En la mirada de otros

En la mirada de Juan José Arreola

Juan José Arreola

 

Juan José Arreola durante Poesía en voz alta, ca.1956

Octavio Paz admiró a Juan José Arreola. Le parecía un poeta en prosa, un buen traductor, un moralista entintado de humorista y un autor de textos (algunos de Bestiario) simplemente “perfectos”. En 1972 escribió que su novela, La feria, es una “obra en la que la prodigiosa pirotecnia verbal se alía a la mirada, a un tiempo imparcial e irónica, de un historiador de las costumbres y las almas”. A tal grado le gustó ese libro, que Paz lo declaró una “creación verbal” a la altura de Raymond Queneau y Los recuerdos del porvenir de Elena Garro (que a su vez le parecía “una de las creaciones más perfectas de la literatura hispanoamericana contemporánea”).

          No deja de ser curioso que lo que Arreola considera el origen de sus diferencias fuera la simpatía por la República española que, según el narrador, no existía en Paz. O que Arreola diga que a Paz le molestaba su amistad con León Felipe, cuando él mismo fue su gran amigo ¿Se habrá confundido su memoria? 

    Los siguientes fragmentos se toman de Fernando del Paso, Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (Tierra firme, 1994) y Orso Arreola, El último juglar. Memorias de Juan José Arreola (Diana, 1998). (AGA y GS)



La presentación

Juan de la Cabada me presentó a Octavio Paz en Nueva York, en noviembre de 1945. Para enero de 1946, me volví a encontrar con él […] en la embajada de México en París.

          Cuando Octavio me conoció [...], no tenía por qué saber que yo ya era escritor. Que ya era amigo y conocido de gentes como Xavier Villaurrutia, Alfonso Reyes y Octavio G. Barreda, quien incluso ya me había publicado un cuento en su revista Letras de México. Tal vez Octavio pensó que yo era tan sólo un aprendiz de actor, un estudiante de teatro que llegó a París deslumbrado por la Comédie Française.


En París

Uno de los lugares que más frecuenté, durante mi estancia en París, entre 1945 y 1946, fue la embajada de México. La razón principal de mis visitas era mi amistad con Rodolfo Usigli, quien trabajaba en esa representación como segundo secretario. En una de mis visitas me encontré con Octavio Paz, que era el tercer secretario de la embajada; simpatizamos y sostuvimos largas conversaciones que, en más de una ocasión, al estar presente Rodolfo, se convirtieron en acaloradas discusiones. El problema era que Octavio había desairado a muchos republicanos eminentes radicados en París. En algunas de esas discusiones yo manifesté mi adhesión a las ideas republicanas de Usigli, lo que a Octavio le molestaba. Octavio en esos días no sabía que yo tenía ya muchos años de tratar a Rodolfo, primero como maestro y luego como amigo. Personalmente, compartí con Rodolfo muchas de sus ideas estéticas y políticas, creo que hasta el día de hoy sigo creyendo en las mismas ideas estéticas. En ese sentido, considero que siempre he estado alejado de las ideas de Octavio Paz.

          Recuerdo que cuando yo llegaba a la embajada, con el primero que me topaba era con Octavio, quien a veces, sentado en su escritorio y sin levantar la vista, me decía: "Allá está Rodolfo, tú vienes a ver a Rodolfo, no te detengas, pasa".

          Por esos días, Octavio me dijo una frase que nunca olvidaré: "Eres tan genial y tan cursi como Ramón López Velarde". Siempre la he considerado un elogio. Mientras Octavio se acercaba a André Breton, yo me perdía en las calles de París, en busca de François Villon. Tal vez por eso él un día me llamó escritor anacrónico. Es cierto, ni mi modo de ser, ni mi obra, pueden ubicarse en el tiempo, nunca he sido ni contemporáneo ni moderno, he sido un escritor que cree simplemente en la literatura como arte, me considero más artista que escritor. Siguiendo esta idea, pienso que mi vida ha sido más la de un artista que la de un escritor, quizá por eso he sido un buen maestro, porque he permitido que todos los jóvenes y los no tan jóvenes se acercaran a mi modesto taller para compartir juntos la armonía de la belleza; yo sólo fui capaz de crear una forma bella, para que una idea más bella viniera a habitarla, como dijera André Gide.

          Octavio me [invitó] a su departamento, y como le conté que mis maletas se perdieron o fueron robadas en el barco en que llegué a París procedente de Nueva York, y que la ropa que traía puesta era la única que tenía, Octavio me regaló con mucha generosidad un saco, un suéter y 2500 francos. En esa época era imposible comprar ropa en París, por el fin de la guerra, no había nada, hasta los alimentos básicos estaban racionados. Todas las tiendas estaban cerradas. Afortunadamente, logré conservar mi abrigo, si no, no hubiera soportado el invierno tan terrible y cruel. No había calefacción ni nada parecido y por las noches la luz eléctrica era escasa. París estaba terriblemente solo. Alguna vez logré comprar en el mercado negro una tablilla de chocolate y una lata de leche.

          Me dedicó un ejemplar de su libro A la orilla del mundo, en el que me puso la siguiente dedicatoria: "Para Juan José Arreola con mi afecto verdadero, marzo 13 de 1946", así que desde entonces yo le guardaba un afecto propio de aquellos días de juventud en que mi corazón me llevó hasta París.

          En 1949, o tal vez 50, le envié a Octavio a París un ejemplar de mi libro Varia invención. En respuesta, me envió una bella tarjeta postal con la reproducción de La santa faz, un rostro de Cristo pintado por Georges Rouault, que parece una pintura de los primeros siglos cristianos, en cuyo reverso Octavio escribió:

Querido amigo: no, Varia invención no es un libro pobre, como dices en tu afectuosa dedicatoria, sino muy rico y diverso. Hacía mucho tiempo que no leía nada de México (en prosa) que me diera tanta fe y alegría. Gracias.
Tu amigo, Octavio.

Con Octavio tuve una serie de encuentros de esos que son muy importantes en la vida, porque la guían, hasta cierto punto la deciden y le otorgan consistencia, aplomo. 


Intereses encontrados

Desde el principio, mi amistad con Octavio se convirtió en una lucha, en un altercado, a pesar de todo el afecto con que me recibió en su casa. Ese altercado se debió en gran medida a la presencia permanente de Rodolfo Usigli, sobre todo porque éste era mi maestro. Rodolfo y Octavio me invitaban seguido a un restaurante donde ellos, como miembros del cuerpo diplomático, tenían derecho a que les sirvieran alimentos, cosa que por desgracia yo no aprovechaba debidamente, pues la mayoría de las veces que me invitaron casi no pude comer nada por mis problemas de salud, los cuales se fueron agravando tanto que, al final, fueron la causa principal de mi regreso a México.

         Mi relación con Rodolfo y mi solidaridad con la República Española hicieron que desde su comienzo, mi amistad con Octavio se tornara difícil, había diferencias muy duras de superar. Yo era un joven simpatizante de la República, no socialista ni comunista, pero era lo que se puede llamar un izquierdista republicano. Esa tendencia política fue ampliamente fomentada por Lázaro Cárdenas en México. Cuando llegué a la Ciudad de México, en 1937, participé activamente en representaciones teatrales en centros obreros, en sindicatos, como el de electricistas, y en la famosa LEAR, la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios. Mi formación política estuvo relacionada, en un principio, con mis actividades dentro del teatro. Por otra parte, volviendo a la literatura, jamás he sido, ni me ha importado ser, un escritor lo que se dice de vanguardia, estoy muy lejos de las vanguardias, por ejemplo, pienso en Guillaume Apollinaire y no me interesa su poesía de vanguardia, digamos caligramas; de su obra prefiero sus poemas, como "Bajo el puente Mirabeau corre el Sena...". Pienso también en otro poeta: Louis Aragon, que por cierto contribuyó, digamos, a mi ruptura ideológica con Octavio, y también poética. Aragon en un momento dado formó parte de grupo surrealista de André Breton, pero luego renegó de ellos y se hizo comunista. Aragon es un gran poeta, escribió versos como lo hicieron los clásicos. Hoy sigo leyendo a Aragon con la misma alegría de los años de mi juventud, y lo mismo me pasó con Neruda, a quien también Octavio negó por sus ideas políticas. Otro caso en el que también siento que tenemos diferencias es el de mi amigo Carlos Pellicer, a quien, junto con Ramón López Velarde, considero entre los poetas más importantes de la literatura mexicana de este siglo que termina.

          El cambio ideológico de Octavio coincide con el inicio de su carrera diplomática, cuando trabajaba en el consulado de México en Nueva York. Luego ya en París, de manera más formal, se desempeña con eficacia en el medio diplomático. Octavio se dio cuenta de manera temprana que el comunismo no tenía futuro dentro del mundo occidental. Sea como fuere, Rodolfo Usigli y yo discrepamos de las opiniones de Octavio, sin ser nosotros comunistas.


En México

Pasaron muchos años para que Octavio y yo nos volviéramos a encontrar en México, a mediados de los cincuenta. En ese tiempo, él ya era funcionario de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Para Octavio fue motivo de desagrado que yo fuera amigo cercano de los poetas españoles que llegaron a México en calidad de exiliados, le molestó saber que yo seguía tratando con gran afecto a gente como León Felipe. En ese tiempo y unos años después, hasta Carlos Fuentes se alejó de la izquierda para entrar a la órbita de Paz. Recuerdo una escena entre Octavio, Carlos y yo, en la que los dos me dijeron que me había echado en brazos de los comunistas, entonces yo, delante de muchas personas que estaban presentes en el mismo acto, en el Hotel del Prado, le dije a Carlos: "¿Cómo es posible que tú me estés juzgando desde ese punto de vista?". Luego, los tres tuvimos diferencias más reales por causa de una mujer, a la que los dos pretendían.

          Desde que ocurrió esa escena, dejé de tratar a Carlos y sólo nos hemos encontrado en muy pocas ocasiones. En cuanto a Octavio, nuestro trato no sólo se reanudó, sino que a través del tiempo se hizo más fuerte. 


La duquesa de La Rochefoucauld

Una noche, cuyo recuerdo es imborrable, fui con Octavio Paz a una recepción en casa de la duquesa de La Rochefoucauld. Octavio estaba recién llegado a París, pero tenía una llave maestra, que era la amistad con Pierre Seghers, el editor, y con su madre Anne Seghers. La duquesa de La Rochefoucauld era una gran señora que tenía un palacio en Neuilly, entre otras propiedades, claro, ya que, de sus posesiones en el campo le enviaban alimentos, de modo que en la fiesta los meseros nos ofrecían bebidas alcohólicas, chocolates, pasteles. […]

          […]Nos fuimos juntos desde la embajada y llegamos a un palacio magnífico, que podía haber sido el de los duques de Guermantes. Esta familia, de la duquesa de La Rochefoucauld, tenía, como otros miembros de la alta nobleza francesa, grandes propiedades rurales, de las cuales, como ya dije, podían llevar alimentos a París. Las autoridades les otorgaban salvoconductos especiales, de modo que en esos palacios no faltaban los huevos, el jamón y otras cosas. La policía no podía decomisarles estos alimentos. Y tampoco las bebidas, siempre tenían buenos vinos.

          Era un salón inmenso, maravilloso. Los meseros ofrecían vino, chocolate y “alcohol”. Me hizo gracia, era la primera vez que oía esa expresión, o sea que en lugar de ofrecerle a uno la bebida por su nombre, así fuera whisky o coñac, dijeran “alcohol”. Había también pastelitos, pero yo lo único que comí fueron pétalos de rosa confitados. Estaba allí tout Paris, todo París. Una multitud de intelectuales y personajes franceses. Creo que fue allí donde vi a Camus. Me presentaron a Tristan Tzara, que se puso a hablar conmigo con la mayor familiaridad y me invitó a ver, al día siguiente, en el Vieux Colombier, Asesinato en la catedral de Eliot. De pronto surge en mí lo que siempre me ha perdido, un impulso de autocastigo. Decido abandonar a reunión d inmediato, sin razón alguna. Octavio me dijo que me esperara un poco y que no faltaría quién me llevara a la Ciudad Universitaria, incluso él mismo. Pero no hice caso. Me despedí de Octavio y de algunas de las personas que conocí esa noche, y salí de la mansión. Eran casi las 12, hacía un frío atroz y estaba oscuro. Salir así era como arrojarse al mar desde la cubierta de un barco. […]


"Poesía en voz alta"

La introducción que leí, vestido de juglar ante el público, la escribió a petición mía el gran poeta y amigo mío León Felipe. Esta participación de León Felipe me volvió a confrontar con Octavio Paz.

          Ellos ya querían entrarle al teatro de vanguardia, y entre Juan Soriano y Jaime García Terrés decidieron que el segundo programa debería incluir una obra de Octavio Paz, La hija de Rappaccini.

          Acepté platicar con él, incluso fue a mi casa, durante una semana, para que juntos revisáramos su obra La hija de Rappaccini y le ayudara a hacer algunas mejoras, que desde el punto de vista de mi experiencia teatral consideraba que serían de utilidad para el montaje de la obra. Cuando Octavio y yo habíamos terminado de darle a su texto el elemento sustantivo de toda obra de teatro, que es su teatralidad, que para mí quiere decir su posibilidad de representarse en escena, y yo estaba muy contento con nuestro trabajo, Octavio se presentó al día siguiente y me dijo con pena: "He platicado con María Luisa Elío, estupenda actriz, y me ha convencido de que tus propuestas fundamentales modifican el sentido que tiene mi obra, y yo no quiero ni puedo traicionar mi idea original".

          Lo que me importa recordar es mi amistad con Octavio, accidentada como ya he dicho, pero importante para mí. Ese día le aclaré a Octavio: "Mira, yo soy actor y dramaturgo y gente de teatro, y soy tu amigo, y para demostrártelo estoy dispuesto a actuar en tu obra", y así fue. La obra, tal como se presentó, fue un fracaso. Recuerdo que Leonora Carrington hizo una primera escenografía a partir de sus mundos oníricos y fantasmales, muy difícil de convertir en una escenografía teatral, y después de que ella misma se percató que era imposible que los personajes se pusieran los trajes que diseñó, aceptó, no sin muchas dificultades, reelaborar el vestuario y la escenografía hasta que, finalmente, se convirtieran en algo teatral. El teatro es teatro o no lo es, el cuento es cuento o no lo es, la poesía es poesía o no lo es. Al final de la representación de la obra, Andrés Henestrosa dijo: "Rapachinguen a su madre".

          Todos estos hechos violentaron mi trabajo en "Poesía en voz alta", y después de una gira poco exitosa en Guadalajara, en donde nos presentamos en el Teatro Degollado, decidí con mucha pena dejar de pertenecer a la compañía. Yo no sé si hoy esta propuesta teatral de Octavio Paz, María Luisa Elío y Leonora Carrington tendría éxito, habría que intentarlo, pero hace más de cuarenta años no fue bien recibida por el público.

Últimas páginas

Por ahí en los setenta, hubo un incidente en el que las partes que intervinieron me expresaron su desacuerdo con Octavio, ya que un grupo de amigos míos, algunos de ellos miembros de El Colegio Nacional, curiosamente pertenecientes a otras áreas que no tienen que ver con la de letras, me comentaron que mi candidatura fue rechazada debido a la intervención de un distinguido miembro del Colegio, perteneciente al área de ciencias y del propio Octavio. Esta situación, desde luego, contribuyó a que mi trato con Octavio se enrareciera, aunque él, después de este incidente, conocido por algunos miembros de El Colegio Nacional, me siguió tratando con afecto, incluso me dedicó su libro de Poesías completas, con un poema manuscrito, y siempre que nos hemos encontrado me trata con el mismo aprecio que me manifestó en París en 1946.



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