En la mirada de Roberto Bolaño

Maarten van Delden

Roberto Bolaño. Revista Caras

 

El recurso del autor real como personaje literario es frecuente en la literatura occidental.[1] Posiblemente ningún otro autor haya sido el objeto de tan numerosas representaciones literarias como Shakespeare, quien figura como personaje en una cantidad asombrosa de obras literarias, incluyendo, por supuesto, algunos textos notables de Jorge Luis Borges, como “Everything and Nothing” y “La memoria de Shakespeare.”[2] Del mismo Borges se han hecho múltiples retratos ficticios,[3] igual que de otros escritores hispanoamericanos como Sor Juana Inés de la Cruz,[4] José Martí,[5] y Carlos Fuentes,[6] para mencionar sólo a algunos. Octavio Paz, asimismo, ha disfrutado del interés de sus colegas escritores, principalmente en México, pero también fuera de México. En algunas de estas obras Paz aparece con su nombre real, mientras que en otras la identidad del poeta se esconde detrás de un nombre ficticio. No hay ninguna obra narrativa en la que Paz aparece como protagonista, aunque tiene un papel importante en muchas de ellas. En algunos textos, su rol es muy reducido, o el autor se limita a algunas pocas referencias al poeta mexicano. La frecuencia de sus apariciones en novelas o cuentos de autores mexicanos nos da una idea de la imponente presencia de Paz en el imaginario literario mexicano.

 

Los escritores se han sentido atraídos al recurso del autor real como personaje literario por una variedad de motivos. El recurso les permite dialogar con sus precursores, explorar temas literarios y artísticos, o investigar el problema de la representación. Sin embargo, los autores que han incluido retratos de Paz en sus obras tienden a no centrarse en los temas de herencia literaria, vocación artística o la representación de la realidad. Se han interesado mucho más en la cuestión del prestigio literario y el poder cultural. Los retratos ficticios de Paz frecuentemente llaman la atención a su papel de protagonista—a veces atento y generoso, más comúnmente imponente y dominante—de la vida cultural mexicana. Aunque algunos escritores se interesan en las ideas literarias o políticas del poeta mexicano, la tendencia dominante es de enfocarse en el poder que Paz ejerció en el mundo literario. No faltan novelas centradas en la vida privada del autor; sin embargo, es mucho más frecuente la atención a su papel de intelectual público. La inclinación general de las representaciones literarias de Paz hacia el tema del poder cultural nos comunica algo, no cabe duda, sobre el Premio Nobel mexicano. Por otro lado, la preocupación tan enfática por este aspecto en particular de la vida cultural también nos dice algo importante sobre el mundo literario en el que el poeta mexicano se desenvolvió.

 

Entre los numerosos retratos literarios de Paz que se centran en su papel de protagonista del mundo literario mexicano, uno de los más notables es el de Roberto Bolaño en su novela Los detectives salvajes (1998). La novela cuenta la historia de un grupo de jóvenes poetas que quieren derrumbar el establecimiento literario del México de los años 1970. Se autonombran los “visceral realistas” y se esfuerzan por hacer revivir el espíritu de las vanguardias de los años 1920. Aunque Paz haya sido él mismo un poeta vanguardista en sus años jóvenes, los visceral realistas lo ven como un representante de la institucionalización de la literatura y lo consideran el enemigo al que hay que combatir. El antagonismo que sienten hacia Paz los jóvenes poetas de la novela de Bolaño es tan fuerte que incluso llegan a armar un plan para secuestrar al eminente poeta. El autor chileno ofrece en Los detectives salvajes un retrato memorable de Paz como una especie de dictador que controla (o trata de controlar) un sistema literario osificado. No obstante, el retrato es más complejo y ambiguo de lo que por lo general se ha reconocido. Aunque es cierto que Bolaño se ríe del estatus que tiene Paz en el mundo literario mexicano, y se burla de algunas de sus ideas sobre la poesía, también expresa un indiscutible afecto por el poeta. Es un error definir la crítica que Bolaño le hace al Premio Nobel mexicano como “virulenta.”[7] La imagen que ofrece Bolaño de Paz es matizada y compleja, no polémica. Esto se observa de una forma especialmente nítida en el famoso capítulo —narrado por la secretaria de Paz— en el que se describe el enigmático encuentro entre el poeta y Ulises Lima, un miembro del grupo de los visceral realistas.

Los detectives salvajes.

Para entender el punto de vista desde el cual Bolaño retrata a Paz es necesario analizar los recursos narrativos que el autor chileno utiliza en esta parte de su novela. Lo primero que llama la atención es la decisión del autor de narrar el episodio desde la perspectiva de Clara Cabeza, la secretaria del famoso poeta. ¿Cuál es el efecto de presentar a Paz a través de la mirada de un personaje más bien marginal, de una persona, además, que no pertenece al mundo de la literatura? Clara narra el episodio centrado en el poeta —que se extiende por sólo diez páginas— en un tono en el que se mezclan la admiración, cierta perplejidad, y algo de desdén. La fama de su empleador deja maravillada a Clara, como vemos por el modo reverente en que se refiere a su correspondencia: “le escribían de los cuatro puntos cardinales y gente de toda clase, desde otros Premio Nobel como él hasta jóvenes poetas ingleses o italianos o franceses.”[8] No obstante el deslumbramiento que siente ante el prestigio literario de su jefe, Clara también llama la atención, quizás sin quererlo, a cierta presuntuosidad en la manera de ser del poeta. ¿Qué pensar, por ejemplo, de la costumbre de Paz de guardar las cartas que de vez en cuando le envían desde China en un archivo etiquetado como “marginalia excentricorum”?[9] Clara Cabeza es una secretaria cuidadosa y servicial, pero esto no impide que exprese cierta perplejidad ante el comportamiento del poeta. No logra entender, por ejemplo, por qué su jefe insiste en guardar cartas que ni siquiera han merecido una respuesta de su parte. “Había que clasificarlas y guardarlas,” explica Clara, “vaya a saber por qué, yo de buen gusto las hubiera arrojado a la basura.”[10] Además de expresar cierto rechazo hacia la costumbre del poeta de guardar absolutamente todas las cartas que recibe, Clara adopta una actitud más bien distanciada en cuanto a las ideas literarias de su patrón. Refiriéndose a “la otredad,” un concepto clave de la teoría poética de Paz, la secretaria menciona en un tono despreocupado que es un tema sobre el que ha reflexionado mucho, pero que desafortunadamente no ha logrado “averiguar de qué se trata.”[11] Es posible que la incomprensión de Clara tenga que ver con su poca educación; por otro lado, parece probable que Bolaño haya querido llamar la atención a cierta borrosidad en el pensamiento del poeta. El hecho que el autor de Los detectives salvajes ponga el desaire en boca de un personaje que parece sentir afecto por Paz, y no parece tener ningún resentimiento hacia él, hace que la crítica sea tanto más efectiva. A la misma vez, la crítica de Clara a su jefe no disminuye para nada el cariño que le tiene.

 

En la presentación de Clara, Paz aparece como una persona agradable y a la vez algo vulnerable. El lector sospecha que Clara quiere hacer un buen trabajo como secretaria no solamente por orgullo, sino también por el afecto que siente por su empleador. Ella se asegura de que el poeta tome a tiempo su medicina, y demuestra consistentemente ser una empleada de una lealtad indiscutible. Cuando Paz le pregunta si ella confía en él, Clara dice que “más que en nadie.”[12] Muy significativa es la forma atenta y cariñosa en que narra los encuentros de su jefe con Ulises Lima en el Parque Hundido. La primera vez que Clara lleva al poeta al parque, ella registra su “aire ausente” cuando se sube al auto con ella, y cuando regresan a casa unas cuantas horas más tarde menciona que después de su paseo por el parque y su enigmático encuentro con Lima, Paz parece estar más contento y alegre, “más vivaracho,” en palabras de Clara.[13] Al día siguiente, cuando se repite el encuentro silencioso entre los dos poetas —uno famoso, el otro desconocido— la secretaria observa de nuevo el efecto del encuentro en su jefe: “Le brillaban los ojos, esos ojos tan bonitos que tiene.”[14] Cuando Paz menciona que Lima forma parte de un grupo de poetas que había urdido un plan para secuestrarlo, sin un claro motivo, posiblemente por cuestiones de política, o alternativamente como una broma, o quizás por resentimiento hacia el éxito y la fama del poeta, Clara reacciona con la empatía que parece ser unos de los principales rasgos de su personalidad. “La gente acumula mucho rencor gratuito,” comenta Clara, en un tono triste.[15] El lector se preguntará si Clara se preocupa por Paz, hace lo que le pide, y simpatiza con él, meramente porque recibe un salario del poeta, y depende de él para ganarse la vida. No cabe duda que hay que tomar en cuenta la jerarquía que existe en la relación entre estos personajes. Al mismo tiempo, es imposible no reconocer que el cariño que Clara siente por el poeta es genuino.

 

Uno de los rasgos más notables de la narración de Clara es que parece no entender del todo la historia que ella misma cuenta. La descripción de los encuentros entre Paz y Lima está llena de omisiones. Claro no logra explicar por qué su jefe quiere que lo lleve al Parque Hundido. Tampoco sabe explicar el extraño comportamiento de los dos poetas que durante varios días consecutivos se cruzan en el parque durante sus respectivas caminatas, pero sin intercambiar ninguna palabra. Otra cosa que es un misterio para Clara es el pedido de Paz que le prepare una lista de poetas nacidos después de 1950. Los encuentros entre el poeta y “el desconocido” en el Parque Hundido la llenan de alarma. Por suerte, todo sale bien, y Paz y Lima terminan enfrascándose en una larga conversación, “distendida, serena, tolerante,” en palabras de Clara.[16] Sin embargo, Clara sigue hasta el final de la historia sin entender el significado de lo que ha venido observando. Está a punto de pedirle al poeta que le dé más información sobre lo que llama “nuestra pequeña aventura,”[17] pero al final no lo hace. “Las cosas,” comenta la secretaria, “habían ocurrido tal como habían ocurrido y si yo, que era el único testigo, no sabía lo que había pasado, lo mejor era que siguiera en la ignorancia.”[18] Un día, mientras el poeta está de viaje dictando una serie de conferencias en universidades de Estados Unidos, Clara regresa al Parque Hundido. No encuentra nada, ni le pasa nada, pero cuando abandona el parque se siente contenta. Las últimas palabras de la narración de Clara llaman una vez más la atención al estado de ignorancia en la que tan frecuentemente se encuentra: “me sentía feliz, aunque no pregunten por qué pues no sabría decírselo.”[19]

 

¿Cómo influye esta estrategia narrativa —en la cual la narradora de la historia no logra llegar a ninguna conclusión sobre los eventos que describe, y crea un aura de ambigüedad en torno a los acontecimientos más sencillos— en nuestra comprensión de la imagen que Bolaño quiere presentar de Paz? Lo primero que hay que subrayar es que lo inconcluso de la historia que cuenta Clara se compagina con la forma abierta, fragmentaria, incluso azarosa de la narración de la novela de Bolaño en su totalidad. El efecto del estilo literario de Bolaño en Los detectives salvajes es de huir de cualquier acercamiento definitivo o dogmático a la realidad. En la novela de Bolaño, todo queda envuelto en un aura de incertidumbre. Como ha señalado el crítico Chris Andrews, “Bolaño has a marked preference for drifting, discontinuous, and inconclusive narrative forms” [Bolaño tiene una clara preferencia por formas de narrar que van a la deriva, que se caracterizan por la falta de continuidad, y que no llegan a ninguna conclusión].[20] La mayoría de los críticos considera que el autor chileno rechaza a Paz y todo lo que representa dentro del mundo literario latinoamericano.[21] No se puede negar, en efecto, que el retrato de Paz en Los detectives salvajes incluye elementos satíricos. Sin embargo, asumir que las intenciones de Bolaño en este episodio de la novela fueron exclusivamente polémicas no resulta convincente. En primer lugar, pasa por alto la perspectiva de la narradora, la cual, como hemos visto, fomenta constantemente una sensación de duda en torno a la historia narrada. Segundo, la interpretación de un Bolaño decidido a atacar a Paz no toma en cuenta las características de la novela en su totalidad. Bolaño jamás presenta en Los detectives salvajes un punto de vista firme y contundente. Es un error, por lo tanto, buscar una perspectiva de este tipo en el retrato de Paz. Esto no quiere decir que el personaje de Paz en la novela de Bolaño desaparezca completamente en una nube de incertidumbre. El retrato que ofrece Clara Cabeza de su empleador está lleno de elementos reconociblemente humanos. Pero Bolaño se niega a crear una imagen sencilla y reductiva del gran poeta. Lo pinta con afecto, y sin querer borrar la dimensión enigmática de su persona.

 

NOTAS

[1] Para una muy útil revision de este sub-género de la literatura, véase Paul Franssen y Ton Hoenselaars, ed., The Author as Character: Representing Historical Writers in Western Literature, Madison y Teaneck, NJ, Fairleigh Dickinson University Press, 1999.

[2] Para una historia de las imágenes literarias y cinemáticas de Shakespeare, véase Paul Franssen, Shakespeare’s Literary Lives: The Author as Character in Fiction and Film, Cambridge, Cambridge University Press, 2016.

[3] Algunos retratos literarios de Borges han sido recopilados en Eduardo Berti y Edgardo Cozarinsky, ed., Galaxia Borges, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2007.

[4] Véase Alicia Gaspar de Alba, Sor Juana’s Second Dream: A Novel, Albuquerque, NM, University of New Mexico Press, 1999; Paul Anderson, Hunger’s Bride: A Novel of the Baroque, London, Constable, 2005; y Mónica Zagal, La venganza de Sor Juana, México, Planeta, 2007.

[5] José Martí aparece como personaje en Daína Chaviano, El hombre, la hembra y el hambre, Barcelona, Planeta, 1998, y Francisco Goldman, The Divine Husband: A Novel, New York, Atlantic Monthly Press, 2004.

[6] Véase César Aira, El congreso de literatura, Buenos Aires, Tusquets, 1997, y Alberto Fuguet, Sudor, Barcelona, Random House, 2016.

[7] Para acercamientos a Los detectives salvajes que aluden al antagonismo de Bolaño hacia Paz, véanse José Agustín Pastén B., “De la institucionalización a la disolución de la literatura en “Los detectives salvajes” en Revista canadiense de estudios hispánicos 33.2, Invierno 2009, pp. 423-446; Carmen de Mora, “El canon literario en Los detectives salvajes” en  Romanische Studien 1, 2015, pp. 33-52; y Jordi Balada Campo, “Roberto Bolaño frente al canon literario” en Romanische Studien 1, 2015, pp. 27-32. Balado Campo insiste en que Bolaño expresa una “crítica virulenta de autores consagrados como Octavio Paz.”

[8] Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, Barcelona, Anagrama, 1998, pp. 501-502.

[9] Ibid, p. 502.

[10] Ibidem

[11] Ibid, p. 503.

[12] Ibid, p. 507.

[13] Ibid, p. 505.

[14] Ibid, p. 506.

[15] Ibid, p. 507.

[16] Ibid, p. 510.

[17] Ibidem.

[18] Ibidem.

[19] Ibidem.

[20] Chris Andrews, Roberto Bolaño’s Fiction: An Expanding Universe, New York, Columbia University Press, 2014, p. 100.

[21] Christopher Domínguez Michael ofrece una notable excepción a esta regla, anotando acertadamente que en Los detectives salvajes “Bolaño establece una relación juguetona con la imagen de Paz.” Véase Domínguez Michael, Octavio Paz en su siglo, México, Aguilar, 2014, p. 401.

Autores

  • Van Delden, Maarten

Lustros

  • 1995-1998
Anterior
Siguiente