Conversaciones y novedades

Octavio Paz en Mérida: escenarios

Guillermo Sheridan

Año

1937

Tipología

Poesía

Temas

Paz en Mérida: la primavera socialista de 1937

 

Paz en la Casa Gamboa, Mérida, marzo de 1937. Foto de Juan de la Cabada.

Dedicamos esta entrega de la Zona Paz a los dos meses que el joven poeta pasó en Mérida durante la primavera de 1937, antes de viajar a la España en guerra civil.

Fueron días importantes para su historia: su viaje al México de la periferia geográfica e histórica; el traslado de su militancia política a la acción educativa y sindical; la búsqueda de su voz poética, distanciándose del grupo de los Contemporáneos y considerando la “poesía comprometida”.

Otra parte esencial de su aventura en Mérida es la relacionada a sus amores con Elena Garro: el acercamiento por separación. Ese aspecto se comenta en otra parte de esta Zona, la que recoge la segunda etapa de su Correspondencia, con la futura escritora, donde edito la treintena de cartas que Paz le escribió en esos meses álgidos.

Un pequeño poema circunstancial que viajaba en una de ellas, y que Paz nunca recogió, se reproduce aquí: “La joven de las lilas” así como las “Notas” sobre sus primeras impresiones al llegar a la Ciudad Blanca. Recobramos también un puñado de editoriales que publicó en esos días, que nunca recogió y estaban en el olvido.

También en este mosaico hay otra entrada pertinente, la que aporta las voces de sus amigos y compañeros de generación que estuvieron también involucrados en el proyecto yucateco de la década roja mexicana.

El centro de la escritura poética de Paz en esos meses fue “Entre la piedra y la flor”, un poema cuya atribulada historia narramos en un comentario vecino. Reproducimos además las dos primeras reseñas que recibió ese extenso poema, siempre inacabado.

Para aportar una puesta en escena elemental, me refiero en seguida —basado en mi libro Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz— únicamente a sus actividades como maestro, militante y viajero.


La llegada

Entre el 11 de marzo y el 10 de mayo de 1937, Octavio Paz vivió en la ciudad de Mérida —capital del estado de Yucatán, en la península del mismo nombre— como maestro fundador de la Escuela Secundaria Federal para Hijos de Trabajadores, junto a sus camaradas Octavio Novaro Fiora del Fabro (“Novarito”) y Ricardo Cortés Tamayo.

La Escuela dependía del Instituto Nacional de la Educación Superior para Trabajadores, organismo pionero del proyecto de “educación socialista” de Narciso Bassols, antiguo secretario de Educación Pública, que había sido “diseñado científica y revolucionariamente; paradigma, representación viva, potente, de los mejores anhelos del movimiento de 1910” (como escribirá Octavio Novaro meses más tarde).[1]

Los motivos que llevan al joven Paz a esos meses en Mérida son vocacionales e ideológicos, por un lado, y literarios y amorosos por el otro. Cuando llega, está en vísperas de su vigésimo tercer cumpleaños: se independizaba, por fin, del ambito familiar (si bien seguía encargado, hijo único, de su madre viuda) y de la promesa de convertirse en abogado, pues ha decidido no terminar sus estudios de leyes para afirmar la seriedad con que asume su vocación de poeta rebelde.

Su cargo en la Escuela (“Primer Secretario Escolar”) significaba una plaza gubernamental y, con ella, el primer escalón en la larga escalera del servicio público que no terminaría sino en 1968: Paz fue también una víctima de la “empleomanía hispánica” que detectó entre los Contemporáneos.

Aceptar el cargo en Mérida incluía someter a la prueba romántica de la separación su amor con Elena Garro, su novia desde 1935, una prueba de la que, como apreciará quien se asome a su Correspondencia, no salió bien librado del todo...

Muchos años después, en su “Prólogo” a Itinerario (9:21) Paz recordaría la invitación al viaje:

Acepté inmediatamente: me ahogaba en la ciudad de México. La palabra Yucatán, como un caracol marino, despertaba en mi imaginación resonancias a un tiempo físicas y mitológicas: un mar verde, una planicie calcárea recorrida por corrientes subterráneas como las venas de una mano y el prestigio inmenso de los mayas y su cultura.

A poco de llegar, enviaría a México, al periódico El Nacional, unas emocionadas “Notas” sobre la forma en que él y Mérida comienzan a apropiarse mutuamente.


A ojo de pájaro

Era un destino muy atractivo, Mérida, Yucatán; un destino cargado de la doble mitología de su herencia cultural y la de ser un polo imantado del proyecto socialista que propicia Lázaro Cárdenas: la reforma agraria, las expropiaciones, la lucha contra la ancestral, racista injusticia que padecen los indios y campesinos a manos de la “casta divina” y de sus aliados imperialistas. Y es también uno de los escenarios elegidos para relanzar el proyecto de la educación socialista.

La Secretaría de Educación Pública deseaba rescatar para la república a decenas de miles de niños yucatecos a los que, hasta entonces, había ignorado. Paz y sus camaradas van a emprender esa misión y, también, a fortalecer las actividades del Departamento de Acción Social y Cultural de Protección Indígena que había creado mi general Cárdenas en 1936.

Los comercializadores del henequén y del chicle habían tenido a los indígenas sumidos en condiciones atroces de miseria e ignorancia. El auge de la industria henequenera había terminado en 1916 y vivía una penosa agonía: la superficie sembrada se había reducido a la mitad entre el último año de don Porfirio y el primero de Cárdenas. En 1935, el gobierno inicia el reparto de las viejas haciendas y del equipo confiscado entre los ejidatarios, una expropiación que condujo a enfrentamientos graves no pocas veces manchados de sangre (como la de Rogerio Chalé, a quien dedicaría un “corrido” el Octavio “Novarito”).

En agosto de 1937 (cuando Paz ya se había ido de Mérida a la España en guerra civil), Cárdenas visita la península y, en la más estruendosa de sus ceremonias reivindicativas, publicará el decreto que entregaba los ejidos a los pueblos, reduce la propiedad privada a ciento cincuenta hectáreas, expropiaría la maquinaria y los ferrocarriles y publica un código agrario especial para Yucatán que contempla cooperativas agrícolas, servicios bancarios y escuelas especiales. En su discurso, el presidente promete que todo cambiará. Los campesinos no lo saben aún, pero sólo cambiaban de amo: de las garras de los terratenientes pasarán a los lentos sellos de la prematuramente anquilosada y corrupta burocracia agraria. Los resultados de la política cardenista en Yucatán, por muy variados motivos, no fueron exitosos (puede leerse al respecto este artículo de Marie Lapointe).

Para Paz y sus camaradas, Yucatán es un escenario alternativo para vivir las revoluciones soviética y mexicana, así como un sucedáneo de la guerra antifascista, su particular “frente de Aragón”. Las viejas familias criollas yucatecas y su orden feudal son, a sus ojos, Franco y sus fascistas, mientras los henequeneros y los niños indígenas son sus milicianos, la semilla de la aurora roja que (para Paz) aún despunta en Moscú...


El diario combate

Al día siguiente de su llegada, el Diario del Sureste —periódico meridano con patrocinio federal, que colabora con El Nacional, el diario del gobierno en México— publica la noticia:

Procedente de la capital de la República llegó ayer por la vía aérea el poeta Octavio Paz quien, como oportunamente informamos, fue designado por la SEP Secretario de la Escuela Secundaria Federal que, dentro de poco y para atender a la educación de los hijos de los trabajadores, comenzará a funcionar en esta capital por disposición del Ciudadano Presidente de la República, Gral. Lázaro Cárdenas.

El director de ese diario, Clemente López Trujillo, militante comunista y poeta a sus horas, será uno de los buenos amigos de Paz durante esos dos meses y le publicará algunos editoriales (que recogemos en esta Zona[2]). Entre una comunidad cultural particularmente activa, otros nuevos amigos son el narrador Juan de la Cabada, que anda recogiendo cuentos populares, y su compañera Esther Merrill; el director de orquesta Samuel Martí y su esposa, Cristina Moya, y Alfredo Barrera Vázquez, el director del Museo Arqueológico, que introducirá a Paz en el estudio de la mayología y la veneración de la arquitectura prehispánica.

No todos celebraban. Los ricos de Mérida, la llamada “casta divina”, no vieron con buenos ojos la llegada de los jóvenes bolcheviquis: representaban al gobierno que los había despojado de sus haciendas y una intromisión más de la remota capital que sembraba la semilla del socialismo en las escuelas yucatecas. Los jóvenes maestros no se arredran: si la “gente decente” los desdeña, tienen camaradas en los sindicatos y entre los estudiantes, cuyos “días de huelga y mítines” le regresan a Mérida su verdadero rostro: “los trabajadores le dan sentido, la dignifican, muestran lo verdadero”, escribirá el joven en sus “Notas”.

En esas “Notas” se refiere ya a la “orgullosa arquitectura de castas, impenetrable y rígida” que domina a Mérida, y otra cosa que lo inquieta mucho en este periodo de nutridas lecturas (está estudiando El capital de Marx y el Anti-Dühring de Engels): el sentido de la ganancia, el espíritu de la acumulación. Las castas en Mérida, advierte, están señaladas y caracterizadas básicamente por sus ganancias. No observa diferencias extraordinarias entre la limpieza, la cultura o la calidad de la ropa de la gente: la única diferencia real que se percibe es la de las ganancias y el color de la piel, “que en México todavía juega un papel importante en el reparto de las ganancias”.

Quizás esta fascinación con la ganancia se deba a que en Mérida el joven Paz observa de cerca la riqueza de esta burguesía ostentosa en su dramático contraste con la miseria de los indios. En México había vivido en el mundo de medianía de su casa, el barrio estudiantil, la pobreza de sus camaradas y las escuelas nocturnas. Sus esporádicas salidas al campo del altiplano, como militante, se limitaban al ámbito del campesinado. Pero no había atestigüado nunca la absoluta miseria de los chicleros y de los indios. En Mérida, en cambio, observa el desfile en el Paseo Montejo de las

Familias poderosas, con espíritu de casta (maravillosas familias criollas que hablan con entusiasmo del racismo alemán) y que rehúsan toda mezcla de sangre, presiden orgullosamente la vida exclusiva de la sociedad.

Percibe algo que repetirá, en otros contextos, a lo largo de su vida: la casta dominante en México pone en práctica un tipo de ejercicio lucrativo propio de una “sociedad de ocupación”, es decir, de una mentalidad de plaga que, en lugar de invertir y generar riqueza, expolia y amasa todo lo que puede, oportunistamente, antes de retirarse. Escribiría años más tarde en su “Prólogo” a Ideas y costumbres (9:21):

Los yucatecos de las clases altas y medias, sin ser separatistas, eran aislacionistas; cuando miraban hacia el exterior, no miraban a México: veían a La Habana y a Nueva Orleans. Y la mayor diferencia: el elemento nativo dominante era el de los mayas descendientes de la otra civilización del antiguo México. La real diversidad de nuestro país, oculto por el centralismo heredado de aztecas y castellanos, se hacía patente en la tierra de los mayas.


La Escuela (y lo demás)

Los jóvenes se instalan primero en un hostal llamado la “Casa Gamboa”, lleno de gringos que van a Yucatán a aprovechar las gangas que la ciudad ofrecía en materia de divorcios veloces. Cuando van a llegar los alumnos, un mes más tarde, los muchachos se mudan a la Escuela, donde adaptan como dormitorio un cuarto lleno de alacranes. Viven muy modestamente, no hay dinero, duermen en hamacas, la comida es poca y mala, comparten una máquina de escribir y a veces una sola pluma; emplean rollos de papel industrial para enviarles cartas a sus novias en México.

La Escuela se comenzó a anunciar, y a reclutar estudiantes, apenas en febrero. Cuando Paz llega, Novaro ya tiene registrados a quince hijos de ejidatarios, doce hijos de maestros rurales y veinticuatro hijos de obreros, varones y hembras. No sin una serie de tribulaciones a causa de la oposición del Sindicato de Maestros local —en cuya opinión la Escuela debería estarle encomendada a ellos, y no a tres guachos—, los jóvenes consiguen iniciar cursos el 15 de abril. Novaro enseña aritmética, Paz se encarga de historia y literatura y Cortés Tamayo de la lengua nacional. El resto de los maestros son reclutados entre gente avecindada y desprendida: el escultor Enrique Gottdiener Soto enseña historia y arte; una señorita francesa llamada Marie Lire que no sé qué enseñaba, y una joven Sara Riquelme, que es la secretaria.

Son “los mosqueteros de la Revolución”, como escribirá Efraín Huerta en su “Carta lírica a Paz, Cortés y Novaro” en la que saluda a sus provisionalmente yucatecos amigos, antes de continuar la campaña de 1937 contra el grupo de los Contemporáneos (a la que Paz secunda, pero sin hacerlo público) y celebrar que el activismo juvenil socialista tenga una sucursal en Mérida, que espera se asemeje al de capital.

Es un activismo importante. Además de la Escuela, Paz y sus camaradas se involucran —así lo registran las páginas del Diario del Sureste— con por lo menos estas organizaciones combativas:

  1. Comité Pro-Democracia Española
  2. Comité Ejecutivo de las Sociedades de Padres de Familia
  3. La Unión Magisterial Revolucionaria
  4. El subcomité “Pablo Moreno” de las Juventudes Socialistas Unificadas de México (JSUM)
  5. El Sindicato Único de Trabajadores de la Enseñanza de Yucatán
  6. La Confederación de Ligas Gremiales, el Partido Socialista del Sureste
  7. La Universidad del Sureste
  8. El Sindicato de Agua Potable
  9. El sindicato de Telefonistas
  10. Los Artistas y Escritores Revolucionarios (AER, sucursal regional de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR)
  11. La Unión Magisterial Revolucionaria
  12. La Federación de Estudiantes Yucatecos

Por si eso no bastara, Paz toma parte activa en las veladas artísticas y literarias que organizan los esposos Martí, se interesa en la problemática de los chicleros y viaja a haciendas henequeneras o las zonas arqueológicas, solo o con su amigo Barrera Vázquez, para sumergirse en su naciente devoción del pasado mexicano y el descubrimiento de los otros Méxicos.

Muchos años más tarde, en el ya citado “Prólogo” a Itinerario (9:22), Paz hizo el resumen elocuente:

Pasé unos meses en Yucatán. Cada uno de los días que viví allá fue un descubrimiento y, con frecuencia, un encantamiento. La antigua civilización me sedujo pero también la vida secreta de Mérida, mitad española y mitad india. Por primera vez vivía en tierra caliente, no en un trópico verde y lujurioso sino blanco y seco, una tierra llana rodeada de infinito por todas partes. Soberanía del espacio: el tiempo sólo era un parpadeo…

Grupo de escolares desayunando en el comedor de la escuela. Fotografía de Casasola. INAH