyendo y pronto estaré plenamente adaptado”[9].  De su patrimonio, decía que “no ando bien. Mal del todo, tampoco. Tengo algo que esperar a que se pueda por tierra de Anáhuac ganar las dos pesetas diarias”[10],  y de su impresión sobre la metrópoli afirmaba que “el paisaje, ya sabes, inexpresable. Los hombres cordiales, finos y exigentes. Los intelectuales en una postura apolítica que creo culpable e inconsistente. El ambiente enrarecido por cosas que van a llegar. La ciudad potentada de sorpresas y monumentos espléndidos”[11]


          El intelectual cubano buscó acomodo en la Universidad. Paz, Rafael López Malo, Salvador Toscano, entre otros[12],  encabezaron a los estudiantes que solicitaron al rector Roberto Medellín una cátedra para él y sumaron a su campaña a personajes como Agustín Yáñez, sin embargo, esto no fue posible en un primer momento. El 27 de abril, Marinello escribió: “No sé si cuajará mi Curso sobre Martí en Altos Estudios[13].  Numerosos estudiantes lo han pedido al rector de la Universidad, pero hay la dificultad de que está terminando un semestre y la provisión de fondos no se hace sino al comenzar el otro, en junio”[14].  


          Vicente Lombardo Toledano, en su carácter de director de la Preparatoria, ofreció una solución temporal y abogó por él:

De acuerdo con las pláticas tenidas por el suscrito con usted […] y tomando en consideración la relevante personalidad del señor doctor don Juan Marinello de la Universidad de la Habana, así como los servicios que nuestro país le debe como intelectual distinguido de Iberoamérica, por haber defendido a México durante los últimos veinte años desde la tribuna de la cátedra y del periodismo, y tomando en consideración asimismo que el mencionado señor Marinello se encuentra en nuestro país exiliado a consecuencia de la situación que prevalece en Cuba, tengo el honor de proponerlo a usted como profesor interino[15] de Literatura General, para que desempeñe una de las cátedras de esta materia en la Escuela Nacional Preparatoria.


          El 29 de abril, Medellín accedió y desde el primero de mayo, Marinello comenzó a impartir su clase en San Idelfonso los días martes, jueves y sábado de 7 a 8 horas:

Ya estoy dando mis clases […]. Explico el segundo curso, es decir, del Renacimiento hasta nuestros días. Estamos ahora en la picaresca española, cosa de grandísimo interés. […] Creo que mi obra entre los muchachos será al menos útil. Estamos trabajando como colaboradores, leyendo y comentando juntos los textos y hay entre estos estudiantes un cariñoso respeto invita a traspasar la simple obligación profesoral.[16] 


          El 23 de mayo, el doctor actualizó a sus amigos de sus andanzas mexicanas:

He sido recibido con una cordialidad excesiva. Esta gente, tan calumniada, es excelentísima, créalo. Los escritores andan a la greña, pero los escritores no son, por fortuna, un pueblo. Y el pueblo tiene aquí unas reservas inagotables de bondad y sensibilidad acusadísimas. […] Ya sabe que tengo una cátedra que me da mucho trabajo —porque en ella hay que explicar toda la literatura de todos los pueblos y de todas las épocas, qué horror—, y poquísimo dinero, lo preciso para pagar el cuarto y la comida.[17] 


          Para solventar sus gastos, Marinello colaboró en algunos periódicos y aceptó sumarse a la Escuela de Verano:

Hace un mes que explico […] un curso sobre el pensamiento político hispanoamericano. Es un curso forzosamente elemental ya que mis oyentes son todos profesores yanquis que, en sus vacaciones, vienen aquí a tomar cursillos de seis semanas. Les he dicho rápidamente el modo como se ha constituido el mundo y después, los criterios políticos que se han puesto en juego para su redención, de Bolívar a Mariátegui. Gente bondadosa y gentilísima estos gringos, de una dulce ingenuidad y un afecto por el profesor que emocionan. Me he hecho entre ellos buenos amigos, aunque los horrores que diariamente les digo sobre su acción en nuestros países es de gran calibre.[18]


          El primero de julio, Paz y sus amigos lograron que el cubano les diera clases. Ese día, Palma Guillén le notificó su designación como profesor de Literatura Antillana y Sudamericana —en particular dedicada al estudio de la obra del mártir de Dos Ríos y de José María Heredia—, a impartir dos veces a la semana. Este nuevo encargo le permitió mudarse a la calle de Edison número 102, donde tuvo como vecino a León Felipe. Sin embargo, ocuparía ese puesto únicamente dos meses y medio.

 

          A pesar de las restricciones legales, durante su estancia en la capital, Marinello, además de hacer amistad con Justino Fernández y Edmundo O'Gorman —editores de Alcancía—, Rodolfo Usigli, Porfirio Barba Jacob, Héctor Pérez Martínez y Narciso Bassols, entre otros, hizo acción política, se integró al Comité Pro-Mella y el 6 de septiembre participó en la exhumación de los restos del líder cubano asesinado cuatro años antes. Por otro lado, dejó clara su posición frente al debate nacionalista y abominó de la “postura de los Novo, los Villaurrutia, los Jiménez, de no hacer letra sin leer antes la última revista francesa o española”.[19]


          A principios de septiembre, organizó una colecta y una velada literaria para repatriar a Mella. Entre los asistentes se encontraba, además de David Alfaro Siqueiros, Paz:

Pronto pudo juntarse la cifra requerida y fijar la fecha del envío de las cenizas. Ya entonces sólo faltaba una gran velada en la que obreros, estudiantes e intelectuales dijeran con toda verdad la significación revolucionaria de Julio Antonio Mella. Para la ocasión se solicitó y obtuvo el Anfiteatro Simón Bolívar […]. Aquella noche, el auditorio “fue llenándose lentamente: obreros, trabajadores, de barrios lejanos, llegaban con algún retraso. Venían ansiosos de recordar a su gran compañero de otros días, de otras luchas”.

          La mesa presidencial, sobre la cual descansaba la urna con las cenizas de Mella y un retrato suyo, la integraban, “al centro y por acuerdo unánime: Mirta Aguirre” […]. La acompañaban en la mesa […] representantes de la S.U.M., de los ferrocarriles, de la Liga Juvenil Comunista y de la Liga Antiimperialista de México”.[20]


          Con sigilo, Marinello regresó a su patria[21] el 26 de septiembre:

Las cenizas del estudiante Mella llegaron en dos cajas de lata custodiadas por una comisión de comunistas mexicanos, los cuales hicieron entrega formal de las mismas a los comunistas cubanos. Estos últimos organizaron una manifestación en las calles cercanas al muelle, a pesar de la fuerte lluvia. […] Desfilaron enseguida llevando las cenizas hasta la oficina central de la Liga Anti-Imperialista, donde serán expuestas veinticuatro horas, y después serán trasladadas al Centro Comunista.[22] 


          En su expediente personal, consta que Marinello renunció a todas sus actividades académicas a partir del primero de octubre. Tiempo después viviría un segundo exilio. En una entrevista que concedió a su llegada, reafirmaría su percepción del medio intelectual:

Hace tres años visité México. Buena parte de su producción literaria estaba de espaldas a lo mexicano.  Talentos excelentes distraían en juegos preciosistas.  Tenían cerca uno de los más grandes espectáculos naturales de la tierra; latía junto a ellos una de las tragedias humanas más hondas del siglo.  Y se iban a parajes distantes o vagaban en un miedo receloso.  A veces, es cierto, se lograban encajerias sutiles y arbitrariedades sugestivas.  Pero el que hincaba más allá de la superficie advertía como una asfixia, como un jadeo vestido de elegancias.  Se veía bien a las claras que aquel momento se agotaba.  Los que hacían aquella literatura no tenían fe en ella. ¿Podían tenerla los que la leían?  

          No quiere decir que en aquellos días todas las letras de México fueran de entraña extranjero o de juego esotérico.  Eso, que es imposible en todo lugar, lo es más en país como México de tan vieja y rica vena nacional.  En la novela se mantuvo siempre una mexicanidad excelente, sin que dejara de resentirse el género de la extranjería invasora. En realidad, eran los días en que la tiranía fachistizante de Calles lo cubría todo. La evasión literaria tenía mucho de desentendimiento de haberes humanos.[23] 


          Así, Paz se reencontraría con su antiguo maestro. Sin embargo, la admiración del discípulo se fue diluyendo. Si bien ambos profesaban la fe comunista, desencuentros personales y el progresivo desencanto del mexicano por los radicalismos, hizo que Marinello nunca escribiera una nota sobre él y Paz, a su vez, sólo lo mencionara con estas líneas en sus obras completas: “[fue] un escritor cubano que había sido mi profesor en la Facultad de Letras”[24]






[1] Juan Marinello, “Misión de México”, Repertorio Americano, 14 de enero de 1949.

[2] Ana M. Suárez Díaz, “Exilios del intelectual cubano Juan Marinello: un hombre con una filiación y una fe”, Dimensión Antropológica, año 25, vol. 74, México, septiembre-agosto, 2018, pp. 25 a 58.

[3] Juan Marinello, “Carta a Manuel Navarro Luna, a bordo del Orinoco, 26 de marzo, 1933”, en Ana M. Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena… Selección de correspondencia de Juan Marinello Vidaurreta (1923-1940), La Habana, editorial José Martí, 2004, tomo primero, p. 297.

[4] “Ha llegado a México el doctor Marinello Vidaurreta”, Excélsior, 2 de abril de 1933, pp. 1 y 12.

[5] Ermilo Abreu Gómez, “Una carta pública a Juan Marinello”, en Guillermo Sheridan, México en 1932: La polémica nacionalista, México, FCE, 2013, versión electrónica.

[6] Ibidem.

[7] Niurka Palmarola-Gómez, “El pensamiento pedagógico de Juan Marinello Vidaurreta en la República Neocolonial”, Varona, Revista Científico-Metodológica, julio-diciembre 2012, número 55, pp. 4 a 11.

[8] Juan Marinello, “Plástica y poética”, Barandal, marzo de 1932, número 7, pp. 14 a 17.

[9] Ana M. Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, p. 300.

[10] Ana M. Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, p. 297.

[11] Ana M. Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, p. 300.

[12] “Muere Juan Marinello, poeta y político cubano”, Gaceta UNAM, 20 de abril de 1977, p. 21

[13] Aunque en 1924 había adoptado el nombre de Facultad de Filosofía y Letras, popularmente seguía siendo nombrada como Escuela de Altos Estudios.

[14] Ana M. Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, p. 302.

[15] El titular era Francisco Monterde, al que Marinello debía reportarle.

[16] Ana M. Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, p. 303. 

[17] Ana M. Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, p. 306.

[18] Ana M. Suárez Díaz, Cada tiempo trae una faena…, pp. 310 y 311.

[19] Juan Marinello, “Carta a Ermilo Abreu Gómez, 28 de septiembre de 1934”, en Guillermo Sheridan, México en 1932.

[20] Ana M. Suárez Díaz, Exilios del intelectual cubano Juan Marinello, pp. 25 a 58.

[21] Machado renunció a la presidencia de Cuba el 12 de agosto.

[22] “Las cenizas de Mella llegaron ayer a Cuba”, El Nacional, 27 de septiembre de 1933, p. 4.

[23] Ermilo Abreu Gómez, “Juan Marinello: lo que pensamos de él”, Frente a Frente. Órgano Central de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, núm. 6, noviembre de 1936, p. 18.

[24] Octavio Paz, Itinerario, México, FCE, 2004, Obras Completas, Tomo IX, p. 23.