En la mirada de otros

En la mirada de Alberto Gironella

Alberto Gironella

 

Paz, Cortázar y Gironella en el taller del pintor, París, 1977

José Alberto Gironella y Ojeda (1929-1999) fue uno de los mayores representantes de la generación de la Ruptura. Oficialmente, su amistad con Paz inició en 1962, aunque en la década de los cincuenta se movían en círculos comunes. De hecho, su primera esposa, Ana Cecilia Treviño, Bambi, entrevistó para Excélsior a Elena Garro tras su regreso a México después de pasar una década en París con el poeta.

Paz y Gironella se profesaban mutua admiración. Tal vez ésta se cultivó a partir de las convergencias en la historia de ambos; Paz tenía descendencia española por parte de madre y Gironella por parte de padre; los dos estudiaron en el Colegio Williams y ambos obtuvieron la beca Guggenheim. La más importante de estas coincidencias es que Gironella comenzó una carrera literaria en la poesía y la novela, aunque terminó por desistir de ella y dedicarse a las artes visuales. 

Su amistad no fue de largo aliento, sino de tiempos. Sin embargo, de acuerdo a Fabienne Bradu, de todos los pintores sobre los que escribió, entre otros, Paz tenía especial predilección por la obra de Gironella. Las líneas que Paz dedicó a Gironella insisten en la juego de poesía-pintura: "Es pintor de nacimiento: piensa, siente y habla en líneas, colores y formas; asimismo, y con la misma fatalidad, es un poeta al que su imaginación lo lleva más allá de la vista. Sus ojos de pintor sirven a sus obsesiones: sus cuadros son obvisiones. Su imaginación no se contenta con presentar: quiere decir y, con frecuencia, dice. Pero lo dice sin caer jamás en la literatura y fiel a sus propios recursos plásticos. La pintura de Gironella no cuenta ni relata: es una descarga de imágenes que provoca en el espectador otra descarga. [1]

Los párrafos siguientes son una compilación de los recuerdos de Gironella sobre Paz. (AGA)

 



El inicio

 [Conocí a André Breton] en París en 1962 cuando expuse Transfiguración y muerte de la reina Mariana en la Galería Ballechasse. Un par de días después de que le exposición fue inaugurada, estaba tomando un café en Deux Magots en el boulevard San Germain y vi el encabezado del periódico Paris-Presse, que leía un señor en la mesa de al lado. Para mi sorpresa éste decía: “Surrealisme pas mort” (el surrealismo no ha muerto) y el artículo estaba ilustrado con mi cuadro de la reina Mariana. El artículo también decía que André Breton había escrito en el libro de oro de la galería: “Gironella es admirable”.

Emocionado, me puse en contacto con Édouard Jaguer para pedirle que me contactara con Breton. De inmediato fui a la galería y en el libro mencionado encontré las palabras de Breton, y en la misma página comentarios de Fernando Arrabal y de Joyce Mansour. A los pocos días yo estábamos Bambi y yo en casa de Breton en rue Fontaine. Le llevé como obsequio “la calavera quijotesca” de José Guadalupe Posada. Él quedó emocionado y sorprendido de que le regalara ese grabado porque, sin saberlo, él había tenido esa estampa con anterioridad, pero desapareció de su casa durante la ocupación alemana. […] Fue André Breton quien incitó nuestra amistad, cuando Octavio era consejero cultural de la Embajada Mexicana en París.[2]

 

Los setenta                       

Paz había regresado a Harvard en septiembre de 1971, luego de que el 10 de junio estuvo en el auditorio Justo Sierra en la UNAM mientras sucedía el ataque en San Cosme. Al día siguiente […] había aparecido la “Declaración de los 14 intelectuales” (Paz, Fuentes, Gabriel Zaid, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Fernando Benítez, Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas, Eduardo Lizalde, Alberto Gironella, Santiago Ramírez y Luis Villoro) condenando la represión, defendiendo el derecho a manifestarse y exigiendo investigar quién manejaba a los “halcones”. Hubo unas versiones en el sentido de que había sido LEA para culpar a la vieja guardia del PRI, y otras que decían lo contrario: que había sido esa vieja guardia para humillar a LEA. Ésta última fue la postura de Fuentes en el libro que publicó en esos días, Tiempo mexicano.[3]

 

El trato, ca. 1973

Bebí muy poco con [Paz]. Una vez cenamos en su casa los Buñuel, Sanda [Racotta] y yo, y Octavio y Mari Jo; pero en general, aunque nos queríamos mucho, no teníamos vida social.[4]

 

El estudio, ca. 1977

En París alquilé un estudio en la avenida Frochot, en Pigalle. Es una cerrada. Queda enfrente del que fuera estudio de Toulouse-Lautrec. Precioso sitio, con árboles, maravilloso. Al estudio en París venía mucha gente. Puedo pintar con gente. Venía Cortázar, Octavio Paz, Arrabal, Alechinsky.[5]

La primera vez que usé la corcholata fue en un objeto dedicado a Emiliano Zapata, donde la corcholata funge como un balazo. Ya luego las usé para competir con Carlos Fuentes y Octavio Paz a ver quién tenía más, si yo corcholatas o ellos medallas. Me ganaron con las medallas.[6]

 

La vuelta del hijo pródigo

En diciembre de 1977 regreso a la Ciudad de México, para inaugurar la exposición “La vuelta del hijo pródigo” —título que reúne el de dos revistas literarias: El hijo pródigo, de Octavio G. Barreda y Vuelta, de Octavio Paz— en el Museo de Arte Moderno de Chapultepec.[7]

[El catálogo se hizo] con un texto de José Pierre en traducción de Rosa Chacel, pero estaba lleno de erratas. Emilio Azcárraga, al verlo dijo: ¿Quién hizo ese catálogo? Resultó que Gaspar Rionda. No sé qué le hicieron. Dicen que lo enviaron de garrotero a un restaurante en Los Ángeles. Me llamó Azcárraga y me preguntó: —¿Qué hacemos? —Otro catálogo. —¿Qué sugieres? —Que lo escriba Paz. Es así como Paz entró a Televisa con su texto “Los sueños pintados de Alberto Gironella”.[8]

 

Los acólitos, ca. 1979

En una mesa redonda con Salvador Elizondo y Paz sobre Andre Breton, los llama: Los acólitos de esta misa en la cual Alberto Gironella oficia en honor de Alberto Gironella y canta la muerte y la resurrección de Alberto Gironella.[9]

Elizondo, Gironella y Paz


El cuadro 1983

Yo he pintado a Paz, lo hice en Madrid en 1983. El ámbito, el ambiente y la composición están inspirados en el cuadro de Diego Rivera a Ramón Gómez de la Serna. Lo mismo he pintado a Buñuel, a Valle Inclán y a José Bergamín. El arte de la pintura es el arte de silencio, como explicó Ortega y Gasset. No dice nada, no dice estas cosas que acabo de decir, está callado.[10]

Este primer cuadro surgió como un encargo del gobierno español.  Pretendían hacer una galería de los premios Cervantes y, como Octavio acababa de ganarlo, me pidieron que hiciera la obra. Me ofrecieron un muy buen pago y, por ello, me fui a España a pintarlo. Mi sorpresa fue “que en Palacio las cosas van despacio”, y que al cabo de varios meses seguían sin darme un quinto. Ya no tenía ni con qué pagar el hotel cuando, para mi fortuna, se me apareció Miguel Alemán y acabé vendiéndole ese cuadro.

[Ubiqué ahí a Paz como tendero de ultramarinos entre jamones y botellas de alcohol porque] el jamón es un elemento muy especial. Leí al poeta Pierre Reverdy, quien escribió en un poema: “El sueño es un jamón pesado que cuelga del techo” y esta frase, junto con la reproducción de El sueño del caballero, de Antonio Pereda, me incitaron a decidir que “El sueño es un jamón” sería el título de una serie de trabajos. Por eso, al pintar a Paz, quien también admiró al poeta surrealista Reverdy, decidí colgar un jamón del techo. La botella de anís El Mono, la puse para hacer un juego de palabras con la obra de Paz, El mono gramático.

En 1984, cuando cumplió 70 años, Alemán se lo regaló. Eso es potlatch en su sentido de trueque: Paz cumple 70 años y su amigo, Miguel Alemán, le regala el cuadro de su otro amigo, Alberto Gironella.

Al principio no [le gustó]. Cuando lo vio por primera vez en la exposición titulada Pintado en México en el Banco Exterior de España, le comentó a Rosa Chacel, a Dámaso Alonso y al poeta Luis Rosales que yo me había pintado mi autorretrato, porque él nada tenía que ver con abarrotes o jamones, y yo sí era hijo de abarrotero.

De inmediato fui hacía él y le dije que si quería cambiaba el jamón por una alcachofa, pero él, quien conocía mi humor negro, prefirió quedarse con el jamón. Con respecto al título, La poesía- Ultramarinos, le dije que lo puse porque ese es nuestro lenguaje: no hablábamos náhuatl sino español, que es un lenguaje ultramarino. Él me respondió llenando su rostro con una sonrisa luminosa. Sé que el cuadro, poco a poco, le fue gustando. Por suerte se salvó del incendio que acabó con gran parte del departamento de Octavio.[11]

 

El accidente

En una ocasión Paz tuvo un accidente el que en se quebró los dos brazos, creo que fue la primera vez que se dejó barbas, y yo le di El tesoro de la lengua de Covarrubias y los Emblemas de [Andrea] Alciato, para que tuviera visiones, y no un aparato de televisión.[12]

 
Chiapas y el comandante Marcos

El que dice mejor quién es el comandante Marcos es Octavio Paz, a pesar de él. No tiene un pelo de tonto, ni uno solo. Él sabe que lo conozco muy bien y que lo he leído. Porque una cosa es tener amigos y otra tener lambiscones. Hay una diferencia brutal. Un amigo puede tener puntos de vista diferentes y estar equivocado. Naturalmente que puedo estarlo. Pero si fuera un lambiscón, no se lo diría nunca. Le daría por su lado siempre. Eso puede hacer perder el sentido de la realidad.

Gironella está de acuerdo en parte con ciertas tesis del poeta Octavio Paz acerca de los sucesos recientes. Uno de los puntos de afinidad entre ellos es el reconocimiento del director de la revista Vuelta a las 12 retóricas de Marcos frente a “ese balbuceo torpe, de plástico o de cartón, del político mexicano”.

Le celebra igualmente la percepción estética de la vestimenta de los zapatistas como lo vio en su momento, y dejó testimonio en El laberinto de la soledad de la estética de los pachucos. En otros aspectos el pintor difiere esencialmente del escritor. Principalmente con uno de los pasajes del artículo “Chiapas: hechos, dichos, gestos” y particularmente el dedicado a las visiones y a la televisión.

Lo lee: “desde hace ya más de 30 años vivimos en lo que un agudo escritor francés ha llamado la ‘sociedad del espectáculo’. En el mundo del espectáculo las cosas pasan como en el mundo real, y al mismo tiempo, pasan de otra manera, en el tiempo y en espacio mágico de la representación. Son de aquí y son de allá. No es arbitrario que me sirva de un lenguaje que recuerda al de los religiosos: los antiguos tenían visiones, nosotros tenemos la televisión”.

—No estoy de acuerdo —interrumpe la lectura.

En ese texto Paz se refirió sin citarlo por su nombre —según interpretó la comunidad cultural—, al escritor Carlos Fuentes como “un desaprensivo que se le ocurrió decir que el movimiento de Chiapas es ‘la primera revolución poscomunista del siglo XXI’”. Ahora media docena de pericos repiten imperturbables ese despapucho.

Lo que Paz escribe sobre la visión y la televisión le parecen a Gironella un despropósito. Explica:

—Hace tiempo Paz y yo cenamos con un inmenso visionario, el último gran visionario que hemos tenido cerca, que se llama Luis Buñuel. Y Luis Buñuel no era antiguo, era contemporáneo de nosotros. La televisión no suple a la visión. La televisión está manipulada por consorcios comerciales sin escrúpulos que hacen lo que les da la real y pontificia gana con las noticias. Pero esos no representan la visión. La visión, como siempre, la han presentado, y la presentan, los artistas.[13]

No tengo ninguna necesidad de confrontar de manera obcecada. Me enfrento cuando no estoy de acuerdo y no me importa que mi contrincante sea mi padre, mi hijo o mi mejor amigo.

Sé, además, que puedo ser el enemigo perfecto, porque estudio con toda cautela cada movimiento. Con Paz y con Fuentes ya lo publiqué en Proceso, y ninguno de los dos respondió una palabra. A Fuentes lo llamo “Profesor” porque ejerce como tal y en su libro El espejo enterrado (1992), que está dirigido a universitarios mexicanos y norteamericanos, osó llamar bandido manco a Valle-Inclán. Y lo de bandido es una calumnia.

Con Octavio Paz es otra la cuestión. Él asegura que por la presencia de la televisión ya no hay más visionarios y esto es un despapucho, porque basta ver a personajes como Rulfo, Buñuel o Malcolm Lowry para rebatirlo. Además, le respondo que Televisa ha sido un generador de violencia porque ha querido silenciar tanto a Marcos como a Madonna, y amordazar es un tipo de violencia.

[…] No soy un santón que quiere poner en orden al mundo, simplemente digo lo que creo y sobre todo cuando se trata de gente tan cercana a mí como lo han sido Paz y Fuentes. […] Fuentes dice que Paz no tiene amigos, que tiene cortesanos. Pero he de decirte que Fuentes cojea de lo mismo. Además, considero una venganza ruin que omita el nombre de Paz en El espejo enterrado, porque sus alumnos se convierten en víctimas de las rencillas personales. […][14]

 
Adiós Paz

No nos volvimos a hablar hasta unos días antes de su muerte, cuando Mari Jo me habló para invitarme a la exposición de la Fundación Octavio Paz. Él tomó el teléfono y le dije que lo quería mucho. Muy cariñosamente y con una lucidez absoluta me respondió: “Alberto, yo siempre hablo mucho de ti, pero siempre bien”. En sus últimas, me dio un tirón de orejas reclamándome de ese modo que me había salido del huacal.[15]

 

Potlatch

Poco después de la muerte de Octavio Paz regresamos a Valle de Bravo, a visitar al mismo Gironella conocido poco tiempo atrás. Al llegar, el pintor estaba sumamente enfadado por un libro que acababa de publicarse. Era el de Elena Poniatowska titulado Las palabras del árbol. Lo tenía indignado y calificaba la obra como de un "oportunismo infame". Para el pintor, la autora se aprovechó del fallecimiento inminente de uno de los grandes escritores a quien ella "jamás le llegaría". Después de discutir un poco al respecto, comenzó, al igual que la vez anterior, el desfile de botellas vacías que poco a poco iban siendo retiradas de la misma mesa en torno de la cual, por segunda vez, nos reuníamos.

Una vez tranquilo y ya con algunas copas encima, nos dijo que había preparado una exposición para conmemorar la obra de Paz. Esto se montaría en algunos meses y su título sería Potlatch de Gironella a Octavio Paz. Los cuadros que la integrarían estaban casi terminados y, para sorpresa de mi padre y mía, las pinturas se encontraban en el estudio del autor, en la parte inferior de su casa.[16]

 La primera vez que oí […] la palabra [potlatch] fue cuando ilustré Bajo el volcánde Malcolm Lowry, y Francisco Calvo Serraller […] escribió que yo hice un potlatch con Lowry. Investigué y me gustaron sus mil acepciones. Yo aquí le hago una guerra a Paz y, de ella, ambos nos beneficiamos. Hago una boda entre literatura y pintura, para preguntarme: ¿quién soy yo?, ¿quién es Octavio?, ¿cuál es nuestra relación? Todo cabe en una caja, una caja que podría ser de muertos. […]

Si Paz aún viviera, sonreiría. Él sabe por qué puse, por ejemplo, la obra de Fernando Pessoa: él la tradujo al castellano y yo la leí gracias a él. Pongo cosas tan ambiguas como un huarache sobre oro, y a su lado a Orozco y a Vasconcelos, en alusión a un texto también ambiguo de Paz donde escribió que “la Reacción mexicana tiene en Orozco y en Vasconcelos a sus dos expresiones más altas y auténticas en este siglo”.


Potlatch. Homenaje a Paz

Incluyo el libro de Pierre Reverdy que hace referencia al jamón; la portada de Bajo el volcán de Lowry que yo ilustré; un libro de su gran amigo André Breton, que se titula Yo veo, yo imagino; agrego latas de caviar, porque a mí me gusta en galletitas, además de que me lo unto cerca de los ojos para que no me salgan patas de gallo; hago referencias a Buñuel y a sus películas; pego las portadas de Gómez de la Serna y López Velarde, a los que juntos admiramos.

A Jorge Luis Borges, quien era respetado por Paz, pero no por mí, pues padezco de argentinofobia, sólo lo pongo en una tapa de aceitunas marca Borges. Con las cajas de galletas hago alusión a don Quijote. En otra parte, pego un billete de cinco pesos para recordar que Paz, en su juventud, trabajó quemando billetes de la Casa de Moneda. Las botellas de vino y los cientos de corchos y corcholatas los pongo porque no niego que soy un borracho.[17]


La última mirada

“Mi papá no era melómano, no le interesaba mucho la música y más que la fortaleza lírica de las letras de Madonna, le interesaba la capacidad de la cantante para provocar”, apunta Emiliano, quien también describe a su padre como un seductor nato, encantador, gran conversador y proveedor; aunque también lo revela como alguien que con el tiempo se volvía insoportable, como genio que era.[18]




NOTAS

[1] Octavio Paz, "Las obvisiones de Alberto Gironella" en Los privilegios de la vista II, México, Fondo de Cultura Económica, 1997, p. 366.

[2] Silvia Cherem, Trazos y revelaciones. Entrevista a diez artistas mexicanos, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 178, 179 y 194.

[3] Guillermo Sheridan, “Octavio Paz y Carlos Fuentes: el dilema Echeverría” en Letras Libres, 24 de marzo de 2017. Disponible en: https://www.letraslibres.com/mexico/historia/octavio-paz-y-carlos-fuentes-el-dilema-echeverria

[4] Cherem, op. cit., p. 194.

[5] Alberto Gironella: Lo mío es el loco intento de pintar el tiempo (2004), dirigido por Luisa Riley y Ariel García, Canal 22, minuto 20:40. Disponible en: https://youtu.be/i7vqPdIIwFs

[6] Ibid, minuto 19: 40.

[7] Alberto Gironella, Grupo Financiero Bital y Landucci Editores, México, 2002, p. 188.

[8] Gerardo Ochoa Sandy, “Quiere dibujar a Marcos, a Camacho y al obispo Samuel Ruiz en la segunda ronda” en Proceso, 23 de abril de 1994. Disponible en línea.

[9] Alberto Gironella, op. cit. p. 189

[10] Ochoa, op. cit.

[11] Cherem, op. cit. p. 191.

[12] Ochoa, op. cit.

[13] Ochoa, op. cit.

[14] Cherem, op. cit., p. 177.

[15] Ibid, p. 194.

[16] Carlos Castillo López, Gironella como recuerdo. Disponible en: https://web.archive.org/web/20080612154554/http://www.larevista.com.mx/ed512/textual9.htm

[17] Cherem, op. cit. pp. 192 y 193.

[18] Emiliano Gironella Parra, “El pintor al que Madonna despreció” en Milenio. Disponible en: https://www.milenio.com/espectaculos/el-pintor-al-que-madonna-desprecio