Conversaciones y novedades

Una entrevista sobre México en 1968

Octavio Paz

Año

1968

Tipología

Novedades

 

Octavio Paz en Kasauli, India, 1968.

El 14 de noviembre en el diario Le Monde de París apareció una entrevista realizada por Jean Wetz titulada: “EL PARTIDO GUBERNAMENTAL ES UN OBSTACULO PARA EL DESARROLLO DEL PAÍS: OCTAVIO PAZ”. La versión en francés puede leerse aquí.


          En tanto que ese día Paz estaba a bordo del Victoria, navegando de Bombay a Barcelona, hay que suponer que la entrevista se realizó antes del 31 de octubre. Veintisiete años más tarde, el 24 de septiembre de 1995, la revista Proceso tradujo  y reprodujo la entrevista. La reproducimos ahora, retocando un poco la traducción anónima que hizo el semanario mexicano.





NUEVA DELHI- Embajador de México en la India desde hace seis años, Octavio Paz, escritor, poeta, autor entre otros textos de El Laberinto de la soledad, renunció a su cargo en protesta contra la balacera del 2 de octubre en México. Le preguntamos cómo fue que decidió renunciar.


—Desde hacía tiempo me encontraba cada vez más en desacuerdo no tanto con la política exterior de México como con su política interna. Pensaba, y muchos otros pensaban como yo, que el sistema actual iba a modificarse y que el progreso de la Revolución mexicana podría continuar. Es decir, que el país sería capaz de hacer su autocrítica. No era yo demasiado optimista, cierto, pero creía que México disponía de fuerzas vivas, a pesar de que, en los últimos diez años, éstas fuerzas habían sido eliminadas o absorbidas poco a poco para no dejar sitio más que a la burocracia. El partido, originalmente revolucionario, se convirtió de hecho en una maquinaria administrativa que ahora es un obstáculo para el desarrollo moderno de México.  Si uno tenía razones para suponer que el PRI podría renovarse, esa esperanza es absurda luego del 2 de octubre. Así pues, la única solución es separarse del gobierno y criticarlo desde fuera.


UN ACTO DE TERRORISMO


—¿Cómo interpretó usted el trágico enfrentamiento del 2 de octubre?


—Hay que decir que no se trataba de una rebelión, ni siquiera de una manifestación, sino de un mitin pacífico. Hasta donde sé, el derecho de reunión no había sido todavía prohibido por la Constitución. Por otra parte, no había huelgas obreras, como las hubo en Francia. Tampoco un partido de oposición que amenazara al poder. No se trataba pues, en forma alguna, de una situación revolucionaria que pudiese justificar la presencia del ejército. Su intervención fue simple y llanamente un acto de terrorismo por parte del Estado. 


—En su opinión, ¿cómo se pudo llegar a eso? 


—Las explicaciones políticas y sociológicas son complementarias. Después de la revolución, hubo una especie de tregua y la expresión de esa tregua fue el Partido Nacional Revolucionario (PNR) que defendía al pueblo y a la revolución. El cambio de nombre de ese partido explica bien los cambios que se dieron luego en el país.  El PNR —nacionalista, con tendencias populares radicales no muy precisas— se convirtió en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Durante esa etapa, el aspecto revolucionario aún tenía relieve. Fue la etapa de la expropiación de las petroleras, del apoyo a la República en España, el asilo a Trotsky y, sobre todo, de las reformas agrarias.


          Después el PRM se convirtió en el PRI. La idea de “nación” se borra; la palabra revolucionario se vuelve un adjetivo, una máscara.  Lo único que queda es lo institucional, es decir, el sistema, la burocracia. Durante sus treinta años de estabilidad, el país se desarrolló, se creó una clase media y una clase obrera que, es verdad, ha sido mediatizada por líderes políticos y sindicales. También se dejó seducir a cambio de un poco de bienestar. Por tanto es la clase media —sobre todo los estudiantes y los intelectuales— la que hoy demanda una verdadera participación política. El PRI creó las condiciones económicas y sociales que permiten la democracia, pero para que se dé deveras se requieren reformas que suponen la desaparición del PRI y del poder personal que se otorga a cada presidente durante seis años. Está claro que los mexicanos están cansados de treinta años de PRI y de mil años de poder personal, desde el que tenían los sumos sacerdotes de Huitzilopochtli hasta el de los “señores presidentes”, pasando por el de los virreyes españoles.


LA DESMESURA AZTECA


—¿En qué medida el pasado de México pesa sobre su presente y hasta sobre sobre su futuro?


—El poder de hoy hereda el poder español, que a su vez había sido precedido por el poder azteca. Ahora bien, todavía hoy en nuestro país hay una especie de fascinación por el mundo azteca. Por ejemplo, la afición del México actual a los grandes monumentos sigue siendo una expresión de la desmesura azteca. Es preciso decir también que los aztecas habían asimilado y deformado a las antiguas civilizaciones mesoamericanas. Es muy probable que haya habido sacrificios humanos en la América precolombina, pero nunca tantos como bajo el poder azteca que los convirtió en un ingrediente del ritual y del terror. 


          No es casualidad que en los museos de antropología, las salas centrales estén invariablemente dedicadas a los aztecas, es decir a los opresores de la América precolombina, el terror de los mayas y los zapotecas. Tampoco es casualidad que los jóvenes asesinados el 2 de octubre estuviesen en la antigua plaza de Tlatelolco, donde se encontraba el teocalli azteca para realizar sacrificios humanos. Hoy, en Tlatelolco, hay unos edificios oficiales destinados a los empleados, es decir a la burocracia. El asesinato de los estudiantes fue un sacrificio ritual en tanto que no hubo razón política alguna que justificase ese acto. Se trataba nomás de aterrorizar a la población usando los mismos métodos de sacrificios humanos de los aztecas.


SUBLIMAR LOS MITOS OSCUROS


—¿Cuál puede ser el papel del escritor en el mundo de hoy?


—En México es necesario, antes que nada, exorcizar la violencia, el mundo azteca. Antes los dioses estaban hechos de piedra, ahora se erigen para celebrar la gloria de un sistema político. Para entender la posición de los intelectuales hay que tener bien claro que, en el contexto de la economía privada, el PRI se parece mucho al partido comunista. Es cierto, es mucho más liberal, pero está tan inmerso como los partidos comunistas en el ámbito de los privilegios, y eso le permitió con frecuencia utilizar a los intelectuales. La mayoría se integró al sistema. De ahí que haya una cultura oficial representada por gente como Jaime Torres Bodet y Martín Luis Guzmán, escritores del régimen. El primero fue un gran administrador y un escritor mediocre. El caso de Martín Luis Guzmán es mucho más lamentable, porque es realmente un gran escritor y un excompañero de Pancho Villa. Ahora es director de una mala imitación de la revista estadounidense Time y publica informes monstruosos acerca del 2 de octubre. 


—¿La violencia forma realmente parte de la vida mexicana?


—No creo en la mexicanidad, pero creo que los mexicanos estamos condicionados por nuestra historia. Mucho tiempo pensé que la violencia mexicana era el resultado del trauma de la conquista. Ahora estoy convencido de que el origen de esa violencia es aún más antiguo. A pesar de que se debe tomar en cuenta la herencia española, pienso que nuestra propensión a la violencia tiene sus raíces en el mundo azteca. El peligro es que, en lugar de sublimarlos, México lleve sus mitos oscuros a la realidad, literalmente. Y esos mitos oscuros se cobraron venganza, en todo caso, al resurgir en plena luz el 2 de octubre.