Conversaciones y novedades

San Ildefonso

Christopher Domínguez Michael

Año

1931

Tipología

Novedades

 

"Escuela Nacional Preparatoria". Fotografía de Hugo Brehme, propiedad del INAH

En 2014, Christopher Domínguez Michael publicó su biografía Octavio Paz en su siglo (México, Editorial Aguilar). Con su autorización, reproducimos algunos fragmentos de la edición revisada y corregida de 2019 sobre la época de Paz en la ENP de San Ildefonso y la revista Barandal.



En 1930 Paz entró a la ENP de San Ildefonso, la pieza clave en el diseño de los positivistas decimonónicos para salvar a México mediante la educación. A una cuadra del Zócalo de la Ciudad de México, ocupaba la escuela el antiguo Palacio de San Ildefonso, epicentro en la poesía del viejo Paz, quien retomó el recorrido de “los largos corredores, las columnas airosas entre los frescos de Charlot, Fermín Revueltas, Rivera y Orozco”[1] en “Nocturno de San Ildefonso” y en “1930: Vistas fijas” (1987).

          Venía llegando Paz de la Secundaria Tres, no muy lejana de la colonia Juárez, donde nació en una casa que describió en su nota sobre Bosch. En las muchas y extraordinarias entrevistas que dio (es, con Jorge Luis Borges, el gran maestro en el género), Paz va recordando las actividades a las que un joven con ansias de poeta, a las puertas de la Preparatoria, podía realizar en la pequeña pero ya intensa Ciudad de México, como ir a los conciertos dominicales de música moderna que Carlos Chávez y Silvestre Revueltas dirigían en el recién inaugurado Palacio de Bellas Artes, en cuyo vestíbulo, sesenta y ocho años después, sería velado en calidad de poeta nacional. “Fue famosa la noche” —le contó Paz a Manuel Ulacia—, en que Carlos Pellicer, “recitó con su voz profunda de cántaro la fábula de Pedro y el lobo de Prokófiev. Aplaudimos a rabiar”[2] […].

        En la ENP tenía como maestro a Alejandro Gómez Arias, profesor de literatura mexicana que había encabezado recién la victoriosa conquista de la autonomía para la Universidad Nacional y novio, durante un breve tiempo, de Frida Kahlo, también egresada de la ENP y siete años mayor que Paz, quien se convertirá, cuando la pintora se transforme en ícono, en uno de los pocos adversarios de su culto. Pero también recibía lecciones de Antonio Díaz Soto y Gama, el mentor zapatista de su padre y catedrático de la novedosa Historia de la Revolución Mexicana, y del poeta Pellicer, con quien hará el viaje a España en 1937.

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Paz estaba haciendo la transición entre la biblioteca de don Ireneo o lo que quedaba de ella, saqueada o malbaratada, y las revistas literarias modernas, como registra Sheridan. Había pasado de los decimonónicos franceses a los rusos, la literatura cuya novedad existencial llevaba décadas, sin visos de agotarse, fascinando a Occidente. El lector de novelas, dejando a su adorado Benito Pérez Galdós por el erótico y erotizante D. H. Lawrence, se transformará en lector de poesía y los antiguos románticos fueron sustituidos por los “modernos modernos”, como T. S. Eliot, Saint-John Perse y Paul Valéry. No poca importancia tenía que la generación de Paz fuese la primera en América Latina tras el esfuerzo de los modernistas y de los entonces vigentes poetas de la revista Contemporáneos, para la cual la poesía en lengua española era ya moderna gracias, también, al ejemplo luminoso de la generación del 27 en España.

        Hacia 1931 se leía en México Residencia en la tierra de Neruda y los nombres de Borges, César Vallejo, Vicente Huidobro, Rafael Alberti y Federico García Lorca circulaban como valiosa moneda corriente, según puntualiza Sheridan. Es importante decirlo de una vez: para Paz la poesía hispanoamericana moderna, de Rubén Darío a Gonzalo Rojas, sin olvidar a la decena de nuevos poetas que él promovió, era tan importante como la inglesa o la francesa. Se concebía a sí mismo como heredero y salvaguarda de una tradición riquísima, la de Francisco de Quevedo y Luis de Góngora; como un hijo del Siglo de Oro de la lengua española; despreciaba a todos aquellos obtusos académicos eurocéntricos o ignaros lectores sin curiosidad que se privaban de ella.

          El mecanógrafo silencioso de los alegatos agraristas de su hosco padre, se convirtió en lector de Karl Marx y de Mijaíl Bakunin, escritores clásicos a los que seguirían los autores “comerciales” en forma de los catecismos de Yuri Plejánov y Nikolái Bujarin, todos materia de polémicas interminables en la ENP y sus cercanías. Por fortuna llegaron a los ojos del joven Paz otras lecturas, lejanas del marxismo que se imponía, inexorable, como la lengua franca de la mitad del planeta: Friedrich Nietzsche con su Gaya Ciencia, Oswald Spengler y su Decadencia de Occidente, José Ortega y Gasset con su Revista de Occidente, la fenomenología de Edmund Husserl y los primeros libros freudianos, la Nouvelle Revue Française (NRF) con Gide pero también con el católico Paul Claudel y con el profético Julien Benda, quien acababa de alertar al mundo contra La traición de los clérigos (1927). “Un diluvio en el que muchos se ahogaron”, concluirá Paz.[3]

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[…] Más allá de las revistas sentimentales o cómicas que los jóvenes de la ENP perpetran, bien estudiadas por Sheridan en Poeta con paisaje, la historia poética de Paz inicia con Barandal, aparecida en agosto de 1931. De los muchachos editores, algunos murieron precozmente o la respetabilidad los sacó bien pronto de su infatuación lírica y primaveral. Pese a su evidente inclinación hacia la izquierda, a la revista, bien diseñada por Salvador Novo, el poeta de Contemporáneos que pastorea a los chicos, evade la política, pese a la presencia de Ramírez y Ramírez y de otro comunista, Efraín Huerta, el autor de Absoluto amor (1935), un poeta que en la vejez de ambos competirá, con él, por un público joven y radical naturalmente más ávido de leer a un poeta tenido por coloquialista y comprometido como Huerta (o a un cursi como Jaime Sabines) que a Paz.

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[…] Los Barandales, que así bautizaron su revista por reunirse habitualmente en el mismo barandal que daba al patio central de la ENP, pronto se distancian de su primer valedor, Novo, que como la mayoría de los Contemporáneos era homosexual y que al parecer se le insinuó a uno de los muchachos. Buscaron entonces la protección de Pellicer, homosexual también, pero al parecer más cuidadoso de las formas, ya retirado a sus treinta y cuatro años en las lejanas Lomas de Chapultepec, al cuidado de sus colecciones arqueológicas prehispánicas. Todos los críticos coinciden en que el primer Paz le debe mucho, como poeta, a Pellicer y también a Juan Ramón Jiménez, a quien conoció en una escala en La Habana de regreso a México, en su annus mirabilis de 1937.

       Aunque Luna silvestre no dio de qué hablar ni suscitó reseñas, su “intimismo”, en una época de grandilocuencia, le abrió, no sin discreción, puertas que pocos años después serían muy importantes de cruzar. La siguiente tanda de poemas, calificados por Santí de “sonetos neobarrocos que muestran una huella vanguardista”,[4] aparecida en los Cuadernos del Valle de México, una segunda revista en la que Paz se involucró, le fueron mostrados por el joven poeta a Rafael Alberti, durante su primera visita a México, en 1934, en gira de propaganda a favor del Socorro Rojo Internacional.

          Alberti distinguía las peras de las manzanas. Según Paz le contó a Ríos en 1973, cuando le mostró a Alberti sus poemas, en compañía de otros versificadores revolucionarios adolescentes, el ya célebre poeta comunista le dijo que la suya no era “una poesía revolucionaria en el sentido político”. Pero, atajó Alberti con unas palabras que lo emocionaron, “Octavio es el único poeta revolucionario entre todos ustedes, porque es el único en el cual hay una tentativa por transformar el lenguaje”.[5]

          Menos presuntuosa es una reconstrucción posterior de la anécdota, en la que al salir de esa reunión, Alberti se lleva aparte a Paz sin exaltarlo frente al resto de los poetas revolucionarios. Entre los sonetos leídos a Alberti debió estar aquel que comienza con el mar, un tema lejano a Paz, que si lo conoció fue durante la primera infancia gracias a aquel viaje, puesto en duda, a Los Ángeles en busca de su padre. Poeta de tierra adentro, aquel balbuceo de Paz habrá complacido al poeta gaditano: “El mar, el mar y tú, plural espejo,/ el mar de torso perezoso y lento/ nadando por el mar, del mar sediento:/ el mar que muere y nace en un reflejo”.[6]

          Los Alberti fueron rodeados con entusiasmo. Recuerda Paz, quien fue también un gran retratista literario, a esa pareja tan atractiva y vistosa: “Los dos eran jóvenes y bien parecidos: ella era rubia y un poco opulenta, vestida de rojo llameante y azul subido; él con aire deportivo, chaqueta de tweed, camisa celeste y corbata amarillo canario. Insolencia, desparpajo, alegría, magnetismo y el fulgor sulfúreo del radicalismo político”.[7]

          El trato de los poetas mexicanos, recuerda Paz, era ceremonioso, motivo que hizo a Alberti muy popular por ser un camarada antisolemne, “un fuego de artificios”. Lo encontró “chispeante, más satírico que irónico y más jovial que satírico”. Le maravilló “oírlo recitar un pasaje de Góngora, una canción de Lope, un soneto de Garcilaso”.[8]

        Cabría contrastar el retrato de su admirado Alberti, escrito en 1984, con los recuerdos, un tanto más solemnes, que del joven Paz dejaron su profesor Iduarte y su amigo el periodista José Alvarado. El primero lo recuerda “tímido, o más bien ya refrenado, con explosiones pronto suavizadas por la mucha y la mejor lectura, inteligencia penetrante hasta la duda y sensibilidad doliente hasta la desolación, espontáneo y confidencial en la entrega de su corazón y enseguida torturado y distante hasta la hosquedad”. El segundo, lo sitúa precisamente en el barandal de la ENP, deslumbrado ante esa luz del valle de México de la que hablaría poco antes de morir: “más allá de sus ojos desconcertados se advertían ya desde entonces una inquebrantable voluntad poética y una sed de inventar el mundo”. A Octavio, concluye Alvarado, lo distinguía su voluntad de dominio: quería ser “un verdadero dueño de la poesía”.[9]



[1] Guillermo Sheridan, Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, ERA, México, 2004, p. 94.

[2] Paz, Obras completas VIII. Miscelánea. Primeros escritos y entrevistas, edición del autor, Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, Barcelona, 2005, pp. 558-559.

[3] Paz, Obras completas, VI. Ideas y costumbres. La letra y el cetro. Usos y símbolos, edición del autor, Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, Barcelona, 2003, p. 21.

[4] Enrico Mario Santí, El acto de las palabras. Estudios y diálogos con Octavio Paz, FCE, México, 1997, p. 27.

[5] Paz, Obras completas VIII. Miscelánea. Primeros escritos y entrevistas, op. cit., p. 1369.

[6] Ibid., p. 53.

[7] Paz, Obras completas, II. Excursiones/Incursiones. Dominio extranjero. Fundación y disidencia. Dominio hispánico, edición del autor, Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, Barcelona, 2000, p. 1163.

[8] Ibid, p. 1164.

[9] Enrique Krauze, Octavio Paz. El poeta y la revolución, De Bolsillo / Random House, México, 2014, p. 50.