Conversaciones y novedades

Intrusión nocturna

Ángel Gilberto Adame

Año

1914

Tipología

Novedades

 

Calle de Venecia en la colonia Juárez, 1905.

Los robos a casa habitación y los allanamientos son consabidos desde la invención de la propiedad privada; en las comedias barrocas, por ejemplo, son piezas claves de enredos.[1] En la turbulencia de la Revolución mexicana, estos crímenes, además de recurrentes, pasaban casi desapercibidos: 

En las primeras décadas del siglo XX, son escasas las posibilidades competitivas de la nota roja. ¿Quién lograría destacar los asesinatos individuales en la furia torrencial de batallas, fusilamientos, asonadas, asesinatos a mansalva, duelos, ferocidades de cantina, ciudades tomadas, celadas, secuestros? Todo lo cubre el manto trágico de la Historia.[2]

Ireneo Paz en La Patria se quejaba de la deficiente educación y de la pérdida de las buenas costumbres, pues esto se resolvía en la multiplicación de ladrones: 

Sorprende realmente ese instinto natural que hay en ciertas gentes, esa propensión para apoderarse de lo ajeno, sin el menor escrúpulo, con tanta frescura como su fuera propio. […] La instrucción que se ha desarrollado en las masas es la del pillar: por donde quiera se ven malos ejemplos y ya se sabe que con más facilidad se imita lo malo que lo bueno. La sociedad está corrompida en sus bases, la moral está desterrada de las costumbres, se ha visto que no es el trabajo honrado el que produce mayor provecho y… toda la plebe da el ensancho a sus inclinaciones. [3]

Esto lo declaraba enérgicamente, luego de que el sábado 11 de julio de 1914, año del nacimiento del unigénito del matrimonio Paz Lozano, Enrique González se introdujo en la casa del licenciado Paz, ubicada en la calle de Venecia número 44, colonia Juárez, muy cerca de la avenida Chapultepec. El caco quizá no sabía que la morada a la que penetraba pertenecía a un agente del Ministerio Público, probablemente también ignoraba que su víctima no era tan vulnerable y que el botín que esperaba quizá tampoco valía la pena. Los hechos ocurrieron de la siguiente forma:

González irrumpió por una ventana, la noche era absoluta. En la alcoba del matrimonio no había alma, Octavio se hallaba en el baño y Josefina, su esposa, daba cuidados a un bebé de escasos cuatro meses: “El licenciado Paz, que en aquellos momentos hacía su toilette, al darse cuenta de la fechoría del rata, salió tras él logrando darle alcance a las dos calles, donde con ayuda del gendarme del punto lo aprehendió llevándolo en seguida al Ministerio Público”.[4] De acuerdo con la información lo único que logró extraer fueron un par de fistoles, perlas de California y una pistola que halló en el despacho.

En su diatriba contra la delincuencia, Ireneo deja entrever más datos sobre González:

En otros tiempos los criados eran personas seguras a quienes se les podía dejar con toda seguridad todo el interior de una casa, porque en esos tiempos las costumbres eran sencillas, las gentes no estaban corrompidas como ahora en que casi no hay sirviente que no sea ladrón, en que no se puede echar ya mano de un dependiente que inspire plena confianza. En las poblaciones cercanas a México, es un horror como abundan los rateros de todas especies: si se ocupa un jardinero, este se roba las mejores plantas; si se necesita un peón, se saca cuanto encuentra a la mano, y lo mismo son los albañiles, los mozos, las cocineras, las recamareras, los artesanos de todas clases y hasta los tenderos, todos, cual más cual menos, tratan con toda lisura de apoderarse de lo que no les pertenece.[5]

El asaltante fue remitido al juez séptimo de instrucción, Abel C. Salazar, “quien desde luego comenzó a practicar las diligencias del caso, y habiéndose obtenido la confesión del acusado, se le decretó auto de formal prisión”.[6] 

El procedimiento penal tardó menos de un mes. El 22 de julio se puso el expediente a la vista de las partes.[7]   Seis días después, el juez, “después de practicar todas las diligencias que creyó pertinentes, dio por cerrada la instrucción, […] por lo que ordenó que la causa pasara al agente del Ministerio Público, licenciado Ignacio Pérez Vargas, para que formulara conclusiones”.[8] 

Durante la investigación, se descubrió que Enrique González tenía más entradas a la cárcel general que años de vida y que no obstante haber sufrido largas condenas, jamás desistió de su afán por las cosas ajenas. Con este antecedente, la sentencia, dictada el 2 de agosto en audiencia de derecho, consistió en cuatro años de trabajos forzados en prisión e inhabilitación para ejercer cualquier empleo y cargo público por un término de 10 años después de terminada su pena. Los medios se sorprendieron de la severidad del castigo: “Hace mucho tiempo que se daba el caso de que un acusado por delito de robo fuese sentenciado no sólo a sufrir una larga condena sino también la suspensión de derechos civiles y políticos”.[9] 

Y así terminaba Ireneo sus reflexiones: 

Todo esto que decimos es para demostrar que acaso ningún pueblo del mundo está tan necesitado como el nuestro de que se le dirija por la senda del bien, de que se eduque, […] esto es a vivir en una sociedad a que entienda la sabia máxima aquella de no “no hagas a otro lo que no quieres para ti”. He aquí por qué son tan necesarias las escuelas rudimentarias si quiera para que la gente […] tenga alguna idea de lo que son la propiedad, el honor y las demás cosas que tanto interesa conocer. Luego que nuestra gente esté medianamente educada, dejaremos de estar como Jesucristo, crucificados en medio de los ladrones.[10]




[1] Una primera versión de este artículo se publicó en El Universal: https://bit.ly/3upPwgw 

[2] Carlos Monsiváis, Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México, México, Debate, 2010, p. 25.

[3] “Estamos rodeados de ladrones”, La Patria, 14 de julio de 1914, p. 2

[4] “Sentenciado a trabajos forzados”, El Imparcial, 3 de agosto de 1914, p. 6.

[5] “Estamos rodeados de ladrones”, op. cit, p. 2.

[6] “Quedó bien preso”, El Imparcial, 12 de julio de 1914, p. 4.

[7] “A la vista de las partes el proceso de un ladrón”, El Sol, 22 de julio de 1914, p. 4.

[8] “El robo al licenciado Paz”, El Imparcial, 29 de julio de 1914, p. 4.

[9] “Fue sentenciado a cuatro años por robo”, El País, 8 de agosto de 1914, p. 2.

[10] “Estamos rodeados de ladrones”, op. cit, p. 2.