En la mirada de Rufino Tamayo

Rufino Tamayo

Rufino Tamayo y Paz en la Embajada de México en India, 1963.

Retrato de Rufino Tamayo, 1981. Museo Tamayo.

 

Paz consignó en una carta a Raquel Tibol que en su obra existen numerosas alusiones a la pintura de Tamayo, particularmente tres ensayos y un poema en prosa. En esa misma carta, redactada con motivo de su participación en el catálogo para la magna exposición del Palacio de Bellas Artes y el Museo de Arte Contemporáneo Rufino Tamayo realizada en 1987, Paz resumió sus ideas sobre el pintor oaxaqueño: “La obra de Rufino Tamayo nace y se despliega frente a los muralistas y su estética. El pintor oaxaqueño no sólo se negó a seguir a Rivera, Orozco y Siqueiros sino que criticó vivamente sus ideas y su pintura. Denunció lo que a él le parecía una confusión entre pintura e ideología política, se negó a pintar en los murales versiones oficiales de la historia de México, como Rivera y Siqueiros (o heterodoxas como Orozco) y se opuso a ver en la pintura un vehículo de ideas revolucionarias, fuesen las del realismo socialista o las de alguna de sus variaciones y sucedáneos. Pero la pintura de Tamayo no fue solamente negación y ruptura; también nos reveló en muchas telas admirables, una visión de la realidad en la que el rigor plástico se alía a un poderoso sentimiento, alternativamente solar y nocturno de la existencia. Su obra es muy moderna y muy antigua, popular y cosmopolita En sus mejores momentos es un pacto de las fuerzas contradictorias que nos habitan.” (Citada en Raquel Tibol, “La discusión no ha terminado. El polémico Tamayo según Paz”, Proceso, 16 de enero de 1988.) El siguiente texto es una versión editada de “La obra que Tamayo donó al pueblo de México, en riesgo de quedar en manos de Azcárraga”, entrevista de Armando Ponce, Proceso, 19 de mayo de 1984).


 

[Fue] durante una de las reuniones que organizaba don Ramón Denegri, quien naturalmente era muy enamorado de los republicanos. Entonces llegó Octavio a contarnos sus experiencias en el frente (nos pedía que les mandáramos cigarros a los milicianos, porque eso era muy importante para ellos). Eso fue hace ya 50 años, por lo que lo conocí de 20 años.

 

Tiempo después, estando en París, nos reuníamos casi a diario en casa de cualquiera de nosotros (entre los mexicanos de allá estaba Jorge González Durán, que era el secretario de la embajada). Fue un tiempo muy bonito. En una ocasión, tuvimos un desencuentro con un señor Leonardo Pasquel, que era muy amigo de don Miguel Alemán. Un 15 de septiembre queríamos festejar y pensamos que lo lógico era hacerlo en la embajada. Ese señor Pasquel, con el poder que tenía, se posesionó de la embajada para vivir en ella y nos negó la fiesta. Nos tuvimos que ir a festejar el 15 de septiembre a un restorán de chinos.

 

En esa etapa francesa Octavio era parte del grupo de los surrealistas, yo no. Recuerdo que a mi regreso me invitaron a una mesa redonda en el Museo de Arte Moderno con surrealistas y hubo una polémica con Raquel Tibol y otras gentes y me hicieron preguntas que no me correspondía responder. “A mí no me hagan esas preguntas —les decía— porque yo no soy surrealista”.

 

Es la mente más lúcida que hay en México. Así de fácil. Es un gran poeta, un gran ensayista, incursiona en muchas actividades intelectuales, en la historia. No se conforma: es un humanista formidable, es un apasionado de la crítica de arte. A mí hace muchos, muchísimos años, me hizo un poema. También ha escrito trabajos sobre mi obra, y prólogos. [1]

 

En una ocasión, Octavio me dijo que nuestras vidas eran paralelas, que nuestra obra caminaba muy cercana, porque nuestro concepto era muy parecido. Yo he luchado mucho porque mi obra fuera internacional, pero sin perder el sello nuestro. Y claro, me dio mucho gusto que un personaje de la altura de él me dijera que íbamos caminando juntos.

 

Naturalmente, siendo Octavio un poeta, hace versos muy halagüeños para mí. Siempre ha respetado mi trabajo, quizá no al grado de la admiración que yo le tengo a él. Nunca hemos tenido ningún problema, y ya son 50 años de amistad.

 

Alguna vez le dije que las apariciones televisivas le estaban haciendo daño pues, de alguna manera, él tiene que adaptarse al punto de vista que ahí se plantea. Es decir, coarta su libertad de pensamiento. Y eso sinceramente no me gusta. Cuando platicamos sobre el tema me dijo: “Pero si a mí no me pasa nada”. Sin embargo, estar al servicio de una organización tan fuerte como esa, no creo que haya manera de mantenerse al margen de la influencia que ejerce. Obliga a medir lo que se dice, incluso en la política. Eso es algo que lamentamos sinceramente sus amigos. Pero, en fin, él sabe lo que hace.

 

Me gusta la obra de Paz en todas sus manifestaciones. Hemos tenido una amistad muy larga en la que no ha habido escollos. Hasta ahora no he conocido de parte de él ni de parte mía algo que establezca una diferencia entre los dos.

 

Disfruto también sus programas televisivos que son específicamente sobre literatura. Yo creo que es una cosa extraordinaria lo que está pasando en ellos, en los que no hay posibilidad de encausar la plática en otros sentidos que no sean exclusivamente literarios.

 

NOTAS

[1] Se refiere a “Tres ensayos sobre Rufino Tamayo: 1. Tamayo en la pintura mexicana; 2. De la crítica a la ofrenda; 3. Trasfiguraciones” (OC, t. 7, Los privilegios de la vista II. FCE-Círculo de Lectores, México, 1993, 257-289 pp.) y al poema en prosa “Ser natural” (OC, t. 7, Los privilegios de la vista II. FCE-Círculo de Lectores, México, 1993, pp. 407-408).

Autores

  • Tamayo, Rufino
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