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El laberinto… cincuenta años después

Enrique González Pedrero

Tipología

Conversación

Temas

El laberinto de la Soledad

 

Enrique González Pedrero

Bajo un mismo cielo, con héroes, costumbres, calendarios y nociones 
morales diferentes, viven “católicos de Pedro el Ermitaño y jacobinos
 de la Era Terciaria Lo abierto es mundo donde los contrarios
se reconcilian y la luz y la sombra se funden.

Octavio Paz



1. Quiso el azar que tuviera yo repetido el volumen 8 de las Obras completas de Octavio Paz: El peregrino en su patria. Historia y política de México y que, al acomodar esos libros en la biblioteca, permaneciera ese volumen en mi mesa de trabajo. Así que, cuando me propuse releer El laberinto de la soledad para redactar estas notas, en vez de revisar mis anaqueles, donde habría topado con las ediciones originales de Cuadernos Americanos y del Fondo de Cultura Económica, dialogué con El peregrino… que tenía cerca. Y acerté: pude leer la espléndida “Entrada retrospectiva” y luego visitar, con la mayor libertad, el texto clásico, sin esas llamadas de atención que nos hacen, en los libros muy leídos, subrayados y anotaciones anteriores. Recuerdo que don Jesús Reyes Heroles acostumbraba leer cada año El príncipe y que lo hacía en ejemplares distintos, lo que le permitía observar cómo mudaban sus intereses, sentimientos y preocupaciones. Al proceder así, Reyes Heroles no sólo leía a Maquiavelo: se leía a sí mismo. Aquel ejercicio de lectura era una especie de “diario” o, mejor, un “anuario” propio, hecho a través del espejo de un clásico.

2. Pues bien, en la riquísima introducción de El peregrino…, me encuentro con algo que me sigue conduciendo en el sentido de esta reflexión. El volumen 8 de sus Obras completas, escrito a lo largo de medio siglo, advierte Paz, es una especie de diario, pero no de los sucesos de una vida sino de la relación, no siempre feliz, de un escritor con su patria. “Diario de una peregrinación ¿en busca de qué o de quién? ¿En busca de México o de mí mismo? ¿O del lugar, en mí, de México…?” El poeta se busca al buscar a México y la pregunta sobre México es una pregunta sobre su propio destino, sobre su propia extrañeza que vive como un reflejo de la extrañeza del suelo donde nació. De la meditación íntima pasa a la historia colectiva, a volver sobre el recorrido de México desde la Conquista, pasando por la Nueva España, hasta la Independencia, la Reforma, la Revolución.

3. Confieso que este libro me sedujo desde el título: un poema en cinco palabras sobre el encierro del hombre en la fatalidad de su destino. Buscando la palabra “laberinto” en un diccionario de mitología encuentro: “Red inextricable de corredores y de subterráneos cuyo prototipo parece haber sido construido por orden del faraón Amenhotep III. para servirle de tumba.” El primer laberinto fue, pues, además, una pirámide. Y mucho antes de hacer explícita la crítica de la pirámide mexicana en Postdata, veinte años antes, ya Paz la había apuntado al enfrentarse al enigma mexicano en El laberinto… Es verdad que el hombre está solo en todas partes, pero hay algo en la soledad del mexicano que él percibe con zozobra: “… la soledad del mexicano, bajo la gran noche de piedra de la altiplanicie, [está] poblada todavía de dioses insaciables…” No puedo evitar que esas palabras pesen sobre la relectura que hago hoy de El laberinto de la soledad aunque también pesa la esperanza de que esos dioses, hoy aletargados, no despierten.

4. Probablemente el más citado de los ensayos de El laberinto… sea el dedicado al pachuco, un personaje que hace tiempo desapareció del escenario donde se confronta, más allá de la frontera, la identidad mexicana con la identidad del otro. En un contrapunto filoso, Paz descubría entonces los contrastes: ser creyente o ser crédulo; ser nihilista u optimista; embriagarse para confesarse o para olvidarse; ser desconfiado, triste y sarcástico o abierto, alegre y humorista; padecer una soledad de aguas estancadas o una soledad de espejo. Será mucho más tarde, en ensayos que recogió en El ogro filantrópico, cuando Paz va a situar en los avatares de la historia y en la oposición entre pobreza y riqueza las modalidades que va tomando esa contraposición, que tanto le apasiona, entre los dos países que comparten la frontera. Entre el amor y el rencor, la adoración y el horror, advierte, la élite mexicana se planteó, a partir de la Independencia, el propósito de modernizar a México imitando a Estados Unidos. Hay que leer, pues, el capítulo de El ogro filantrópico titulado “El espejo indiscreto” y “México y Estados Unidos: posiciones y contraposiciones”, incluido en Tiempo nublado, para redondear una reflexión que apenas se esboza en el libro de 1950. Una de las grandes aportaciones de Octavio Paz al nuevo proyecto de nación que debemos configurar es, sin duda, la de encontrar nuestro propio camino hacia la modernidad, sin rechazar nuestro pasado y nuestra tradición.

5. Los ensayos que siguen —“Máscaras mexicanas”, “Todos Santos, Día de Muertos” y “Los hijos de la Malinche”— apuntan claves para interpretar gestos y actitudes que son propias, sin duda, de esa cultura tradicional que, por mucho tiempo, tendió a cerrarse sobre sí misma para defenderse de lo de afuera. El habla popular le ofrece a Paz términos reveladores: no hay que “rajarse”, es decir, no hay que abrirse, no acobardarse. Un hombre puede doblarse, y hasta agacharse y humillarse, pero no “rajarse”, porque eso es permitir que el mundo penetre en su intimidad. “El macho —dice Paz—, es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía.”

De la oposición entre lo “cerrado” y lo “abierto” se vale el poeta para intentar una interpretación histórica. Una máscara, o muchas, han recubierto nuestro rostro y hemos envuelto la realidad en vestimentas ceremoniales, en formalismos que han sido otras tantas camisas de fuerza sobre lo real. El teatro de Juan Ruiz de Alarcón nos muestra cómo el que pretende engañar se engaña a sí mismo y, mucho después, Rodolfo Usigli recogerá el tema en El gesticulador. ese simulador que finge ser lo que no es, confundiendo sin cesar apariencia con realidad. Mentir, actuar un papel, simular, son variables de conducta que, también, pueden ser eslabones de una cadena de engaños (pie invade peligrosamente la vida pública.

Hay quienes simulan y hay quienes se disimulan o “disimulan” a los demás. Paz observa al indio que procura mimetizarse con el paisaje, fundirse y confundirse con la barda blanca donde se apoya por la tarde porque, al disimularse, se protege y se cierra. Pero lo grave es cuando unos cuantos “disimulan” a los demás y los vuelven “ninguno”: “El círculo se cierra y la sombra de ninguno se extiende sobre México, asfixia al Gesticulador y lo cubre todo … vuelve a imperar el silencio anterior a la Historia…” Es lo que suele ocurrir cuando varios, o uno, no ven ni oyen a los demás, cuando el país entero se vuelve Ninguno.

6. En el examen de las actitudes tradicionales del mexicano, Paz elabora una de las teorías más sugerentes de El laberinto… en el capítulo dedicado a “Todos Santos, Día de Muertos”. La fiesta es lo opuesto del encierro: es la apertura, el paso de lo hermético a la comunión con el prójimo. Paz empieza a cuestionarse entonces cómo en un país tan triste son tantas y tan alegres las fiestas. En el estallido de la fiesta hay una liberación, aunque también pueda haber un alarido y una desgarradura. ¿Acaso en la fiesta se vuelve diálogo el monólogo? Paz sugiere que “algo nos impide ser”, nos maniata, y sólo la fiesta rompe esa atadura pero, a la vez, puede empujar al vacío: “Muerte de cristiano o muerte de perro son maneras de morir que reflejan maneras de vivir … Dime cómo mueres y te diré quién eres.” Y también la fiesta, a veces, encierra agazapada a la muerte.

En este libro fascinante y terrible, el poeta intuye y lanza flechazos deslumbrantes y así hay que leerlo, no con los espejuelos pretenciosos de las ciencias sociales, por lo demás tan inciertas. El laberinto de la soledad es, esencialmente, un libro de crítica social, política y psicológica y un ensayo de interpretación histórica, entendiendo a la historia como un conocimiento que se sitúa entre la ciencia y la visión poética de lo mexicano. Oigamos, por ejemplo, esta afirmación: “Todo está lejos del mexicano, todo le es extraño y, en primer término, la muerte, la extraña por excelencia…” Podemos o no compartirla, pero nos toca, nos inquieta y nos incita.

7. Cuando Paz escribe El laberinto…, el país está en plena carrera hacia el proceso industrializador. La vertiente modernizadora de la Revolución, instalada en el poder, busca el crecimiento y la urbanización, arrastrando mal que bien a ese país tradicional del que nos habla, en su libro. Octavio Paz. El poeta presagia que en ese proceso se resolverán acaso, aniquilándolas, nuestras contradicciones y el mexicano, simplificado, dejará de ser un enigma. En todos sus textos sucesivos sobre los errores que se fueron cometiendo en la carrera hacia el Progreso, no dejó de señalar la falacia de un progreso que dejaba en la intemperie a más de la mitad de México. Las contradicciones sólo pueden superarse tomándolas en cuenta y procurando conciliarlas, no negándolas o disimulándolas como ha sido nuestro hábito inveterado. “Las circunstancias históricas explican nuestro carácter —nos recordó Paz—, en la medida en que nuestro carácter también las explica a ellas.”

Hoy, cincuenta años después, no leemos El laberinto…, por supuesto, con los mismos ojos que en 1950. Aquella visión del talante del mexicano puede parecemos, y a muchos seguramente les parecerá, anacrónica y ajena, como si se refiriera a un país que no es este país y a unos mexicanos que no conocemos. Aquel país y aquel mexicano se fundieron y confundieron con una nueva realidad que con los milagros de la modernización parece haber enterrado constantes de siglos que el ojo avizor de un poeta visionario supo revelarnos magistralmente. Vivimos en la aldea global, en la era de la informática y la alta tecnología, de la polarización de riqueza y pobreza, de las grandes oportunidades y las grandes desigualdades. En un mundo donde la palabra clave es apertura —al comercio. a la información, a los servicios— aquella condición cerrada del mexicano que describe El laberinto… ha sido, evidentemente, desbordada. Pero, querámoslo o no, y aunque busquemos abrirnos y ser partícipes, estamos todavía, como la mayoría de la humanidad, en desventaja frente a una minoría de naciones ricas y poderosas. Y, desde esa óptica, los mexicanos —como los miembros de cualquier otra sociedad marginal, pero con características peculiares por nuestra vecindad geográfica con el primer mundo— somos vistos con frecuencia como el otro, otro diferente y no siempre bienvenido. ¿Se estarán cambiando los papeles?

A muchísimas reflexiones como ésta se presta una relectura de El laberinto… Una lectura que, yo diría, es indispensable en las escuelas si pretendemos, ahora que ya hemos estrenado democracia electoral, formar ciudadanos conscientes de nuestros orígenes y nuestra idiosincrasia, y capaces de interpretar con lucidez nuestra historia. Es un libro donde campea la libertad de pensar, que lo atraviesa como una corriente de aire fresco. No se trata de sentirnos huérfanos y desamparados, ahora que el laberinto de nuestra soledad ha quedado abierto, irreversiblemente, a la rosa de los vientos. Se trata de volver la mirada hacia nuestros orígenes, como siempre lo propuso el más lúcido de los mexicanos del siglo XX, para reencontrarnos, por fin, con nuestro verdadero rostro. A la Revolución mexicana. Octavio Paz le reprochó en El laberinto… no haber sabido crear, en la nación refundada, “una comunidad o una esperanza de comunidad’’. Me parece que esa asignatura está pendiente. Él decía que su propia utopía era la de una sociedad plural, donde el presente no se sacrificara a algún supuesto futuro. En la Postdata al Laberinto…, de 1970, insistió en la urgencia de un desarrollo menos inhumano, costoso e insensato. Creo que esa aspiración ya estaba latente en aquel punto de partida. Y sigue vigente. Releamos a Octavio Paz, pues, para aprender a decidir, cada vez mejor, qué queremos y hacia dónde vamos.

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