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Octavio Paz y "Los olvidados", de Luis Buñuel

Jaime Vázquez

Año

1950

 

Octavio Paz y Luis Buñuel, ca. 1950

En 2003 la UNESCO incluyó en la lista nominal “Memoria del mundo”, por iniciativa de la Filmoteca de la UNAM, la copia original de la película de Luis Buñuel Los olvidados, realizada en México en 1950. “Memoria del mundo” es un registro creado por la UNESCO en 1997 que reconoce y distingue para su protección al patrimonio documental de valor universal y que, antes de la inclusión del filme de Buñuel, resguardaba solamente una película: Metrópolis, de 1927, dirigida por Fritz Lang.

          Los olvidados, sin embargo, no fue bien recibida en su momento por la crítica, el público y buena parte de la comunidad cinematográfica. Esta producción, nos dice Emilio García Riera [1], se filmó del 6 de febrero al 9 de marzo de 1950 en los Estudios Tepeyac y en exteriores y locaciones diversas en el barrio de Nonoalco. Tuvo un costo aproximado de 450 mil pesos, se estrenó el 9 de noviembre de ese año en el Cine México y se clasificó “sólo para adultos”. Del costo total, Buñuel afirmó haber cobrado por el guion y la dirección 2 mil dólares y que jamás recibió regalías. 

          La cinta permaneció en cartelera unos días, debido al escándalo que produjo (Buñuel recuerda que sólo 4 días, aunque hay testimonios que afirman que únicamente dos). El desacuerdo de técnicos y creativos por la “crudeza” del filme se hizo patente aún antes de su estreno. Buñuel mismo relató en varias ocasiones que la peluquera contratada para la filmación renunció molesta argumentando que “ninguna madre se comportaría así”, reprobando la conducta “inhumana” del personaje que interpreta Stella Inda, algo inaceptable para una madre mexicana. Pedro de Urdimalas, quien participó con Max Aub en el guion y los diálogos, pidió retirar sus créditos. Urdimalas (su nombre real fue Jesús Camacho Villaseñor), recordemos, fue colaborador cercano y frecuente de Ismael Rodríguez, particularmente en la muy popular trilogía Nosotros los pobres, Ustedes los ricos y Pepe el Toro, cintas en las que el melodrama del barrio se mezcla con la comedia, los personajes pintorescos y las canciones populares, llenas de folclor y sabor de vecindad. Urdimalas encarnó al “Topillos” en Nosotros los pobres.

Póster de la película Los Olvidados de Luis Buñuel

          El propio Rodríguez recordó: “conocí a Buñuel cuando se me presentó para ver si le ´podía prestar´ a mi dialoguista, a Pedro de Urdimalas […] Hizo la película, y Urdimalas la vio en un primer corte. Le desagradó tanto que pidió que quitaran su nombre de los créditos” [2]. Rodríguez afirma que Óscar Dancigers, el productor de Los Olvidados, después de ver Nosotros los pobres quiso hacer una película similar, un drama de barrio, y entregarla en manos de Luis Buñuel, para el que sería su tercer proyecto juntos, después de Gran Casino y El gran calavera.

          Buñuel lo relata así: “Óscar (Dancigers) encontraba interesante la idea de una película sobre los niños pobres y semiabandonados que vivían a salto de mata” [3]. Buñuel pensaba, seguramente, en las películas del neorrealismo italiano que recibían grandes elogios en el mundo. A él mismo, afirmó, le “gustaba mucho Sciuscia [El limpiabotas], de Vittorio de Sica”, drama urbano protagonizado por los niños trabajadores y marginados de la Italia de la posguerra. Eran los niños las víctimas de la pobreza, la violencia, el abandono, las grandes o pequeñas guerras personales y dramáticas que parecen ocultarse en el macrocosmos de las ciudades. 

          Los olvidados parecería también un eslabón realizado años después de su película Las Hurdes, tierra sin pan, documental de 33 minutos filmado en 1933 (es la cinta que le sigue a La edad de oro, de 1930), sobre una comunidad marginada en la región montañosa de Cáceres.

          Entrevistado por André Bazin, Buñuel apuntaría: “Para mí, Los olvidados es, efectivamente, un film de lucha social. Porque me creo simplemente honesto conmigo mismo, yo tenía que hacer una obra de tipo social. Sé que voy en esa dirección [...] no he querido hacer un film de tesis. He observado cosas que me han dejado atónito y he querido transponerlas a la pantalla, pero siempre con esa especie de amor que tengo por lo instintivo y lo irracional que puede aparecer en todo. Siempre me he sentido atraído por el aspecto desconocido o extraño, que me fascina sin saber por qué” [4]

           

          Póster de la película Los Olvidados de Luis Buñuel

          Los olvidados concluyó en el tiempo estimado para su filmación y de inmediato generó críticas, reclamos, enojos y diversas expresiones de descontento. Se decía que Jorge Negrete, entonces líder de la ANDA (Asociación Nacional de Actores) y que en aquel momento se encontraba fuera del país, afirmó que de haberse encontrado en México habría prohibido la realización de la película. En sus memorias, Buñuel lo recuerda así: “La prensa atacaba la película. Los raros espectadores salían de la sala como de un entierro. Al término de la proyección privada, mientras que Lupe, la mujer del pintor Rivera, se mostraba altiva y desdeñosa, sin decirme una sola palabra, otra mujer, Berta, casada con el poeta español Luis Felipe (sic) se precipitó sobre mí, loca de indignación, con las uñas tendidas hacia mi cara, gritando que yo acababa de cometer una infamia, un horror contra México” [5]. Buñuel señala, al mismo tiempo, el apoyo de Siqueiros a la película y el rechazo de Jaime Torres Bodet.  

          Pero “todo cambió”, recuerda Buñuel, después de que la película se exhibió dentro de la selección en el Festival de Cannes en 1951. Guillermo Sheridan anota al respecto lo siguiente: “En abril de 1951, la embajada de México en Francia encargó al primer secretario Octavio Paz que se trasladase a Cannes porque se presentaba en el festival una película apoyada por el gobierno. Paz aceptó sin decir, claro, que su misión secreta —apoyada por los productores— sería apoyar a la otra película mexicana, la de Buñuel, Los olvidados, a la que el gobierno de Miguel Alemán había declarado película non grata y ´ofensiva a la dignidad´ de la patria. Ofendía, escribirá Paz años más tarde, al nacionalismo oficial, por un lado, y al realismo-socialista de las (tradicionales) fuerzas progresistas. A pesar de carecer de apoyo oficial, la película entró al concurso por invitación directa de los organizadores” [6]. La película seleccionada por México, esa otra cinta a la que se refiere Sheridan es Doña Diabla, de Tito Davison, protagonizada por María Félix. 

          Buñuel lo cuenta así: “el poeta Octavio Paz —hombre del que Breton me habló por primera vez y a quien admiro desde hace mucho— distribuía personalmente a la puerta de la sala un artículo que había escrito, el mejor, sin duda, que he leído, un artículo bellísimo. La película conoció un gran éxito, obtuvo críticas maravillosas y recibió el Premio de Dirección”.

          El testimonio de Octavio Paz al respecto lo tomo de una nota que publicó en el diario español El país: “Muchos años más tarde, en 1951, de nuevo en París, volví a ver a Luis Buñuel en casa de unos amigos: Gaston y Betty Bouthoul. Durante esa temporada le vi con cierta frecuencia; estuvo en mi casa, y, finalmente, un día me llamó para confiarme una misión: presentar su filme, Los olvidados, en el festival de Cannes de ese año. Acepté inmediatamente y con entusiasmo. Había visto esa película en una exhibición privada con André Breton y otros amigos” [7].

          La famosa carta que Paz le escribe a Buñuel informándole los resultados de su encargo es, al mismo tiempo, una detallada noticia de la exhibición de la película, de las actividades de Paz como “delegado gubernamental” encargado de asistir y apoyar la presentación del filme, y la visión personal del poeta ante la obra cinematográfica.

          Paz escribe: “Querido Buñuel: Ayer presentamos Los olvidados. Creo que la batalla con el público y la crítica la hemos ganado. Mejor dicho, la ha ganado su película. No sé si el Jurado le otorgará el Gran Premio. Lo que sí es indudable es que todo el mundo consideraba que —por lo menos hasta ahora— Los olvidados es la mejor película exhibida en el Festival” [8].

           Octavio Paz escribiría una nota más, ese “artículo bellísimo” al que el director aragonés se refería, y que concluye así: “El mundo de Los olvidados está poblado por huérfanos, por solitarios que buscan la comunión y que para encontrarla no retroceden ante la sangre. La búsqueda del «otro», de nuestro semejante, es la otra cara de la búsqueda de la madre. O la aceptación de su ausencia definitiva: el sabernos solos. Pedro, El Jaibo y sus compañeros nos revelan así la naturaleza última del hombre, que quizá consista en una permanente y constante orfandad. Testimonio de nuestro tiempo, el valor moral de Los olvidados no tiene relación alguna con la propaganda. El arte, cuando es libre, es testimonio, conciencia. La obra de Buñuel es una prueba de lo que pueden hacer el talento creador y la conciencia artística cuando nada, excepto su propia libertad, los constriñe o coacciona”.

          Los olvidados obtuvo el Premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes y, en México, 11 Arieles, entre ellos a la Mejor película, Director, Guion, Fotografía (para Gabriel Figueroa), Actriz (Stella Inda), y a la actuación infantil (Alfonso Mejía) y juvenil (Roberto Cobo). 

          Muchos años después, en la Filmoteca de la UNAM se encontró un final alternativo para Los olvidados. El rollo 8 tenía dos finales, el 1 y el 2, realizados por Buñuel a petición de Óscar Dancigers para “aligerar” y dar una “esperanza” redentora al público. ¿Demasiada crudeza para un público ávido de melodrama, canciones y comedia? 

          Los personajes de Los olvidados forman un coro de voces que siguen expresando, desde la ficción en la pantalla, el sueño y el absurdo, un espacio oscuro de la vida desde los ojos de los niños. No hay concesiones, no hay filtros. La crueldad es la vida diaria que beben con mucha sed los menores de edad que pueblan el mundo que la película nos describe. “Uno menos, uno menos, así irán cayendo todos, ojalá los mataran a todos antes de nacer”, dice satisfecho el ciego Carmelo (Miguel Inclán), al final de la película, cuando escucha el estallido de las balas que terminan con la vida de El Jaibo, el personaje trágico interpretado por Roberto Cobo. Es la oración fúnebre, la voz de la venganza expresada por una de las víctimas de los niños, un ciego que respira la realidad que todos padecen. 

          “Esos niños —escribe Octavio Paz— son mexicanos pero podrían ser de otro país, habitar un suburbio cualquiera de otra gran ciudad. En cierto modo no viven en México, ni en ninguna parte: son los olvidados, los habitantes de esas wastelands que cada urbe moderna engendra a sus costados. Mundo cerrado sobre sí mismo, donde todos los actos son circulares y todos los pasos nos hacen volver a nuestro punto de partida. Nadie puede salir de allí, ni de sí mismo, sino por la calle larga de la muerte. El azar, que en otros mundos abre puertas, aquí las cierra.” 



[1] García Riera, Emilio. Historia documental del cine mexicano, tomo IV. Ediciones ERA, 1972.

[2] Rodríguez, Ismael. Memorias, edición de Gustavo García, CONACULTA, 2014.

[3] Buñuel, Luis. Mi último suspiro (memorias), Plaza & Janés, 1982.

[4] Cahiers du Cinéma, número 36, junio de 1954. Entrevista de André Bazin y Jacques Doniol-Valcroze a Luis Buñuel.

[5] Se refiere a Berta Gamboa, esposa del poeta León Felipe.

[6] Sheridan, Guillermo. “Recordando Los olvidados”, en Letras Libres, agosto de 2013. 

[7] Paz, Octavio. “Cannes 1951. Los olvidados”, en El País, 28 de septiembre de 1983. 

[8] Carta de Octavio Paz a Luis Buñuel, 11 de abril de 1951