Conversaciones y novedades

Ireneo Paz, letra y espada liberal

Napoleón Rodríguez Benítez

Año

1982

Tipología

Conversación

 

Ireneo Paz Flores

 

—¿Conoció personalmente a su abuelo? ¿Qué recuerdos tiene de él?*

—Sí, conocí a mi abuelo y el recuerdo que tengo de él es el de un hombre muy bondadoso y tierno de gran afición por las armas de fuego y práctica de florete, pero más que su afición por las armas tenía afición por los libros, leía mucho a los clásicos para lo cual tenía un horario, pues era muy ordenado. Se levantaba temprano y hacía ejercicio físico; a las 8 de la mañana estaba de pie. Comenzaba por leer el periódico, comentando la política mexicana de la época. Tenía una suscripción de El Universal. Tenía muchas amistades, familias antiguas del rumbo de Mixcoac. Se desplazaba hacia el centro de la Ciudad de México los jueves de cada semana para reunirse a comer con algunos amigos, a jugar tresillo y a recordar viejos tiempos; por allí vivía una amiga a la que frecuentaba, la señora era madre de una actriz: Mimí Derba; regresaba a leer y se encerraba en su biblioteca. Tengo su imagen grabada, que era la de un hombre delgado, de estatura media, rostro muy mestizo, siempre muy bromista, irónico, alerta a todo, muy crítico, estricto pero cariñoso. También a la hora de la comida hacía bromas, pues nos llamaba a comer con una cornetita. Todos los niños jugábamos con el abuelo alrededor de la mesa y luego comíamos puntualmente; sin mayor ruido, de vez en vez una conversación aislada. Era mi abuelo, en conclusión, de genio humorista, satírico.

Paseábamos junto a él por el viejo Mixcoac. Mire usted: Mixcoac era un pueblo separado de la Ciudad de México. Antiguamente era un cacicazgo independiente; posteriormente hubo el convento dominico. Durante la época de la Independencia vivieron los hombres ilustres como don Joaquín Fernández de Lizardi, Valentín Gómez Farías, el destacado reformador. El Mixcoac de antes no es el que ahora conocemos; todo, desde la raza, la parroquia, la plazuela de San Juan (ahora plazuela Valentín Gómez Farías), estaba impregnado del ingenuo transcurrir provinciano.

—En su postura política en contra de Juárez y Lerdo, ¿cree usted que su abuelo haya tenido alguna ambición personal?

—Por supuesto que sí, él tenía necesidad de encontrar un acomodo, pero más que esto creía en una verdadera renovación, ya que el partido liberal no supo reinstalar la vida democrática; entonces se pensó en Porfirio Díaz, el joven y pundonoroso militar como el candidato natural. Al triunfo de don Porfirio, éste le ofreció un puesto público, pero él creyó más en el periodismo; no podía ser político y él mismo se marginó.

—¿Recuerda algún suceso entre don Porfirio y su abuelo?

—Entre don Porfirio y mi abuelo existía una relación amor-odio. Mi abuelo era enemigo de Manuel González, el candidato, el caudillo, y se encontró con que su candidato y amigo, García de la Cadena, no fue el favorito; después de este gobierno se reeligió sucesivamente el general Díaz y mi abuelo aceptó esto como un hecho consumado. Hubo alguna crítica por ello, pero se estimó que mi abuelo tenía derecho a la consideración por ser antiguo militante.

—¿Conoce alguna critica que Ireneo Paz haya publicado a las sucesivas reelecciones de don Porfirio?

—Posteriormente, entre los años 1906 a 1909 hay inquietudes políticas; surge el reyismo y vienen críticas al régimen, entonces mi abuelo y los jacobinos liberales empiezan a pensar en el cambio y vuelve a presentarse su antigua tenacidad en lucha por los viejos principios, por lo que se había luchado denodadamente puesto que él era un hombre de acción.

—¿Qué antecedentes tuvo Ireneo Paz en sus ascendientes que hayan influido en su perseverancia revolucionaria?

—Directamente, el carácter lo hereda de su madre que fue una mujer perseverante para educar a sus hijos. Su apellido era de origen gallego, radicado en Jalisco.

—¿Cuántos fueron sus hijos?

—Procreó con su esposa 6 hijos, tres hombres y tres mujeres.  La primera de nombre Amalia, quien permaneció soltera; le siguen Rosita, de carácter agradable y muy dulce; casó con don Joaquín Haro de la Cadena, y Laura, casada con un arquitecto.

De los hijos varones, el primero fue Carlos, quien murió joven, tragedia que ensombreció la personalidad de mi abuelo; le siguió Arturo y después Octavio, mi padre, licenciado en Derecho.

—A la caída de Porfirio Díaz, ¿Ireneo Paz tuvo alguna opinión favorable al maderismo o a la Revolución?

—La opinión que tuvo del maderismo fue ambigua; pensó en la debilidad del régimen, pero al maderismo no lo despreció tanto como al carrancismo, puesto que fue un sentimiento general el que Carranza, siendo un antiguo reyista, miembro de su propio partido lo vieran con absoluto desprecio; sobre él pesaba el cargo oportunista.

—¿Guardó algún sentimiento de rencor personal contra el grupo científico o en contra de Porfirio Diaz?

—Ninguno.

—¿Qué postura asumió durante el largo proceso revolucionario?

—Sobre ello tuvo largas discusiones con mi padre, quien fue representante del zapatismo. Creo que era un conflicto generacional, pues, aunque mi abuelo al principio era visto por mi padre, como un reaccionario, en el fondo le admiraba y le opacaba su enorme figura liberal.

—¿A qué actividad se dedicó después de la revolución y hasta su muerte?

—Pablo González le expropió su imprenta, con la cual se le quitó la base de su propio sustento; esto lo puso furioso. Vivió primero de las rentas de sus casas (tenía dos en renta); después las hipotecó y las perdió al comerse el producto de la misma. Las perdió al no poder cumplir con los plazos vencidos. Al acabársele los pocos ahorros vendió parte de su biblioteca. El régimen del general Álvaro Obregón le concedió una pensión como veterano de guerra.

—¿En alguna ocasión viajó fuera del país?

—Viajó a la exposición de Chicago y luego a la de Paris en 1900; a esta última lo hizo en un lujoso trasatlántico; fueron días inolvidables para él, según me lo relató mi tía Amalia, que lo acompañaba. Su estancia en París se prolongó por más de tres meses; fueron quizá los días más amables de su existencia.

—Antes de morir tuvo algún acto especial de reconocimiento por parte del periodismo independiente o de algún organismo político?

—Fue en el estado de Morelos, en 1920, en que asistió a un almuerzo en su honor. En dicha ocasión yo los acompañé a él y a mí tía Amalia. Posteriormente, el estado de Jalisco le hizo un homenaje en la ciudad de Guadalajara.

—¿A su sepelio asistió alguna personalidad del mundo oficial o de cualquier otra asociación o partido político?

—No sé, habría que consultar los periódicos de la época.

—¿Reconoce usted en su abuelo alguna enseñanza en el terreno político o en las letras?

—Por supuesto, ya que su ideario es mi herencia, aunque el liberalismo forma parte de la historia de México y hay que rescatarlo. En los actuales momentos es vigente su puesta en marcha, pues es necesario que esto cambie o de lo contrario habrá un estallido social. El gobierno se presenta como el gran capitán de empresa al tomar en sus manos el 65% de la riqueza. Otro aspecto que reconozco en mi abuelo es su amor por México, por su historia y sus instituciones.

—¿Guarda usted documentos relativos a él como correspondencia, fotografías, apuntes, etc.?

—Guardo documentos y cartas, así como álbumes familiares con fotografías.

—Existe su biblioteca, ¿Dónde se encuentra ésta?

—Su biblioteca se encuentra agregada a la de su hijo Arturo; muchos libros se extraviaron, pero otros existen conmigo, y como al principio le dije a usted que él tenía un gran amor por la lectura, le daré unos datos. Tenía en su poder las siguientes obras:

Tercera edición de las obras de Sor Juana; las obras de Lucas Alamán, primera edición; colecciones de Historia de México; las obras de Prescott. La Biblioteca Clásica de Menéndez y Pelayo, Quevedo, fábulas, poetas románticos, Altamirano, etc., gran cantidad de folletos, poetas modernistas; Díaz Mirón, Gutiérrez Nájera, novelas de Walter Scott, Balzac; novela francesa, inglesa, española; Darwin, positivistas, Ibsen, Rubén Darío y Vargas Vila.

—Su imprenta, ¿en dónde terminó?

—La imprenta que originalmente se encontraba en la calle del Relox, a un lado de la antigua librería Robledo, estaba ubicada en la planta baja, en el piso inmediato vivía él en gran comodidad. Infinidad de obras de Historia de México dio a conocer, allí se imprimió su periódico La Patria.

Incansable tipógrafo, aún en sus diarias labores vestía elegantes trajes de la época; fumaba enormes habanos por lo que tenía unas tijeras especiales para cortarlos de las puntas. En los aciagos días en que se veía venir la revolución, algunos estudiantes de San Ildefonso, entre los que descollaba un joven estudiante de jurisprudencia, Alfonso Reyes, pasaba a saludar al viejo liberal y revolucionario con el que tenía largas conversaciones; luego, al triunfo de la revolución, su imprenta fue destruida por Pablo González.

Ireneo Paz, María Luisa Haro y Paz, Octavio Paz y Amalia Paz Solórzano, Mixcoac, 1924



NOTAS

*Entrevista publicada en 1982.


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