Correspondencia

56. A Elena Garro, 15 de abril de 1937 (“Entre la piedra y la flor”)

Octavio Paz Lozano

Lugares

México, Yucatán

Tipología

Carta

Lustros

1935-1939

Como vimos en la carta 53, Paz detuvo el envío de “Entre la piedra y la flor” pues decidió “escribirlo más”. Lo hace ahora, acompañando a la carta 55, quizás para compensar el arrebato de las lilas. En las copias sólo figura la primera parte del extenso poema. Su historia, y su historia editorial, rebasan el ámbito de estas breves introducciones: volveré al asunto en un futuro comentario. (G.S.)


 

[manuscrita]

 

 

Helen:

 

Antes de poner la carta vi el poema. Sin corregir te lo mando. Te suplico me lo devuelvas con tu juicio. Ya sabes que es uno de los que más estimo, no por ser tuyo, sino por tu talento.

 

Materialmente no puedo corregir el poema. Quiero darte hacerlo más tarde. Es lo único que he hecho desde el libro. Creo que he bajado.[1] Te necesito.

 

Amor mío: no hagas caso de mis tonterías. Espérame, sé alegre y confiada, sé joven. Cúrate. Sé buena. Quiéreme.  Te beso en la oreja, para que grites y me digas “No, Octavio”. ¿Te gustó? Ahora te beso en el cuello, y después, pasando por el pecho, la boca.

 

Tuyo, amor, Helena mía,

 

Tavo

 

 

En el alba de callados venenos
amanecemos serpientes.
Amanecemos en un estéril vaho,
cabe una piedra seca, tibiamente.

Un círculo sediento el horizonte,
frenético de piedras y serpientes,
nos entrega a un destino sin espera,
a un letargo sin sueños ni salidas.

Amanecemos hombres de labios minerales,
de descarnada sed y esperanza impía,
brotando de la fiebre subterránea,
límites de la piedra
y lo que obscuramente alienta en larvas.
Amanecemos ciegas fibras,
oh plantas enraizadas en lo inmóvil.
tercas raíces mías,
obstinada ternura de raíces,
hundidas en el jadeo reseco de la tierra.

La luz en estas horas es acero,
es el desierto labio del desprecio.
(Si yo toco mi cuerpo soy herido
por rencorosas púas,
por erizados poros enemigos)

Bajo esta luz de llanto congelado
el henequén, inmóvil y rabioso,
en sus índices verdes
hace visible lo que no remueve,
el callado furor que nos devora.
En esa quieta cólera, en esa fija sed,
la muerte en que crecemos se hace espada
y lo que crece y vive y muere
se hace lenta venganza de lo inmóvil.

El henequén que surge de las rocas
es la muerte que acecha,
la sequedad del trópico desierto,
el destino del hombre.

El hombre en estas horas amanece,
entre la luz y el suelo enemistados,
en la llanura cruel amanecemos,
Entre la luz que llueve su invisible fuego silencioso fuego
Y la tierra sin poros que no mata.

El hombre en estas horas amanece.
El henequén vigila cielo y tierra.
Es la venganza de la tierra,
la mano de los hombres contra el cielo.[2]

[al margen]

 

(No pongas Tavucho ¿no ves que el conserje se me queda viendo con asombro? ¿Y los alumnos van a ponerme un apodo?

 

Tuyo,

 

Tavucho.)



 

NOTAS

[1] El libro es Bajo tu clara sombra, que apareció al iniciar 1937. Paz cree que ha “bajado” su eficiencia poética.

[2] Un pequeño porcentaje de estos versos se conserva tal cual en la edición de 1941. Otro tanto será reescrito y varias estrofas desaparecerán del todo. Vale recordar la carta 37, la primera al llegar a Mérida en la que Paz le escribe: “Helena mía. Rosa y serpiente, roca y agua, eres como Yucatán, sedienta y exasperada.” La “Helena” que en las cartas previas era el “Valle de México” ahora es también Yucatán.