Conversaciones y novedades

El activismo por España. Dos escritos olvidados

Octavio Paz

Año

1937

Tipología

Conversación

Temas

Paz en Mérida: la primavera socialista de 1937

Lustros

1935-1939

 

Catedral de Mérida, Nacho López, 1942

Durante los días en Mérida, Paz militó con energía en favor de la república española. Formó parte, como directivo, del Comité Pro-Democracia Española con sus camaradas de México y sus amigos locales. Participó dando conferencias, hablando en mítines y organizando la visita a Mérida de Marcelino Domingo (que había sido ministro de la República), Gordon Ordás (líder del Partido Socialista español) y el poeta cubano Nicolás Guillén. La visita de estos señores no sucedió a fin de cuentas.

El joven Paz, encendido de fervor revolucionario —en esos días de Mérida está a un ápice de registrarse como militante de las Juventudes Socialistas (es decir, del Partido Comunista)—, proyecta en España el ánimo de cambiarlo todo, de “acabar con todo”, que expresa su poema de esos días, “Entre la piedra y la flor”.

Paz no incluyó estos dos artículos en el volumen de sus Obras completas que recoge sus Primeros escritos (el 13: Miscelánea 1). ¿Los recordaría siquiera? Emparientan en especial con uno que sí guardó, “Americanidad de España” (13:193), que apareció en la revista Futuro en enero de 1939, así como con su poema “Oda a España” (escrito en julio de 1937, cuando ya estaba en Valencia), que recogería en la edición española de Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España (Valencia, 1937) y recoge Miscelánea 1 (13:117).

En la correspondencia con Elena Garro son frecuentes las menciones a la España en guerra. Tres muestras que acompañan adecuadamente los textos recuperados: 

En la carta 37 (marzo 13 de 1937):

Haremos un gran mitin. No hemos perdido el tiempo. Mitin pro-España. Pensamos traer a don Marcelino y a don Gordon. Y si se puede, a Guillén.[1] Todo pagado por el gobierno del Estado y los sindicatos, que aquí son muy revolucionarios. Este estado es el que se ha distinguido más en la obra de ayuda al niño español. Miles de zapatos, de ropa, etc., mucha de ella apresada ahora en el Cantábrico.[2] Dile a Deva[3] que yo le escribiré una larga carta contándoles esto y otras cosas más del viejo Yucatán, tierra sagrada, pagana.

En la carta 51 (6 de abril de 1937):

Dentro de una hora tendré junta con todos los compañeros del Comité Pro España. Obreros, maestros (que ya están amansados y están jalando parejo) y políticos. A estos últimos los aborrezco y mi odio sigue al del gobernador[4] (que es muy inteligente, con más chispa y cultura que muchos y que no toma en serio a nadie, empezando por el gobierno) con el que parece haré buenas migas. Esperamos a [Marcelino] Domingo el sábado y el lunes hablará en un mítin. Eso es lo que hemos hecho, dile a Deva y ve tú cómo no olvido lo doloroso de España. Trabajo incansablemente en eso, en compañía de algunos otros. Ese ese mítin sólo hablarán Domingo, un representante del gobierno local y yo.

En la carta 54 (14 de abril de 1937):

Aquí tenemos un radio tan bueno, tan poderoso, que oímos todo el mundo menos México. Es algo absurdo. Anoche oímos Madrid, en medio del silencio. Allí están nuestras almas, nuestra sangre, nuestra voz. Allí. Y la música tocaba algo trivial que, en ese momento, nos conmovía con sorda llamada, convocando a lo mejor de nosotros, a nuestra sangre, a nuestras lágrimas viriles. Pero enmedio de la tristeza, sabemos que España triunfa, que triunfamos nosotros, jóvenes verdaderos, en todo el mundo.

(G.S.)



Los textos


Uno

“Otra vez España”, apareció en el Diario del Sureste el 9 de abril de 1937. Seguramente iba a ser el discurso de Paz para presentar a Marcelino Domingo en el frustrado mitin en Mérida.


Otra vez España

Detrás de todas nuestras voces, desde las más frías hasta las que se exaltan en el grito o el llanto; detrás de todos nuestros gestos y actitudes; detrás de todos los actos que vivimos y que nos viven, España alienta, silenciosamente, y vive con tensa vida oculta, con insistente golpe de sangre, rabia y esperanza. España, otra vez, de nuevo, siempre. Nos convence en una fraternidad viril de angustia, en una comunidad de ser y cólera. España nos convoca, nos agrupa, hace que el hombre se reconozca en el hombre, devuelve al humanismo su auténtica, antigua y olvidada frescura, anima y tiñe de sentido profundo la dignidad, el honor, todos los viejos conceptos feudales, en lo que ellos tienen de vivientes, de decisivo e influyentes para el hombre nuevo. España, otra vez, de nuevo, siempre, sacando a flote al hombre sepultado en lo estrechamente formal, de deformado por la costumbre, la profesión y el capitalismo. Ella ha reconquistado, y con qué amargo rescate, al hombre verdadero y viviente de toda la falsificación, mutilación y engaño en que lo ha hundido un régimen que ha substituido las formas violentas de la servidumbre por “el duro pago al contado”. He aquí, pues, que España, para usar de las conocidas y magníficas palabras de Elie Faure,[5] vuelve a ser la “realidad y la conciencia del mundo”; detrás de su combate (que es su combate y nuestro combate) arriesga el concepto que el hombre ha obtenido de sí, toda la exquisita, generosa noción que de la libertad y de la autodeterminación personal y social el Occidente ha conquistado. Y arriesga esto, los fundamentos de nuestra cultura, para ganarlos, porque, ya se sabe, “sólo aquel que se pierde se salva”,[6] y se salva y se encuentra transfigurado, henchido y rico de significaciones, ágil y resuelto. Es, pues, no sólo la noción del hombre, la noción que la civilización ha alcanzado de sí, sino también el hombre futuro, su futura libertad y el porvenir de la cultura lo que España arriesga y gana cuando pierde sus hombres. Lo que arriesga, lo que defiende es aquello, justamente, que no sólo a ella le toca y duele, sino que punza y aturde a todo hombre. Lo que arriesga es el hombre: El mismo Nosotros.

Nos defiende España. Defiende nuestros huesos, nuestra libertad, la hermosa posibilidad que tenemos de crecer y extendernos. Defiende nuestra sangre, en su continuidad histórica y viviente, y combate por aquella que nos nutre y nos hace capaces de tener noción de nosotros. Defiende nuestra cultura, nuestro ámbito moral y nuestras convicciones que han asegurado el desarrollo de la especie y que garantizan su liberación.

De este modo es universal España. Muchas veces lo ha sido. La última vez lo fue mediante el imperio y la espada de Carlos, mediante la política de Felipe.[7] A través de la unidad nacional, a través de Cortés y Pizarro, y, claro está, de la cultura y la ciencia, de Lope y Gracián, de todo el inflamado, alegre y profundo espíritu español. En ese tiempo España era una joven nación, que lentamente había madurado en la Edad Media, esculpiéndose en los sucesos de la Reconquista, desangrándose en la lucha que el construía. Pero la universalidad, que es la única catolicidad que conoce España, no es el don de un pueblo ni tampoco su castigo. Nosotros sabemos todas las causas económicas y culturales que la han hecho la conciencia del mundo. No se es universal, ni ayer ni ahora, porque se ame lo general por encima de lo particular, porque quijotería y abandonada generosidad, como creen, noblemente algunos poetas, sino porque lo universal, que, paradójicamente, se sufre en carne viva, es lo particular, lo concreto y lo urgente. Sí, esta lucha universal, es también una lucha nacional. Es España, y el mundo en ella, los que se ven comprometidos por el imperialismo y la guerra exterior; es el hombre, y el español, los que se ven amenazados en este doble aspecto por el fascismo antihumano y antinacional (a pesar de su pretendido nacionalismo al servicio de los imperialistas europeos.) El español y el hombre. España y el mundo. Por eso Marcelino Domino, sagazmente, ha dicho: “por lo que se lucha en España es por la creación, porque se nos deje la posibilidad de continuar la tradición creadora de nuestro pueblo. Luchamos porque se nos deje construir, crear un nuevo español”. Un nuevo español es un nuevo hombre, una nueva experiencia humana. Y esta nueva experiencia, este nuevo hombre, se ve amagado y coaccionado, en España y en toda la tierra, por formas de producción que hacen crisis, por hombres vilmente gastados, por concepciones en enemistadas con lo espontáneo y vital.

Pero las fuerzas de la muerte no sólo son las de la reacción nacional, el clero, los militares y los feudalistas, sino las fuerzas internacionales de la destrucción. Y esto, tan redicho, tan evidente, tan sangrantemente vivo en España, es también exacto para todas las luchas nacionales de la clase obrera. Cada mitin, cada huelga, cada acto revolucionario y antifascista que se celebre en todos los rincones del planeta, en todas las plazas de la tierra, en todas las fábricas y campos, en todas las orillas del globo, adquiere una solemne, terrible significación humana. Es la diaria lucha del hombre, la lucha internacional de todas las masas por su derecho a crear y a vivir. Ahora es España en donde las fuerzas en pugna han desbordado los diques de la democracia burguesa y en donde el capitalismo, impotente para regir la vida económica tras la careta de esa democracia, ha destruido sus propias construcciones y se ha lanzado a las más horrenda e inútil de las aventuras. Ya sabemos que eso ha ocurrido antes en otras partes y que ocurrirá en todas aquellas en donde el hombre amenazado no se agrupe para defenderse y defender su destino. Pero la quiebra de esa democracia, la amenaza del fascismo, su aparente desarrollo universal, la agresividad del capitalismo, nos señalan la cercanía de la lucha final. Se trata de la última y desesperada forma con que la burguesía pretende controlar las relaciones productivas del hombre (todas las relaciones, desde las económicas hasta las más finamente desasidas de la tierra). España es, así, el índice trágico que señala hasta dónde puede llegar la desesperación del fascismo y la burguesía. Pero también es el índice severo y exacto que nos marca hasta dónde llega la voluntad de vencer del proletariado. Eso es, pues, España: la realidad y la conciencia del mundo, y más que eso, la voluntad del mundo, la intensa, rica y valerosa voluntad de creación del hombre que amanece.

MÉRIDA, Yuc., abril de 1937.



Dos

Apareció en el Diario del Sureste el 17 de abril de 1937 con el subtítulo “Fragmento de la conversación que sostuvo OCTAVIO PAZ en la velada de la Confederación de Ligas Gremiales el día 12 de abril”. La “Casa del Pueblo”, vale mencionarlo, fue primero sede del Partido Socialista del Sureste, el de Felipe Carrillo Puerto; aún se considera una buena muestra de la arquitectura que, en la década de los años veintes, incorporó signos y gestos mayas. En los años cincuentas dejó de ser “del pueblo” y se convirtió en la sede del nunca suficientemente inmortal Partido Revolucionario Institucional. Hoy se encuentra en el abandono.


Casa del Pueblo, Mérida, Yucatán

Palabras en la Casa del Pueblo

Nosotros, artistas, escritores, hombres de pensamiento, estamos, con el mismo gesto decidido que todos los hombres honestos de la tierra contra el fachismo. Y esta actitud universal no es puramente negativa, no significa, solamente estar en contra de algo, sino que entraña la afirmación de los principios fundamentales que mueven nuestra civilización. Sabemos que el fachismo, desnudo de toda su retórica, es la dictadura despiadada y cruel de los sectores más reaccionarios de la sociedad. La burguesía, que había controlado todos los medios de producción. Todas las fuerzas creadas de la cultura y la técnica, mediante la democracia burguesa, acude ahora, en la época en que hacen crisis todas la concepciones y formas tradicionales, al fachismo, que es la tiranía frutal del capital monopolista. Y nosotros estamos en contra de esa dictadura porque significa una concepción regresiva del Estado, que se expresa, en la realidad, por la opresión nacional y exterior de los pueblos y en lo ideal postula en estrecho, dogmático y mezquino nacionalismo.

El fachismo es la opresión interior de los pueblos que lo sufren. Todas las conquistas de la cultura occidental, desde las tradicionales e inherentes al hombre hasta las que la propia burguesía alcanzó en la época de su ascenso, son ofendidas y negadas en los regímenes totalitarios. La libertad de pensamiento, de expresión, de creencias, de trabajo, de reunión y agrupación; el derecho al voto y a la elección popular; la libertad y la democracia, en suma, han sido secuestradas por el fascismo. La cárcel, el cuartel, la supresión de la vida personal, la militarización de la juventud, tales son las medidas educadoras del fachismo, y esa es su obra civilizadora, enraizada en las “puras fuentes del humanismo” y la vida feudal. Todo esto, en una palabra, significa la mecanización del hombre, su mutilación, el criminal y sistemático despojo del humano, de lo libre y espontáneo, en el hombre. El fachismo es, por esencia, lo antihumano.

Es la opresión interior. También es la opresión exterior. Es la negación del Derecho Internacional y la más seria amenaza de la paz. Imperialista y guerrero sostiene el derecho de conquista y crea, (estrangulando además la economía nacional agobiada por los presupuestos de rearme) una morbosa conciencia de alarma y escándalo, propicia a los grandes gestos, a la criminales mentiras diplomáticas. Es la opresión exterior: esclaviza a los pueblos, conduce a la guerra, dota a la juventud de una serie de falsas nociones, convierte al globo en un vasto cuartel. Pero el fachismo no sólo se disfraza de nacionalismo (nacionalismo que, postulando la grandeza nacional y el resurgimiento de una época histórica ya liquidada, únicamente beneficia a la casta dominante) sino que predica el racismo, la superioridad de las razas basada en los misterios datos de la sangre, de la piel o del cabello. Acude entonces a las grandes palabras místicas, al destino de los pueblos, al sino de las razas; introduce todos los elementos irracionales, cargados todavía de un estremecimiento, en las relaciones diarias de las naciones. Brotan entonces las actitudes proféticas y la sobrestimación de los caudillos, tocados por la Divinidad. Estas grandes frases tienen una correspondencia bien clara en los hechos. En Alemania, por ejemplo, se aumenta y crea todo el complejo de inferioridad que creó la derrota del 18, exacerbando la rabia nacional y racial; en Italia se habla de vengar las ofensas que el pueblo etíope infirió al imperialismo italiano; en todas partes aparece el fachismo aparenta ignorar el paso de la historia y pretende regresar a la época de las nacionalidades: a la rapiña, a la guerra de conquista, al despojo del mundo. Nosotros sabemos la verdadera significación de todos esto y como se traduce en la tiranía de los pueblos coloniales, en la matanza de las razas extrañas, en el cultivo peligroso de los resentimientos nacionales. El fachismo es la discordia permanente, la perenne amenaza de la paz y de las nociones.

Por otra parte nos habla de la restauración del sentido jerárquico y aristocrático de la sociedad: del gobierno de los mejores. Ya sabemos que los mejores, en este caso, son los grandes fabricantes de armas, los banqueros, cerveceros y salchicheros. Nosotros no estamos, particularmente, en contra de la concepción jerárquica de la Sociedad, sino, precisamente, en contra de la injusta y arbitraria distribución de los productos sociales, desde los económicos hasta los de la cultura y el pensamiento. Estamos en contra de la exclusión de las clases que verdaderamente crean la vida social y hacen posibles todos los bienes de la comunidad al goce y acceso a lo que han creado. El fachismo, contrariamente, suprime todos los matices personales, limita y oprime lo individual en beneficio del Estado, de un Estado que sólo representa los intereses económicos de una clase. El fachismo sí quiere que todos los hombres sean iguales, iguales en lo inhumano, en lo mecánico, en la esclavitud y la miseria. Por eso es el feroz enemigo del hombre individual, del artista y de la inteligencia, son el mismo rabioso resentimiento que anima a su odio a las masas. El fachismo es, en el fondo, el enemigo de la creación. Este es su último sentido. Pretende reducir la vida y el hombre a una impía unilateral función: la servidumbre, la guerra.

Pero el fachismo español es algo más. No es la grandeza imperialista, no es la resurrección del mundo feudal. No es la gigantesca mentira de un germanismo selvático ni de un romanismo vacío o inexistente. Es algo menos que esto, es algo más corrosivo y destructor. Es la venta de la patria, la entrega de España al imperialismo. Es la desintegración de la nacionalidad la invasión del suelo, la traición a la sangre española, a su tradición y a su espíritu. La clase latifundista al ejército, todo aquello que es por esencia y substancia ajeno y extranjero a la España.



NOTAS

[1] Marcelino Domingo, que había sido ministro de educación de la República española, estaba en gira de propaganda en la ciudad de México. Gordon Ordás, que había sido el líder del Partido Socialista, era el embajador en México. Guillén es Nicolás, el cubano.

[2] Los nazis detenían ahí los barcos que salían de México, buscando armas para ayudar a la república.

[3] Devaki Garro, “Deva”, es la hermana fervientemente republicana de “Helena”.

[4] El interino Florencio Palomo Valencia, muy cercano a Lázaro Cárdenas.

[5] El historiador francés Elie Faure presidía desde 1934 el Groupe des amis de l’Espagne. Sus escritos sobre la guerra civil se reúnen en Méditations catastrophiques (1937), el año de su muerte.

[6] Cita a Mateo, “el que quiera salvar su alma, la perderá” (16:25).

[7] Carlos V y su hijo, Felipe II.