Conversaciones y novedades

Un gran mexicano con visión universal

Pablo Rudomín

Año

1999

Tipología

Conversación

 

Pablo Rudomín

*Nunca en la vida termina uno por decir todo lo que pudo haber dicho, ni de hacer todo lo que pudo haber hecho. Los espíritus creativos viven con la angustia del tiempo perdido, continuamente insatisfechos por no haber podido entender, con mayor profundidad, los laberintos del mundo que les tocó vivir.

Octavio Paz fue, sin lugar a duda, uno de esos espíritus inquietos, buscador de verdades, desafiador de prejuicios, rara especie solitaria en esta jungla que se llama a sí misma “civilizada y moderna”, pero que aún no encuentra la forma de garantizar la convivencia y la tolerancia social y de evitar los peligros del fundamentalismo intelectual y del racismo irracional.

Hace ya un año que Octavio Paz es mito y leyenda. Su cuerpo ahora forma parte de los árboles y las flores, del aire y de nosotros mismos. Su imagen, sus pensamientos y sus palabras quedaron almacenadas en forma de partículas de carbón depositadas en blanca celulosa, en cintas magnéticas y en discos y memorias digitales. También quedaron en nuestro cerebro como moléculas proteicas y destellos neuronales. Vuelven a la vida cada vez que afloran a nuestra conciencia y se hacen parte de nuestros pensamientos. Existencia virtual, si se quiere, pero no por ello menos importante para quienes habrán de sucedemos, los que reciben a Octavio Paz como herencia, al igual que han recibido a José Clemente Orozco, Diego Rivera, Alfonso Reyes y a muchos otros miembros de este Colegio Nacional que nos precedieron en el viaje con destino desconocido y a quienes hoy también revivimos en nuestra memoria.

No soy yo el más autorizado para hablar de la obra poética y literaria de Octavio Paz. Pero sí quisiera referirme, en forma breve, a un aspecto menos conocido del pensamiento de Octavio Paz: su preocupación por la relación entre la ciencia y la filosofía. Esta preocupación se refleja en varios de sus escritos, muy especialmente en el libro aparecido con el título de La llama doble. Amor y erotismo, publicado en 1993. En ese texto, y a raíz de varias conversaciones que tuve el privilegio de mantener con Octavio Paz, algunas en el seno de este Colegio, he encontrado una inquietud suya que comparto a mi manera: él desde una perspectiva más bien humanista, pero con un cuestionamiento agudo sobre las implicaciones filosóficas de los descubrimientos científicos, y yo desde la posición del científico que siente el interés de asomarse a la filosofía como parte de una necesidad existencial de entender el mundo que nos rodea, incluyéndonos a nosotros mismos.

En el capítulo titulado “Rodeos hacia una conclusión” (La llama doble, Obras completas 10: 321-340), Paz comenta, y me gustaría decirlo con sus palabras:

En su origen, en la antigua Grecia, las fronteras entre las ciencias y la filosofía eran indiscernibles; [...] más tarde comienza la separación y Sócrates la consuma: la atención de los filósofos se desplaza hacia el hombre interior [...]. Con el fin del mundo antiguo se precipitó la separación [...]. En el Renacimiento comienza, de nuevo, la unión entre el saber científico y la especulación filosófica. Sin embargo, la alianza no duró mucho: las ciencias se hicieron autónomas y cada una se constituyó en un saber separado. La filosofía se transformó en un discurso teórico general, sin bases empíricas, desdeñoso de los saberes particulares y alejado de las ciencias... El discurso filosófico se volvió sobre sí mismo [...], los territorios que la filosofía abandonaba, las ciencias los iban ocupando, del espacio cósmico al espacio interior, de los átomos y los astros a las células y de éstas a las pasiones, las voliciones y el pensamiento [321].

 

Hoy, con la estructuración de las ciencias en disciplinas altamente especializadas, presenciamos, a partir de sus propios cuestionamientos, la necesidad de la interdisciplinariedad y de unir nuevamente ciencia y filosofía. Octavio Paz toma conciencia de esta necesidad y propone extender esa interdisciplinariedad a regiones del pensamiento que se apoyan en ordenamientos de índole diversa, pero que por lo mismo reclaman una perspectiva de conjunto que no deje cabos sueltos para la reflexión, sea filosófica, científica o política.

En esta empresa, Octavio Paz analiza la intersección actual de la ciencia más moderna y de la más antigua filosofía. Señala textualmente que las preguntas que hoy se hacen los científicos se las hicieron, hace dos mil quinientos años, los filósofos jónicos, fundadores del pensamiento occidental. Sometidas a la rigurosa crítica de la ciencia, estas preguntas hoy regresan y son tan actuales como en los albores de nuestra civilización. Ahora bien, si las preguntas que hoy se hacen los cosmólogos son las mismas del principio: ¿lo son sus respuestas? (322)

En este sentido Paz indaga. No se conforma con información proporcionada por terceros sino que se remite a las fuentes. Es el caso de The First Three Minutes de Steve Weinberg (1977), que es una especie de relato de los tres minutos que sucedieron al big-bang. Al respecto, comenta: “Todo lo que ha pasado en el cosmos desde hace millones de millones de años es una consecuencia de este fíat lux instantáneo. Pero ¿qué pasó o qué había antes?” (322), y con ello se adentra en especulaciones filosóficas que lo llevan al análisis del pensamiento religioso.

En su búsqueda de una explicación científica al origen del universo, Paz examina las propuestas de Hawking en A Brief Story of Time (1988), quien piensa que, probablemente, “antes del big-bang, lo que sería después el universo, era una ‘singularidad’ cósmica, una suerte de ‘agujero negro’ primordial” (323). Las “singularidades” de Hawking le recuerdan las reflexiones de los neo- platónicos sobre el caos original:

La gran lección filosófica de la ciencia contemporánea consiste, precisamente, en habernos mostrado que las preguntas que la filosofía ha cesado de hacerse desde hace dos siglos las preguntas sobre el origen y el fin— son las que de verdad cuentan. Las ciencias, gracias a su prodigioso desarrollo, tenían que enfrentarse a esos temas en algún momento; ha sido una bendición para nosotros que ese momento haya sido nuestro tiempo. Es una de las pocas cosas, en este crepuscular fin de siglo, que enciende en nuestro ánimo una pequeña luz de esperanza [324].

 

Más adelante, cuando aborda el tema del origen de la vida desde el punto de vista de la biología, medita sobre los descubrimientos de la estructura molecular del ADN, relatados en el libro de Francis Crick: Life Itself, its Origins and Nature (1981). El señalamiento de Crick sobre la casi imposibilidad de “que la vida sea oriunda de nuestro planeta: hay que buscar fuera su origen” (325) no convence a Octavio Paz, a quien le recuerda la vieja teoría de la Panespermia de Arrhenius, y concluye que no es más que un intento de trasladar el problema del origen de la vida a otros sitios en el universo -por lo que la pregunta del origen sigue sin respuesta.

Aquí una pequeña digresión. El descubrimiento de la estructura del ADN y el haber encontrado que esta estructura básica se repite en todos los seres vivos del planeta tienen, a mi juicio, profundas implicaciones éticas y filosóficas que Paz no discute, o al menos no menciona en forma explícita en los textos que he consultado, y que creo constituyen uno de los aspectos más distintivos de este siglo que termina. El saber que no somos tan únicos y especiales como hemos pensado por milenios sino el producto de un proceso evolutivo iniciado a partir de una molécula primordial que adquirió, a través de millones de años, la capacidad de darse cuenta de su propia existencia y con ello la necesidad de saber y conocer, y de buscar la libertad. A mi juicio, ello nos hace responsables no sólo de nuestro propio destino, sino también del de los otros seres vivos que nos acompañan en esta nave espacial que es la Tierra.

El pisar territorios ajenos, como podría ser el conocimiento técnico especializado, no espanta el espíritu inquisitivo de Paz. También toca el tema del “azar” en los procesos biológicos, que es el fundamento mismo de la evolución y la selección natural. En este contexto, le preocupa que la aparición de la inteligencia humana en el planeta pueda deberse a un accidente y que seamos, como él mismo lo dice, “hijos del azar”, a la vez que señala: “Estamos ante la traducción en términos de ciencia e historia de un misterio religioso” (327). Esto lo lleva a considerar el surgimiento del pensamiento y la conciencia como consecuencia de la evolución y la selección natural. Cuestiona, en primer lugar, algunas de las tesis de Mervin Minski presentadas en su libro The Society of Mind (1985), donde éste asegura que será posible, en el futuro, construir máquinas pensantes. Al respecto Paz señala:

incluso si la máquina pensante fuese el duplicado de la mente humana, habría de todos modos una diferencia que no vacilo en llamar inmensa: la mente humana no sabe que es realmente una máquina ni tiene conciencia de serlo; la mente cree en una ilusión: su yo, su conciencia.

 

También se pregunta sobre qué clase de conciencia podría tener, por ejemplo, una máquina fabricada por un ingeniero. Y agrega: “La máquina pensante de Minski no tiene preocupaciones morales ni religiosas: elimina el yo por ser innecesario” (329).

Lo anterior es, desde luego, materia de discusión. Yo creo que no podemos negar a priori la posibilidad de construir algún día máquinas conscientes y pensantes. Considero, al igual que Gerald M. Edelman en Bright Air, Bright Fire. On the Matter of the Mind (1993) que la conciencia es un fenómeno emergente, que puede surgir como consecuencia de una serie de condiciones básicas que incluyen cuando menos la posibilidad de recibir, procesar y reaccionar a la información proveniente del mundo externo, el poseer una gran capacidad de memoria, el poder generar conceptos abstractos y un lenguaje que permita comunicarse con otras máquinas. Creo también que existen niveles de conciencia, desde una conciencia ambigua y difusa como en el niño recién nacido, hasta una más compleja y elaborada como en el humano adulto. Asimismo pienso que existen distintos niveles de conciencia no sólo a lo largo del desarrollo individual, sino a lo largo de la escala filogenética, por lo menos en los mamíferos, desde los más primitivos como los roedores hasta los más evolucionados como los antropoides y los humanos.

Como quiera que sea, Paz se pregunta si “para el hombre, el yo es realmente innecesario” y si “podemos vivir sin el yo”. Esta preocupación lo lleva a tratar de entender el origen y sentido de la conciencia, ese darnos cuenta de lo que hacemos y pensamos. La lectura de Bright Air, Bright Fire. On the Matter of the Mind, de Edelman, y del artículo sobre el mismo tema de Oliver Sacks, “Making up the Mind” publicado en The New York Review of Books en 1993, lo lleva a concluir, aspecto con el que concuerdo totalmente, que

si queremos tener una teoría de la mente tal y como opera realmente en los seres vivientes, tiene que ser radicalmente distinta a cualquier teoría inspirada en la computadora. Tiene que fundarse en el sistema nervioso, en la vida interior de la criatura viva [...]

  

y también que “el modelo debe ser el hombre mismo, ese animal que piensa, habla, inventa y vive en sociedades” (322), lo que por cierto me recuerda un dicho de Arturo Rosenblueth, que también fue miembro de El Colegio Nacional: “el mejor modelo de un gato es otro gato, y de ser posible, el mismo gato”.

Otro concepto que le llamó la atención a Octavio Paz y que en la actualidad es uno de los grandes problemas de las neurociencias se refiere al “propósito e intención”. En este sentido Paz cuestiona la metáfora de Edelman que ve la mente como una orquesta sin director y se pregunta:

¿esa conciencia y esa voluntad existen también en las neuronas? Si es así: ¿las neuronas se han puesto previamente de acuerdo? ¿0 hay acaso un orden preestablecido que rige las llamadas y respuestas de las neuronas? [...] todos los planes requieren un planificador. ¿Quién hace el plan de la orquesta neurológica? [334- 335].

 

Hace algunos años estas preguntas y comentarios eran terreno exclusivo de la filosofía y de la metafísica. Ahora son dominio de la ciencia y algunas de ellas pueden contestarse, o por lo menos abordarse en forma experimental, sobre todo gracias a técnicas y metodologías no invasivas desarrolladas en los últimos años. La discusión de los avances más recientes en este campo requiere de más tiempo del que dispongo en esta ocasión. La propuesta de que la conciencia es una construcción dependiente de la interacción entre las neuronas generó muchas inquietudes en Octavio Paz, ya que según él

esta posibilidad afecta no sólo al organismo individual, a cada hombre, sino a la colectividad entera. Nuestras instituciones, leyes, ideas, artes y, en fin, nuestra civilización entera, está fundada en la noción de una persona humana dotada de libertad.

 

Para Paz, “la libertad exige, como la orquesta neurológica, un sujeto, un yo. Sin yo, no hay libertad de decisión; sin libertad [dentro de ciertos límites], no hay persona humana” (336). Ciertamente, ésta es una cuestión que ha preocupado al ser humano desde hace ya muchos siglos y que seguirá siendo motivo de preocupación por muchos más, por ser la base de la estructura social.

En esta breve reseña de algunas de las inquietudes filosófico-científicas de Octavio Paz, he querido reforzar el vigor de su demanda para que las ciencias se hagan ciertas preguntas filosóficas y hasta metafísicas. Todo esto me lleva, a insistir, como lo ha hecho Octavio Paz, sobre la necesidad de incorporar un mínimo de ciencia en nuestra cultura nacional. Como hacedores de ciencia y de reflexión crítica, es claro que ello debe incluir no sólo los aspectos fundamentales del conocimiento científico sino también la búsqueda de las vías y los conductos para propiciar y promover el diálogo. Tal como lo escribe Octavio Paz:

El diálogo entre la ciencia, la filosofía y la poesía podría ser el preludio de la reconstitución de la unidad de la cultura. El preludio también de la resurrección de la persona humana, que ha sido la piedra de fundación y el manantial de nuestra civilización [340].


Promover el diálogo y el entendimiento entre los mexicanos es en estos momentos crucial para la vida del país. Es por ello que me gustaría terminar leyendo unas líneas escritas por Octavio Paz en 1979, publicadas en el libro titulado El ogro filantrópico.

Creo, que, como los otros países de la América Latina, México debe encontrar su propia modernidad. En cierto sentido debe inventarla. Pero inventarla a partir de las formas de vivir y morir, producir y gastar, trabajar y gozar que ha creado nuestro pueblo. Es una tarea que exige, aparte de circunstancias históricas y sociales favorables, un extraordinario realismo y una imaginación no menos extraordinaria. No necesito recordar que el renacimiento de la imaginación, lo mismo en el dominio del arte que en el de la política [y la ciencia diría yo], siempre ha sido preparado y precedido por el análisis y la crítica. Creo que a nuestra generación y a la que sigue les ha tocado este quehacer. Pero antes de emprender la crítica de nuestras sociedades, de su historia y de su presente, los escritores hispanoamericanos [y todos los demás agregaría yo] debemos empezar por la crítica de nosotros mismos. Lo primero es curarnos de la intoxicación de las ideologías simplistas y simplificadoras. [Obras completas 8: 350].

 

Concluyo esta presentación señalando que la historia nos ha mostrado, una y otra vez, que la ciencia y la cultura no son compatibles con los fundamentalismos ideológicos. El mejor homenaje que podemos hacer a este gran mexicano universal que fue Octavio Paz es esforzarnos en construir un país más democrático y más justo, en donde el diálogo y el entendimiento sean una actitud permanente en todos los ámbitos de nuestra actividad y en donde la búsqueda de libertad se traduzca en mayores oportunidades para entender y disfrutar, sin destruir, esta tierra generosa que el destino nos ha deparado.



NOTAS

*Texto leído en el “Homenaje al maestro Octavio Paz”, organizado por El Colegio Nacional, México, el 26 de mayo de 1999.