Conversaciones y novedades

Mis diferencias con Octavio Paz

Fabrizio León Diez

Año

2021

Tipología

Novedades

 

Fabrizio León Diez

Yumio Awa, un periodista japonés corresponsal en México para la revista Iichiko, me contrató en abril de 1987 para fotografiar a varios intelectuales mexicanos que iba a entrevistar, entre ellos, a Octavio Paz. Nerviosos por lo que representaba su figura y por las condiciones de tiempo que les fueron impuestas, así como por sus experiencias con lo impuntual de los mexicanos, me insistió en estar 30 minutos antes de la cita. Subimos al condominio del poeta acompañados por el director de la publicación y una traductora.


          Al llegar, nos condujeron directamente al estudio donde nos esperaba el escritor y después de breves saludos, inició un diálogo avasallador sobre la cultura oriental y los nexos con un sinfín de conceptos estéticos, que sin duda iluminaban la oscura biblioteca donde a contraluz se notaba el vaivén de las manos y la silueta del personaje mas polémico de la cultura mexicana.


          Pasaron pocos minutos en que el señor Paz notó la cámara fotográfica y con un gesto de desprecio hacia ella dijo: ¡pero fotos no, por favor!, lo cual hizo poner más nerviosos a los editores y sobre todo a Yumio, quien me observó guardar el equipo y con un gesto, reprobó mi actitud.

Octavio Paz, Ciudad de México, 1987. Fotografía de Fabrizio León Diez


          La entrevista tomó caminos extraordinarios. Don Octavio recitó y su emoción traspasó el contraluz de su ubicación del amplio sillón de piel donde se encontraba y dirigía su prosa a la traductora, quien como una escultura más del estudio, semejaba al personaje que el poeta describía en la leyenda erótica que nos contaba y nos mantenía sin aliento. Luego, hizo un recorrido por los autores de aquel país, habló de su moral, de las tragedias y el honor. Una maravilla de coqueteo y sensualidad, hasta cruzar a las ideas de Sor Juana. Presumió sobre su próximo ensayo... el deseo y...

—La diferencia—, dije yo. Un silencio proporcional a lo intenso de las miradas que me dirigieron, absorbió, por unos segundos la reunión, donde un fotógrafo habló.
—Y la tolerancia— atiné a decir, con ánimo de que no me juzgaran. El protagonista salvó con un proverbial, —así es..... exacto. Muy bien, joven.


          La tolerancia nos llevó a escucharlo 15 minutos más de lo pactado. Yukio Mishima, Kenzaburo Oe, pasaron por sus ideas que compartía con humor y se reflejaban en sus ojos claros, como misteriosos lagos.


          Terminado el trabajo e iniciada la despedida, Yumio Awa me fusilaba con la mirada, pues no había tomado una sola imagen del encuentro. El director de manera ceremonial agradecía y la traductora con la cabeza baja susurraba lo dicho en las dos lenguas y esquivaba la mirada y sonrisa insistente del poeta, hasta que aparecieron de un portafolios, dos pequeños sobres amarillos que fueron entregados, primero a Octavio Paz y luego a mí. El poeta lo guardó de inmediato en la bolsa interna del saco negro que portaba, y yo lo sostuve hasta que cruzamos las miradas cómplices. En uno había mil dólares, en el mío, cien... la diferencia.


          Con una sonrisa clásica de ocasión le dije:

—Pues como verá, lo tengo que fotografiar Don Octavio.
—Pues sí—, contestó... —Apúrese antes de que llegue mi mujer y se acabe la tolerancia. Los dos reímos.