En la mirada de otros

En la mirada de Jaime Salinas

Jaime Salinas

 

Jaime Salinas, Pere Gimferrer, Octavio Paz, Jaime Gil de Biedma y Luis Rosales, Madrid, 1982.

Jaime Salinas (1925- 2011), hijo de Pedro Salinas y Margarita Bonmatí, compartió el exilio español familiar en Estados Unidos. Durante la Segunda Guerra Mundial fue voluntario en el cuerpo de ambulancias. En 1950, volvió a España, donde se encontró con Carlos Barral y se incorporó a la editorial Seix Barral, ahí contribuyó a la transformación de Alianza editorial y la posicionó como una de las mejores editoriales españolas. En Alfaguara también dejó una huella importante. Durante los ochenta fue director general del Libro y Bibliotecas.

Los párrafos reunidos pertenecen a Cuando editar era una fiesta[1] donde se relata la convivencia de Octavio Paz y el editor. (AGA)



I

El tiempo era primaveral; reina una extraña tranquilidad en espera de ver lo que van a hacer los socialistas (8 de noviembre de 1981)

Sobre el escribir cartas y las rutinas semanales. Llegada a Madrid de Octavio Paz, que ha ganado el Premio Cervantes.


II

Supongo que en parte arrastro aún la resaca del viaje a París, que no me salió como yo lo había ensoñado. Posiblemente el saber que me espera una semana agobiante con la llegada de Octavio Paz, Siegfried Unseld, la recepción anual en la Zarzuela. Por último, el que tenga que renunciar a mi viaje a Berlín porque Michael Ende viene a Madrid y como autor de esa casa y más concretamente, por la publicación de su La historia interminable, con la que tengo que producir sustanciales ventas para que los balances de Alfaguara cierren el año a gusto de los jefes, y tenga que montar esos circos que, según parece, son los únicos que hacen vender, son suficientes razones para sentirme malhumorado y contrariado. Efectivamente, por mucho que quiera, no veo ni una sola razón que me impulse a escribirle una carta soleada.


III

Más pompa y ceremonia que nunca. Saludé a Rafael Alberti, disfrazado de prófugo de la Via Veneto, que se limitó a preguntarme cómo podía ponerse en contacto con Marichal para que éste a su vez, hablara con Ramón Xirau y le aseguren un premio que se concede en México. Así son nuestras glorias literarias, los pilares de la intelectualidad comunista. Incapaces de escribir un verso, sólo les queda el conspirar para que les premien aquello que escribieron antaño. (17 de abril de 1982)

Alfaguara le obliga a una vida social intensa. Más actividad con Octavio Paz y su séquito: El jueves estaba citado con Pere Gimferrer y señora para comer en el Palace. Nada más sentarnos aparecieron Paz, Mme., Luis Rosales y su Mme. que venían de una audiencia privada con sus majestades. Se unieron a nuestra mesa y así, sin quererlo, fui uno de los primeros madrileños que tuvo acceso al Maestro. Paz, como tú sabes muy bien, es un fenómeno excepcional en el mundo de las letras hispanas. Excepcional porque está libre de ese provincialismo, de esos complejos de inferioridad que caracterizan a los intelectuales de habla castellana. Se le tacha de reaccionario por su fobia al marxismo, al comunismo y al castrismo (Rulfo, que está en España, se negó a asistir a los actos en Alcalá y la Zarzuela). En el curso del almuerzo surgió el tema político y yo temí lo peor; la fácil condena de algo tan complejo como puede ser la revolución nicaragüense, El Salvador. Su posición es que hay que apoyar el proceso revolucionario en Latinoamérica para evitar que éste caiga —como en el caso de Cuba— en manos de los rusos. Su posición me parece correcta y sólo difiero de ella en tanto que mientras no se produzca esa revolución no se puede condenar y marginar a Cuba. Una cosa son los regímenes comunistas del Este, que han fracasado totalmente, mientras que en Cuba, si bien no existe la libertad que en teoría caracteriza al «mundo libre», sí se ha conseguido dar de comer a todos y en pocos años culturizar una isla de analfabetos. Esa revolución que añora Paz es sólo posible, no sólo si los rusos se mantienen al margen, sino —y yo diría más— si los yanquis fueran capaces de hacer otro tanto. Pero en realidad durante la comida y sobremesa se habló poco de política. Fue más bien Sor Juana Inés de la Cruz la protagonista de la conversación. Rosales, que tiene una memoria impresionante, una cultura poco usual para un español, lubricó bien el diálogo. Estuvo sumamente atento conmigo, supongo que para quitarse el estigma de su complicidad en la muerte de Lorca. Es un ser contra el cual siempre he tenido una prevención, supongo por esa asociación justa o injusta con el asesinato de García de Lorca; pero he de confesar que a pesar de su escepticismo oportunista no tiene un pelo de tonto.


IV

El desayuno me ha servido de almuerzo; he ido a hacer la compra y aquí me tienes escribiéndote (24 de abril de 1982)

Visita con Octavio Paz a Vicente Aleixandre. También asiste a los actos oficiales relacionados con el Premio Cervantes:

El domingo «liquido» a Unseld; comimos los dos tête-à-tête; se la había pasado la euforia de la cena del viernes, euforia que sospecho fue propiciada por el buen vino con el que regó la cena. Es un ser curioso; una extraña mezcla de empresario con aparentes preocupaciones intelectuales. Burdo, primitivo, con ramalazos de percepción aunque nunca de finura.

Esa dualidad de carácter se refleja en su apariencia física; aspecto de campesino teutón, grandote con una gordura de carne sólida. Profesionalmente el almuerzo resultó interesante; me contó cómo había resuelto una serie de problemas en torno a la publicación de obras de tiradas cortas, la oficina que ha montado en Boston, etcétera; Suhrkamp es su hijo, pero lo grave es que tiene uno de verdad al que ha estado preparando como delfín desde su nacimiento.

De la misma manera está encoñado con su editorial, también lo esta con el chico y yo no dejé de sentir una cierta compasión por ese ser al que desde su más tierna infancia ya se le ha encaminado por una ruta sin retorno. El domingo por la tarde me toca ir a ver a Vicente Aleixandre en compañía de Paz y el matrimonio Gimferrer. Nuestro Premio Nobel estaba mejor de lo que yo me esperaba; físicamente agravado; huesos, mejillas chupadas. Ha perdido la vista en un ojo, pero de cabeza totalmente lúcido. Paz se retiró temprano y nosotros nos quedamos una hora más. Luego se llevó a los Gimferrer a cenar. Pere es un maniático inaguantable en todo lo que atañe a problemas prácticos; el tomar o no tomar un taxi es una decisión que puede convertirse en algo tan complejo como la cuadratura de un círculo; el decidir escoger un plato para cenar puede llevar horas. Pero una vez que se ha podido superar todos estos «monumentales problemas» es una de las personas más inteligentes, más cultas que tenemos en la península. El lunes Paz leía sus poemas en el Instituto de Cultura Hispánica. En la primera fila la esposa de nuestro presidente del Consejo, Mme. Calvo Sotelo y a su lado la del ministro de Asuntos Exteriores. Esta presencia de autoridades alaga estúpidamente a la intelectualidad local que no se da cuenta de todo ello es una operación política. Paz no lee bien —son pocos los poetas de nuestra lengua que sepan hacerlo, porque no existe la tradición— pero el auditorio estaba en éxtasis. Vuelta a cenar con los Gimferrer; esta vez a petición de Ruiz Rosales, que muy en secreto me explicó que se llevaba a cenar a los Paz con los reyes en la más estricta intimidad y me pidió que los quitara de en medio. Al día siguiente, y en el mismo local, una penosa mesa redonda de poetas y escritores con Paz (en primera fila, esta vez, el ministro de la presidencia). El único intercambio interesante fue el que tuvieron Paz, Rosales y Jaime G. de B. en torno al lenguaje popular y el lenguaje urbano, la naturaleza y la realidad. Lo demás fueron intervenciones de compromiso a continuación, una cena de los componentes de la mesa redonda a la que fui invitado por Paz. me tocó a lado de Mme. Rosales, que tiene artereoesclerosis y que me estuvo contando con todo detalle la cena de la noche anterior en la Zarzuela y «lo encantadores que estuvieron SS. MM. y el infante y las infantas, que sirvieron los drinks. Terminó tarde; Jaime me había pedido techo pues parece que prefiere el guest room de Don Pedro 6 al Palace. Estaba bastante bebido, charlamos un poco y le dejé en el salón con una botella de whisky y el último número de poesía. El miércoles terminó todo con una presentación de «la obra completa de J. G. de B.» a la que asistió Paz, seguida de una cena en Lhardy. (1 de mayo de 1982).


V

Inútil que te diga en qué estado llegué a la oficina el día siguiente; había que ir, «dar el ejemplo»; yo tenía un almuerzo con Sampedro, por la tarde una reunión con Octavio Paz y los de la revista Libros. Ayer lo dediqué a dormir y a reponerme. La verdad es que estoy contento, más que por los resultados, por el comportamiento de la gente, las declaraciones de los partidos perdedores, la banca, el ejército…, salvo las palabras chulescas de Fraga todos expresaron sus deseos de ayudar al PSOE y al país. En un país de salvajes como el nuestro nunca se había visto algo igual.


VI

Con motivo de la concesión de la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, Octavio Paz visita Madrid.

Madrid ha dedicado esta semana a Octavio Paz y a mí me «tocó» tres veces. Primero en el Palace, donde me había citado Siegfried Unseld, que estaba acompañado por una joven escritora alemana —no me preguntes su nombre— que en mi honor desplegó todos sus encantos —miradas penetrantes, labios húmedos— en busca de su editor español… Llegaron los Paz; abrazos, besos en mejillas. Me retiré discretamente pues Paz, con otras artimañas, estaba en busca de su editor alemán. Al día siguiente recepción en la embajada de México: trajes azules, camisas blancas y corbatas de seda. Más abrazos, más mejillas que besar. Por último, el jueves, acto más solemne a media mañana en el Ministerio de Educación y Ciencia, salón Goya (magníficos cartones del pintor en las pareces). Los mismos, por lo tanto, menos besos y abrazos. Mi ministro, como siempre, sembrando cariño a los cuatro vientos: «Llámame; tenemos que comer…». El de Educación, tímido, tieso, con una sonrisa congelada. Dificultades al probar a colgarle a Paz, en banderola, la medalla de Alfonso el Sabio. A mi lado el duque de Alba me daba codazos y me enseñaba la insignia de esa misma condecoración en el ojal de la solapa de su chaqueta. En fin, ese mundillo de opereta oficial que por «muy» socialista que sea el gobierno apesta a carquismo en el poder.


VII

Tampoco me arrepiento de mi viaje a Valencia y de haber sido testigo de uno de los espectáculos más bochornosos que jamás haya visto. El trío Octavio Paz, Mario Vargas Llosa y Jorge Semprún llegaron dispuestos a que aquello se convirtiera en el Congrego de Escritores Anticomunistas. Con la prepotencia de sus trajes de alpaca o de lino ausentes de toda arruga bella, arremetieron desde el primer día contra Cuba, fuera el tema de «Ciencia y Complejidad», «Los intelectuales y la memoria» o «La Guerra Civil Española Vista por los Otros». Los cubanos castristas —Barnet, Pablo Armando Fernández y Lisandro Otero— fueron sometidos a un régimen de apartheid y no se alojaron en el mismo hotel con los demás asistentes, puros defensores de «la» libertad. Aguataron estoicamente sesión tras sesión y la explosión se produjo en la sesión de clausula de ayer por la tarde. Se dejó de lado el diálogo, la razón; se recurrió a los puños: era admirable ver al afrancesado Jorge Semprún invitando a no sé quién a que bajara al escenario para romperle la cara. El no sé quién bajó se abalanzaron el digno Paz y el yupi Vargas. Apareció la policía por el foro, Cohn-Bendit agarró el micrófono y acusó a la policía de torturar a los de la ETA mientras un pobre viejecito de las Brigadas Internacionales irrumpía en llantos. Sir Stephen Spender se hizo el sueco, Fany Rubio quiso apaciguar los ánimos recitando a Neruda, los policías se retiraron atemorizados, mientras la noruega —Ebba Haslund— insistía que si las mujeres estuvieran en el poder todo esto no ocurriría. Desde un rincón, a modo es estribillo, un cubano gritaba «los yanquis bien se acostaban con las puntas de La Habana». El pobre Vázquez Montalbán, que le tocaba hacer de moderador, clausuró la sesión anunciando que acaban de poner una bomba en Barcelona y que habían muerto quince personas. Fue un jarrón de agua que sirvió para despejar la sala; ya en la calle, corrillos de gente, recriminaciones. En un rincón Juan Goytisolo, rodeado de los once moros que se había traído y dando explicaciones de por qué no había permitido al alemán del Este, Walter Janka, que participara en su mesa redonda (¡hubiera sido el único no-árabe!). Uno quisiera creer que después de semejante espectáculo se pudiera publicar un bando proclamando que la intelectualidad ha dejado de existir. Son todos una pandilla de vendidos que lo único que están haciendo es defender sus parcelas de poder y privilegio. Pero sospecho que la mayoría de ellos tomarían trenes y aviones que les llevaron de Valencia para asistir a nuevos congresos de intelectuales. Perdona mi falta de modestia, pero sentí una extraña satisfacción de ser como soy y de no haber querido nunca que me pusieran la etiqueta de intelectual. También me acordé mucho de ti, de ese trabajo en silencio que estás haciendo y que es, a mi manera de ver, el único papel que puede y debe asumir el escritor. (20 de junio de 1987)

Celebraciones del Premio Cervantes 1987 concedido a Carlos Fuentes. Mesa redonda en la Unesco, París.

Ya terminó —casi— la semana de actos fastuosos fuentes-cervantinos que me han dejado hecho unos zorros; horas de pie, con un vaso en la mano y picoteando canapés, bien afuera en el ministerio, en la Biblioteca Nacional, la Universidad de Alcalá, Palacio Real y para terminar en la embajada de México. Fuentes ha llegado a España pisando fuerte; acompañado de un séquito de cuarenta personas; mamasita, nenes, ministro de Asuntos Extranjeros y otros adláteres. La semana se remata esta noche con la salmonada sisipuesca (el salmón, por lo menos visto a través del platico, tiene buena pinta). Dejando de lado el discurso que pronuncio Fuentes, que fue de los mejores que se han oído en estas tierras sobre el tema cultura Hispano-Americano, y que parecía el guión para mi proyecto de la Expo 92, lo demás fue el camelo de siempre. Vuelves a ver a toda esa gente que solo una vez al año, que te profesa cariño y amor eterno hasta el año que viene. (Te he llamado como fue «tú» Cervantes, pero sin suerte.) Yo iba poniendo mi granito de arena para el 92, que ha adquirido nuevo interés ya que parece que el Banco Banesto—Mario Conde— está dispuesto a patrocinarlo. En todos los actos me tocaba hacer de Chevalier Cervant de Teresa Guillén, lo que no resultaba nada difícil ya que no ha perdido su don de gentes, su saludable tendencia a flirtear, y, lo contrario a los Marichal, no va dando codazos para hablar con el rey o la reina. Sissipus dio la nota fácil y vulgar lanzándote —literalmente— a los brazos del rey y teniéndole monopolizado durante casi media hora. Ahora va diciendo que el rey le quiere mucho y que sus proyectos cuentan con la bendición real. Ese chico va a acabar mal; entiéndase, en un sanatorio psiquiátrico. Coincidí con Jaime Gil y salimos de palacio con Teresa, la Seseña e tutti a cenar. Estuvo, en opinión de todos, divertidísimo y brillante, pero me temo que para ti o para mí hubiera sido una repeat performance. Lleva el pelo cortado a cero, afeitado, y tiene unas profundas arrugas en la nuca que le dan aspecto familiar alemán retirado.


VIII

El 22 de junio me entrevisté en Barcelona con el director general del Círculo de Lectores, Hans Meinke, al que le interesó muy seriamente nuestro proyecto. La actividad del Círculo de Lectores, en los últimos años ha despertado admiración y respeto en el mundo de la edición. Han iniciado la publicación de la obra completa de Ramón del Valle Inclán; han salido los dos primeros tomos de la obra completa de Octavio Paz, etcétera. Si bien hasta la fecha el circuito de venta del Círculo se militaba a la fórmula «club», desde hace unos meses han iniciado un estudio que en casos puntuales permita la comercialización en librerías tanto en España como en el extranjero.



NOTAS

[1] Jaime Salinas, Cuando editar era una fiesta, Tusquets, 2020. Versión electrónica.


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