Conversaciones y novedades

Noticias: Silvestre Revueltas en España (con Alberti y Paz)

Octavio Paz ; Rafael Alberti

Año

1937

Tipología

Novedades

 

Liga de escritores y artistas mexicanos en su visita a la Asociación de Amigos de México en Barcelona. De izquierda a derecha: (tercero) Rafael Alberti, (quinto) José Carreño, (sexto) José Chávez Morado, (octavo) Octavio Paz, (noveno) Silvestre Revueltas y (décimo) José Mancisidor. Sentados: María Luisa Vera, Fernando Gamboa, Elena Garro y Susana Steel.

El compositor Silvestre Revueltas estuvo en la delegación mexicana del Congreso de Valencia de 1937, con Carlos Pellicer, el joven Octavio Paz y el ideólogo José Mancisidor, que presidía una comisión de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) de la que Revueltas era el jefe musical. Durante su estancia en España, los anfitriones organizaron conciertos suyos con, obviamente, su Homenaje a Federico García Lorca, Redes y El renacuajo paseador, entre otras. En unas veladas que llamaban “actos”, cuyos asistentes eran en buena medida combatientes y militantes, las orquestas compartían el escenario con discursos políticos y lecturas de poesía. Por ejemplo, el 7 de octubre en Barcelona, en el Palau de la Música, la sinfónica tocó Janitzio, Redes y Caminos, intercaladas con lecturas de poesía a cargo de Antonio Machado y Octavio Paz. En las funciones en Madrid y Valencia, los lectores fueron Rafael Alberti y Paz. Hay buenos estudios sobre lo que significó ese viaje para la música de Revueltas que deberá consultar el interesado en serio: 


— Carol A. Hess: “Silvestre Revueltas in Republican Spain: Music as Political Utterance”, en Latin American Music Review (Austin, Texas, 1997, Vol. 18, No. 2 Autumn - Winter, 1997, pp. 278-296). Puede localizarse por medio de Jstor. 

— Luis Velasco-Pufleau: “The Spanish Civil War in the work of Silvestre Revueltas”. Localizable por medio de hal.archives-ouverts.fr (que es el mejor). 

          Nosotros nos limitamos a reproducir en seguida las noticias sobre estos “actos” que aparecieron en los periódicos españoles La Voz, El Ilustrado y La Libertad que recopiló el oboísta Roberto Kolb, quien fue, con Eugenia Revueltas, responsable del Acervo documental sobre Silvestre Revueltas que publicó la UNAM en 1996. Al final, reproducimos el ensayo que escribió Octavio Paz en 1941 a la muerte de su amigo. (G.S.) 





LOS TRIUNFOS DE SILVESTRE REVUELTAS EN EUROPA

Con positivo gusto, hemos recibido noticias halagadoras del músico y compatriota Silvestre Revueltas, quien actualmente se encuentra en Europa, en viaje de investigación musical.

          Después de obtener singular éxito en París con la exhibición de una película musicada por este compositor mexicano, pues recibió cálidos elogios de músicos y crítica parisiense, Revueltas partió para España, donde actualmente se encuentra.

           Publicamos a continuación dos artículos del laureado poeta hispano Rafael Alberti, quien se expresa en términos muy entusiastas acerca de la personalidad de nuestro compatriota.

Ilustrado, diciembre 25 de 1937.


AMIGOS. Un saludo, en Madrid, a Silvestre Revueltas. Músico muy mexicano y muy universal.

Por Rafael Alberti

Conocí a Revueltas en México. Un día, en medio de una calle, “Gran director de orquesta, gran compositor”, me dijeron. Durante mi estancia de siete meses en su país no tuve ocasión de oírle, de verle dirigir al frente de sus hombres, de comprobar aquella afirmación. Cuando nuestro Segundo Congreso de Escritores Antifascistas, en julio de este año, oí decir a alguien: entre la Delegación Mexicana viene también un músico, Silvestre Revueltas. Me acordé entonces de él, de nuestro encuentro, una tarde, creo que de agosto, en su ciudad: un hombre ancho, grueso, de cara y ojos bonachones, despechugado y sin corbata. El mismo, el exacto que volví a hallar en Valencia, que vi luego en Madrid. ¿Cómo será posible un músico tan grueso, un gran músico sobre todo? Esta pregunta, bastante tonta y frívola, que yo mismo me hacía, me tuvo algunos días inquieto, vigilante. Estaba deseando deshacerme de ella. Era idiota, lo confieso, y más aun sabiendo que muy grandes artistas alcanzaron físicamente en su vida las mismas proporciones que su obra: pienso más que nadie en Balzac.

          Pero, por fin lo que tanto esperaba: el concierto, varias obras suyas para pequeña orquesta, dirigidas por él, en un salón de Los Amigos de México y en Madrid. ¡En Madrid! Colorines, Homenaje a García Lorca, El renacuajo paseador, Himno de los Mexicanos combatientes en España. Este era el programa. Luego, en el mitin del Teatro de la Comedia, dos obras grandes: Caminos y Janitzio. Bastaba. Casi demasiado para conocerlo. Con sólo el homenaje a Federico y el Renacuajo, me hubiera dado cuenta de lo que es este hombre. De su inmensa capacidad y talento, de lo mexicano y universal de su música. Muy mexicana su música, nada localista; popular pero sin transcripciones. Lo que Manuel de Falla hizo con lo andaluz, con lo español —más aún en su última época— logra Silvestre Revueltas con el acento de su país y de manera magistral. Toda esa atmósfera nocturna burlesca y triste de las “carpas” (los teatrillos arrabaleros de México). Todo ese latido poderoso y bárbaro de las pirámides, de los montes, de los grandes cielos y las flores inmensas, lo antiguo y permanente y hoy grave y esperanzado está en su música con una sabiduría y vigor ejemplares.  Octavio Paz, un jovensísimo poeta, para mí ya una realidad de la verdadera poesía mexicana, pronunció aquí, en Madrid, sobre su compatriota, palabras justas, valorizadoras. Una de las condiciones primordiales de Revueltas es su gracia, la burla sana y fuerte que corre de pronto por su música. Es ese colaborador ideal que tantas veces ha soñado uno para las farsas teatrales, para la sátira cruel y la patada en el trasero.

          No creo que ninguno de nuestros músicos españoles recientes esté dotado de esa vena, tan rica y necesaria hoy. Oyendo a Silvestre Revueltas, saltándoseme los pies y las manos, me he sentido de súbito sobre la escena, la del alfilerazo y la pulla, persiguiendo a escobazos a nuestros enemigos, despertando a la vez en la gente la cólera y la risa revolucionarias. ¡Bienvenido a Madrid! A este hondo corazón de España, viejo y nuevo, y silvestre todavía, este Silvestre mexicano, hombre, artista, que en medio de nuestra tremenda lucha nos deja una profunda estela de optimismo, de potencia, de genio.

La Voz, 24 de septiembre, 1937.



José Chávez Morado (segundo), José Mancisidor (tercero), Silvestre Revueltas (sexto), María Luisa Vera (séptima), Elena Garro (novena), José Carreño (décimo primero), Susana Steel (décimo tercera), Fernando Gamboa (décimo sexto), Rafael Alberti (décimo séptimo), en Barcelona, 1937.


MÉXICO EN ESPAÑA

El tercero de los actos culturales de la Delegación Mexicana de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, se verificó ayer.

              Por la mañana se celebró el concierto de obras del compositor mexicano Silvestre Revueltas.

        El poeta Octavio Paz hizo un interesantísimo estudio de la obra musical del insigne artista Revueltas, estudiando su tendencia y significación, que lo colocan entre las figuras más prestigiosas del arte, porque este inspiradísimo autor ha sabido llevar al pentagrama todo el dolor y las inquietudes y las alegrías de la hermosa tierra mexicana, y ello lo hace con tan honda emoción, con una técnica tan moderna, con un sentido tan profundamente humano, que todas estas cualidades y calidades justifican de manera plena su condición de artista y revolucionario. El estudio de Octavio Paz descubre y avalora la recia personalidad estética de Silvestre Revueltas.

           Bajo la batuta de Silvestre Revueltas, la orquesta de cámara de la Asociación de Profesores de Orquesta (UGT) ejecutó magistralmente la composición Colorines, para 14 instrumentos, que es una bellísima página poética de luz, de vida y de movimiento. Después ejecutó Homenaje a García Lorca, con sus tres tiempos, Baile, Duelo y Son, para diez instrumentos. Baile es una deliciosa expresión de lo que era el alma artista y popular de García Lorca, todo optimismo y alegría de vivir y entraña del pueblo.

          Duelo recoge con trágica grandeza el hondo pesar, el profundo estupor producido por el inhumano sacrificio del hombre que no era sino sensibilidad y poesía. Son, es la fuerza de la vida que se sobrepone al dolor y que lo vence, que inmortaliza al poeta inmolado y triunfa sobre la crueldad y el crimen.

          María Luisa Vera, la dulce maestrita mexicana e inspirada poetisa, recitó con arte exquisito el poemita popular anónimo El Renacuajo Paseador, que ha musicado Silvestre Revueltas y la orquesta ejecutó este Ballet Pantomima para marionetas, que entusiasmó al auditorio por su encanto, su gracia y su originalidad que por sí sola basta para dar a un músico envidiable prestigio. De tal suerte agradó al público, que éste con sus aplausos, obligó al autor a repetir el precioso ballet. 

La Libertad, 18 de septiembre. Madrid.



Silvestre Revueltas (1889-1940)

por Octavio Paz[1]

Silvestre Revueltas, todos lo recuerdan, era, físicamente, de la misma estirpe de Balzac y Dumas. (En lo espiritual era otra cosa; nada menos ciclópeo que su delicada, penetrante, aguda música, dardo o estilete.) Se parecía mucho al segundo y tenía del primero la mirada tierna, el ademán poderoso, la generosa corpulencia y la íntima finura que dicen tuvo Balzac. Con ese cuerpo, con esa noble cabeza y ese rostro asombrado de dios, Neptuno de la música, se erguía frente a la orquesta, frente al mar de los sonidos, como un humano monumento devastado por todas las olas, padre de las olas y vencedor de ellas; luchando contra invisibles elementos, desataba las obscuras e infernales potencias de la música, que duermen en el silencio, y las sometía a su poder, llevándolas a un silencio más alto y tenso del que salieron. Muchos, al dirigir la orquesta, parecen magos; otros, simples prestidigitadores. Silvestre no era un mago ni tampoco un embaucador. El espectáculo que involuntariamente ofrecía era mucho más patético que las maravillas de la magia y las sorpresas de la habilidad. Silvestre sacaba de sí mismo, de su entraña, cada nota, cada sonido, cada acorde. Los extraía de su corazón, de su vientre, de su cabeza, de un bolsillo insondable de sus pantalones —como ese objeto mágico que siempre llevamos con nosotros, único confidente de nuestro tacto angustiado, obscuro resumen de las mil muertes y nacimientos de cada día. O brotaban de sus ojos, de sus manos, del aire eléctrico que creaba en torno suyo. Silvestre era, al mismo tiempo, la cantera, la estatua y el escultor. 

          A pesar de su corpulencia y de su espíritu vasto y generoso, no ha creado una música de grandes proporciones. Había una íntima contradicción en su ser. Su música, irónica, burlona, esbelta —flecha y corazón al mismo tiempo—, era un prodigioso y delgado instrumento para herir. Un arma y una entraña simultáneamente. Silvestre no se defendía de la música, como no se defendía de la vida. Aguzaba la punta de su música como el sacerdote aguza la hoja del cuchillo, porque él era el sacrificador y la víctima. Había encontrado el punto misterioso en que el arte y la vida se tocan y se comunican, el nervio tenso de la creación. 

          Era tierno en ocasiones; en otras áspero y reconcentrado. A pesar de su leyenda, Silvestre no amaba el desorden ni la bohemia; era, por el contrario, un espíritu ordenado. A veces, exageradamente ordenado. Puntual, exacto, devorado casi por ese afán de exactitud, se presentaba siempre con anticipación a las citas y se apresuraba a cumplir con las comisiones o encargos que le daban. Esa preocupación por el orden era un recurso de su timidez y una defensa de su soledad. Porque era tímido, silencioso y burlón. Amaba la poesía y a los poetas y su gusto era siempre el mejor. No tenía placer en las compañías ruidosas; era un solitario y un hosco defensor de su soledad. Después de aquellas temporadas de orden absoluto y exasperante, de ensimismada concentración, se desbordaba en un ansia de comunión, de amor. Entonces su humor negro se convertía en blanco, como la negra ola al besar la playa. Humor blanco, espuma de la vida. Y el silencio reconcentrado se volvía un mágico surtidor de imágenes. Temporadas de locura, de alegría, de infierno. Silvestre, como casi todos los hombres verdaderos, era un campo de batalla. Jamás se hizo traición y jamás traicionó la verdad contradictoria, dramática, de su ser. En Silvestre vivían muchos interlocutores, muchas pasiones, muchas capacidades, debilidades y finuras. «Sólo quien de una manera simple considera a los sentimientos puede afirmar que hay sentimientos simples.» Esta riqueza de posibilidades, de adivinaciones y de impulsos es lo que da a su obra ese aire de primer acorde, de centella escapada de un mundo en formación. Su obra es el presentimiento de una gran obra. Quizá no pudo expresarse del todo, quizá la presión interior era excesiva. No era fácil ordenar elementos tan ricos y dispares. Mas en esa obra dispersa hay cierto tono inconfundible y único. Un elemento la rige: no la alegría, como creen algunos, ni la sátira o la ironía, como piensan los demás, sino la piedad. La alegre piedad frente a los hombres, los animales y las cosas. Por la piedad la obra de este hombre, tan desnudo, tan indefenso, tan herido por el cielo y los hombres, se sobrepasa y alcanza una significación espiritual.  

         El nombre de Silvestre Revueltas resuena dentro de mí como un gran cohete de luz, como una aguda flecha que se dispersara en plumas y sonidos, en luces, en colores, en pájaros, en humo pálido, al chocar contra el desnudo corazón del cielo. Era como el sabor del pueblo, cuando el pueblo es pueblo y no multitud. Era como una feria de pueblo: la iglesia, asaeteada por los fuegos de artificio, plateada por la cascada de aguas resplandecientes, fortaleza inocente y cándida, humeante que gime en los sonidos, en los ayes de la cohetería agónica; el mágico jardín, con su fuente y su kiosko con la música heroica, desentonada y agria; y los cacahuetes, en pirámides, junto a las naranjas, las jícamas terrestres y jugosas y las cañas de azúcar, con sabor a estrella líquida y tierra inocente, plantadas militarmente, como fusiles o lanzas, en las orillas de las calles. Y era como el silencio de una obscura y desierta calle, en un barrio de la ciudad, poblada de pronto por gritos angustiosos. Y como el rumor de una vecindad y la gracia de la ropa puesta a secar, bajo el cielo altísimo y las nubes que giran, lentamente. Y era también como el silencio del cielo, que calla ante nuestras preguntas y nos vela su destino.


José Chávez Morado, Elena Garro, Octavio Paz, José Mancisidor, Pla Beltrán, Fernando Gamboa, Susana Steel y Silvestre Revueltas. España, 1937. Biblioteca Digital Silvestre Revueltas.



[1] Se publicó en la revista Taller, XII, enero-febrero de 1941, y se recogió en Las peras del olmo (UNAM, 1957).