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"Pasiones, fracturas y rebeliones...": un intercambio de correspondencia

Ángel Gilberto Adame ; Andrés Sánchez Robayna

Año

2021

Tipología

Novedades

 

Andrés Sánchez Robayna

Andrés Sánchez Robayna es un poeta español originario de Gran Canaria que ha recibido el Premio Nacional de Traducción (1982) y el Premio de la Crítica (1984) —en reconocimiento a su poemario La roca y su versión de la Poesía completa de Salvador Espriu, respectivamente—, que, además, sostuvo una buena amistad con Octavio Paz después de conocerlo en 1974.


          Las siguientes líneas son producto de un fraternal intercambio de correspondencia que sostuve con el autor, donde expone algunas impresiones, comentarios e interrogantes derivadas de la recepción y lectura del libro de mi autoría Pasiones, fracturas y rebeliones: Octavio Paz, Pablo Neruda y José Bergamín. (AGA)



Estimado Sr. Adame:

          No sabe qué grata sorpresa ha sido para mí recibir su libro Pasiones, fracturas y rebeliones..., cuyo envío —lo mismo que la dedicatoria— le agradezco mucho. Hace tiempo que conozco sus investigaciones sobre la vida y la obra de Octavio Paz y, aunque todavía no he podido hacerme con un ejemplar de O.P.: el misterio de la vocación, sé que usted ha hecho ya aportaciones decisivas y que de ellas se viene desprendiendo una imagen mucho más completa y, sobre todo, más precisa de la personalidad de Paz. (Yo tuve la suerte de conocerlo en 1974 y de mantener con él hasta el último momento una buena amistad —de la que he podido hablar públicamente hace poco: le copio abajo el enlace—, y lo mismo con Marie José hasta su muerte.)


          El trabajo que usted está haciendo es impagable. Hace dos días terminé de leer su libro. Es ya casi un tópico decir que nuestros países hispanos, a diferencia de Francia o de Inglaterra, no tienen la tradición de la «biografía intelectual». Usted está entre las excepciones, sin duda. Une el trabajo de «archivo» con la interpretación de la historia cultural, y sin dejar de mostrar respeto y admiración por Paz, no se deja llevar por ninguna ceguera reverencial ni oculta el dato delicado o incómodo. He aprendido mucho con las observaciones, las referencias y los documentos que aporta en su libro, tanto en lo referente a la antología Laurel como en otros momentos de su estudio. Si me refiero a Laurel es porque, como quizá sabe, soy uno de los responsables de la presunta «continuación» que fue Las ínsulas extrañas, inspirada en parte, ciertamente, en una propuesta de Paz acerca de la necesidad de cartografiar también la poesía hispana de la segunda mitad del siglo XX. E imagino, por la polémica que nuestra antología generó y cuántos egos literarios quedaron removidos, lo que tuvo que ser Laurel, en la que había además, por si fuera poco, una cuestión política de fondo que determinó todo, incluidas las relaciones personales... Usted subraya muy bien todo esto y ofrece testimonios y datos valiosos y esclarecedores: las pasiones políticas generaban continuas interferencias y determinaban las conductas. 

          

          Sospecho desde hace tiempo (y su libro me lo confirma) que la figura de Neruda merece un detallado análisis biográfico e histórico-cultural que no ha recibido hasta hoy (que yo sepa, aunque no he leído todavía el libro de Schidlowsky). Hay puntos y aspectos de su vida y de su comportamiento político no esclarecidos aún (por ejemplo: ¿quién pagó el Congreso Internacional de Escritores de Valencia?). Neruda —poesía aparte— fue durante años el representante oficial y a sueldo de una ideología nefasta. Bien pensado, fue el verdadero vencedor de la Guerra Fría, puesto que supo jugar unas cartas que lo beneficiaron literariamente... desde la política y desde una ideología que asesinó en los gulags a millones de seres humanos. ¿Cómo debemos juzgar todo esto hoy? Creo que Paz fue muy sincero en la carta a Yurkievich que usted cita en la página 205. Neruda fue el abanderado de un comunismo fanático que dominó hasta su muerte en toda América Latina. Los «improperios de Neruda contra los trotskistas y los homosexuales» (página 158) nos producen el mayor rechazo moral. Y «apiadarse» de su posición política al compararla con las dictaduras militares latinoamericanas no es justo, porque entre ambas existía la idea (y la realidad) de la democracia, que Neruda nunca defendió. 

          

          La ecuanimidad de usted, como biógrafo de Paz e «historiador» de su época es encomiable. No duda, por ejemplo, en citar el testimonio de Jason Wilson (pág. 202) sobre el encuentro londinense, muy distinto en la versión de Paz. Yo habría añadido también, por ejemplo, que resulta extraño el hecho de que Paz afirme (pág. 189) no conocer a ningún jurado de la Academia sueca, cuando en 1963 había traducido con Pedro Zekeli Cuatro poetas suecos, tres de los cuales, al menos, eran conocidos miembros de la Academia (Lindegren, Martinson y Lundkvist). No digo que Paz mintiera, sino que la omisión del dato resulta extraña. Es sólo un ejemplo, pero podrían citarse otros. Qué reveladoras, por cierto, las palabras de Alatorre que usted cita en las páginas 228-229. Es otra muestra de la ecuanimidad que usted mantiene en todo momento.

          

          En cuanto a Bergamín, no pocas reflexiones y referencias mencionadas por usted nos permiten completar la imagen de este escritor. (Entre paréntesis, las palabras iniciales de la página 209: «Acompañaré a los comunistas hasta la muerte, y más allá», yo las he visto citadas siempre de esta forma: «Con los comunistas, hasta la muerte, pero no más allá», que cuadran más tanto con el catolicismo de Bergamín como con su famoso ingenio, puesto que los comunistas son ateos.) Yo diría que Bergamín era la contradicción en estado puro, y en el peor sentido de esa palabra: capricho, diablura, irresponsabilidad. Su comportamiento político es, a mi juicio, tan lamentable como el de Neruda, y su final —adhiriéndose al bando del terrorismo vasco— no sabe uno cómo calificarlo. Incluso sus logros como escritor, bajo esa luz, quedan como relativizados. La política... ¿Por qué la política fue para todos ellos —incluido Paz— tan decisiva y, en el caso de Neruda y Bergamín, ¿por qué los cegó de esa manera?

          

          Perdone estas líneas que se han extendido más de la cuenta. Sólo quería decirle con cuánto interés he leído su libro y lo mucho que he aprendido de él.


          Le reitero mi agradecimiento, y van aquí la amistad y el abrazo de

          ASR


P.S. Un detalle editorial: es una lástima que las notas, a la manera anglosajona, se hayan mandado al final del libro. Es algo muy incómodo para cualquier lector, sobre todo cuando usted, lógicamente, sólo aclara en nota quién es el autor de tal o cual cita, y el lector está obligado a tener constantemente dos ejes de lectura. No es extraño que, probablemente en la corrección de pruebas, se le haya escapado el baile de notas en la página 242: la nota 15 del capítulo «Una despedida necesaria» es la 16, y la 16 es en realidad la 17.       

          Le copio aquí el enlace que le decía: https://www.youtube.com/watch?v=4LxPz_dg3n0&t=7s

          Tuve también, en 2014, este diálogo sobre Paz con el pintor Frederic Amat: 

          https://www.youtube.com/watch?v=oxqP5LAXqDQ


***


Estimado maestro, mil gracias por leer mi libro y muchas más por su amable y, a la vez, estimulante correo.


          La figura, la obra y la vida de Paz siempre me han parecido dignas de admiración, pero, al mismo tiempo, me provocan una obsesiva curiosidad por entender sus circunstancias. A pesar de que tuve varias oportunidades de conocerlo, no sé por qué razón no lo vi más allá de sus admirables (y en México tan debatidos) encuentros televisivos. Quizás esa no buscada distancia me permite intentar comprender al poeta obviamente con respeto, pero sin ideas preconcebidas y con cierta distancia. Me alegra que esos intentos se reflejen en Pasiones.

          

          A la que sí conocí fue a Marie José, pude charlar con ella, lograr que me tuviera cierta confianza (me convertí en una especie de mandadero legal para ella), aunque desafortunadamente no logré convencerla que hiciera testamento, lo que hace que el archivo del poeta, a casi tres años de la muerte de su viuda y heredera, se encuentre en un limbo jurídico, con un gobierno que no demuestra mayor interés en lo que Paz representa.

          

          Sospecho que a los intelectuales que vivieron la Guerra Civil española, y los “ismos” de la década de los treintas, les era inconcebible no asumir posturas políticas. Alfonso Reyes, uno de los pocos que no se involucró en esas pasiones, incluso hoy es percibido en México como un hombre de cierta tibieza. Esa disyuntiva a la que se enfrentaron Bergamín, Neruda, Paz y muchos otros, obviamente marcó su obra, aunque muchos integrantes de esa generación no se salvaron de esa contaminación y hoy su trabajo permanece en el olvido.

          

          Coincido con usted. En Hispanoamérica la tradición biográfica no acaba de germinar, aunque Schidlowsky sí hace un monumental trabajo con Neruda. En México, nuestro gran héroe nacional, Benito Juárez, no tiene al día de hoy una biografía moderna y sólida. Mucho de ese retraso se debe a la pésima gestión que tenemos aquí de los archivos. Documentar nuestro pasado es sumamente difícil y, a veces, heroico. De Paz, destacan los esfuerzos de Domínguez Michael y Guillermo Sheridan, aunque creo que el joven de Mixcoac todavía nos depara sorpresas.


          Tratando de documentar su vida, un grupo de amigos hemos creado la Zona Paz. Lo invito a darse una vuelta y considerar ese portal como su casa: https://zonaoctaviopaz.com/. De hecho, sería un honor que me permitiera publicar ahí nuestra charla.

          

          Si me da una dirección, le envió un ejemplar de “El misterio de la vocación” y de un libro que Sheridan y yo escribimos sobre la correspondencia de Paz en 1968. Termino este largo correo agradeciendo su atención y reiterándole que tiene usted un amigo más en esta Ciudad de México.


Ángel Gilberto Adame