En la mirada de Stephen Spender

Stephen Spender

Stephen Spender hablando en el Congreso Internacional de Intelectuales y Artistas, 1987. Fotografía de Andrés Castillo.

 

Stephen Spender (1909-1995) poeta, novelista y ensayista inglés, fue uno de los llamados Poetas de Oxford, relevante a partir de la década de 1930. En 1937 acudió al II Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura en Valencia, España, donde inició su amistad con Paz. En junio de 1987, Spender y Paz coincidieron nuevamente en Valencia para conmemorar el cincuentenario del Congreso: ahí, Spender pronunció un breve discurso, “La vía moral”  y Octavio Paz el discurso inaugural, “El lugar de la prueba” (9:438), que inicia así:

Hace cincuenta años, el 4 de julio de 1937, en esta ciudad de Valencia —para la que parece haber sido escrita la línea de Apollinaire: bello fruto de la luz— inició sus trabajos el segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. La guerra civil que desgarraba a los campos y las ciudades de España se había convertido en guerra mundial de las conciencias. En el congreso que hoy recordarnos participaron escritores venidos de los cuatro puntos cardinales. Muchos eran notables y algunos verdaderamente grandes; dos fueron mis maestros en el arte de la poesía, otros fueron mis amigos y todos, en esos días encendidos, mis camaradas. Compartí con ellos esperanzas y convicciones, engaños y quimeras. Estábamos unidos por el sentimiento de la justicia ultrajada y la adhesión a los oprimidos. Fraternidad de la indignación pero también fraternidad de los enamorados de la violencia. La mayoría ha muerto.

 

En esta foto, tomada durante la conmemoración, aparece el gran poeta inglés escuchando una intervención de su amigo:

Fotografía de Andrés Castillo.

 

En su autobiografía World Within World (Un mundo dentro del mundo, en la traducción que publicó en El Aleph Editores, 2002), Spender recuerda su primer encuentro con Paz y Elena Garro en 1937. Reproducimos un fragmento (pp.285-287).


 

Mi siguiente visita a España fue en el verano de 1937, como delegado al Congreso de Escritores que se celebró en Madrid, por entonces bajo fuego de artillería. […]

 

El Congreso servía para demostrar que había intelectuales de muchos países capaces de ir a un Madrid bombardeado para testimoniar su oposición al fascismo. Además, permitió que los escritores extranjeros entraran en contacto con los poetas y escritores españoles, tan diferentes, fantasiosos, paradójicos y sutiles como apasionadamente simples: hombres como el grandioso y retórico Rafael Alberti, una especie de comunista barroco; y el paradójico y sensible José Bergamín, seguidor de Unamuno y duelo de una mente al mismo tiempo extravagante y definida, algo semejante a la de E.M. Forster; o el poeta Machado, absorto en su mundo de valores poéticos puros, que recordaba a Walter de la Mare; o quizás, el más asombroso de todos, el joven poeta soldado de Madrid, Miguel Hernández, labriego y pastor oriundo de la aldea de Orihuela. […]

 

El Congreso, con todas sus virtudes, tenía algo de Partido de los Niños Malcriados, lo que hizo que muchos delegados mostraran lo peor de sí mismos.

 

Había algo grotesco en este circo de intelectuales que recibían el tratamiento propio de príncipes y de ministros, que eran transportados a lo largo de cientos de kilómetros de bellos paisajes y de ciudades arrasadas por la guerra, arropados por voces de aliento en medio del desconsuelo, paseado en Rolls-Royce, cebados en banquetes, festejados con bailes, agasajados con canciones, fotografiados y retratados hasta el cansancio. A veces nos enfrentábamos con algún incidente que parecía un reproche, una burla que surgía con un filo agudo desde la realidad que tan cuidadosamente habían disfrazado para nosotros. Algo así ocurrió en una pequeña ciudad llamada Minglanilla, situada en la única carretera que conectaba Valencia con Madrid, sitiado en sus tres cuartas partes. Nos encontrábamos en uno de los banquetes habituales, comiendo “arroz a la valenciana”, seguido de dulces y regado con vino excelente. La comida (como ocurría casi siempre) se demoraba. Mientras esperábamos, salimos al balcón de la casa consistorial; los niños de Minglanilla bailaban y cantaban para nosotros, bajo la brillante luz del sol, abajo, en la plaza. De pronto, la señora de Paz, la guapa esposa de un joven igualmente guapo, el poeta Octavio Paz, estalló en sollozos histéricos.[1] En ese momento comprendí muchas cosas. Hubo otro instante similar para mí, después de la comida. Todos habíamos salido del comedor para ir a la plaza, donde una labriega me cogió del brazo.

 

– Señor – dijo implorante – ¿puede usted detener a los “pájaros negros” que disparan contra nuestros maridos mientras trabajan en el campo?

 

Con la expresión “pájaros negros” se refería a los aeroplanos fascistas de algún modo los habitantes de Minglanilla pensaban que el Congreso de intelectuales constituía una visita que iba a salvarlos. La misma labriega nos invitó al poeta chileno Pablo Neruda y a mí a su casa, donde nos mostró fotografías de sus dos hijos, ambos en el frente. después sacó de un armario unos chorizos y nos los dio, insistiendo en que los necesitaríamos para el viaje. Acabamos por aceptarlos para no ofenderla, pues estaba convencida de que pasaríamos hambre.

 

 

NOTAS

[1] En Memorias de España 1937 (Siglo XXI, 1992, p. 31) Elena Garro ofreció su propia versión de estos hechos: “En Minglanilla, en donde hubo otro banquetazo en la Alcaldía, nos rodearon las mujeres del pueblo para pedirnos que les diéramos algo de lo que iba a sobrar […]. Me quedé muy impresionada. Allí, a pesar de la prohibición de los compatriotas de hacernos notables, Stephen Spender y otros escritores nos invitaron a salir al balcón de la Alcaldía. Desde allí vi a las mujeres enlutadas y a los niños que pedían pan y me puse a llorar. Me sentí cansada y con ganas de estar en mi casa. Cuando apareció el libro de Stephen Spender, nos dedicó una línea que Paz leyó triunfante: “El guapo poeta Octavio Paz y su joven y bella mujer que en Minglanilla se puso histérica…”. Nunca le perdoné la frase. Spender olvidó que, durante el banquete, Nordahl Greig pidió que se regalaran al pueblo las viandas espléndidas que estaban en la mesa. Sin ningun éxito. Tenía razón Pepe Bergamín cuando juntaba las manos, miraba al suelo y decía: ‘Hay que comportarse bien por los ingleses’… Años más tarde, cuando en París Aldous Huxley me encontró encantadora, no dije una palabra. Había aprendido la lección”.

Autores

  • Spender, Stephen

Tipología

  • Congreso de Valencia

Lustros

  • 1935-1939
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