Conversaciones y novedades

La polémica entre Octavio Paz y Carlos Monsiváis

Octavio Paz ; Carlos Monsiváis

Año

1977

Tipología

Polémicas

 

Aviso

La polémica se sostuvo en las páginas de la revista Proceso de fines de 1977 a inicios de 1978 y tuvo seis episodios: 

  1. La entrevista de Julio Scherer a Paz, que dio origen a la discusión.
  2. “Respuesta a Octavio Paz” de Monsiváis.
  3. “Aclaraciones y reiteraciones” de Paz.
  4. “Rectificaciones y relecturas: y sin embargo lo dijo”, de Monsiváis. 
  5. “Repaso y despedida” de Paz.  
  6. “Recapitulación y conclusiones a cargo del lector”, de Monsiváis

Se comentó mucho mientras se desarrollaba y más aún después, hasta convertirse en referencia obligada sobre las vicisitudes de la política mexicana en su lenta transición del partido del autoritario Estado “revolucionario” (PRI) a los albores de la democracia. Ha sido estudiada por politólogos, historiadores y críticos (como Xavier Fernández Ledesma en El pensamiento político de Octavio Paz, libro de 1996, y Christopher Domínguez Michael en Octavio Paz en su siglo, de 2014). Es una polémica entre publicaciones periódicas: la mensual revista Vuelta de Paz y sus amigos, y el suplemento semanal La Cultura en México de Monsiváis y los suyos. Si se considera que Paz tenía 63 años y Monsiváis 39, la polémica fue también un escenario de los conflictos entre generaciones, así como la puesta en escena de una discusión esencial para el debate posterior, o para polémicas como las de 2007, en las que participaron Arnaldo Córdova, Roger Bartra, Enrique Krauze, Luis Villoro, Jesús Silva-Herzog Márquez y Domínguez Michael. 

     La polémica se ha difundido adecuadamente, pero conviene volver a ella, y más en tiempos como los actuales, cuando no pocos de sus temas siguen activos en la plaza pública. Un libro, Encuentro: Octavio Paz y Julio Scherer (México, FCE, 2014) recoge las entrevistas y agrega dos textos del periodista sobre su amigo: “Un testimonio” y “El valor del tiempo”. Unos investigadores del INAH, Carlos San Juan y Luis Barjau (que dirige ahí la Cátedra Carlos Monsiváis), anunciaron hace dos años la publicación de la polémica en un libro que se titularía “Paz y Monsiváis en debate”. Se anunció que iba a formar parte “del homenaje nacional que el Gobierno de México rinde a Monsiváis” en el décimo aniversario de su muerte. Dos años después, ese libro “de inminente aparición” no ha llegado a las librerías, aunque sí hubo videocharlas con sus editores y aun presentaciones. En una de las videocharlas, Barjau declara que las diferencias entre los polemistas tuvieron su origen en que Paz era “cosmopolita” mientras que Monsiváis prefería “compenetrarse a fondo con la nación”, el mismo juicio sumario que los escritores nacionalistas al servicio del Estado lanzaron contra Alfonso Reyes y Jorge Cuesta en 1932.

     Publicamos los seis capítulos de la polémica, comenzando por la entrevista que, en Proceso, Scherer tituló “La conciencia es lo contrario de la razón de Estado” (la primera parte) y “Veo una ausencia de proyectos. Las ideas se han evaporado” (la segunda), que aparecieron en los números 57 y 58 (5 y 12 de diciembre de 1977). Paz recogió la entrevista con otro título, “Suma y sigue (Conversación con Julio Scherer)”, en El ogro filantrópico (México, Ed. Joaquín Mortiz, 1979) y después en El peregrino en su patria. Historia y política de México, el volumen 8 de sus Obras completas (México, FCE, 1994). 

     Scherer abrió la entrevista con una semblanza de Paz y, en cada entrega —dado el formato periodístico— un resumen del contenido. Se recoge la semblanza, pero no los resúmenes. Dejamos, en cambio, los subtítulos que empleó Scherer, de los que Paz prescindiría. Agrego unas cuantas notas y completo unos cuantos nombres propios. (G.S.) 



Julio Scherer 

OCTAVIO PAZ, PREMIO NACIONAL DE LETRAS 1977

     En el mismo año en que ha recibido el Premio Jerusalén y el de la Crítica Española, se otorgó a Octavio Paz el Premio Nacional de Letras, reconocimiento que desde hace mucho tiempo se esperaba para el más grande escritor mexicano de nuestros días y uno de los primeros de la lengua española.

     Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con la línea política y literaria de Octavio Paz, pero nadie puede negar sin empobrecerse y sin empobrecernos la grandeza de una obra sin la cual nuestra literatura hubiera sido distinta. En un país donde escribir suele ser una actividad juvenil pronto sustituida por la burocracia o disipada en el desencanto y la esterilidad, Paz se ha mantenido en la primera línea por espacio de casi medio siglo. Desde Luna silvestre y Raíz del hombre en los años treinta, hasta su libro Vuelta del año pasado, la poesía de Paz evoluciona sin repetirse ni desconocerse. Después de su obra central, Libertad bajo palabra que incluye Piedra de sol, uno de nuestros grandes poemas, Paz ha sabido explorar caminos siempre renovados que van de Salamandra a El mono gramático, obra maestra en que indiscutiblemente se mezclan poesía, ensayo, narración.

     Como ensayista, editor y traductor, Paz nos ha abierto innumerables puertas y ha impedido que la cultura mexicana se asfixie en un monólogo sin eco. Pero el centro de su reflexión ha sido siempre México, al que una y otra vez se ha enfrentado con la mejor prosa expositiva que se escribe actualmente en nuestro idioma. Si El laberinto de la soledad hoy está en manos de todos, la resonancia de este libro no debe ocultar la excelente crítica literaria de Cuadrivio, las reflexiones sobre el sentido de la poesía en El arco y la lira, las miradas al mundo contemporáneo en Corriente alterna, y tantos otros libros que incitan a la reflexión y a la polémica, nunca al silencio ni a la conformidad. Cuando por el prestigio abrumador que dentro y fuera le ha ganado su trabajo Paz podría cómodamente retirarse al silencio de quien aspira a estar bien con todos, él ha dado otra lección: ponerse en la plaza pública y discutir apasionadamente los asuntos del día. Al margen de cualquier discrepancia, este es un hecho —insólito en nuestra tradición— que es preciso reconocer y señalar.

     Autor de una obra poética y literaria admirable, Octavio Paz al escribirla ha puesto la base de lo que será nuestra literatura de mañana. Esa obra, como él dijo de Luis Cernuda, es en el mejor sentido, palabra edificante.


1. La entrevista de Julio Scherer 

Proceso número 57, 5 de diciembre de 1977, pp. 6-10.

PRIMERA PARTE: 

“La conciencia es lo contrario de la razón de Estado”

EL PADRE Y EL ABUELO. LA RAÍZ HASTA LO HONDO

Pregunto a Octavio Paz: la mayor parte de los escritores mexicanos han descubierto la política en sus años de estudiantes universitarios. Tu situación, Octavio, es diferente y singular; podríamos decir que naces en la política. Por una parte, el año de tu nacimiento (1914: triunfo de la coalición revolucionaria contra Huerta, Primera Guerra Mundial). Por otra, tu abuelo, a quien alcanzas a conocer, el general Ireneo Paz, una figura importante del liberalismo mexicano; y tu padre, un intelectual capitalino ligado al zapatismo y que llega a representar a Zapata en los Estados Unidos. ¿Cómo influyen en ti estas condiciones, podemos decir, excepcionales? ¿Qué herencia política recoges de tu padre y de tu abuelo?

     —Mi padre y mi abuelo eran muy distintos. Como todas las casas, la mía era el teatro de la lucha entre las generaciones (aparte de la otra, tal vez más profunda, entre los sexos). Mi abuelo —periodista y escritor liberal— había peleado contra la Intervención Francesa y después había creído en Porfirio Díaz. Una creencia de la que, al final de sus días, se arrepintió. Mi padre decía que mi abuelo no entendía la Revolución Mexicana y mi abuelo replicaba que la Revolución había sustituido la dictadura de uno, el caudillo Díaz, por la dictadura anárquica de muchos: los jefes y jefecillos que en esos años se mataban por el poder. Ni a mi abuelo ni a mi padre les alcanzó la vida para ver cómo la fundación del PNR resolvió la disyuntiva entre dictadura y anarquía por la instauración de una “democracia dirigida”.

     Mi abuelo tenía razón pero también era cierto lo que decía mi padre: los viejos liberales, además de haber caído en la idolatría del “hombre fuerte”, habían mostrado una extraordinaria ceguera ante los problemas sociales de México. Mi padre decía que él había descubierto el verdadero México al convivir, durante la Revolución, con los campesinos de Morelos, Guerrero y Puebla. Muchos antiguos zapatistas visitaban mi casa. Entre ellos Antonio Díaz Soto y Gama, una figura quijotesca a la que quise y admiré mucho. Después fui alumno suyo en la cátedra de Historia de la Revolución Mexicana, que impartía en San Ildefonso.

     Mi padre me había iniciado en el conocimiento de la otra historia de México al hablarme de la lucha de los campesinos por la tierra. Soto y Gama completó y amplió esa iniciación y me dio otra visión de México. Comprendí que desde la Independencia nuestro país se esfuerza por convertirse en una sociedad moderna y que este propósito había inspirado lo mismo a los viejos liberales como mi abuelo que, aunque con métodos distintos, a los positivistas porfirianos. Al margen de estas “soluciones por arriba”, y a veces contra ellas, una y otra vez, los campesinos mexicanos habían intentado establecer, en escala reducida y regional, un tipo de sociedad no-progresista pero más justa, libre y humana. Una sociedad regida no por una ética “productivista” sino por reglas de convivencia social fundada en una moral pre-capitalista. El calpulli era la semilla social y económica de esta utopía milenarista, extraída no de los libros sino de la tradición campesina. El zapatismo fue la expresión más radical de este milenarismo. Desde entonces comencé a hacerme algunas preguntas que sólo más tarde, en El laberinto de la soledad, logré expresar con cierta claridad. No creo, por supuesto, haber encontrado una respuesta. Creo, en cambio, que el valor de mi libro, si alguno tiene, consiste en haber formulado esas preguntas.

     Aunque mi abuelo y mi padre murieron antes de que surgiese el México contemporáneo, los dos puntos de vista que ellos representaban siguen teniendo extraordinaria actualidad. El tema de mi abuelo, la democracia: México sigue siendo, en materia política, a pesar de la Constitución y la retórica oficial, un régimen patrimonialista como los del siglo XVII. Con mayor libertad y autoridad que los virreyes de Nueva España, que lo hacían en nombre del rey, los gobernantes mexicanos rigen la cosa pública como si fuese su patrimonio personal. El tema de mi padre: por más urgente que sea la reforma política, el problema que debería ser el centro de la reflexión y la discusión es el de la modernización o, como se dice ahora, el desarrollo. Los grupos dirigentes mexicanos sucesivamente han adoptado los modelos políticos, económicos y sociales que les ofrecía Occidente: liberalismo democrático, evolucionismo positivista, capitalismo clásico y, en sus distintas versiones, socialismo. Las diferencias entre el Partido Comunista Mexicano y los patronos de Monterrey son enormes pero ambos grupos creen que en el desarrollo industrial y económico está la salvación de México. Son adorares del Progreso, aunque unos juren por Ford y los otros por Lenin. Pero hoy sabemos que las dos vertientes de la sociedad industrial moderna —la democracia capitalista y el colectivismo burocrático mal llamado “socialista”— terminan en un impasse. ¿No es hora de buscar otro camino?

     Cumples 15 años cuando Vasconcelos inicia su campaña presidencial: ¿llegas a participar en el vasconcelismo? ¿Te afecta el desengaño que sufrieron quienes eran en 1929 un poco mayores que tú? ¿Qué piensas, casi medio siglo después, de esa única y frustrada tentativa de un intelectual mexicano por hacerse del poder? (Del poder real, no de sus inmediaciones como consejero, ideólogo, redactor de discursos o elemento decorativo).

     —Yo participé en la gran huelga estudiantil de 1929 pero no en el movimiento vasconcelista. Muchos amigos y compañeros, casi todos mayores que yo, sí fueron vasconcelistas militantes. Algunos de ellos, después de la derrota, se orientaron hacia el marxismo y comenzaron a trabajar en organizaciones y partidos radicales. Otros derivaron hacia posiciones de signo contrario: las juventudes católicas, Acción Nacional, el sinarquismo. Otros más escogieron el camino de la colaboración con el Gobierno. Justificaron esta táctica en nombre del realismo y la eficacia. Seguían así el ejemplo de la generación anterior: Gómez Morín, Lombardo Toledano, Bassols, Alfonso Caso, Cosío Villegas… Años más tarde Lombardo Toledano perfeccionó esta política con una suerte de doctrina metafísica —fundada, claro, en la dialéctica marxista— que le permitió apoyar a todos los presidentes y, al mismo tiempo, hacer cada dos o tres años, peregrinaciones rituales a la Plaza Roja.

     Es comprensible la obsesión de los intelectuales mexicanos por el poder. En nuestra escala de valores el poder está antes que la riqueza y, naturalmente, antes que el saber. Cuando los mexicanos sueñan con la gloria, se ven el pecho cruzado por la banda trigarante. No predico la abstención: los intelectuales pueden ser útiles dentro del Gobierno… a condición de que sepan guardar las distancias con el Príncipe. Gobernar no es la misión específica del intelectual. El filósofo en el poder termina casi siempre en el patíbulo o como tirano coronado. Los que mueren antes, como Lenin, tampoco se escapan: los embalsaman y los transforman en fetiches. El intelectual, ante todo y sobre todo, debe cumplir con su tarea: escribir, investigar, pensar, pintar, construir, enseñar. Ahora bien, la crítica es inseparable del quehacer intelectual. En un momento o en otro, como Don Quijote y Sancho con la Iglesia, el intelectual tropieza con el poder. Entonces el intelectual descubre que su verdadera misión política es la crítica del poder y de los poderosos.

     La derrota salvó a Vasconcelos. Si triunfa, habría acabado mal. (Aunque, de todos modos, acabó mal. Lástima: un hombre admirable y al que no es inexacto llamar, en todos los sentidos de la palabra, genial). El gran fracaso del vasconcelismo no fue la derrota electoral sino la incapacidad de Vasconcelos y sus amigos para formar un auténtico partido político con un programa propio. Gómez Morín lo intentó después, sin mucho éxito. Una pregunta que no se han hecho nuestros politólogos: ¿por qué no hay partidos políticos en México? Si los hubiese, Reyes Heroles no habría tenido necesidad de inventar la actual reforma política.

Aunque claramente y desde un principio tu vocación es poética y no política, en los años treintas te pareces a muchos jóvenes de los setentas: estudias marximo, escribes poemas contra el avance fascista, vas a España en plena guerra y luego a Yucatán a enseñar a leer a los campesinos.[1] ¿Qué piensas hoy de ese muchacho que fuiste? ¿Qué piensas de los muchachos que hoy son como tú fuiste hace 40 años?

     —Es natural sentir un poco de ternura por el muchacho que fuimos. Pero un poco de ironía y dos o tres coscorrones no le harían daño a ese fantasma juvenil… En 1937 la amenaza eran Hitler y sus aliados. Hicimos bien en oponernos. Además, había la gran esperanza encendida por la Revolución de Octubre en Rusia. Ahora sabemos que ese resplandor, que a nosotros nos parecía el de la aurora, era el de una pira sangrienta. La situación de 1977 es muy diferente a la de 1937. Después de miles de testimonios —en un extremo los de Trotsky y Víctor Serge, en el otro los de Souvarine y Solyenitzin, en el centro el informe de Kruschef— es imposible cerrar los ojos. La peste totalitaria, por lo demás, no es un monopolio soviético: se extiende a China y a todos los países que, en la Europa del Este y el Sudeste asiático, se llaman socialistas. (Una excepción, a medias: la Yugoeslavia de Tito). Yo no me atrevo a juzgar a ningún joven. Sé que el impulso que los mueve es, casi siempre, la generosidad y la indignación ante las miserias e injusticias materiales y morales de nuestro mundo. Sin embargo, me parece inexcusable ignorar o callar la realidad de la URSS y los otros países “socialistas”.

¿Por qué has excluido de Libertad bajo palabra casi toda tu poesía política o comprometida de esos años? ¿No ves en ello una falta de solidaridad para con tu propio pasado? ¿Cuáles son los poemas más representativos que ahora quieres olvidar o sepultar?

     —Excluí de la segunda edición de Libertad bajo palabra más de cuarenta poemas y entre ellos sólo uno era de tema político (“Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón”). En cambio, dejé otro (“El barco”[2]), también inspirado por la guerra de España, porque me sigue gustando. Esto te demuestra que las exclusiones han sido por motivos de orden estético y no político. Y hay algo más: a pesar de que el poema excluido no me gusta, he decidido reintroducirlo en la edición de mi Obra Poética que publicará Seix-Barral el año próximo. La razón, en este caso, es moral, política y afectiva: ese poema está dedicado a mi amigo y camarada José Bosch, un joven anarquista catalán que vivió en México cuando yo era estudiante y que, en 1930, fue expulsado de nuestro país por el Gobierno. Bosch influyó mucho en mí y en otros amigos. Gracias a él pude conocer relativamente temprano el pensamiento libertario. La historia de Bosch es dolorosa pero larga de contar. Aquí diré solamente que fue una víctima, una más, del franquismo y del estalinismo… Otros dos poemas han sido excluidos: "¡No pasarán!" y "Oda a España". No por razones ideológicas sino por su indigencia poética. En cambio, hay un poema bastante más importante que los que he citado. "Entre la piedra y la flor", de tema también social, que aparece en todas las reediciones de mis libros. Como nunca me he sentido totalmente satisfecho con ese texto, el año pasado escribí una nueva versión. Apareció en el número 9 de Vuelta.

¿Cuál fue tu experiencia durante el cardenismo, especialmente tu actitud en Yucatán? ¿Y cómo fue tu gran descubrimiento de la miseria mexicana?

     —Fui a Yucatán en 1937, para fundar con Octavio Novaro y Ricardo Cortés Tamayo, una escuela secundaria para hijos de trabajadores. El poema que acabo de citar, “Entre la piedra y la flor”, expresa mis sentimientos de entonces… y de ahora. Reproduzco un fragmento de la nota que acompañaba, en Vuelta 9, a la nueva versión del poema: 


El Gobierno había repartido la tierra entre los trabajadores pero la condición de éstos no había mejorado. Por una parte eran (y son) las víctimas de la burocracia gremial y gubernamental que ha sustituido a los antiguos latifundistas; por la otra, seguían dependiendo de las oscilaciones del mercado internacional. Quise mostrar la relación que, como un verdadero nudo estrangulador, ataba la vida concreta de los campesinos a la estructura impersonal, abstracta, de la economía capitalista.


En la entrevista que te hizo recientemente, Elena Poniatowska dijo que siempre habías sido anticomunista. Pero hay otros que te consideran trotskista. ¿Qué piensas de Trotsky? ¿Cómo influyó en ti su llegada a México y, sobre todo, su asesinato por órdenes de Stalin?

     —Yo me atrevo a corregir un poco a mi querida amiga Elena Poniatowska: Octavio Paz no ha sido nunca anticomunista pero es, desde hace mucho, un enemigo de la burocracia que ha convertido a la URSS y a otros países “socialistas” en ideocracias totalitarias. Pensar así no me convierte en un anticomunista: el que asesinó a los comunistas fue Stalin, no sus críticos. Pero lo mejor, para deshacer el equívoco, será citar un párrafo de El arco y la lira:  


La idea de una comunidad universal en la que, por obra de la abolición de las clases y del Estado, cese la dominación de los unos sobre los otros y la moral de la autoridad y del castigo sea reemplazada por la de la libertad y la responsabilidad personal —una sociedad en la que al desaparecer la propiedad privada, cada hombre sea propietario de sí mismo y esa ‘propiedad individual’ sea literalmente común compartida por todos gracias a la producción colectiva; la idea de una sociedad en la que se borre la distinción entre trabajo y arte— esa idea es irrenunciable… Renunciar a ella sería renunciar a lo que ha querido ser el hombre moderno, renunciar a ser… El marxismo es la última tentativa del pensamiento occidental para reconciliar razón e historia”. 


Pero en la misma página añadía: “Si ha de surgir un nuevo pensamiento revolucionario, tendrá que absorber dos tradiciones desdeñadas por Marx y sus herederos: la libertaria y la poética”.[3]

     Por desgracia, el marxismo se ha mostrado incapaz de absorber esa tradición de libertad y esa es la razón de su petrificación en el Este europeo y de su crisis en Occidente y en América Latina. El maestro de mis adversarios, el filósofo comunista francés Luis Althuser, hace unas semanas, en una conferencia en Venecia que algunos llaman “confesión ideológica”, admite al fin que hay un mal que roe a la doctrina, aunque no se atreve a diagnosticar la enfermedad: “Sí, el marxismo está en crisis… Asumamos todas las contradicciones y las lagunas de la teoría para darle a la crisis del marxismo su función liberadora.

     Admiré y admiro profundamente a Trotsky. Al escritor, al político, al hombre. Pero no cierro los ojos ante los aspectos aterradores de su pensamiento y de su actividad política. Trotsky contribuyó poderosamente a que la idea de Marx sobre la dictadura del proletariado se convirtiese en la de la dictadura del partido comunista sobre los otros partidos proletarios y sobre el proletariado mismo. Lenin, Trotsky, Bujarin y los otros bolcheviques tienen una indudable responsabilidad, aunque no hayan sido esas sus intenciones, no sólo en la instauración de la tiranía paranoica de Stalin sino en la transformación del antiguo imperio zarista en una ideocracia totalitaria. ¿Qué pensaría hoy Trotsky? Sus últimos escritos me hacen pensar en una rectificación de muchas de sus ideas. Tal vez habría vuelto a ser el menchevique que fue en su juventud. Natalia Sedova, su viuda, un poco antes de morir renunció a la IV Internacional.

¿Qué determinó su ruptura con los comunistas: el pacto Hitler-Stalin? ¿La muerte de Trotsky? ¿Qué consecuencias tuvo esta ruptura para tu vida y tu trabajo?

     —La política del Frente Popular despertó en mí, al principio, ciertas resistencias y escrúpulos. Pero mis amigos comunistas me convencieron: ante el avance de Hitler la táctica adecuada era la unión de todos los antifascistas. Esa fue la política que defendimos en El Popular. De ahí que el pacto entre Hitler y Stalin me haya escandalizado e indignado. Dejé el periódico y me alejé de mis amigos. Me quedé muy solo. Por fortuna había algunos que pensaban como yo. En cambio la ruptura con Neruda y otros fue total y dolorosa. Los debates de aquellos años —también los de ahora— pertenecen no tanto a la historia de las ideas políticas como a la de la patología religiosa.  Se trata de un desplazamiento del objeto religioso: se pasa de la adoración a una divinidad a la de una idea y de ésta a la adoración de los sistemas y los jefes. Se termina en la androlatría, el culto a un hombre divinizado. Lo más extraño es que esta enfermedad —a la que le conviene más que a la lepra la denominación de “mal sagrado”— ataca a gente de gran imaginación y sensibilidad. Extraña corrupción: las intenciones y los sentimientos del creyente son puros pero el objeto de su creencia es vil. En esos años conocí a Víctor Serge. Mis conversaciones con Serge aclararon mis ideas políticas como, durante mi adolescencia, la amistad con Bosch había templado mi carácter. Pero la lección de Serge no fue exclusiva y predominantemente teórica: lo que me impresionaba en él no eran las ideas —aunque las tenía y brillantes— sino el corazón, la nobleza de alma. Años después, al conocer a Breton, recordé a Serge: ambos eran lo que se llama hombres de conciencia. Y la conciencia, decía Breton, es aquello que, “ocurra lo que ocurra, nos lleva a oponernos a todo lo que atente contra la dignidad de la vida”. La conciencia es lo contrario de la razón de Estado.

¿Es cierto que durante la “guerra fría”, cuando los intelectuales de izquierda aún quieren suponer que los campos de concentración estalinianos son un invento de la propaganda anticomunista o, en el mejor de los casos, que no debe hablarse de ellos “para no hacer el juego al enemigo”, tú te atreves a romper el silencio y publicas en la revista Sur de Buenos Aires documentos que luego aceptaron los Partidos Comunistas del mundo y el mismo XX Congreso de la URSS como irrefutables?

     —Sí, en 1950 reuní una documentación sobre los campos de trabajos forzados en la URSS. Me serví sobre todo de los textos dados a conocer durante el proceso público que enfrentó David Rousset al semanario comunista Lettres Françaises. No pude publicar este trabajo en México: las publicaciones de izquierda y aun las liberales estaban paralizadas por la Guerra Fría. Otra vez la razón de Estado y el argumento hipócrita: no hay que darle armas al enemigo. José Bianco llevó mi texto a Victoria Ocampo y ella decidió, valerosamente, publicarlo en Sur. En esa ocasión, como tantas veces, se me acusó de “anticomunismo”. Para deshacer esta vieja calumnia estalinista reproduzco la parte final de mi trabajo: 


Pero es inexacto decir que la experiencia soviética condena al socialismo. La planificación de la economía y la expropiación de capitalistas y latifundistas no engendran automáticamente el socialismo pero tampoco producen inexorablemente los campos de trabajos forzados, la esclavitud y la deificación en vida del Jefe. Los crímenes del régimen burocrático son suyos y bien suyos, no del socialismo. 


Este texto apareció en marzo de 1951. Ha pasado un cuarto de siglo y estas frases hoy no tienen el sabor sacrílego que tenían cuando se escribieron. Ojalá que esto haga reflexionar a los sacristanes que, después de santiguarse, me apedrean.


SEGUNDA PARTE: 

“Veo una ausencia de proyectos. Las ideas se han evaporado”

Proceso número 58, 12 de diciembre de 1977, pp. 6-10.

Mucha gente, aun la que comparte tus críticas a la represión psiquiátrica, ideológica y carcelaria en la URSS, lamenta que en el antiguo Plural y en Vuelta los perseguidos, torturados o exterminados por los regímenes militares del sur, no ocupen siquiera un mínimo del espacio dedicado al combate contra el Gulag y a la defensa de los disidentes soviéticos y de la Europa central. ¿Cómo responderías a estos juicios? Sé que condenas a Pinochet, a Bánzer, a Videla. Pero ¿a qué se debe que tu obsesión sea tan distante como el Gulag y no tan próxima como América Latina?

     —¡Falso! En Plural y Vuelta hemos procurado siempre denunciar los crímenes de los regímenes militares de América Latina. Un ejemplo entre muchos: en Plural apareció un reportaje —necesariamente anónimo— sobre los fusilamientos en la prisión militar de Trelew (Argentina). Fue un hecho terrible pero al que la prensa mexicana e internacional concedió poca atención. Sobre el cuartelazo de Chile publicamos muchos textos, entre ellos un artículo mío que fue reproducido por Le Monde y The New York Times. Sobre la política norteamericana en Vietnam y en otras partes también publicamos muchos artículos, entre ellos algunos de Chomsky y de Stone. Finalmente, lo que pasaba y pasa fuera no ha sido nunca para nosotros un pretexto para callar ante lo que pasa en México. Vuelta es una revista literaria y artística pero, cada vez que ha sido necesario, nos hemos ocupado de la actualidad política mexicana.

     Tu crítica delata un error de óptica. En México, sobre todo entre la izquierda, que todavía constituye la opinión ilustrada (a la derecha no le interesan las ideas y los debates le producen dolor de cabeza), asombra e irrita cualquier crítica a los países llamados socialistas. Ciertos temas siguen siendo tabú. Así como hay un puritanismo sexual hay un puritanismo político. Condenar los crímenes de los generalotes y los generalillos es un ritual sin riesgos; decir que los soldados cubanos no tienen nada que hacer en África, salvo perder la vida, es más grave que blasfemar ante la Virgen de Guadalupe.

     En cuanto al argumento de la distancia: me parece una variante de la razón de Estado. No importa que Pinochet esté en Chile y el Mariscal Kim Il Sung en Corea: en materia de moral política no hay cerca ni lejos; hay verdugos y hay víctimas.

     Desde otro punto de vista, no moral sino histórico, es bueno distinguir entre los regímenes militaristas de América Latina y las ideocracias contemporáneas. Los Pinochet y los Videla son un pasado sangriento que se perpetúa. La denuncia de las dictaduras militares y sus conexiones con Washington es una tarea de limpia moral y política; el examen de los regímenes llamados socialistas es un trabajo de análisis histórico. Por un colosal equívoco, esos regímenes se ostentan como los herederos de una de las tradiciones más nobles de la historia moderna: el socialismo. El análisis de estas sociedades se inició no en los círculos conservadores sino entre los grupos revolucionarios, marxistas y anarquistas. Por ejemplo, el eje de la polémica entre Trotsky y los intelectuales norteamericanos de la IV Internacional giró en torno al problema de la verdadera naturaleza histórica de la URSS (una polémica que recuerda curiosamente las disputas medievales sobre el sexo de los ángeles). En un momento de la discusión Trotsky no descartó enteramente la posibilidad de que la URSS, en lugar de ser un “Estado obrero degenerado” (esa era su definición), fuese una nueva forma de dominación y explotación de los hombres. El colectivismo burocrático sustituía al sistema de explotación capitalista y, con respecto a éste, significaba un retroceso. A mí me parece que ningún tabú pseudorevolucionario puede impedir el libre examen de estos problemas.

NO RECHAZO LA SOLUCIÓN SOCIALISTA

Si rechazas la solución socialista ¿qué alternativa ya no digamos de justicia sino de estricta salvación encuentras para la inmensa tragedia que es la vida mexicana en particular y latinoamericana en general? ¿No crees que el liberalismo ha agotado ya todas sus posibilidades y que no hay más elección que entre el socialismo y el fascismo de la dependencia?

     —Yo no rechazo la solución socialista. Al contrario, el socialismo es, quizá, la única salida racional a la crisis de Occidente. Pero, por una parte, me niego a confundir al socialismo con las ideocracias que gobiernan en su nombre en la URSS y en otros países. Por otra parte, pienso que el socialismo verdadero es inseparable de las libertades individuales, del pluralismo democrático y del respeto a las minorías y a los disidentes. Por último, el socialismo fue pensado y diseñado para los países desarrollados. Según Marx y Engels es la etapa más alta del desarrollo social, de modo que viene después y no antes del capitalismo y la industrialización. Sobre esto Engels fue terminante: no se pueden saltar las etapas históricas. Una de las tragedias del siglo XX es que las revoluciones no han ocurrido ahí donde la teoría las esperaba (en los países avanzados) sino en la periferia, en países con un capitalismo incipiente y con estructuras políticas arcaicas, como la Rusia zarista y el antiguo imperio chino.

     El dilema para la América Latina no consiste en escoger entre socialismo y fascismo de la dependencia. En primer lugar, el socialismo no está a la orden del día en América Latina. El socialismo no es un método para desarrollarse más pronto sino una consecuencia del desarrollo. El socialismo en los países subdesarrollados, como lo demuestra la experiencia de este siglo, se transforma rápidamente en un capitalismo de Estado, generalmente controlado por una burocracia que gobierna de una manera despótica y absoluta en nombre de una idea (ideocracia). Tampoco es exacta la denominación “fascismo de la dependencia” para describir a las dictaduras militares sudamericanas. Son regímenes dictatoriales, fundados en la fuerza militar, generalmente (pero no siempre: recuerda el caso del Perú) conservadores y más o menos dependientes de Washington. En ellos no aparece ninguna de las características del fascismo: el jefe, el partido, la ideología pseudosocialista, populista y populachera, etc. En América Latina lo más cercano al fascismo han sido Perón y el peronismo.

     No tengo recetas infalibles para curar los males de México y América Latina. Tengo, sí, unas cuantas ideas o, más bien, sugerencias. Volveré sobre esto al final de la entrevista, ya que tu última pregunta repite implícitamente ésta que ahora me haces. En cambio, sí quiero decirte algo sobre el Estado. Esa es la verdadera amenaza a la que se enfrentan lo mismo los europeos que los asiáticos, los africanos que los latinoamericanos, es decir, el mundo entero. El “monstruo frío” ha crecido desmesuradamente en este siglo. A su imagen y semejanza, las otras organizaciones sociales —empresas capitalistas, sindicatos obreros, partidos políticos— se han transformado en Estados en miniatura, cada uno dotado de su correspondiente burocracia. El planeta se estatiza, es decir, se burocratiza. El proceso está más avanzado en los países llamados socialistas pero también en los capitalistas ha dado pasos gigantescos: las multinacionales, el complejo “militar-financiero” de los Estados Unidos, la CIA, el sindicalismo monolítico, los monopolios de la comunicación, etc. La era del Big Brother ha comenzado. En esto Orwell y Zamiatin fueron más perspicaces que los sabihondos del liberalismo y del marxismo. También hay indicaciones valiosas en Max Weber e instituciones asombrosas en la tradición anarquista. Nosotros, primero en Plural y ahora en Vuelta, nos hemos ocupado y nos seguimos ocupando del tema. (Te recomiendo, en el número 8 de Vuelta, el estudio de Nico Berti: “Anticipaciones anarquistas sobre los ‘nuevos patrones’”).[4] Hay que luchar contra la estatización universal. En México, por ejemplo, la crítica del centralismo no es menos urgente que la implantación de una política demográfica. El centralismo —económico, político, cultural— no es sino una forma más perfecta y terrible del monopolio, es decir, del absolutismo.

Se ha dicho (en el número 13 de Plural, octubre de 1972) que tu renuncia a la embajada en la India fue un acto de moral que despertó expectativas políticas, imposibles de cumplirse pues no querías ni podías regresar a México para convertirte en cabeza de la oposición. ¿Qué opinas al respecto?

     —El comentario de mi amigo José Emilio Pacheco (en Plural 13)[5] se basa, a mi juicio, en una confusión. No creo que se deba separar, en este caso, la moral de la política. Incluso podría afirmarse que la eficacia política de mi actitud consistió en que fue la expresión de una decisión moral. Dejé la Embajada de la India para expresar mi inconformidad moral con una política gubernamental. Así, no podía ni puedo convertirme en cabeza política de este o aquel grupo sin traicionar mi actitud. Creo que el escritor —la palabra “intelectual” es muy amplia y abarca a muchas categorías— es, como escritor, en las sociedades modernas, un ser marginal. Y por serlo, justamente, ejerce una función crítica. Esa función es central pero a condición de que aquél que la ejerce no esté en el centro de la acción, como el político, sino al margen. La eficacia política de la crítica del escritor reside en su carácter marginal, no comprometido con un partido, una ideología o un gobierno.

     En México, todos o casi todos los escritores, sin excluir a gente que fue la independencia misma como [José] Revueltas y [Daniel] Cosío Villegas, hemos servido en el gobierno. Compromiso peligroso que puede convertirse en pecado mortal si el escritor olvida que su oficio es un oficio de palabras y que entre ellas una de las más cortas y convincentes es NO. Uno de los privilegios del escritor es decir NO al poder injusto. Pero ese NO debe brotar de la conciencia y no de la táctica, la ideología o las necesidades del partido. La función política del escritor depende de su condición de hombre fuera de las combinaciones políticas. El escritor no es el hombre del poder ni el hombre del partido: es el hombre de conciencia.

Tras un breve entusiasmo inicial (el artículo de 1971 en Excélsior en el que dijiste que el presidente había “devuelto su transparencia a las palabras”, a raíz del cese de [Alfonso] Martínez Domínguez y [Rodrigo] Flores Curiel después del 10 de junio) tú mantuviste tus distancias respecto a Echeverría y él, en correspondencia, parece que se negó a darte el Premio Nacional de Letras. ¿Cómo juzgas o cómo explicas o justificas a tus amigos intelectuales que se comprometieron de pies a cabeza con Echeverría?

     —Escribí ese artículo, a pedido tuyo, a raíz de la salida de Martínez Domínguez y de Flores Curiel y de la promesa del presidente Echeverría de que se haría una investigación sobre los sucesos del 10 de junio de 1971. Dije que Echeverría “había devuelto su transparencia a las palabras”, pero dije asimismo que, justamente por eso, “merecía nuestra crítica”. El presidente no cumplió con su promesa y las palabras volvieron a empañarse. Así lo dije en una entrevista con Ignacio Solares, un mes o dos después de la promesa presidencial, y en muchos artículos en Plural. Sin embargo, algunos amigos míos —Carlos Fuentes, Fernando Benítez, José Luis Cuevas, y otros pocos más— decidieron colaborar con el régimen y darle su apoyo público. No estuve de acuerdo con su posición y así se los dije, en privado, varias veces. Nunca pensé que yo tenía derecho a condenarlos. Además, ¿cómo olvidar las actitudes valerosas de Fuentes y Benítez en tantas ocasiones —un ejemplo: ante el asesinato de Jaramillo— mientras muchos de sus críticos de ahora no chistaban? Naturalmente, nunca se me ocurrió que fuesen inmunes a la crítica y en Plural se publicaron algunos artículos más bien severos sobre su posición.  Pero me parece que hay cierta diferencia entre la crítica de un Zaid, por ejemplo, inflexible y cortés, y los ladridos y los aullidos de tantos perros y chacales que merodean por las afueras de la literatura.

     Un episodio del género chico: un grupo de jóvenes radicales, no desprovistos de talento, dedicaron un número del suplemento cultural de Siempre! a denunciar la posición de los “intelectuales liberales”. Utilizando el método de la amalgama —bien probado por inquisidores y fiscales— hicieron una mezcolanza con mi posición y las de Fuentes y Benítez para de esta manera, más fácilmente, arrojarnos al mismo infierno histórico:


Desterrados del Edén
penan en este arrabal
y de todos dicen mal
pero de ellos piensan bien.


Otro rapaz escribió recientemente, en el mismo suplemento y con la misma desfachatez, que El mono gramático es una obra en la que se transparenta mi desprecio por los hombres del tercer mundo, a los que veo como monos. ¿Qué contestar a esta monada? Ahora, en otro suplemento o complemento, me acusa de haber “capitalizado alevosamente los méritos ajenos pero no los riesgos”. Por ejemplo, capitalicé “la literatura de Contemporáneos pero no su reto moral” (¿cuál reto y qué moral?), “el nacionalismo sin el patrioterismo y el socialismo sin el estalinismo”. Para este joven el patrioterismo y el estalinismo son riesgos y oponerse a ellos es una capitalización alevosa. Sus cargos son descargos. El blanco de Blanco son las estatuas.[6] Está bien, pero hay que distinguir entre el picapedrero iconoclasta que las derriba y el perrito incontinente que orina a sus pies.[7] 

EL MEJOR PREMIO, LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

     —A pesar de mi actitud reticente y distante, Echeverría fue siempre amable conmigo. No creo que él haya influido para que no se me diese el Premio Nacional de Letras. El último año de su gobierno se me acercó uno de los jurados, amigo mío, y me preguntó si yo estaba dispuesto a aceptar el premio. Respondí que, después del atentado contra Excélsior y Plural, la pregunta me parecía una broma lúgubre. El mejor premio literario que puede dar un gobierno es aceptar la libertad de expresión y garantizar el ejercicio de la crítica. Cosío Villegas pensaba que el punto positivo de la gestión de Echeverría, por el que le serían perdonadas muchas cosas, era su respeto por la libertad de prensa. ¿Por qué, a última hora, con un solo gesto, anuló lo que había hecho? La soberbia es el vicio de los poderosos.

¿Qué puede hacer realmente por su país un escritor mexicano?

     —Yo no creo que los escritores tengan deberes específicos con su país. Los tienen con el lenguaje —y con su conciencia.

A 9 años de Tlatelolco y 7 de Posdata ¿cuál es tu visión actual del 68 en México?

     —Mi opinión sobre los acontecimientos de 1968 no ha variado sustancialmente. Después de Posdata (1970), he aventurado algunas reflexiones complementarias en la “Carta a Adolfo Gilly” (1972), el prólogo a la edición en inglés de La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska (1973) y en algunos artículos publicados en Plural y Vuelta. Hacia 1930 se consolida el régimen postrevolucionario. Entre 1945 y 1960 el país —mejor dicho: la burguesía, la clase media y vastos sectores de la clase obrera— viven en un estado de satisfacción hipnótica. Era el reposo de la digestión, la siesta histórica. El despertar fue brusco. En 1968 se rompió el consenso y apareció otra cara de México: una juventud indignada. Esa juventud pertenecía a la clase media, la nueva clase, surgida en los años de relativa prosperidad y que pedía, aunque sin formular claramente sus aspiraciones, una mayor participación en la vida política nacional. “Los tumultos del 68” decía yo cinco años después, en una serie de tres artículos publicados en Excélsior, “revelaron una grieta en el interior de la sociedad mexicana que podemos llamar desarrollada, es decir, en ese sector urbano que ha pasado en los últimos años por un acelerado proceso de modernización… Pero lo que otorga dramatismo y urgencia a la crisis del México moderno y desarrollado es su trasfondo: el otro México en andrajos, los millones de campesinos pobrísimos y las masas de desocupados que emigran a las ciudades y se convierten en los nuevos nómadas, los nómadas del asfalto”. Hoy, en 1977 la contradicción entre el México desarrollado y el subdesarrollado se ha vuelto más aguda. No es la contradicción de dos clases sino de dos tiempos históricos e, incluso, de dos países.

     El movimiento de 1968 expresó el descontento del sector urbano, lo mismo ante el sistema político mexicano (PRI) que ante la política económica, social y cultural de los últimos gobiernos. Había también el contagio de las agitaciones y revueltas juveniles en Estados Unidos y en Europa Occidental. El gran viento de rebeldía de esa década también sopló en México y agitó muchas conciencias. A pesar de su vaguedad, la palabra que condensaba las aspiraciones de los estudiantes —democratización— conquistó la adhesión de la clase media en todo el país. La demanda correspondía a algo real y de ahí que el gobierno de Echeverría y ahora el de López Portillo, después de la represión de 1968, hayan tratado de satisfacerla, aunque no sin contradicciones y vacilaciones. La reforma política en curso es, esencialmente, una consecuencia del movimiento de 1968.  Pero es evidente que lo que México necesita no es tanto una reforma de la legislación como el nacimiento espontáneo, desde abajo, de partidos populares independientes. ¿Por qué el movimiento de 1968 no tuvo como consecuencia la formación de uno o varios partidos políticos? Sería absurdo atribuir al monopolio del PRI la debilidad de los partidos políticos mexicanos. En España, después de cuarenta años de dictadura, hemos presenciado la reaparición de dos partidos vigorosos: el Socialista y el Comunista. En Venezuela hay una vida política más intensa y sana que en México. ¿Por qué?

     El panorama político no es alentador. La derecha mexicana ha dejado de pensar en términos políticos desde la muerte de Miramón. Es una clase acomodaticia y oportunista. Su táctica, lo mismo en la época de Díaz que ahora, consiste en infiltrarse en el Gobierno.  Es una clase que hace negocios pero que no tiene un proyecto nacional. El país, para ellos, no es el teatro de su acción histórica sino un campo de operaciones lucrativas. La izquierda sufre una suerte de parálisis intelectual. Es una izquierda murmuradora y retobona, que piensa poco y discute mucho. Una izquierda sin imaginación. No obstante, hay débiles signos que anuncian, quizá, un cambio. Por ejemplo, a juzgar por ciertas declaraciones recientes, el ejemplo de los comunistas españoles, italianos y franceses comienza a inquietar y sacudir a las conciencias petrificadas por tantos años de recitación de los catecismos pseudomarxistas. ¿Despertará la durmiente del bosque? Para que México encuentre al final su camino, los mexicanos debemos comenzar a pensar por cuenta propia. En lugar de importar soluciones para resolver problemas que no tenemos, deberíamos estudiar nuestros propios problemas. Son inmensos. No pido soluciones: pido que alguien se atreva a hacer las preguntas pertinentes.

Una última pregunta imposible e indispensable (pues nadie se hubiera imaginado en 1967 el México de 1977): ¿cómo ves el porvenir de nuestro país, sus innumerables amenazas y sus contadas esperanzas?

     Contestar a tu pregunta exigiría, aparte del don de videncia, muchas páginas y muchas horas. Ni tú dispones de las primeras ni yo de las segundas. Los budistas tienen un libro santo en cien mil estrofas pero tienen otro, no menos santo, que compendia toda la doctrina en un monosílabo: A. Por desgracia, no habla ningún Bodisatva por mi boca, de modo que no me queda el recurso de pronunciar una sílaba enciclopédica. Además, sería muy presuntuoso de mi parte enumerar las amenazas que nos rodean (tú mismo dices que son innumerables). En cuanto a las esperanzas: son vanas por definición. No, no veo —lo que se llama ver— el porvenir de México. Me consuelo pensando que los hombres, en general, no ven el futuro. Por eso, quizá, nuestra ocupación favorita es preverlo. Para desquitarnos de nuestra ceguera histórica, los hombres hacemos proyectos. Esos proyectos se transforman en obras que, a su vez, se convierten en ruinas.

     Hubo un gran proyecto mexicano en la segunda mitad del siglo XVIII: el Imperio. Lo derrumbaron, el siglo pasado, primero las tropas yanquis que nos invadieron y, después, los cañones republicanos. Otro proyecto: la república liberal de Juárez. No se derrumbó: Porfirio Díaz lo convirtió en un templo hueco. En el altar colocó dos estatuas: el telégrafo y el ferrocarril. Los revolucionarios colgaron de los postes del telégrafo a los caciques porfiristas y en cada estación de ferrocarril liberaron una batalla. Y así sucesivamente. La historia de México, como la de todas las naciones, es un cementerio de proyectos. Pero sin esos proyectos los pueblos no son pueblos ni la historia es historia.

     ¿Qué veo? Una ausencia de proyectos. Si vuelvo la cara hacia la derecha veo a gente atareada haciendo dinero; si la vuelvo a la izquierda, veo gente atareada discutiendo. Las ideas se han evaporado. O han hecho sus pruebas y han fracasado. La situación de México no es excepcional: el mundo vive, desde hace ya años, no las consecuencias de la muerte de Dios sino de la muerte del Proyecto. Ese Proyecto se llamó a veces Progreso, otras Revolución. Su nombre se ha desgastado. Los mexicanos creíamos que nuestro país era un cuerno de abundancia y sobre esa ilusión construimos, el siglo pasado, nuestro proyecto nacional. Al doblar el siglo descubrimos nuestra miseria: los tesoros del cuerno se los habían robado los de fuera o no eran tales tesoros sino un montón de piedras. Ahora el mundo entero comparte nuestra desilusión: asistimos al ocaso de las utopías, lo mismo las capitalistas que las socialistas. Unas y otras estaban basadas en el progreso infinito que, a su vez, había engendrado la ilusión del desarrollo continuo. Hemos descubierto que vivimos en un planeta finito y con recursos finitos. La reducción de las materias primas pone un hasta aquí al optimismo de las filosofías del siglo pasado. En el mundo subdesarrollado hay cada vez más habitantes y cada vez menos recursos. A menos de imprevisibles innovaciones técnicas y científicas, la situación de los desarrollados tenderá a empeorar. Cuando la situación se vuelva insostenible, acudirán a la fuerza. Esa es la primera y gran amenaza. Los mexicanos tienen la tendencia a olvidar que viven en el mundo, no en una isla. Es bueno recordar de tiempo en tiempo que no estamos solos. Y prepararnos para lo peor.

     La conjunción del exagerado crecimiento demográfico y del centralismo político y económico es explosiva. El centralismo, sea en la forma de monopolios capitalistas (nacionales y extranjeros) o en la forma de monopolios estatales, agudiza las enormes diferencias que separan a los mexicanos y hacen de cada clase social un mundo aparte, una plaza fuerte, y de cada individuo una planta espinosa. A su vez, el crecimiento demográfico puede paralizar nuestro modesto desarrollo económico y convertir a la ciudad de México, por ejemplo, en otra y más vasta Calcuta. Aunque con lentitud desesperante, nos encaminamos hacia formas políticas más democráticas. La demografía puede paralizar también este proceso. Cierto, tenemos el petróleo. Puede aliviar nuestros males, no curarlos. Agotado, la recaída será peor. 

     Nuestra pobreza es nuestra verdadera y única riqueza: la gente. Esa población desocupada, pasiva, ignorante, que nos parece una piedra atada al cuello, puede convertirse en brazos que trabajan e inteligencias que piensan. Si el almacén de proyectos históricos que fue Occidente se ha vaciado, ¿por qué no ponernos a pensar por nuestra cuenta, por qué no inventar soluciones? Algunos, poco oídos, han comenzado a hacerlo. Por ejemplo, Gabriel Zaid en esa serie de artículos que publicó en Plural bajo el título “Cinta de Moebio”. Otros, también, hemos pedido que se diseñen nuevos modelos de desarrollo. ¿Por qué no discutir esos temas en un ámbito nacional? En el fondo, el gran debate de la historia moderna de México, desde el siglo XVIII, es el de la modernización.  De los jesuitas de Nueva España a los liberales de Juárez, de los positivistas porfirianos a los revolucionarios del siglo XX, sin excluir a los marxistas y a los capitalistas —todos, con distintos métodos, han propuesto una misma idea: la modernización. El progreso ha sido y es para todos ellos un sinónimo de modernización. Muy pocos intelectuales han hecho la crítica de la modernización.  La crítica la ha hecho el tradicionalismo del pueblo mexicano, algunos poetas (López Velarde: “Patria, sé fiel a tu espejo diario”) y, a veces, como en la época de Zapata, el pueblo pobre en armas. Su utopía no venía de los libros. No era una utopía progresista sino intemporal, con raíces en la tradición oral y no en la libresca. No sugiero volver a Zapata ni a la aldea autosuficiente ni al neolítico. Pienso que en ese sueño de nuestros campesinos hay una semilla de verdad. ¿Por qué no poner en entredicho los proyectos ruinosos que nos han llevado a la desolación que es el mundo moderno y diseñar otro proyecto, más humilde pero más humano y más justo? 


2. Monsiváis: “Respuesta a Octavio Paz”

Proceso número 59 (19 de diciembre de 1977), pp. 39-41.

En los números 57 y 58 de la revista Proceso, el poeta Octavio Paz, entrevistado por Julio Scherer, en ocasión de su muy justo Premio Nacional, dictamina, devela, aclara, corrige, regaña, nos informa sin reticencias del estado actual de nuestras corrientes ideológicas y de la sinrazón de un país que carece de proyectos ajenos al por él intuido o sugerido. Aunque en el transcurso de su entrevista nos alude —a quienes trabajamos en La Cultura en México, suplemento cultural de Siempre!— no pretendo en estas notas sólo rectificar una muy rectificable apreciación de O.P. sino, sobre todo, consignar mis desacuerdos fundamentales con una línea interpretativa de la realidad mexicana, trazada, sustentada y legislada por Octavio Paz en dicha entrevista y a lo largo de los años recientes.

     Desacuerdo no es iconoclastia o negación a rajatabla. Con relación a lo primero, no creo estar ante un ídolo; en cuanto a lo segundo, ni me propongo ni me sería posible negar o minusvaluar los alcances y la densidad de una obra tan importante. Preservo y renuevo periódicamente mi admiración por gran parte de los escritos de Paz y, como muchos lectores, sigo reconociendo y agradeciendo sus aportaciones. Pero la condición de lector recalcitrante de Libertad bajo palabra, Piedra de sol, o Cuadrivio no me veda la lectura crítica de El laberinto de la soledad (libro tan discutible como excepcional), la lectura desencantada de Posdata, la lectura azorada de su múltiple don de generalizaciones. El talento de O.P. con ser universal no es omnisciente, aunque él suela pretender dogmáticamente el monopolio de la discrepancia. Por lo menos, así lo expresa su insistencia en descalificar a su adversario en turno, por el simple procedimiento de distorsionar, inventar o despojar de cualquier contexto sus razonamientos.

     Empezaré con un ejemplo de cómo puede alguien inscribirse en el género grande por el tranquilo método de confinar a sus contrincantes en el hoyo populista del género chico. Paz —para no ser menos que Buñuel— es fiel a sus obsesiones. Al discutir a los intelectuales partidarios de Echeverría evoca rápidamente a un número de La Cultura en México (9 de agosto de 1972. Participantes: Carlos Pereyra, Héctor Manjarrez, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín y yo) y dispone lo siguiente:


Un episodio del género chico: un grupo de jóvenes radicales, no desprovistos de talento, dedicaron un número del suplemento cultural de Siempre! a denunciar la posición de los ‘intelectuales liberales’. Utilizando el método de la amalgama —bien probado por inquisidores y fiscales— hicieron una mezcolanza con mi posición y las de Fuentes y Benítez para de ésta manera, más fácilmente, arrojarnos al mismo infierno histórico:

Desterrados del Edén
penan en este arrabal
y de todos dicen mal
pero de ellos piensan bien.


Si se hace el esfuerzo hemerográfico correspondiente se verá que ni hay amalgama alguna de las distintas posiciones frente al Estado, ni ataques contra Paz por la “transparencia de las palabras” de Echeverría ni cargos inquisitoriales a Fuentes o Benítez. Lo que hay es el intento de situar, en lo político y lo cultural, la función dentro del Estado y la sociedad de los Intelectuales (mayúscula de prestigio y reconocimiento con todo y pretensiones de “conciencia nacional”). Al respecto, también, Paz ha insistido en varias ocasiones en que en ese número se les “expulsó del discurso político”. Nadie asumió tan grave y ridícula decisión. Los párrafos que no cita para mejor desbaratarlos pertenecen al artículo de Carlos Pereyra:


Pudiera extrañar que… estos representantes liberales hayan pedido efectivamente constituir —durante un tiempo más o menos prolongado— el centro de la atención de quienes buscaban una imagen del país distinta de la oficial. La inexistencia de organizaciones políticas y la miseria del discurso político que caracteriza a la vida nacional de las últimas décadas hizo posible la emergencia de una corriente (limitadamente) crítica que, de alguna manera, expresaba la ausencia de ese discurso.

     En la medida en que se va configurando un auténtico discurso político, en oposición a la ideología dominante, esos intelectuales liberales quedan cada vez más aislados y no expresan sino su propia ausencia de la realidad nacional. Lo totalizador de sus sentencias no les da ya presencia alguna.


¿En dónde está la “expulsión del discurso político”? Seguramente en la necesidad que O.P. tiene de exhibir el stalinismo y la intolerancia de sus adversarios. Nadie condenó a Paz a infierno histórico alguno: él es, por el contrario, quien destierra del Edén (me imagino que el Edén de la alta cultura) a los “desfachatados” que “merodean por las afueras de la literatura”, los “perros y chacales” como dice en otra de sus gastadas y tediosas comparaciones zoológicas.

     Desbaratar una obsesión distorsionadora no tiene mayor importancia. Lo que me interesa, lo reitero, es manifestar mis discrepancias con el sistema de generalizaciones contundentes que con tanta frecuencia conduce a Paz a, por lo menos, una serie de vigorosas inexactitudes. Citaré unas cuantas que por su carácter de juicios absolutos constituyen su propio contexto:


1. “Alegar la dominación del PRI para explicar y justificar la naturaleza espectral de los partidos independientes es un recurso de mala fe. También lo es achacarla a la pobreza de nuestro pueblo, a su ignorancia o al imperialismo norteamericano (nuestro chivo expiatorio)”. (Vuelta, número 10).

2. “La derecha mexicana ha dejado de pensar en términos políticos desde la muerte de Miramón. Es una clase acomodaticia y oportunista. Su táctica, lo mismo en la época de Díaz que ahora, consiste en infiltrarse en el Gobierno.  Es una clase que hace negocios pero que no tiene un proyecto nacional. El país, para ellos, no es el teatro de su acción histórica sino un campo de operaciones lucrativas”. (Entrevista con Julio Scherer).

3. “La izquierda sufre una suerte de parálisis intelectual. Es una izquierda murmuradora y retobona, que piensa poco y discute mucho. Una izquierda sin imaginación”. (Entrevista con J.S.).

4. “En México no han sido los profesionales del antimperialismo los que han resistido mejor, sino la gente humilde que hace peregrinaciones al Santuario de la Virgen de Guadalupe. Nuestro país sobrevive gracias a su tradicionalismo”. (Plural, número 58). 

5. “Hoy, en 1977 la contradicción entre el México desarrollado y el subdesarrollado se ha vuelto más aguda. No es la contradicción de dos clases sino de dos tiempos históricos e, incluso, de dos países”. (Entrevista con J.S.).

6. “La eficacia política de la crítica del escritor reside en su carácter marginal, no comprometido con un partido, una ideología o un gobierno”. (Entrevista con J.S.).


Me he extendido en las citas de Paz porque de un modo u otro delimitan el territorio que él, en forma deliberada o no, propone como el único espacio intelectual. Si su punto de partida es la crítica a los regímenes llamados socialistas, su solución de continuidad para México asume la negación de La Izquierda, la minimización de La Derecha, los mandamientos obligatorios para El escritor, la recuperación de El salutífero tradicionalismo, la sustitución de la lucha de clases por la lucha del México crecidito contra el México subdesarrollado. Como siempre le sucede, a Paz le urge desechar el valor social de las ideologías y, a partir de allí, le subyuga la redondez de la frase: lo que allí no quepa, deséchese. La razón que muchas veces le asiste se diluye o pierde por su manía generalizadora. Por lo mismo, su crítica contra la corrupción y deformación del socialismo, justa y valedera en sus inicios se ha transformado en un programa de verdades a medias. En efecto, el stalinismo asesinó y reprimió bárbaramente a nombre del proletariado; en efecto, las burocracias usurpan el papel de la sociedad en su conjunto y rechazan tajantemente cualquier disidencia; en efecto, el socialismo verdadero es inseparable de las libertades individuales, del pluralismo democrático y del respeto a las minorías y a los disidentes. Mas para que la crítica a esas aberraciones tenga pleno sentido, debe, si se precisa de autoridad moral, ir acompañada de la participación en el esfuerzo de construir ese socialismo verdadero y, si sólo se requiere honestidad intelectual necesita ir acompañada de la evaluación (de ningún modo acrítica) de los grandes logros, digamos del reconocimiento del esfuerzo épico para construir la República Popular China, del heroísmo que creó la identidad del pueblo vietnamita o de la suma de significados que en América Latina acumuló y acumula la Revolución Cubana. La crítica a las deformaciones del socialismo debe acompañarse de una defensa beligerante de las conquistas irrenunciables.

     Para una mentalidad autoritaria, tener razón en parte quiere decir tener razón en todo. Véase la visión de O.P. de la realidad mexicana actual. La crítica siempre necesaria ante ese conjunto de actitudes dogmáticas, esfuerzos admirables, sectarismos, hazañas, intolerancias y aciertos interpretativos que conocemos como la izquierda, se transforma primero en la unificación arbitraria y sin matices y, luego, en la caricatura banal. En 1977, es muy difícil sostener que la izquierda “sufre una suerte de parálisis intelectual”. Por el contrario, en los últimos años ha sido impresionante el volumen de trabajo analítico de esa izquierda que, no sólo desde las universalidades, efectúa un reconocimiento integral del país y de sus vinculaciones con el resto del mundo. ¿A quiénes alude Paz con su imagen de “izquierda de mumuradores y retobones”? ¿Al PPS o a corrillos en Ciudad Universitaria? Lo cierto es que en México han surgido en las colonias populares, en las escuelas y facultades, en el movimiento obrero, en el campo, en la pequeña burguesía, grupos cuya acción se define legítimamente como de izquierda y a quienes sólo la desfachatez puede aplicarles los adjetivos de “murmuradora y retobona”. ¿“Murmuradores y retobones” los militantes de partidos enfrentados en toda la provincia a los odios caciquiles y a la irracionalidad homicida de gobernadores, porros y guardias blancas? ¿“Murmuradores y retobones” los miembros de la Tendencia Democrática que han dado con su orgullo de clase, su valentía y su solidaridad un alto ejemplo moral ante el acoso de fuerzas aplastantes? ¿“Murmuradores y retobones” los detenidos y torturados y desaparecidos? Es casi penoso recordarle —a quien nos legó el gesto extraordinario de su renuncia diplomática después de la matanza de Tlatelolco y a quien abandonó junto con un equipo de escritores la revista Plural como acto de dignidad al consumarse el golpe pistoleril contra el Excélsior dirigido por Julio Scherer— que la izquierda, por más limitaciones históricas que tenga, sigue siendo la alternativa más coherente y valiosa para el país. Como sea, la versión desdeñosa de O.P. se rehúsa a tomar en cuenta el vasto control y el vigor represivo y corruptor de la clase gobernante. No, no es un mero recurso de mala fe “alegar la dominación” del PRI para explicar y justificar “la naturaleza espectral de los partidos independientes”. El PRI es también la CTM y quienes han luchado por un sindicalismo libre, de los ferrocarrileros de Demetrio Vallejo a los electricistas de Rafael Galván, saben que la dominación del PRI-CTM incluye golpizas, ceses, desalojos brutales, intervenciones policiacas, asesinatos. Nadie que yo sepa, le ha achacado a la pobreza o la ignorancia del pueblo el estado presente (no tan espectral, de cualquier modo) de los partidos independientes. Pero tampoco encuentro muchas tesis en favor de la idea del imperialismo norteamericano como “nuestro chivo expiatorio”. ¿Qué significa esta afirmación? ¿Que en este chivo descargamos la cólera de nuestras frustraciones e impotencias, o que lo sacamos a colación cada vez que la mano atávica desenfunda el cuchillo de obsidiana previo desprendimiento de la máscara? Paz sabe perfectamente de la realidad trituradora y omnímoda de este chivo imperial y sólo su gusto por frases circulares y perfectas pudo llevarlo a una tan lamentable.

     El afán de pontificar es pésimo consejero. Paz tiene razón frente a los intelectuales orgánicos de Regino Díaz Redondo[8] (y en ese sentido nada más justo que el editorial de Vuelta, número 13), pero no la tiene al creer que conoce la izquierda de hoy, como tampoco la tiene cuando visualiza el consejo de ancianos del Partido Acción Nacional y afirma —precisamente en el momento y en el sexenio de mayor influencia de la derecha desde hace muchos años— que la “derecha mexicana ha dejado de pensar en términos políticos”. ¿Qué es “derecha” entonces? ¿Se puede trivializar llamando “Acomodaticios y oportunistas” a quienes le declararon en 1976 la guerra al Estado y lo han combatido con rumores, fugas de capitales e identificación de Iniciativa Privada con batalla de los puros contra la corrupción de la Revolución Agraria misma? ¿Se puede decir que “carece de proyecto nacional” una derecha que transmite y ratifica a diario sus valores a través de su control de casi todos los medios masivos y que hoy enarbola, arrogante y amenazadora, la ideología empresarial como la salvación de México? El proyecto nacional de la derecha, abierto y galopante, incluye como última etapa el fascismo de la dependencia, pero en sus etapas intermitentes exige la sumisión, el orden a-como-dé-lugar, la vuelta al respeto del Empresario, la cesación incluso de la demagogia de la Reforma Agraria, la ejecución al pie de la letra de la política restrictiva del Fondo Monetario Internacional. Vaya que la derecha mexicana tiene un proyecto y muy concreto: sobrevivir históricamente haciendo que las mayorías apenas sobrevivan físicamente, hacer de la educación privada el molde de conquista, doblegar al Estado hasta lo último conminándolo a la represión, eliminar molestias innecesarias como la educación sexual, congelar al país en la moral decimonónica, unirnos en fin con el resto del continente.

     El problema de O.P. es su ilusión de totalidad, su capacidad de reducirlo todo para mejor entenderlo. Las derrotas de la izquierda no lo remiten nunca a la posibilidad de incluir entre sus causas la fuerza del aparato represivo. Son siempre la estupidez y la insuficiencia los motivos categóricos. Generalizar es también dictaminar. Paz erige a la conciencia (definida vaga y más que subjetivamente) como el otro compromiso del escritor (el primero es el lenguaje). En función de esto, insiste en la condición marginal ante el Estado, el único elemento que le interesa de modo a la vez alerta y alarmista. Está en su perfecto derecho de darse a sí mismo cualquier ordenanza. Pero no es de su incumbencia saber hasta lo último en dónde reside la eficacia política de la crítica del escritor, y mucho menos exigirle a éste la por lo demás imposible desvinculación de una ideología o impedirle que identifique marginalidad con neutralidad o que desee definirse no sólo ante el Estado sino también ante la iniciativa privada y el derecho de las mayorías.

     Las cabezas de la entrevista de Scherer seleccionan un Paz desesperanzado: “Veo una ausencia de proyectos. Las ideas se han evaporado. Hay que prepararnos para lo peor”. Paz mismo es más optimista de un modo vago y, extrañamente en él, dubitativo. A una realidad entrevista tan categóricamente le opone al final preguntas retóricas. En las cabezas de la revista esa esperanza lejana se transforma en tierra baldía. A mi vez, pienso que, en forma precaria pero sólida, diversos proyectos se movilizan imperiosamente, se incrementa y solidifica la confrontación de ideas y, así sea en verdad urgente prepararse para lo peor, no es posible ignorar (y en un gran escritor como Paz no es fácil entender tal omisión) que en todo el país —y la observación dista de ser demagógica— existe y se multiplica la gente decidida a exhibir y practicar la democracia y disponer el camino del socialismo, gente que, sabiendo que nuestra pobreza es nuestra pobreza prescinde de los criterios apocalípticos y se organiza preparándose también para lo mejor.


3. Paz: “Aclaraciones y reiteraciones”

En el número 59 de Proceso aparece un artículo de Carlos Monsiváis en el que, para emplear sus palabras, “consigna sus desacuerdos” con mis opiniones. Me alegra que al fin abandone la murmuración y se decida por la discusión abierta. Procuraré responderle con brevedad. No será fácil: si mi pecado es “la manía generalizadora”, el suyo es el discurso deshilvanado, hecho de afirmaciones y negaciones sueltas. Monsiváis no es un hombre de ideas sino de ocurrencias. La acumulación de detalles no es un defecto cuando se escribe una crónica; sí lo es en la crítica intelectual y política. La ligereza se convierte en enredijo y aparecen las tres funestas fu: confuso, profuso y difuso.

     Monsiváis dice que en el número aquel del suplemento de Siempre! (“En torno al liberalismo de los setenta”) “no hubo amalgama alguna de las distintas posiciones (de los intelectuales) frente al Estado”. Cualquiera que lea esos artículos podrá comprobar que en ningún caso sus autores distinguieron las posiciones individuales de cada escritor sino que los juzgaron en bloque y bajo la no muy exacta etiqueta de “intelectuales liberales”. Esto se llama, en español, amalgama: la mezcla de cosas de naturaleza distinta. Monsiváis niega que en el artículo de Carlos Pereyra se anunció la expulsión de los “intelectuales liberales” del discurso político nacional y cita un párrafo de ese artículo. Me froto los ojos pues esto es lo que dice textualmente este párrafo: “En la medida en que se va configurando un auténtico discurso político, en oposición a la ideología dominante, esos intelectuales liberales quedan cada vez más aislados y no expresan sino su propia ausencia de la realidad nacional. Lo totalizador de sus sentencias no les da ya presencia alguna”. O Monsiváis padece una curiosa perturbación mental que lo hace leer lo contrario de lo que está escrito o quiere burlarse de sus lectores.

     A continuación reproduce seis párrafos de distintos escritos míos y los llama “juicios absolutos que constituyen su propio contexto”. A mí me parecen opiniones inseparables de su contexto. Monsiváis acude a un método no muy distinto al de la “amalgama”: aislar un párrafo del texto, darle un carácter absoluto y así condenar al autor.

1. En el primer párrafo se refiere a la debilidad de los partidos políticos mexicanos. En ningún momento he negado la influencia nefasta del PRI y del imperialismo norteamericano sobre la vida política de México. No ignoro las golpizas y las detenciones arbitrarias. En Vuelta y, antes, en Plural, hemos denunciado esas prácticas y abusos. Tampoco soy un enemigo del sindicalismo libre. Todas esas exclamaciones e insinuaciones de Monsiváis son recursos retóricos. Lo que he dicho es que la influencia del PRI y del imperialismo —por más poderosa, negativa y opresora que sea— no basta para explicar enteramente la debilidad de los partidos políticos mexicanos. En ese mismo artículo (párrafo omitido por Monsiváis) señalaba que en otros países había una vida política más sana, a pesar de que habían padecido dictaduras más rigurosas que la dominación política del PRI. Citaba el ejemplo de España —donde, después de cuarenta años de franquismo, hay un poderoso partido socialista y un activo partido comunista— y el de Venezuela. Dije algo parecido en mi conversación con Julio Scherer (Proceso 56 y 57). Por último, lejos de ser una afirmación categórica, como dice Monsiváis, mi observación —pues no era más que eso— terminaba en una interrogación: ¿por qué?  Me parece que Monsiváis debería hacerse la misma pregunta. Es de veras central. Contestarla es menos fácil —pero más útil— que colgar sambenitos.

2. Una opinión mía sobre el tradicionalismo mexicano provocó también el escándalo (¿fingido?) de Monsiváis. Apenas si necesito aclarar que el tradicionalismo no me parece ni bueno ni malo en sí mismo; es un fenómeno social y su influencia, a veces positiva y otras maléfica, depende de las circunstancias y el momento. La creencia en la Virgen de Guadalupe no sólo ha sido un signo de identidad mexicana sino que ha resistido mejor a la erosión del imperialismo que las ideologías políticas nacionalistas y antimperialistas. No es difícil adivinar la razón: las creencias, en general, duran más que las ideologías. Se trata de un hecho incontrovertible y bien conocido por todos los historiadores y sociólogos. Es poco creíble que Monsiváis lo ignore, de modo que su indignación es un recurso retórico.

3. ¿Dónde y cuándo he dicho que “la lucha entre el México desarrollado y el subdesarrollado substituye a la lucha de clases”? He dicho —y no he sido el único— que hay un México más o menos moderno y que hay otro marginal, tradicional y en andrajos. Esta es la contradicción mayor, no la única, en nuestro país. El proyecto de la “modernización” de México, iniciado a fines del siglo XVIII y continuado a través de distintas ideologías, a veces antagónicas (Juárez y Alamán), consistía en la transformación del sector tradicional, el más numeroso y el más pobre. Contra esos programas se han levantado una y otra vez los campesinos pobres de México. Hoy, en 1977, el proyecto de “modernización” parece enfrentarse a un muro no de piedra sino de cuerpos y almas: el México tradicional, lejos de transformarse, aumenta, se extiende por todo el país y penetra en los reductos de la modernización: las ciudades. Otra parte de ese México ofendido y humillado salta las alambradas y las púas de la frontera y se convierte en una suerte de subproletariado marginal en los Estados Unidos. Monsiváis me acusa de hacer generalizaciones apresuradas y de un gusto inmoderado por las frases: ¿no podría yo acusarlo, quizá con más derecho, de convertir los problemas reales y concretos de México en temas ideológicos? No es que sea ciego ni miope sino que para él la realidad es siempre ideológica. Por eso, incluso cuando parece referirse a lo que está pasando, habla siempre de otras cosas.

4. Otra lectura fantasiosa de mis opiniones: nunca he pedido que el escritor “se desvincule de una ideología” ni se me ha ocurrido “impedirle que identifique marginalidad con neutralidad o que desee definirse no sólo ante el Estado sino también ante la iniciativa privada y el derecho de las mayorías”. (El estilo chicloso de estas frases me desanima: en general Monsiváis es más ocurrente). El escritor puede militar en las escuadras de Lutero o en la Compañía de Jesús, jurar en nombre de Hermes Trismegisto o en el de Mao, sentirse neutral ante todos los sistemas y los poderes como un nuevo Diógenes, atacar a los monopolios privados o a los estatales, defender el derecho de las mayorías frente al tirano, el de las minorías ante las mayorías y del individuo contra todos. Pero el escritor tiene una responsabilidad mayor con su conciencia que con sus creencias, su patria, su iglesia o su partido. Si su Obispo miente, si su Rey tortura, si su Patria es injusta, si su Partido oprime —el escritor debe decirlo. Los intelectuales franceses (los llamados 121) que en 1960 denunciaron la política de Francia en Argelia, fueron admirables. Mientras la mayoría de sus compatriotas —incluidos casi todos los partidos políticos— callaban o asumían actitudes ambiguas, ellos hablaron. Un ejemplo contrario es el que cita Raimundo Lida: el gran poeta Quevedo, en una carta a su patrón, el Duque de Osuna, le recomendaba que se torturase a unos conspiradores pero que se guardase el secreto. Ese “guardar el secreto” es lo que he llamado razón de Estado. Frente a ella no encuentro otra instancia que la de nuestra conciencia. Cierto, el término es demasiado subjetivo y de difícil definición. ¿Monsiváis conoce otro? De todos modos, por más vaga que sea la palabra conciencia, a ella le debemos algunos ejemplos memorables: Sócrates ante sus jueces, Giordano Bruno frente a sus inquisidores, Bartolomé de las Casas ante los encomenderos españoles, [Henry David] Thoreau denunciando la guerra emprendida por su patria contra México, [André] Gide escribiendo sobre el imperialismo francés en África, [George] Orwell y su Homenaje a Cataluña.

5. Tampoco es cierto que “el Estado es el único elemento” (quiere decir: institución) que me interesa. En muchos artículos he dicho —y lo repito en mi conversación con Julio Scherer— que la nueva forma de dominación, la burocrática, no se limita a los Estados, capitalistas o “socialistas”, sino que también aparece en las estructuras impersonales de las grandes compañías capitalistas, en los sindicatos obreros y en los otros monopolios políticos y económicos. Naturalmente, el proceso de dominación burocrática culmina en el Estado. Su forma más acabada y perfecta se llama totalitarismo. Da un poco de vergüenza tener que recordar estas cosas a un hombre inteligente como Monsiváis.

6. Los otros dos párrafos que reproduce Monsiváis se refieren a la “ausencia de un proyecto histórico”, lo mismo entre la izquierda que entre la derecha de México. Monsiváis tuerce mi idea acerca de la muerte del Proyecto (con mayúscula) y la confunde con la existencia de luchas episódicas entre las clases, los grupos y los individuos. Pero una cosa son los intereses y la lucha por los intereses, otra la elaboración de proyectos históricos que sean, simultáneamente, una imagen de la sociedad y un modelo de lo que quiere ser. Me cuesta trabajo creer que Monsiváis no haya entendido lo que yo quería decir. La Constitución de los Estados Unidos, la Declaración de los Derechos del Hombre en 1789, el Manifiesto Comunista: esos son proyectos históricos. Las querellas entre Jefferson y Adams, los girondinos y los jacobinos, Bakunin y Marx, son episodios centrales pero no son proyectos.

     Monsiváis no sólo confunde episodio y proyecto. Además, omite algo que yo siempre he subrayado: el crepúsculo de los proyectos no es un fenómeno exclusivamente mexicano sino universal. La gran idea-motor que nos legó el siglo XIX, el Progreso —o como lo llama el historiador Bury: la estrella intelectual que nos guió desde el siglo XVIII[9]— sufre un eclipse, lo mismo en sus variantes liberales y evolucionistas que en las revolucionarias y colectivistas. Pero darse cuenta de la crisis de la idea del Progreso no significa extender el certificado de defunción del género humano; al contrario, es un indicio de que vivimos en una verdadera vuelta de los tiempos. La aparición —mejor dicho: la reaparición de pueblos, civilizaciones y movimientos marginales es parte de este gran cambio. Pienso en la tradición libertaria y en el pluralismo pero asimismo en tradiciones excéntricas hasta hace poco como la latinoamericana.

     En México los grandes proyectos conservadores se hicieron añicos durante las guerras civiles y extranjeras del siglo pasado. Desde entonces las clases propietarias no tienen ideas propias y viven, intelectualmente, de retazos de la ideología progresista del capitalismo norteamericano.  Tienen, eso sí, intereses vastísimos y luchan por confiscar completamente el Estado post-revolucionario, como antes, durante el porfiriato, confiscaron el Estado liberal. Pero tener intereses y luchar por ellos no equivale a tener un proyecto histórico.

     La crisis de la izquierda mexicana obedece a causas distintas. En primer término, es una consecuencia, en parte, del desgaste de la revolución mexicana, con la que ha estado constantemente identificada de una manera o de otra; además, y sobre todo, es un reflejo de la crisis universal de la idea socialista y muy especialmente del marxismo. Crisis intelectual, moral y política: el gulag en Rusia, los disidentes en todo el Este comunista, Lin Piao y la “banda de los cuatro” en China, el conflicto chino-soviético, las matanzas de Cambodia, el cisma de Albania, el de Yugoslavia, [Enrico] Berlinguer, Santiago Carrillo, la rebelión de los intelectuales en Europa Occidental… Si la izquierda mexicana quiere salir de su letargo intelectual debe comenzar por hacerse un riguroso “examen de conciencia filosófica y política”. Es lo que están haciendo los europeos. El mismo Althusser no tiene empacho en declarar que “el marxismo está en crisis”. Servirse de los “detenidos, torturados y desaparecidos” como arma de discusión para impedir la crítica intelectual, como lo hace Monsiváis, es indecente.

     Ahora, más vale tarde que nunca. Monsiváis admite que “en efecto, el estalinismo asesinó y reprimió bárbaramente en nombre del proletariado; en efecto, las burocracias usurpan el papel de la sociedad en su conjunto y rechazan tajantemente cualquier disidencia; en efecto, el socialismo verdadero es inseparable de las libertades individuales, del pluralismo democrático y del respeto a las minorías y a los disidentes”. Me alegra que lo reconozca. Nunca antes se había expresado con tanta franqueza y ningún lector de sus escritos se hubiera imaginado que tenía esas convicciones políticas. ¿En qué consiste, pues, su desacuerdo conmigo? En que no se atreve a decir que, si es cierto todo lo que dice, no hay socialismo verdadero en los llamados países socialistas. Se refugia en las verdades a medias, habla de las “conquistas irrenunciables” y, cuando se trata de especificarlas, se vuelve lírico: “esfuerzos épicos, heroísmos sin nombre, suma de significados”.

     Me acusa de autoritario en el mismo párrafo en que se atreve a imponer como condición de la crítica al socialismo burocrático “el reconocimiento de sus grandes logros”. ¿Se ha preguntado si esos “grandes logros” se inscriben en la historia de la liberación de los hombres o en la de la opresión? Desde los Procesos de Moscú —y aún antes— un número cada vez mayor de conciencias se pregunta cómo y por qué una empresa generosa y heroica, que se proponía cambiar a la sociedad humana y liberar a los hombres, ha parado en lo que ha parado. El análisis y la denuncia de las nuevas formas de dominación —lo mismo en los países capitalistas que en los “socialistas” y en el mundo subdesarrollado— es la tarea más urgente del pensamiento contemporáneo, no la defensa de los “grandes logros” de los imperios totalitarios.

      Mi crítica al pensamiento mexicano de izquierda —no a los militantes ni a las víctimas— es su aceptación a medias de los hechos y su incapacidad para deducir de ellos las consecuencias necesarias. Yo nunca he dicho que no existan fuerzas de izquierda y de derecha en México. Lo que he dicho es que la derecha tiene más interés en sus intereses que en sus ideas; mientras que la izquierda, que sí se interesa en las ideas, argumenta mal, con timidez y sin rigor ni libertad crítica. A Monsiváis le irrita que hable de una izquierda murmuradora y que generalice. Puedo particularizar en su caso, a sabiendas de que la murmuración, precisamente porque no da la cara, no es documentable.

     Monsiváis publica semana a semana dos planas completas de ataques anónimos en La Cultura en México, suplemento de Siempre! Se trata de la pieza fuerte del suplemento que alguna vez fue el mejor de México. Curiosa aportación a la literatura mexicana: Monsiváis dedica su talento y no sé cuántas horas a la semana a hurgar en los basureros del periodismo para pepenar, por ejemplo, en la revista Notitas Musicales, una declaración ridiculizable de una joven cantante, que él adereza con burla y sarcasmos baratos, naturalmente sin firma. ¿Es ésta la “defensa beligerante de las conquistas irrenunciables del socialismo”? Pura murmuración. Podría dar otros ejemplos de esta actitud: no lo haré porque mi intención no es lanzar cargos sino fijar posiciones. Por eso me alegra que, al menos en este caso, Monsiváis haya tenido valor civil.

     Agradezco a Luis González de Alba su crítica (Uno Más Uno, 21 de diciembre). Tiene razón: en mi conversación con Julio Scherer cometí el error de no aclarar que mis críticas estaban dirigidas a los doctores de las Escrituras revolucionarias y no a los militantes, ni sobre todo, “a esa fuerza subterránea compuesta por aquellos que ignoran a veces hasta el término izquierda” pero que dan la cara, pelean, pierden los empleos y son encarcelados, golpeados y maltratados.

     J. J. Blanco vuelve a reprocharme, en Siempre![10]no haber sido patriotero ni stalinista. ¿Qué puedo contestarle?


4. Monsiváis: “Rectificaciones y relecturas: y sin embargo lo dijo”

Proceso número 62 (9 de enero de 1978), pp. 31-34.

El número 61 de Proceso nos muestra a un Octavio Paz parcialmente insólito: susceptible de duda, dispuesto a matizar, proclive incluso a la rectificación (siempre y cuando nadie se dé por enterado). Por lo demás, su respuesta a mi artículo del número 59 es un doble escamoteo: desaparecen algunos juicios contundentes que originaron mi réplica (juicios que, por ser para nosotros, ostentan ya el precio rebajado de las opiniones) y se hurta el sentido de la polémica reduciéndola a una mala lectura de mi parte de sus textos sagrados. En la prestidigitación, se ayuda con los golpes escénicos previsibles: insultos de autocomplacencia estatal (“murmurador”) o de carambola fonética (“confuso, profuso y difuso”) sentencia donde al mínimo suspense lo recompensan las sonrisas del público: “Monsiváis no es un hombre de ideas sino de ocurrencias”. Padrísimo, personalizada la discusión, a contar aplausos de uno y de otro lado. Me toca: “Paz no es un hombre de ideas sino de recetas”. Ahora sí, encapsulados en sus respectivos monólogos, quedan con ustedes el boticario y el ocurrente.

     No me interesa tal intercambio de frases evocables a la hora de falta de temas. Paz es un hombre de ideas (fijas y de las otras) y a ellas respondí cuando descendieron al nivel de minimizaciones retóricas de la realidad. No contesté por la ociosa tarea de Tener Razón Sobre nada-menos-que Octavio Paz. Creí y sigo creyendo necesario salir al paso de generalizaciones dogmáticas sobre política que en este caso importan precisamente por las cajas de resonancia de que O.P. dispone. Me disculpo con el lector: al doble escamoteo —de citas y de temas— deberé aplicar la repetición (para precisar dónde quedó la bolita). Ante una amnesia programada propongo la vuelta al centro del debate.

     En la entrevista con Scherer, Paz declaró (y contemplen esta frase ahora, en su quietud olímpica):


La izquierda sufre una suerte de parálisis intelectual. Es una izquierda murmuradora y retobona, que piensa poco y discute mucho. Una izquierda sin imaginación.


     Hete aquí a la izquierda, vuelta témpano monolítico, sin el desarrollo que le niegan sus tristes y menguadas facultades mentales. Que la culpa de todo es nomás de ella, a Paz le pareció evidente. “Sería absurdo atribuir al monopolio del PRI la debilidad de los partidos políticos mexicanos”, le afirma a Scherer con la misma “humildad observadora” antes desplegada en Vuelta (número 10):


Alegar la dominación del PRI para explicar y justificar la naturaleza espectral de los partidos independientes es un recurso de mala fe. También lo es achacarla a la pobreza de nuestro pueblo, a su ignorancia o al imperialismo norteamericano (nuestro chivo expiatorio).


En su réplica, Paz no insinúa el tipo de lectura pertinente. Saber leer sus declaraciones políticas es adivinar sus rectificaciones inminentes. Leerlo es cambiar la arrogancia del dictum actual por la temperancia de la observación próxima. Matiza ahora:


Lo que he dicho es que la influencia del PRI y del imperialismo —por más poderosa, negativa y opresora que sea— no basta para explicar enteramente la debilidad de los partidos políticos mexicanos. (Subrayados de C.M.).


     Así está mejor. Pero no muy convencido, Paz vuelve a la carga. En otros países —nos informa— hay una vida política más sana a pesar de haber padecido dictaduras más rigurosas que la dominación política del PRI. Y vienen los dos ejemplos: España después de Franco y Venezuela. O sea, lancémonos a la política ficción (lo que será México después del PRI) o repitamos el conocido juego “lo que pasaría si México se llamara de otro modo, no hubiera tenido nunca al PRI, no viviera ya bajo una dictadura y habitara en otra parte”.

     Nadie responsable que yo sepa le achaca deterministamente al aparato político el escaso desarrollo de las fuerzas de izquierda. Pero la ingenuidad retórica de Paz nos devuelve a la obviedad: “En Venezuela hay una vida política más intensa y sana que en México ¿Por qué?”. Seguir preguntándose eso —dejando en el limbo a nuestro chivo expiatorio— es negarse a comprender una función esencial del PRI-Gobierno. La debilidad y la naturaleza (de nuevo no tan) espectral de los partidos independientes se explican en lo fundamental por la fuerza de corrupciones, asimilaciones y represiones. El sectarismo, el dogmatismo y la provocación de muchos grupos de izquierda (por lo demás, hechos bien reales) son causas menores frente al cacicazgo, los latifundios y sus guardias blancas, los fraudes electorales, la intimidación, la despolitización como promesa de seguridad personal, el control del movimiento obrero, el acoso y los no infrecuentes asesinatos de líderes independientes, la sumisión de la casi totalidad de la prensa, la manipulación de los medios masivos, los ceses y despidos a los trabajadores de clara o intuida filiación política. “¿Por qué?”. El interrogante de Paz es un elogio a su desinformación o una confianza inesperada en la amplitud democrática del país.


Servirse de los “detenidos, torturados y desaparecidos” como arma de discusión para impedir la crítica intelectual, como lo hace Monsiváis, es indecente.


     Le sugiero a O.P. una relectura de mi artículo. Yo no “impedí” crítica intelectual alguna a la izquierda. Me opuse al pobre reduccionismo capaz de ver en la izquierda sólo ausencia de ideas, murmuración y retobo, para facilitarse la “comprensión” que cabe en una retórica totalizadora. O.P. tiene todo el derecho a cualesquiera opinión (el nuevo y modesto nombre de sus dogmas) sobre las izquierdas; lo que no puede hacer es encerrar un fenómeno tan vasto, variado y complejo en la imagen de un hato pre-conspirativo y semi-idiota envuelto en la docilidad del rezongo. Obligado a recapitular, Paz lo hace un tanto a fuerzas: “mi crítica es al pensamiento mexicano de izquierda no a los militantes ni a las víctimas”. Y le agradece a Luis González de Alba la misma crítica que, dicha por mí, le sonó a indecencia. “Tiene razón: en mi conversación con Julio Scherer cometí el error de no aclarar que mis críticas estaban dirigidas a los doctores de las Escrituras revolucionarias y no a los militantes ‘ni, sobre todo a esa fuerza subterránea compuesta por aquellos que ignoran a veces hasta el término izquierda’ pero que dan la cara, pelean, pierden los empleos y son encarcelados, golpeados y maltratados”. Reconocido esto y puesto a probar que la izquierda es murmuradora y retobona, Paz sólo ejemplifica con una sección a mi cargo en el suplemento cultural de Siempre! Hermoso viaje de una generalización: del absoluto a “Por mi madre, bohemios”.[11] ¿No le convendría a Paz informarse antes de pontificar o, tratándose de política, dejarse ya de prescindir de la realidad para hablar de ella? Porque su definición ha quedado así:


La izquierda, esto es, los doctores de las Escrituras revolucionarias y más concretamente la sección Por mi madre, bohemios, es murmuradora (lo retobón se perdió en el camino).


     Algo similar le ocurriría si intentase probar su afirmación de la “parálisis intelectual” de la izquierda. La izquierda, común denominador de diversas tendencias sólo unificadas por la exigencia de cambio, está generando las interpretaciones más críticas, profundas y originales de la realidad nacional y su vinculación con el mundo y, también encerrada en sus ghettos revolucionarios, sigue contribuyendo a su propio deterioro con luchas internas, histerias ideologizantes, expulsiones y contraexpulsiones. Al juzgarla de un tajo, Paz la simplifica e inventa otra de sus generalizaciones victoriosas y se impide a sí mismo entenderla. Por lo demás no va muy lejos en su deseo de matiz. De nuevo concluye que la izquierda (La Izquierda) acepta a medias los hechos, es incapaz de deducir de ellos las consecuencias necesarias, argumenta mal, con timidez, sin rigor ni libertad crítica y que su crisis es consecuencia parcial “del desgaste de la revolución mexicana con la que ha estado constantemente identificada de una manera o de otra”. ¿Qué izquierda y cómo lo prueba? Desde Ávila Camacho es imposible sostener la identificación de la izquierda con la revolución mexicana. Además, si —incluso para un oído tan ubicuo— la murmuración no es documentable, la argumentación de ideas sí.  No le pido a Paz una monografía o una investigación de campo, pero le recuerdo que la acumulación de impresiones e imprecisiones no es un defecto cuando se escribe un poema: sí lo es en la crítica intelectual y política. El dogma se convierte en acertijo y el lector se sabe no frente a un interlocutor sino ante quien se pretende la Instancia Última.

     En lo tocante a la “ausencia de proyecto histórico” de la derecha y de la izquierda, Paz me acusa de confundir episodio y proyecto y de omitir el carácter universal del crepúsculo de los proyectos. Le repito su definición concluyente:


La derecha mexicana ha dejado de pensar en términos políticos desde la muerte de Miramón. Es una clase acomodaticia y oportunista. Su táctica, lo mismo en la época de Díaz que ahora, consiste en infiltrarse en el Gobierno.  Es una clase que hace negocios pero que no tiene un proyecto nacional. (Subrayados de C.M.)


     ¿En dónde está la grandilocuencia del Proyecto Histórico, con mayúsculas? Paz habló de la ausencia de un pensamiento político y le respondí que sí veo ese pensamiento político y en forma por demás evidente. No es un pensamiento organizado o audaz pero es el que se necesita para un proyecto nacional de dominación. Por lo mismo, no son nada más “gente atareada haciendo dinero”, sus ideas no se han evaporado ni “tienen más interés en sus intereses que en sus ideas” mismas que —basadas en la inmanencia del respeto a la propiedad privada y la moral tradicional— ellos fortalecen, difunden e implantan masivamente usando para ello, entre otros recursos el enorme de los medios masivos de difusión. Al pregonar su ideología como la única visión del mundo válida, la derecha (el capitalismo) no sólo se atarea haciendo dinero: se da tiempo para organizarse férreamente, logra cada vez mayor número de ventajas de parte del Estado, conmina a la represión, es un sector dentro del Estado, actúa con sentido melodramático los intereses imperialistas. Para minimizar Paz agiganta su teoría del “proyecto histórico”: “tener intereses y luchar por ellos no equivale a tener un proyecto histórico”. Vaya que sí equivale cuando dicho proyecto es, por ejemplo la sobrevivencia de una clase, meta a la cual se le confiere la resonancia teórica y práctica de una Constitución, de un Manifiesto o de una Declaración de los Derechos del Hombre. Tener intereses y luchar por ellos a costa de los demás intereses de la sociedad, a costa de la desaparición de las mínimas libertades democráticas todavía existentes, sí forma parte del proyecto histórico de la derecha (el capitalismo) en México. Sólo ocurre que estamos ante parte de un proyecto histórico mundial: la supervivencia del capitalismo que, en sus términos de retención y conservación vaya que es “una imagen de la sociedad y un modelo de lo que quiere ser”. Como metas, la vigilancia y el acrecentamiento de las posesiones, el doblegamiento del adversario, la redención incondicional de las muchedumbres adyacentes, podrán carecer del glamour imperial de los Borbones o de Maximiliano pero no pertenecen de modo alguno a luchas episódicas.

     Por lo demás la directamente interesada sí cree tener un proyecto histórico (consúltese por ejemplo todo lo referente al “pensamiento empresarial”). Sin darse por enteradas de la muerte universal del Proyecto, las clases propietarias perseveran en su confianza y acuden al alarmismo como a otro recurso ideológico y político que no altera su optimismo fundamental. En lo básico, no siente ajena esa ideología progresista (sicazo) del capitalismo norteamericano y se sienten también en plena posesión de sus ideas, no muy numerosas ni variadas, pero las suficientes para movilizar su acción y su apetencia de mano dura “sudamericanizada”.

     Paz también desea aclararnos que “el tradicionalismo no me parece ni bueno ni malo en sí mismo”. No desprendo yo tal cosa de su párrafo (en Plural, número 58):


En México no han sido los profesionales del antimperialismo los que han resistido mejor, sino la gente humilde que hace peregrinaciones al Santuario de la Virgen de Guadalupe. Nuestro país sobrevive gracias a su tradicionalismo.


     En primer lugar, he aquí un clarísimo encomio del tradicionalismo: si gracias a él México sobrevive, a Paz debe parecerle bueno (y a todos nosotros). Pero también hay un juicio histórico —y sobre esto, insiste en la réplica— sobre los “profesionales del antimperialismo”, incapaces de resistir a la erosión imperialista con la eficacia de los peregrinos en la Villa. ¿Qué quiere decir? ¿Que sólo la religiosidad nos evita ser un pueblo colonizado? ¿Que sin la Virgen de Guadalupe, el centro de su tradicionalismo, México hubiese desaparecido? ¿Que los antimperialistas y profesionales hubiesen hecho mejor en ser más devotos? ¿Que hay una “Identidad Mexicana” inamovible y común a todos los mexicanos, sin la cual México se desvanecería? 

     Paz insiste en su teoría de los dos Méxicos. A Scherer le declaró que la contradicción entre el México desarrollado y el subdesarrollado “no es la contradicción de las dos clases sino de dos tiempos históricos e incluso de dos países”. Ahora agrega: “El México tradicional, lejos de transformarse, aumenta”. Por lo contrario, estoy seguro de encontrarme ante un solo país, el lujo de una de cuyas partes depende de la miseria y la marginalidad de la otra y en donde el tradicionalismo, lejos de seguir inmóvil, se modifica con enorme rapidez.

     Paz me rectifica: él nunca ha pedido que el escritor se desvincule de una ideología. No, en efecto, siempre y cuando se aferre a un probado apoliticismo. Vuelvo a su párrafo:


La eficacia política de la crítica del escritor reside en su carácter marginal, no comprometido con un partido, una ideología o un gobierno.


     Ahora amplía su propuesta:


Pero el escritor tiene una responsabilidad mayor con su conciencia que con sus creencias, su patria, su iglesia o su partido.


     Erigida la Conciencia en ese todo absoluto, de “difícil definición”, se acabó el problema. Lo que no se permite es que alguien prefiera otro término y diga “ideología” en lugar de conciencia porque estará ya hablando de otra cosa seguramente. Paz no acepta vincular la eficacia política a compromisos partidarios, ideológicos o de gobierno. De hecho, está igualando eficacia política con marginalidad a ultranza.

Los grandes logros

Paz rechaza que yo imponga como condición de la crítica al socialismo burocrático el reconocimiento de sus grandes logros. “¿Se ha preguntado —dice— si esos ‘grandes logros’ se inscriben en la historia de la liberación de los hombres o en la de la opresión?”. Regreso a mi punto de partida. Sin duda, para centrarnos en el caso mexicano, sectores en la izquierda académica y en la militante han pospuesto o negado en nombre de motivos especiosos y de “buena conciencia” cualquier crítica a las deformaciones socialistas, bajo el pueril alegato de que “no hay que darle armas al enemigo”.

     Esa izquierda autogratificada y farisaica proscribe como “pequeño burguesa” la libertad de expresión, se burla de la democracia, detesta cualquier mención de los derechos humanos y los de las minorías y niega estúpidamente la admirable congruencia socialista de los disidentes. Todo esto es cierto y es preciso seguir combatiendo a este fariseísmo neostalinista que todo lo justifica “a nombre del pueblo”. Mas por lo mismo, es muy importante estudiar y distinguir los grandes logros, no entrecomillados, del proceso de la construcción socialista.

     Estos logros en la educación, la salud, la repartición más justa del bienestar y la riqueza o la pobreza, la industrialización, los procesos agrarios, etc., son conquistas irrenunciables, como lo es también, para hablar de transformaciones colectivas, el proceso del pueblo vietnamita ante el imperialismo norteamericano (De paso: nunca escribí “heroísmos sin nombre”. Sólo heroísmo. No me gusta que Paz desconfíe de mi propia capacidad para la cursilería).

     En lo anterior, Octavio Paz impone su idea del escritor como conciencia moral del siglo XX— y testigo fiel de los vaivenes de su propia conciencia, lo que culmina en una visión de la historia como escenario de la lucha entre la liberación y la opresión. La historia buena y la historia mala: la mala, ligada con el fin de la noción del Progreso; la buena, siempre por realizarse y aplazada sin término. La Historia se vuelve así no un proceso explicable sino la conocida lucha entre Ormuz y Arimán. La Máscara vs la Conciencia. Una teología de la Historia acude a los ropajes de la vanguardia: el camino de Dios: la liberación: el camino del Diablo: la opresión. Pero así como México es un solo país, también la historia es indivisible y a ella pertenecen por igual los grandes logros y el Gulag, las empresas generosas y heroicas y la represión totalitaria. Dividir la Historia únicamente conduce a la banalización, en el mejor estilo de los ideales historiográficos del siglo XIX. Lo que interesa intelectualmente es entender los hechos, explicarlos y desenredar sus enigmas, no satanizarlos con metáforas. Insisto: ante un fenómeno histórico de la vastedad del socialismo procede y es urgente la crítica sistemática no la negación en bloque. A la luz de esta Historia (no de la inexistente y celestial) me interesa captar cómo las burocracias niegan y conculcan los derechos civiles de las mayorías.

     Para empezar y para concluir, Paz recurre a su “pieza fuerte”: la descalificación desdeñosa del adversario. (A la que complementa la caricaturización de su punto de vista). Él es quien distingue entre el acaparador de ideas y el recopilador de ocurrencias, él es el mejor y único lector y él define todas las reglas del juego. Su interpretación autoritaria desemboca, para nulificarme, en lo que maneja como acusación gravísima: el anonimato y la existencia misma de “Por mi madre, bohemios”. No veo el porqué de su molestia: siempre y muy gustoso he asumido públicamente esa sección como parte de mi trabajo y si bien (por su índole) la sección sale sin firma difícilmente se le puede calificar de anónima, como demuestra el propio Paz al adjudicármela. Por otra parte, el Consejo de Redacción del Suplemento asume la responsabilidad de todo lo allí publicado. Mas para su beneficio, le vuelvo a informar: “Por mi madre, bohemios” no es sección de ataques anónimos: es recopilación de autoataques firmados. Yo me concreto a interponer mis comentarios —“sarcasmos baratos” dice Paz para que nos fiemos de su sentido del humor— como parte de una técnica posible de lectura de la prensa. 

     En este punto, el gran poeta Paz exhibe sin remedio su funesta manía piramidal: según él dedico mi talento “a hurgar en los basureros del periodismo”. Sea en estos “basureros” —que son las publicaciones del país, entre ellas Proceso o Uno Más Uno— “pepeno” una versión de la realidad mexicana que me importa, no sólo la joven cantante de Notitas Musicales sino también, aunque me simpaticen menos, diputados, senadores, mandarines de la cultura, secretarios de Estado, empresarios, arzobispos, jefes políticos, gobernadores, todos aquellos con espacio periodístico para desplegar su ignorancia o irracionalidad. Tal es el panorama cotidiano de millones de mexicanos y me importa muchísimo registrarlo, así mis sarcasmos le aporten tanto a la literatura mexicana como las generalizaciones simplificadoras de O.P. al conocimiento de nuestra realidad política. Al despreciar estos “basureros”, Paz parece encerrase en sus ideas parmenídicas no requeridas de información o demostración. Pero ya no basta con oponer la incomprensión autoritaria ante nuevas formas de creación o interpretación de la cultura. Sucede que muchos ya han decidido no caer en las fáciles divisiones entre el arrabal y el Edén: la realidad es algo más compleja que las excomuniones de la alta cultura. Por lo mismo, me parece irrelevante que Paz aspire a la burla preguntándome si con “Por mi madre, bohemios” ejerzo “la defensa beligerante de las conquistas irrenunciables del socialismo”. Me llama más la atención su frase final. ¿De veras creerá que para contestarle se necesita “valor civil”? Ni yo para responderle ni él para replicarme hemos necesitado valor civil. En todo caso, paciencia de lectores.


5. Paz: “Repaso y despedida”

Proceso número 63, 16 de enero de 1978, pp. 31-34.

El último artículo de Carlos Monsiváis (Proceso 62) nada nuevo añade. El propósito de estas líneas es, dejando a Monsiváis con sus dimes y diretes, fijar el sentido de lo que dije:

1. Dije que la debilidad de los partidos políticos mexicanos de oposición no podía explicarse únicamente por el monopolio del PRI, la represión y el imperialismo. Me serví de los ejemplos de España y Venezuela. Podía haber dado otros, como el de Portugal, que vivió bajo una dictadura más prolongada aún que la de Franco. Es evidente que mis ejemplos no se referían a la situación actual sino a la que prevalecía bajo las dictaduras. En el caso de España los socialistas, los comunistas y los ácratas no sólo sobrevivieron en la clandestinidad a una represión feroz sino que reaparecieron fortalecidos. ¿Por qué, bajo condiciones infinitamente más severas que las de México, los partidos españoles y de otros países crecieron y resurgieron con tanta vitalidad? La pregunta me parece pertinente.

2. Sí, hablé del “letargo intelectual de la izquierda”. Dije asimismo que esa parálisis —aparte de las circunstancias locales— esencialmente era un reflejo de la crisis universal de la idea socialista y del marxismo. Agregué que sólo un examen crítico del pasado y de la realidad presente, semejante al que se opera en otras partes del mundo, podría darle a los partidos de izquierda mexicanos una mayor coherencia, eficacia y realismo. Justamente en el último número de Vuelta (14), Juan Goytisolo analiza el libro Proceso de la Izquierda de Teodoro Petkof, dirigente del Movimiento al Socialismo de Venezuela. Goytisolo cita una reflexión de Petkof ante la realidad latinoamericana: “¿Por qué los movimientos políticos de filiación socialista, la mayoría de los cuales se dicen marxistas-leninistas, permanecen arrinconados en sus estrechos ghettos, desconectados del pueblo en nombre del cual hablan y actúan, sin comunicación verdadera con aquellos que la jerga izquierdista designa como las fuerzas motrices de la revolución?”. La pregunta del dirigente venezolano no es muy distinta a la mía. Petkof formula esta crítica a pesar de que el Movimiento al Socialismo tiene once miembros en el Parlamento y de que constituye una fuerza considerable en Venezuela. ¿Qué diría ante la situación mexicana? Dijese lo que dijese, Monsiváis se apresuraría a tranquilizarlo: en México “la izquierda está generando las interpretaciones más críticas, profundas y originales de la realidad nacional y su vinculación con el mundo”. Pueden leerse en “¡Por mi madre, bohemios!”... En serio: el problema de la izquierda —para citar de nuevo a Petkof— consiste en “restablecer los vínculos con la realidad, romper la camisa de fuerza de nuestra propia mitología, enfrentar el contexto dentro del cual actúa la izquierda tal como es y no tal como quisieran nuestros deseos que fuese”.

3. Debo insistir sobre la distinción entre las luchas de las clases y grupos por defender sus intereses y alcanzar la hegemonía —combates que implican planes, estrategia y táctica— y la noción de proyecto, en el sentido en que he usado el término en varios escritos y en mi conversación con Julio Scherer. Claro que hay una conexión entre los intereses de los grupos sociales y los proyectos históricos; sin embargo, esa conexión no reduce el proyecto a mero reflejo mecánico de los intereses del grupo. A veces los proyectos son realmente universales —tal es el caso de la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789—y trascienden a las clases que los formularon; otras veces el proyecto se evapora y deja a los protagonistas históricos —las clases pero asimismo las naciones y los Estados— literalmente en cueros. Es lo que ha sucedido ahora con la idea del Progreso y otras análogas que heredamos del siglo XIX.

4. La Virgen de Guadalupe: no, yo no predico peregrinaciones al Tepeyac, ni propongo el estandarte guadalupano como bandera del frente antimperialista. En un ensayo en que comparaba las tradiciones mexicana y norteamericana me ocupé, como era natural, de las creencias subyacentes en cada sociedad. Lo siento pero no tengo más remedio que repetir lo que dije: sí, las creencias duran más que las ideologías. Decirlo no significa convertirse en guadalupano (como Hidalgo, Morelos y Zapata) ni abrazar el tradicionalismo como doctrina política ni creer que la identidad nacional es una creencia inmutable e incorruptible.

5. Los dos Méxicos. El proyecto de “modernización” de México consistía —para reducirlo a términos económicos— en insertar a la población marginal dentro del círculo de producción-consumo del sistema económico. Ese proyecto ha fracasado hasta ahora. El México más o menos desarrollado es una sociedad con obreros y burgueses, estudiantes e intelectuales inconformes, un sector agrícola y otro industrial, banqueros y políticos, líderes y periodistas, jueces y policías. Frente a esta sociedad hay otra, tradicional y que ha pagado el crecimiento de la primera. El México marginal crece con demasiada rapidez y, según la mayoría de los entendidos, éste es el problema central que afronta nuestro país. La situación de dos naciones o de dos sociedades en un país ni es “teoría” mía ni es exclusiva de México: el Norte industrial y el Sur agrario en los Estados Unidos, la Italia del norte y el mezzogiorno, la Cataluña industrial y mercantil frente a la Extremadura rural, etc. El doble proceso de unificación y modernización no es ni ha sido homogéneo. Algunos países superaron hace mucho esas contradicciones; otros, como el nuestro, tienen que encontrar (y pronto) soluciones.

6. El escritor. Ni predico el apoliticismo de los escritores ni lo condeno. Tampoco la afiliación a este o aquel partido, cofradía, secta, club o hermandad. Lo que he dicho es que el escritor debe hablar, si su patria, su partido o su iglesia matan, oprimen o mienten. Engels, nadie menos, pensaba lo mismo: “Ningún partido en el mundo puede condenarme al silencio cuando me he decidido a hablar”. (Carta a Bebel, 1º de Mayo de 1891). Antes que la patria, el partido o la iglesia están la justicia y la verdad. Esta actitud no puede estar sometida a consideraciones de eficacia política porque el pasado reciente nos enseña que, en nombre de la eficacia, cientos de intelectuales en todo el mundo callaron ante la exterminación de millones de hombres durante el periodo estalinista. Pero la conciencia del escritor, como la de todos los hombres, no es un absoluto: está situada dentro de unas circunstancias sociales e históricas concretas. Dentro de esos límites, el hombre puede, a veces, decir No a los poderes injustos y obrar conforme a su conciencia. La palabra conciencia, por más nebulosa que sea, no puede cambiarse por la palabra ideología porque esta última ha sido alcahueta de los Césares, los Inquisidores y los Secretarios Generales… Los mártires y los testigos de la historia —los hombres de conciencia— no se reclutan especialmente entre los escritores. Nunca he dicho que el escritor es la última instancia moral del siglo XX. Con frecuencia he citado aquella frase de Benjamin Peret: nuestro siglo es el del deshonor de los poetas.[12] Tenía razón si se piensa en las odas a Franco y Petain de un Claudel o los himnos a Stalin de un Aragón. No la tenía si se recuerda a las víctimas: Lorca, Miguel Hernández, Desnos, Mandelstam, Marina Tsvetayeva y tantos otros. Ni todos los escritores son hombres de conciencia ni la conciencia es el privilegio de los escritores. La conciencia es universal: cada hombre tiene la suya. El privilegio (y la responsabilidad) del escritor es el lenguaje. Por su lenguaje hablan el deseo, la violencia, el miedo, los presentimientos, las memorias, los olvidos, las pesadillas, las alegrías —en suma: las pasiones de los hombres. También, en ciertos momentos, habla la conciencia. Esos momentos se llaman Orwell, Gide, Bernanos, Breton, [Victor] Serge, Camus.

     La crisis del socialismo —intelectual, moral y política— es una realidad mundial. Asume muchas formas pero la más inmediata y frecuente consiste en la confrontación de la idea socialista con la realidad de los países llamados “socialistas”. Esta crítica no es nueva: comenzó al otro día de la toma del poder por los bolcheviques y uno de sus iniciadores fue Rosa Luxemburgo (La Revolución Rusa, 1918). De entonces para acá, a medida que las ilusiones y los velos de la ideología se han ido disipando, se ha hecho más evidente y palpable la realidad real. Naturalmente, la crítica de esos regímenes —como la de cualquier otro sistema— no puede consistir en poner buenas y malas notas: nueve por la industrialización y cero por Gulag, diez por la guerra contra Hitler y tres por el realismo socialista. Curioso método que reduce la crítica histórica a una aritmética pueril y siniestra. Lo que necesitamos es algo muy distinto: un análisis del sistema para determinar su verdadera naturaleza y saber si efectivamente es socialista o si es una nueva forma de dominación y explotación de los hombres. Quiero que se me entienda: no se trata, por ejemplo, de negar la lucha de Vietnam por su independencia y su justa victoria sino de saber qué pasó después. El problema no consiste en reconocer los logros —sean éstos enormes o insignificantes— sino en determinar la naturaleza social e histórica de los regímenes que se dicen socialistas, sin excluir a Vietnam ni a su vecina, la agredida o agresora Cambodia. Tenemos la obligación moral de definir y decir lo que pensamos de la URSS: ¿socialismo verdadero (sean las que sean sus imperfecciones), Estado obrero degenerado, capitalismo de Estado, imperio burocrático, ideocracia totalitaria —qué? La pegunta no es retórica: hay millones de muertos.

     Hay ciertos rasgos constitutivos de la “construcción socialista” que niegan precisamente su carácter socialista. El primero y fundamental es la condición real de los trabajadores, privados del derecho de huelga y de la libertad sindical. En seguida, el trabajo forzado en gran escala y la institución prácticamente obligatoria del “trabajo voluntario” que recuerda lo que Marx llamaba el “modo asiático de producción”. Otro rasgo visible para cualquier observador atento: la naturaleza acentuadamente jerárquica de las sociedades “socialistas” y que se refleja no sólo en las diferencias de nivel de vida sino en un sistema de privilegios que incluye tiendas especiales y lugares de recreo observados a la burocracia dominante. ¿Es necesario recordar las restricciones a la libertad de tránsito, no sólo hacia el exterior sino en el interior del país? Por todo esto no han sido insólitas las revueltas obreras. Algunas, a pesar de la represión y el silencio, han traspasado las fronteras: Berlín (1953), Budapest (1956), Poznan (1956), Praga (1968). Kolakowski, el filósofo polaco, se pregunta: “¿es socialista un Estado donde una parte de la población recibe salarios cuarenta veces más altos que los de los demás, un Estado que produce excelentes aviones de combate y zapatos de mala calidad, un Estado donde diez personas viven en una pieza, un estado donde los trabajadores no tienen la menor influencia sobre el Gobierno —en suma, es socialista una sociedad de castas?”. (Publicado en La Verité, semanario trotskista francés, el 15 de marzo de 1957).[13] Otros rasgos que niegan el carácter socialista de esas sociedades: la condición de la mujer, la de las minorías religiosas y sexuales, la libertad de investigación y de creación para los intelectuales y los artistas.

     Omití, en la enumeración anterior, los aspectos más repelentes del sistema: el terror policíaco, las deportaciones colectivas, los campos de trabajo (poblados no por burgueses ni por poetas decadentes y pintores vanguardistas sino por trabajadores y gente común y corriente). Tampoco mencioné todo lo relativo a los derechos del hombre y a las libertades esenciales de las personas, para no hablar de la democracia política (que no sólo consiste en respetar la voluntad de la mayoría sino en defender los derechos de las minorías y los individuos). ¿Para qué hablar de todo esto? Todo el mundo sabe que en esos países no hay democracia. Pero lo que cuenta no es reconocerlo sino averiguar si no hay una cierta relación entre esa ausencia de derechos democráticos y la teoría y la práctica de los “constructores del socialismo”. ¿No será que la concepción leninista del partido comunista como “la vanguardia de la clase obrera”, aliada a la idea a la idea marxista de la dictadura del proletariado, tenía que resultar en lo que ha resultado? No me refiero a los excesos paranoicos de Stalin y a otros “accidentes” de ese género sino a los rasgos constitutivos del socialismo burocrático. Hay dos dogmas leninistas —eso si son dogmas— que es necesario examinar. El primero es el del “centralismo democrático”, o sea la dictadura en el interior del partido; el segundo es el de la dictadura del partido en nombre del proletariado, o sea la dictadura del partido sobre el proletariado y las otras clases y grupos sociales.

     No veo la historia en blanco y negro. La opresión y el terror no son un monopolio de los regímenes “socialistas”. En Indochina la represión anti-comunista asesinó a más de medio millón de presos políticos; en Ceylán el movimiento juvenil fue reprimido con violencia sanguinaria; en Irán acosan y encarcelan a los universitarios y a los poetas —para no hablar de las matanzas, torturas y detenciones arbitrarias en Chile, Uruguay, Nicaragua, Haití y tantos otros países latinoamericanos. En México hay presos políticos y gente que ha desaparecido: seguimos esperando una explicación del Gobierno. Tampoco es posible cerrar los ojos ante la violencia estructural de las sociedades capitalistas de Occidente ni soslayar las conexiones entre las tiranías militares latinoamericanas y los intereses imperialistas norteamericanos. La creciente desigualdad entre los países ricos y los países pobres no es menos escandalosa que la insensata política armamentista de las grandes potencias. Pero en el caso de los países “socialistas” estamos ante regímenes que en su origen encarnaron un proyecto histórico universal —el más generoso y ambicioso de la historia moderna. Por eso el desengaño, en el siglo XIX, ante el Terror jacobino y el cesarismo napoleónico no puede compararse al que hoy sienten miles de revolucionarios e intelectuales. El desencanto de nuestro siglo es más profundo y más amargo. Pero la crítica, al disipar las ilusiones, hace posible el renacer de la esperanza. Hay que aprender a no mentir, ni a los otros ni a nosotros mismos. En un artículo reciente el socialista francés Jacques Julliard citaba al viejo “communard” Lissagaray: “Aquel que le cuenta al pueblo falsas leyendas revolucionarias no es menos criminal que un geógrafo que dibujase cartas de navegación mentirosas”. La izquierda tiene que recobrar su herencia legítima. Nació en el siglo XVIII con la crítica y la utopía, las gemelas enemigas. Si quiere ser lo que fue debe volver a su origen y recobrar su vocación. El camino de regreso a sí misma pasa por la autocrítica pero no se detiene en ella.


6. Monsiváis: “Recapitulación y conclusiones a cargo del lector”

Proceso número 64, 23 de enero de 1978, pp. 31-34.

Al iniciar su despedida, Octavio Paz le envía a mis argumentos el humo disipador: “dimes y diretes” les llama y acto seguido le rinde a esos “dimes y diretes” el ninguneo de diez empeñosas cuartillas. Por otra parte, Octavio Paz desiste también de su polémica con Octavio Paz, harto sin duda de enmendarle la plana y suavizar las declaraciones de un contrincante que lleva su mismo nombre. El más reciente O.P. parece seguro de su victoria sobre el primer O.P.: lo ayudan la capacidad de olvido del lector y su muy probable carencia de hemeroteca. Matices, cambio de tono o disminución del volumen, aparición furtiva de la duda, nuevos temas, juicios atendibles y aquella perseverancia en el llamado autoritario que nos evoca al famoso articulista político entrevistado por Scherer: Quiero que se me entienda afirma ahora, y los subrayados son de prontitud.

     Si a Paz le importa ser entendido deberá recelar un poco más de sus generalizaciones. De lo contrario siempre requerirá de varios escritos para “fijar el sentido de lo que dije”. Una muestra numerada.


1) Vuelta No. 10: “Alegar la dominación del PRI para explicar y justificar la naturaleza espectral de los partidos independientes es un recurso de mala fe. También lo es achacarla a la pobreza de nuestro pueblo, a su ignorancia o al imperialismo norteamericano (nuestro chivo expiatorio)”.

2) Entrevista con JS: “Sería absurdo atribuir al monopolio del PRI la debilidad de los partidos políticos mexicanos”.

3) Respuesta primera a CM: “Lo que he dicho es que la influencia del PRI y del imperialismo —por más poderosa, negativa y opresora que sea— no basta para explicar enteramente la debilidad de los partidos políticos mexicanos. En ese mismo artículo (párrafo omitido por Monsiváis) señalaba que en otros países había una vida política más sana, a pesar de que habían padecido dictaduras más rigurosas que la dominación política del PRI”.

4) Respuesta segunda a CM: “Dije que la debilidad de los partidos políticos mexicanos de oposición no podía explicarse únicamente por el monopolio del PRI, la represión y el imperialismo. Me serví de los ejemplos de España y Venezuela… Es evidente que mis ejemplos no se referían a la situación actual sino a la que prevalecía bajo las dictaduras”.


     Me froto los ojos —con tal de usar una mala frase— y advierto que un repaso puede desembocar en la “contradicción acrecentada”. A esta institución de lo que dije le pasan ya demasiados accidentes. Paz afirma: “Es evidente que mis ejemplos no se referían a la situación actual” con la misma seguridad antes usada al ejemplarizar con la presente y más sana vida política de otros países “a pesar de que habían padecido dictaduras más rigurosas” (subrayado de exhumación de CM). Igualmente hay un O.P. que dijo:


La eficacia política de la crítica del escritor reside en su carácter marginal, no comprometido con un partido, una ideología o un gobierno.


Y otro O.P. que ahora matiza a partir de la abstracción:


Antes que la patria, el partido o la iglesia están la justicia y la verdad. Esta actitud no puede estar sometida a consideraciones de eficacia política porque el pasado reciente nos enseña que, en nombre de la eficacia, cientos de intelectuales en todo el mundo callaron ante la exterminación de millones de hombres durante el periodo estalinista.


Esto último, indudablemente cierto, ¿vuelve verdadera la primera afirmación sobre la de pronto tan desechada “eficacia política”? Con la misma técnica, la lucidez al servicio del olvido, Paz regresa a los otros temas: los proyectos históricos, la calificación de izquierda y derecha, la ausencia de ideas de la derecha, el tradicionalismo, los dos Méxicos, la Conciencia, los grandes logros del socialismo. En su segunda respuesta, Octavio Paz rectifica sin conceder, concede sin rectificar y con la ambigüedad adecuada, le atribuye a su invento agredible (que bien podría ser yo, puesto que finalmente a mí contesta) posiciones y tesis que jamás he sustentado. 


“Naturalmente, dice, la crítica de esos regímenes —como la de cualquier sistema— no puede consistir en poner malas y buenas notas: nueve por la industrialización y cero por Gulag, diez por la guerra contra Hitler y tres por el realismo socialista. Curioso método que reduce la crítica histórica a una aritmética pueril y siniestra. El problema no consiste en reconocer los logros —sean éstos enormes o insignificantes— sino en determinar la naturaleza social e histórica de los regímenes que se dicen socialistas…”. 


Curioso método, éste sí, de armar un adversario perfecto, sólo apto para la insensatez. El Paz que dijo: “¿Se ha preguntado (CM) si estos ‘grandes logros’ se inscriben en la historia de la liberación de los hombres o en la de la opresión?” se desentiende de mi crítica: como punto de partida del examen de la burocracia dictatorial que gobierna a nombre del socialismo, señalé la necesidad de analizar y reconocer los grandes logros no entrecomillados del proceso de construcción socialista, logros sin cuyo análisis y sin cuya comprensión cabal resulta imposible “determinar la naturaleza social e histórica de los regímenes que se dicen socialistas”. ¿O esa naturaleza social e histórica resulta ajena a logros y ganancias colectivas y sólo está al servicio de la condenación en bloque o las definiciones exactas?

     Ya no fatigo al lector con precisiones y sin piedad le envío a los artículos producidos en este intercambio. Intento a mi vez una respuesta rápida a la pregunta central: ¿qué sentido tienen discusiones como la presente? No la bizantina y desvencijada ambición de Tener la Última Palabra, sino —creo— la urgencia de diversificar y ahondar en el debate de ideas y en la descripción y examen de situaciones específicas. Si la crisis del país se expresa también por la cerrazón de su vida pública, es importante contribuir, en la medida de las posibilidades, a la ampliación del espacio crítico. La izquierda mexicana —la suma y algunas de las partes— ha avanzado estos años en lo relativo a claridad de propósitos, lucha contra dogmatismos y sectarismos y capacidad organizativa. Esto pese al acoso permanente que hoy vigoriza el frenesí ultraizquierdista (mezcla óptima de manipulación policial, desesperación genuina y rencor social). Por lo mismo, se deben utilizar todos los recursos críticos disponibles para la tarea que demanda Pablo González Casanova, el análisis concreto de situaciones concretas y la ubicación del protagonista alternativa del Sistema con su programa correspondiente. Eso teniendo siempre en cuenta que la discusión y las tareas políticas de la izquierda necesitan centrarse en torno a la alternativa fundamental, la de las largas luchas democráticas y nacionales que llevarán al socialismo, única meta deseable para México, así hoy los “Criterios Realistas” la juzguen utópica o inverosímil.

     Por otra parte, cabe señalar en este mismo sentido que insensiblemente ha ocurrido una suerte de desmitificación del Escritor al irse precisando en estos años los límites sociales y políticos de quienes han enjuiciado todas las realidades posibles a partir de la calidad (real o atribuida) de su obra. La tendencia creciente es ver al Escritor como un trabajador más, así se tomen en cuenta y respeten sus características especiales. Pasó ya la época de los poetas y escritores torres de Dios y Pararrayos celestes[14] y al término de los mandarinatos intelectuales y el monopolio de la Conciencia Crítica, procede la democratización cultural.

     En la parte final de su alegato, Paz aboga por la recuperación de la herencia legítima de la izquierda. En su caso, el de un gran poeta y escritor, cabe esperar que ese camino de reexamen de sus primeras lealtades pase también por la autocrítica pero no se detenga en ella.

     Colofón. O.P. declara incambiable la palabra conciencia, por más nebulosa que sea, porque la palabra ideología “ha sido la alcahueta de los Césares, los Inquisidores y los Secretarios Generales”. Le recuerdo que el término conciencia tampoco ha escapado de la crítica. Un ejemplo entre otros:


“Quienes están vehementemente enamorados de sus propias opiniones y, por absurdas que sean, tienden con obstinación a mantenerlas, dan a esas opiniones suyas el nombre reverente de Conciencia, como si les pareciera inadecuado cambiarlas o hablar contra ellas; y así pretenden saber que son ciertas cuando saben a lo sumo que ello no pasa de una opinión”.

Thomas Hobbes. Leviatán (1650).




[1] En las Obras completas, Paz corrige: “En realidad, primero estuve en Yucatán y después en España.” (8: 369) (N. del E.). 

[2] En las Obras completas (8:369) Paz dio al poema su nuevo nombre, “Los viejos”, y explica: “Barco de carga con evacuados, durante la guerra civil española”. (N. del E.).

[3] En las Obras completas (1:257) Paz agregó esta nota: “Poética no en el sentido literario de la palabra sino en el ma?s amplio que le doy en El arco y la lira: visio?n de la otredad que somos cada hombre, percepcio?n de nuestra extran?eza en el mundo”.

[4] En línea: https://letraslibres.com/vuelta/anticipaciones-anarquistas-sobre-los-nuevos-patrones/

[5] En “México 1972, los escritores y la política”, en ese número de Plural, discutieron con vigor el tema Paz, Pacheco, Zaid, Juan García Ponce, Jaime García Terrés, Monsiváis, Tomás Segovia, Carlos Fuentes y Luis Villoro. Puede leerse en línea:https://bibliotecadigital.arteyculturags.org/reader/reader.html?&t=pdf&title=revista-plural-131 (N. del E.)  

[6] Anota Paz el nombre del “rapaz”, José Joaquín Blanco, quien en “El espacio poético de los setentas”, (en La Cultura en México, suplemento de Siempre!, 25 de mayo de 1976) declaró que Paz tomaba el prestigio de los Contemporáneos, pero no sus riesgos. Su conclusión fue que “Paz es una estatua endomingada”. Como reacción a la entrevista de Scherer, Blanco publicó “Respuesta a Octavio Paz” en la revista Siempre!, el 28 de diciembre de 1977. Se encuentra en línea: https://el-anaquel.com/wp-content/uploads/2013/03/respuesta-a-octavio-paz.pdf 

[7] En la versión en sus Obras completas, Paz testó estos últimos dos párrafos como deferencia, supongo, a Enrique Krauze, que en ese tiempo estaba cerca del suplemento de Siempre!. Krauze narra con buen humor las circunstancias de esa “finta parricida” en “Por el camino de Paz” (1994), en línea: https://enriquekrauze.com.mx/camino-paz/. Cuenta que en una reunión de “la plana mayor del suplemento cultural de Siempre!” presidida por “nuestro caudillo cultural” Carlos Monsiváis, en la que estaban presentes Héctor Manjarrez, Carlos Pereyra, José Joaquín Blanco, Aguilar Camín y él mismo, alguien dijo “hay que darle en la madre a Paz”. Agrega que Monsiváis dudó y que Krauze propuso mejor leerlo o releerlo, pero la propuesta fue “aceptada por mayoría”. Agrega: 

Junio de 1972. Ataque sorpresa al ‘bastión del liberalismo reaccionario y burgués de la cultura mexicana’: la revista Plural. Objetivo: “expulsar del discurso a los intelectuales liberales” que tenían por “valores absolutos la libertad de expresión y la democracia”. El teniente H.A.C. y el cabo E.K. —mea máxima culpa— escriben un texto donde sostienen que “a nuestra imprecisa cultura nuestros intelectuales sólo pueden oponer una finta o una herida, no una obra”. En el número de agosto, las “Letrillas” de Plural nos tratan con benevolencia: nos llaman “pareja de siameses intelectuales… un medio cerebro en dos cabezas”. Yo estaba feliz de que alguien en Plural me deletreara. Desde hacía meses –esquirol intelectual, liberal embozado- era un lector secreto de la revista enemiga.” 

Ese “ataque”, seguramente escrito por Paz, se titula “La crítica de los papagayos” (p. 41) e incluía también a Carlos Pereyra y a Héctor Manjarrez. En línea: https://bibliotecadigital.arteyculturags.org/reader/reader.html?&t=pdf&title=revista-plural-111

[8] Ese periodista había colaborado con Luis Echeverría, desde adentro del periódico Excélsior, para expulsar a Scherer de su dirección, en 1976, a cambio de ocuparla él. 

[9] El irlandés John Bagnell Bury en The Idea of Progress: An Inquiry Into Its Origin And Growth (1920). 

[10] Proceso 61, 2 de enero de 1978, p. 29-31.

[11] En las páginas centrales del suplemento, Monsiváis recogía con ese título una colección semanal de disparates y/o tonterías emanadas por figuras públicas y publicadas en diarios y revistas, graciosamente comentadas. 

[12] El panfleto de Péret, Le Déshonneur des poètes (1945), sobre el “compromiso” político en la poesía.  (N. del E.).

[13] Paz se refiere a “¿Qué es el socialismo?” (1956), panfleto del joven Kolakowski. 

[14] Glosa “Torres de Dios”, el famoso poema de Rubén Darío.