En la mirada de Max Aub

Max Aub

Max Aub. Fotografía de Ricardo Salazar, 1962. Fundación Max Aub

 

Max Aub (1903-1972) llegó exiliado a México en 1942. Junto con Octavio Paz, Jaime García Terrés, Carlos Fuentes, José Luis Martínez, Alí Chumacero y Joaquín Díez-Canedo, formó parte del grupo de amigos que se presentaban autoparódicamente como “Los Divinos” y que se reunía los sábados en el Prendes, el Bellinghausen o el Estoril, los restaurantes famosos de la Ciudad de México en los años 50 y 60.

 

En su ensayo de 1967, “Una de cal…” (3:285), Paz escribe que Max Aub “es un ejemplo de español hispanoamericano” y por lo mismo “uno de los escritores verdaderamente europeos de España. Por eso también es un escritor mexicano”.

 

En la vasta obra de Aub están sus  Diarios (1939-1972) y sus Nuevos diarios inéditos [1939-1972], de los que hemos tomado las siguientes entradas:[1]


 

 

25 de abril de 1955

 

Entierro de Moreno Villa.

(Publicado un año más tarde, en el Suplemento de Novedades.)

La larga enfermedad aplaca dolores.

Estábamos todos: [Luis] Cernuda, [Emilio] Prados, [Manuel] Altolaguirre —como si fuese ayer—, ayer hizo treinta años. Es el primero de Litoral que muere. Carlos Gaos, cuarenta años. Y todos los demás. Vamos al café: Luis, Emilio, Manolo, Octavio Paz y el hijo de Araquistáin, que acaba de llegar.

Domenchina habla de volver a Madrid como de ir a Xochimilco.

No hubo discursos.

Manolo cuenta una historia estupenda, de un vecino suyo de la Habana. Lo detienen por cortar las ramas de unos árboles de una vecina. Lo denuncia, va a la cárcel. No regresa. Va Manolo a ver qué sucede. Lo encuentra pagando multas y sanciones de todos los detenidos por causas comunes. —¡Hombre, me alegro! ¡No sabía que tuvieras tan buen corazón! —¡Qué corazón! Los saco con tal de que vayan a apedrear la casa de la vecina, de que le peguen fuego a la casa, de que la apaleen…

 

 

18 de febrero de 1956

 

Octavio Paz, ya cargado de espaldas, como Manolo Altolaguirre; son de esos poetas a los que parece que las alas que les iban a salir se quedaron a medias, atrofiadas, y las llevan a hombros, medio jorobados, arrastrando un poco los pies bajo su peso; para que todos sepan que son poetas. No lo olvidan nunca, les preocupa día y noche esa gracia que les cayó del cielo.

 

 

29 de octubre de 1960

 

Eugenio Montale —mitad oso, mitad loro—, todo para adentro, vergonzoso de su poesía, callado, poco amable para con los franceses que lo invitan. ¿Saint-John Perse? Leí algo… Pluies. Yo leo poco, casi nada.

A [ilegible] le recuerda un cuento de James. Octavio Paz me pregunta si Antonio Machado era un poco así. Sí, más desaseado, pero con otra luz.

 

 

16 de diciembre de 1963

 

Elena Garro me cuenta cómo vio un informe suyo referente a Octavio Paz —debió ser del 48 al 50— en la embajada de París, acusándole de poco cumplido y amistades peligrosas (Bretón, Péret) y cómo no convenía dejar volver a éstas de regreso a México. Informe de Jorge González Durán.

 

 

17 de abril de 1967

 

Una novela: Entrevista. Una interviú —en un café—, 150 páginas, Se emborrachan. Hablan de todo. Dar nombres: fechado. Su conversación como racimo de cerezas, a lo que salga, sin estructura, blanda, pero sin que falte nada: meterse con todos, no dejar títere con cabeza; una vista general, entrevista, un panorama. Decir horrores de Caros Fuentes, de Vargas Llosa, de Cabrera Infante (esa nueva emigración parisina y londinense). De Octavio Paz, de Jaime García Terrés —por embajadores—. De mí, de Benítez, de Piazza, de los periodistas, de los editores, de Abel Quezada, de Carlos Solórzano, de Alfonso Reyes, del Fondo, de Educación Pública. Hablar bien de Arreola, de Orfila, de Rulfo, de Magdaleno, de Azuela, de Revueltas, de los González Cassanova, de León Felipe, del PRI, del Presidente. Hablar de la Revista, de la Revista por antonomasia. Entrevista, entrevista…

 

 

1 de agosto de 1967

 

Octavio Paz, rejuvenecido. ¿Tendrá uno siempre la edad de su mujer?

 

 

6 de abril de 1968

 

Jaime García Terrés, recién desembarcado de Grecia, totalmente destanteado. Si vuelve Octavio Paz —de la India— y quiere hacer la revista proyectada, «tendrá que abandonar Relaciones». (Lo que equivale a decirnos: No cuenten conmigo). —Me lo dijo [Antonio] Carrillo [Flores] muy claro: que colabore donde quiera. Es otra cosa.

Sí, claro, es otra cosa. y el ministro admira, de verdad, a Octavio. Y Jaime: —Soy amigo de todos. Después de mi destierro de tres años…

(Con que fue, efectivamente, destierro). Otro al foso. Lástima.

 

 

8 de mayo de 1969

 

“¡Hechos, hechos!”, gritaba ya no me acuerdo quién. Sólo me queda jugar al ajedrez como ese Marcel Duchamp, bastante representativo de mi siglo, sin necesidad de ensayos de Octavio Paz que, parece mentira, descubre mediterráneos.

 

 

28 de diciembre de 1969

 

Cuando el “buen burgués” —en el sentido del “buen salvaje”— dice que los artistas “modernos” le toman el pelo, no está tan lejos de la verdad como suponen los “artistas” que se tienen por tales. Si el artista del siglo XX le toma el pelo al “buen burgués”, lo hace conscientemente, aunque sea inconscientemente., porque el arte de nuestro tiempo —en parte— consiste en ello. El burgués, y no digamos el proletario, no pueden entender la mayor parte del arte de Kandinsky, Kleee, Duchamp, Picasso, Gris, Miró. No que no quiera. No puede, y no puede porque Pollock, Staël, Braque no quieren que los entienda, porque entonces dejaría de ser su arte, su manera de ver, entender, comprender y explicar el mundo. La publicidad y los medios de reproducción han frenado la protesta de las mayorías (menos en los países socialistas). La irracionalidad frente a la física o las matemáticas ha sido la gran lucha indecisa del siglo XX y ambas explicaciones del mundo se han salido con la suya. Les corresponde, además, exactamente el ámbito que deseaban. Cada quien vigilante en su puesto, como un árabe o un judío; un capitalista y un comunista andan, no un cubista y un académico sino, verbigracia, Braque y Duchamp. (El último Braque: el de las playas negras); o Mondrian y Picasso, tan lejanos los unos como los otros del «realismo socialista». No son los únicos, sobretodo en literatura: la gran línea de en medio: Mann, Martin du Gard, Malraux, Hemingway, Faulkner, Carpentier, Borges, Pasternak, con los que se puede escribir la historia de nuestro tiempo: los míos. No que Picasso o Char o Paz no sean representativos del siglo XX, pero sólo de “punto de vista”. La filología puede ser una retórica, como la pintura informal la expresión de una manera transitoria (¿cuál no lo es? me dirán. Los hay que no lo son) de y del ser.

 

 

22 de noviembre de 1970

 

En casa de José Luis Martínez, comentarios vivos acerca de las declaraciones del presidente Díaz Ordaz referentes a Octavio Paz. Carlos Fuentes vino, habló de una carta de Fernando Benítez (que se tendrá que tragar). Han hecho tan bien las cosas —referente a los presos políticos— que han dividido más, si podían estarlo, a la oposición. Hasta Revueltas y Cía. están de acuerdo con la amnistía. Referente a Octavio Paz no hay novedad: Díaz Ordaz se la tenía guardada y sin revelar nada lo deja mal ante su sucesor. No pasará nada. Pero tienen mucho cuidado —José Luis Martínez, Carlos Fuentes, etcétera— de pedirme mi opinión: no soy mexicano.

 

 

18 de abril de 1971

 

Vienen a cenar Octavio Paz y su mujer. Hablamos horas. Pongo en orden nuestras ideas y llego a la conclusión de que el mundo va degradándose (desde su formación), cada vez más frío, cada vez menos inteligente, cada vez sabiendo más de sí mismo, de su funcionamiento pero ¿dónde un Platón, un Séneca, un Shakespeare? Vamos a desaparecer, enfriándonos. Creo que en el universo siguen desapareciendo nuevos soles, nuevas tierras. Pero la Tierra acabará como la Luna.

Tal vez la violencia de las relaciones humanas (cada día mayor) sea el resultado de un convencimiento racional de algo semejante.

 

 

19 de abril de 1971

 

Toda la tarde hablando con Juan Rejano (no vino Alicia). Me pide un prólogo para una antología suya.

Me telefonea Octavio para pedirme un largo artículo acerca de él para L’Herne. Francamente, no tienen vergüenza. ¡Ay, de las casamenteras! ¿Ya no hay celestinas?

 

 

5 de junio de 1971

 

Excélsior. Carmona Nenclares, un comecuras de raza calé, dice maravillas del Papa. Ayer, LifeTime, ponían por las nubes a Goytisolo, Vargas Llosa, Fuentes, Paz, por haber echado pestes contra Castro. Todo lo uno y lo mismo: habla mal del adversario, de quien sea; si es el tuyo cuenta con su apoyo. O se puede ser enemigo nuevo de alguien sin que se te acerquen los que más despreciabas ayer. No hay como cambiar de camisa para medrar donde no querías. Lo mejor es callar. Y no se puede, claro. Sí, se puede. O, si no hay más remedio, mentir para callar.

 

 

16 de junio de 1971

 

Encabezados, como es debido, por Octavio Paz, los intelectuales mexicanos se alinean como un solo hombre tras el presidente de la República porque desafora a Martínez Domínguez, chivo expiatorio de la matanza del día del Corpus (jueves 10).

¿Y estos son los grandes conocedores del país? ¿Desde cuándo se procede de esta manera —la del día 10— sin conocimiento y aprobación del presidente? Que lo realizaron mal, como en 1968, el 2 de octubre, en Tlatelolco, de acuerdo; [ilegible (…)]. ¿Aplaude Carlos Fuentes, García Ponce? Malo… no le hace ningún favor a Echeverría. Ha dado éste muestras de evidente habilidad, y los “inteligentes” de imbecilidad suma.

 

 

4 de enero de 1972

 

Comida —en casa— con Pepe Alvarado y su mujer. Se prolonga hasta las dos y media de la mañana. Pepe habla de su juventud y de la de Octavio Paz —que es para lo que le quería—, describe —hablando— uno de sus más afectuosos, cálidos, sensibles artículos. Menos literarios que los de Azorín, pero cercanos (más cercanos porque habla siempre de sus recuerdos). Bebe mucho. Su razón tiene.

Paco Giner [de los Ríos], sentimental: se le muere su madre. Habla, como siempre, de su “obra” menospreciada. En cambio, Pepe [Alvarado] no da un comino por la suya. No importa, no nos enteraremos de si estaba o no en lo cierto.

 

 

12 de febrero de 1972

 

Siempre hubo esto. Lo bueno es que no sirve más que para la historia, y los demás. Cuando  —yo— te pones a hacer algo, siempre partes de cero.

Igual que en cualquier deporte. A veces, el público apuesta. Otras, no; ni se entera. La diferencia entre arte y deporte es que en el primero sólo gana el artista. En el deporte suele haber un vencedor, en arte rara vez. No es contradictorio desde el ángulo del público. El arte no lo necesita. Tal vez, hoy, sí. Octavio Paz dando la vuelta al ruedo; Gabo mandando por una nariz a Mario Vargas Llosa.

 

 

5 de mayo de 1972

 

¡Qué día! Ver periódicos. ¡Como hablan unos de otros! No ya de sus enemigos si no de sus amigos. Tal vez porque piensan que lo voy a repetir. Basta lo que dice, verbigracia Caballero Bonald de Blas de Otero. O Carlos B[arral] preguntándome, alegrándosele las pupilas:

—¿Te gustó como defendí a Girri? La farsa —la farce, en francés, en todos sus sentidos— le salió perfecta. Él votó constantemente a Cardenal, para que no fuesen a decir. Pero recurrió al truco de la carta de Octavio para ganar cuando el interés por Lezama podía naufragar. Lo malo es que jamás se podrá hablar en serio —con él— de lo que quería. Tiene todos los alibis [coartadas] posibles e imaginables.

C[amilo] J[osé] C[ela], feliz de la mala organización del “premio”. Se le ocurre hacer más “conversaciones literarias” en Formentor, empezando con Ramón.

Amable, ameno, mala leche y amigo de hacer favores. [Cela] Extraña saber que el inglés fue su lengua materna y que no aprendió español hasta más tarde y que pudo escoger su nacionalidad hasta los veintiún años. Escritor hasta las uñas, organizado, creyéndose la divina garza, envidioso de los grandes, no duda de sí. No le creo muy leído (por su biblioteca, verbigracia), pero si magníficamente organizado, con mujer propicia para ese género de deporte. Buen oído para lo popular, contador de silabas y palabras y un buen brain trust (barato). Excelente trabajador diario —digamos diez horas—, buen organizador y hombre de negocios de primera (a la inglesa, injerto en gallego).

Cuida y calcula sus negocios —bien planeado—, sale de ellos con las manos limpias y los bolsillos llenos. Liberal a la española y a la inglesa.

Alto, barrigón de veras, la cara cuadrada, las patillas canas, vestido ampliamente, dedica todas las horas posibles a su negocio que es la gloria, a la que ordeña a sus horas fijas, muy bien secundado por Rosario, su mujer. Sueña todas las noches con el premio Nobel. No hay nada escrito acerca de que no lo consiga.

Tiene gustos de chamarilero —como yo—, pero menda no dice: —Todo lo que hay aquí es auténtico. Ni se lo cree. Él, sí. Y es posible que lo sea. ¿Qué le importa si sus libros son —dejando aparte los fundamentales— del aluvión?

 

 

4 de julio de 1972

 

Octavio Paz: su adolescencia y juventud —nacido en 1914— a la fuerza se llaman Calles y Cárdenas, pasando por una serie de segundones de todas calañas. Su idea del mexicano tiene que estar —quiera o no — basada en ellos y en el general Serrano, con cuya muerte debió de entrar en la guerra civil, es decir, en la vida. Vive en México entre antirrevolucionarios (lo fueron, en general, los Contemporáneos, por reacción natural de clase y época) y admiradores de la revolución bolchevique. Y, no digamos, de la nacional. México conoce entonces una larga sacudida nacionalista que llegará al poder encarnada en gentes de la más diversa especie y nacionalidades.

José María García Lorca, tan triste de no ser nada, feliz con el libro de X. acerca del teatro español donde, con razón, le cita. Su trabajo sobre Max Aub está bien enfocado si lo titula: “El amor, la muerte y la justicia en la obra de…” Ahora falta que lo escriba bien. Lo visto hasta ahora no lo está.

También García Lorca dice que no escribió lo del Times… Ni él, ni Jean Franco, ni Martínez Nadal… Bueno.

 

NOTAS

[1] Aub, Max, Diarios (1939-1972), Barcelona, Alba Editorial, 1998, pp. 264-265; 274-275; 481-482 y 518-519; y Aub, Max, Nuevos Diarios Inéditos [1939-1972], Sevilla, Biblioteca del Exilio, 2003, pp. 223, 261, 356, 365, 381, 437, 449-450, 478, 485, 487, 522, 523.

Autores

  • Aub, Max

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