En la mirada de Ramón Gaya

Ramón Gaya

Ramón Gaya

R. G.

 

Paz conoció al pintor y poeta español Ramón Gaya (1910-2005), “extraordinario de agudeza” (dice en su charla con Julián Ríos, Solo a dos voces, 15:677) en Valencia, en 1937, junto a sus amigos de la revista Hora de España. Reafirmaron su amistad durante el exilio de Gaya en México, quien pintó un retrato de Elena Garro que a la fecha está desaparecido. Además de disfrutar de su arte, Paz lo consideraba un buen poeta, autor de sonetos que “son a un tiempo, intensos y lúcidos” (3:313). En su texto “Realismo y poesía”, escrito en 1943 según el catálogo de la exposición Ramón Gaya en México. 1939-1956 (Murcia, 1996) —y que no recogió en sus Obras completas—  Paz se sorprendió de que en la pintura de Gaya hubiese desaparecido la experiencia de la guerra civil: “como si quisiera subrayar que hay cierta distancia entre la vida y el arte, no ha intentado relatarnos nada de lo que ha ocurrido, nada de lo que ha visto caer y hundirse en el polvo”, algo que no es darle la espalda a la realidad tanto como una manera de “penetrar profundamente en ella”. 

 

El siguiente es un recuento de entrevistas,[1] identificadas con números romanos, y cartas.[2] En las primeras, se hace un recorrido por diferentes momentos del pintor que delinean la relación Paz-Gaya. La cartas confirman la distancia y diferencias entre ambos. (AGA)


 

I

 

[El único mexicano que conocí durante la Guerra] fue a Octavio Paz, [a quien] le publicamos unos poemas en Hora de España. […] Era muy joven, es un poco más joven que yo.

 

 

II

 

Después  de unos meses en casa de Cristóbal Hall, en Cardesse, en los Bajos Pirineos, salí para México con otros amigos. Escribí sobre pintura en Letras de México, Taller, Romance, El Hijo Pródigo. Por motivos mu personales me encontraba en un desánimo terrible y no pintaba. Fueron los amigos quienes me empujaron a trabajar, a volver a la pintura, y eso me salvaría.

 

 

III

 

Yo acepté desde el primer momento lo que tenía que hacer, y no me van a desviar porque haya lavadoras y toda suerte de adelantos. Sí, hay algunas cosas que me molestan: la falta de sensibilidad de la gente, la cotidianidad del ruido, el exceso de coches, pero he decidido no ocuparme de todo eso, porque yo no lo voy a detener. A mí, claro, me hubiera gustado vivir en otro momento, cuando había más tiempo para la contemplación y más tranquilidad.

 

 

IV

 

[En en el exilio en México tuve una polémica]. Posada es un grabador mexicano del siglo XIX y que, sobre todo, Diego Rivera había escogido como antecedente extraordinario de los muralistas, aunque lo que hacía se parecía más al papel que cumple hoy la fotografía en los periódicos. Cada día comentaba, recreaba la imagen de un suceso del día, como, por ejemplo, un crimen, una catástrofe, etc. Eran como las fotos de un reportero y tenían una cierta expresividad, eran muy ingenuos, muy de papel de “aleluyas”. Pero Diego Rivera había decidido que era superior a Goya.

 

Xavier Villaurrutia y Octavio G. Barreda me invitaron, con motivo de una exposición de grabados de Posada, a que hiciera una página sobre ella. No era una crítica, porque en esa revista no se hacía crítica, era una revista de creación. Así que di mi opinión y al señor Rivera no le gustó, y empezó una persecución contra mí, muy bien orquestada, en los periódicos. Rivera era un hombre bastante atravesado, y con un cierto odio por lo español; encontró la ocasión y la aprovecho; fue muy desagradable. Hoy me parece que no tiene ningún interés aquello.

 

 

V

 

[En México frecuentaba a] Antonio Sánchez Barbudo, Lorenzo Varela, Juan Rejano, José Bergamín, Juan Larrea… veía a poca gente. Y de los mexicanos pues, a Octavio Paz, a Villaurrutia, con el que me entendía muy bien; un día a la semana íbamos al teatro, que a él le interesaba mucho, había sido director de la compañía de María Teresa Montoya. Me gustaba mucho charlar con él, era un hombre muy mexicano, por un lado, y muy abierto a la cultura universal, por otro, sin cerrilismos, era una persona magnífica. También, aunque era más joven, a Tomás Segovia, el cual me parece un gran poeta, posiblemente el mejor después de Cernuda. A Gil-Albert lo conocí quizá en el treinta y dos, cuando con las Misiones pasamos por aquí. Sánchez Barbudo lo conoció primero, porque en cuanto llegábamos a una provincia, inmediatamente quería conocer a los escritores de nuestra generación; a mí, bueno, no es que haya tenido desprecio por la gente, pero he sido menos ansioso. Yo pienso que uno termina conociendo a la gente que debe conocer, que las gentes se encuentran. Ahora, ir en busca de celebridades no, no lo he hecho nunca. Barbudo sí, lo hacía sistemáticamente de todas las provincias. Cuando llegamos a Valencia, alguien le dio la dirección de Gil-Albert, fue a verlo y cuando regresó al pueblo le donde íbamos a colgar el museo me dijo: “Oye, he conocido en Valencia a un escritor que está muy bien”, y me contó cosas pintorescas de él, en fin, lo clásico de Juan, cosas novelísticas que a él le gustaban tanto. Me habló muy bien de él. Así que como teníamos mucha libertad volvimos a Valencia y me lo presentó, claro, nos hicimos muy amigos; lo encontramos muy inteligente, muy vivo, muy ingenioso. Ahora ya no tiene el vuelo que tenía y que tanto me sorprendió.

 

 

VI

 

El paisaje mexicano no me iba, decididamente, por un cierto dramatismo que hay en él. Después de los primeros años, que fueron muy duros, pude pintar con una gran libertad, tenía unos clientes que se quedaban con gran parte de lo que hacía, así que no tuve que tratar con las galerías, cosa que me hubiera horrorizado. Prácticamente no tuve que exponer. En catorce años que estuve en México hice sólo dos exposiciones y una de ellas a puerta cerrada, en el Ateneo Español, para enseñar los cuadros a esa gente que me compraba, pues ya me venía para Europa y quería hacer una “limpieza del estudio” […]. Publiqué todavía algunas cosas de crítica en Romance […]. Yo no pertenecía a la revista, aunque en ella publiqué aforismos y escritos sobre pintura. También tuve allí un disgusto con un español, con Rodríguez Luna, porque hice una crítica de una exposición suya, y como siempre esperan que se diga que son genios, y yo le hacía una crítica muy sincera, él se molestó un poco y nos distanciamos. Yo viendo eso me dije:“Pues par a qué escribir crítica ni nada”. Total que me retiré.

 

También colaboré con la revista Taller, que era de Villaurrutia y de Octavio Paz, al que había conocido aquí durante la guerra, cuando vino con su mujer en viaje de bodas, y le publicamos cosas en Hora de España. Como poeta me parece muy considerable. No es lo que yo espero de la poesía, pero me parece de calidad. Y como ensayistas veo que tiene mucha preparación, y mucha información, lo conoce todo. Pero a él le gusta mucho elucubrar, y a mí me cansa horriblemente, no me gustan esos vaivenes y ese edificar teorías. Hay tanto que decir así: “Pan, pan y vino, vino”, que, realmente, para qué se va a perder el tiempo si apenas lo hay. Para qué modificar Torres de Babel…

 

 

VII

 

Paz me parece un poeta muy considerable, no sé hasta que punto, pero muy considerable. Me gusta más su obra de creación que su obra ensayística. Es muy inteligente, Octavio, pero… no se trata de eso.

 

 

VIII

 

Veía de vez en cuando a Octavio Paz […] pero aunque muy buen amigo, la verdad es que siempre acabábamos discutiendo. Octavio tenía por entonces preocupaciones muy distintas a las mías.

 

 

IX

 

[Leí a Villaurrutia porque] habíamos recibido unos poemas suyos. Tengo poca memoria para los detalles, pero creo que los trajo Octavio Paz, o quizá se le pidieron estando ya aquí Octavio. Lo que sé es que se publicaron unos poemas suyos en Hora de España y después, cuando llegamos a México, lo conocimos en seguida. Lo encontramos, primero, muy reservado, cosa que nos sorprendió un poco; una cierta reserva que está en el carácter mexicano. Recuerdo que nos reunimos en un café, de la mano de Octavio Paz, siempre era él quien nos introducía, puesto que lo conocíamos personalmente de cuando estuvo aquí durante la guerra.

 

Hay que tener en cuenta las condiciones en que llegué a México. Yo entonces me reunía muy poco con las personas de allí, incluso con los amigos españoles me reunía poquísimo. Por ejemplo, con Bergamín, al que conocía muchísimo y que tenía una tertulia casi diaria con Larrea y otros amigos, habré estado dos o tres veces. Con Antonio Sánchez Barbudo, muy amigo mío, compañero de Misiones Pedagógicas, me veía cada dos o tres meses. Quiero decir que me encerré un poco, que me hice una especie de clausura, y esa autoclausura se rompía cuando había una persona que coincidía con mi temperamento o con mis gustos, y ese era el caso de Villaurrutia. De los mexicanos, es la persona que he tratado más; Villaurrutia era muy fino, muy culto, muy abierto, nada tendencioso. Esas condiciones hicieron posible el contacto. Conocí bastante a Octavio Barreda, que me parecía un hombre muy simpático, muy noble. También veíamos bastante a Octavio Paz, más Gil-Albert que yo. En los primeros momentos Gil-Albert y yo vivíamos en la misma pensión, los dos estábamos solos, él era soltero y yo me había quedado viudo. […] Como ya he dicho veíamos bastante a Octavio, pero más Gil-Albert que yo, él iba muchas veces a su casa a estar con él. Yo lo encontraba por la calle o nos citábamos en un café, la amistad con Octavio me llegaba a  través de Gil-Albert.

 

 

X

 

Tomás Segovia, que era muy joven entonces, venía muchas veces a mi estudio, con su primera mujer, a leerme los poemas que había escrito, o Soledad Martínez, una pintora catalana que ahora vive en Barcelona.

 

XI

 

[Obtuve] la nacionalidad mexicana creo en el cincuenta y uno […]. No me siento ligado a México, pero no quiero falsear, lo que no me siento es mexicano. [En México] viajé muy poco… tuve en Cuernavaca una casa alquilada. […] Fui dos veces al lago de Pátzcuaro a pintar, y a Acapulco, a pintar también, al principio. Estuve un par de veces en Veracruz pintando, no digo al llegar, sino después. En Veracruz he pintado bastante. […] Creo que lo más hermoso de México para mí eran los cielos. Tanto en Cuernavaca como en el valle de México. Sí, el cielo y el perfil de las montañas.

Una calle de Cuernavaca, 1949. Ramón Gaya.

 

27 de noviembre de 1951, Cuernavaca

 

Querido Salvador [Moreno]:

[…] No deja de entristecerme lo que me dices de Octavio respecto a mi ensayo.[3] Ya sabes que no soy nada débil y que tengo una seguridad (fundada o infundada, eso no viene al caso) que me permite ir tirando sin mucha desesperación, pero la verdad es que se cansa uno de sostenerse solo, y desde dentro siempre. Ya sabes que no soy dado al éxito, al gran banquete del éxito, pero parecen estar empeñados en negarme hasta el pan, el alimento necesario, mínimo, verdadero. Quizás ese alimento es el difícil y lo que yo creo modesto sea el premio máximo; posiblemente el gran banquetazo sea más fácil de conseguir. Bueno, también en esto esperaremos; pero que no tarden mucho porque no se trata, te lo aseguro, de vanidad alguna, sino de… respiración.

 

 

27 de noviembre de 1951, Cuernavaca

 

Querida Sole [Martínez]:

      Hace muchos años que me niego a escribir cartas, ya que estoy convencido de que sólo sirven para no entenderse. Te agradezco mucho, claro está, el esfuerzo que haces para convencerme de que mi obra es válida; por lo visto me «pensaste» en uno de esos momentos de desaliento y duda interior (los he tenido, como todo el mundo, y supongo que me seguirán asaltando de tarde en tarde alguna vez), pero no es eso lo que me pasa ahora. Quizá es lo contrario, quizá es un momento de excesiva soberbia, de conformidad conmigo mismo, y noto entonces demasiado el poco eco que tienen mis cosas entre los demás. La lista de personas que tú llamas mis «incondicionales» no es, desde luego, tan numerosa como tú misma supones al empezarla a escribir; además, sobran algunos nombres (Máximo [José Kahn], Manolo Durán, y casi, casi Tomás [Segovia]), pero en fin, hasta con ellos resulta una lista un tanto casera. Lo de Octavio me entristeció —eso es exactamente lo que yo decía— precisamente por tratarse de una persona bastante afín, dándome entonces la impresión de que casi no es posible la comunicación entre dos creadores artistizantes. Por lo demás, demasiado sé que no es infalible (yo, desde luego, sigo pensando que mi ensayo es bastante importante, y lo que me dices ahora que él te dijo hace dos años me demuestra que es disparatidísimo; mi poesía, si viene a ser algo —de eso sí que no estoy seguro, como más o menos no lo estoy de mi pensar y de mi pintar—, es exactamente lo contrario que la de Cernuda. Cernuda es un gran poeta, claro —yo lo vengo diciendo desde hace muchos años, cuando todavía no era moda decirlo—, pero de naturaleza retórico-lírica, con mucho dejo en el decir, y yo, como poeta, soy casi… mudo.

 

 

23 de diciembre de 1952, París

 

Teresa [de la Serna] y Antoñito:

[…] Acaba de llegar un amigo de Sole de Suiza, y dice que Elena Paz está muy bien —creo que lo de Estrella [Garro] era exageración típica de la familia Garro— y que cuentan maravillas del Japón.

 

 

15 de septiembre de 1959, Roma

 

Caro Tomás [Segovia]:

      Por fin recibo un “lungo” telegrama de tu puño y letra. Gracias. No tengo nada contra las cartas telegrámicas, pues obligan a decir lo más con lo menos, y así todos salimos ganando. Al recibir tu carta empecé a escribirte largo, y cuando ya llevaba seis caras, me arrepentí, pues era una especie de ensayo defectuoso, corto, precipitado. Procuraré, pues, ser breve y lo más eficaz posible.

      El panorama que se refleja en tu carta es de lo más desolador e irritante. Aquí, desde luego, la vida es difícil —según veo—, pero de ninguna manera… DISPARATADA. No dudo que los disparates pueden instruir –como tú, mitad verdad mitad consuelo, supones– pero no olvides que se consume demasiado instruyéndonos, llenándonos de experiencias estériles, buenas tan sólo como ciencia, es decir, estériles como estéril la ciencia. Además, creemos aprender gratuitamente, pero no es así. ¡Ahórrate, cuídate!

      Veo también —con cierto disgusto— que cedes a publicar cuando ya no te interesa el coso –como dicen aquí–, el original. Yo mismo estuve a punto de caer en esa debilidad, pues me proponían reunir todos mis escritos, de 1932 a 1959 (¡¡¡pásmate, incluso parece ser que se los disputaban varios editores españoles!!!), y yo, estupefacto, adulado en una vanidad hambrienta… de años y un tanto cansada de lamerse “da sola” (aunque ella sola bien se lame), caía ya en la trampa, cuando, de pronto, volví en mí, y al ver todo copiado a máquina lo retiré, y ahora estoy pensando en un libro pequeño, con tres o cuatro ensayos, a lo sumo. Por otro lado, me parece mal que pienses en quemar cosas. Déjalas en un cajón, no las leas, guárdalas. Ni publicar ni quemar aquello que no nos gusta o interesa… por el momento. ¿A quiénes llamas el Fondo de Cultura? Esas mesas son siempre ridículas y estériles; los imbéciles dicen, como es natural, sus imbecilidades, y los inteligentes… también; no sé por qué ha de ser así, pero así es. No conozco arguments pero, sea como sea, me parece de perlas que mandes algo (aun siendo Octavio Paz quien te lo pide); en cuanto al tema señalado ya supondrás las cosas que se me ocurren: purititas palabras en romanesco. Pero tú puedes y debes recurrir a esa parte de intelectual que yo no tengo, y que tú tienes en una cantidad, lugar y tiempo, que no llega a parecerme defecto ni vicio. Estoy, pues, seguro, que contestarás algo sumamente interesante en sí, y que esto puede iniciar una aproximación, o rendija francesa (sin chistes fáciles), nada despreciable. Ahora es moda, mucha moda, esas mesas, y esas encuestas o como se llamen. Acaban de hacer una —también en Francia— para los novelistas de todo el mundo, y otra (ésta es, en realidad “mesa”) en Mallorca, también de novelistas… para…”no echar gota”.

Ramón Gaya, Michèle Albán y Tomás Segovia, México, 1949.

      Los dos títulos de libros de poemas “sonno molto belli”,[4] y supongo que responderán a la belleza del “interno”. Lo de la larga, profunda y peligrosa crisis, no me extraña lo más mínimo; es más, me extraña (dadas las orteguianas circunstancias) que no te vaya peor y salgas, de cuando en cuando al menos, de una crisis, respires… y… hasta otra. Me gustaría, en lo posible, ayudar, pero estoy poco convencido de que eso sirva realmente; me di cuenta, sobre todo, en tu relación conmigo en los últimos tiempos: es indudable que uno puede ayudar, pero es también indudable que el otro no puede soportarlo.

      En el “renglón” de las “relaciones y vida social” me dices que en una época veías bastante a Esteban, “a quien sigo encontrando estupendo”. Sí, yo también (en cierto sentido, lo encuentro –muy contra el parecer de muchos– estupendo), creo que lo encontré siempre estupendo, pero… como personaje. Concha también creo que lo estima como personaje, y con su… moralismo, le tomó cariño de persona, para no sentirse en falta, aprovechada espectadora. Yo no soy tan moralista, y le quiero poco porque sólo puedo tomarle cariño a la parte persona, y su parte persona es reducidísima, casi no existe, casi no es real; por eso es estupendo, claro, porque es un artefacto raro, estrafalario, que, sin embargo, camina, se mueve, y casi, ¡siente! Pero personajes no faltan nunca –aunque éste sea de “rara belleza”–, y estoy cansado de la atención extremada que le puse, años atrás, a cosas que, aún valiosas, no llevaban a ninguna parte. Además, aunque yo soy poco contaminable, observando abismos uno se vuelve un poco abismo, o por lo menos, en el querer desentrañarlos se gasta uno inútilmente, nos arrastran a un terreno imposible, absurdo, no tanto peligroso, como vacío y estéril. Y después ¡esa ferocidad que ponen todos los simples personajes por querer ser! (Otra vez la genialidad de Pirandello)

      No te mando ahora fotografías de mis cuadros porque parece que no te interesan mucho las que te mandé; ya que ni pío. Pero estoy dispuesto a ceder, si se me solicitan por escrito.

       Noticias, que prefiero tengas para ti solo, o vosotros, claro.

    En marzo de 1960 expondré en Madrid. La galería se ocupa absolutamente de todo, transportes, aduanas, marcos, catálogos. Yo no estaba muy decidido hasta hace unos días. Es, parece, una galería excepcional, lujosísima, de mucho prestigio, y que hasta ahora sólo ha expuesto Goyas (de su propiedad, como aquella gallinita), Regoyos, Nonell, Solana. Vendrán a mi estudio de Roma a recoger los cuadros, y nada más; yo me quedaré aquí, en el estudio de Roma, aunque me llegan proposiciones de varias… entidades. Como puedes ver, y escrito así, parece “el succeso”.[5]

      Publicaré un libro, como te digo, con cuatro, cinco, seis ensayos quizá. Diario de un pintor.

      Quieren también (combinada con la exposición) hacer una monografía de mis cosas. No sé. No creo que se pueda en tan poco tiempo. Nada más hoy, aunque hay más.

      Saluda a la silenciosa Inés y la callada Rosa.
…… ….                       …..Ramón

 

NOTAS

[1] Nigel Dennis (selección), Ramón Gaya, de viva voz, Valencia, Pre-Textos, 2007.

[2] Ramón Gaya, Cartas a sus amigos, Valencia, Editorial Pre-Textos, 2016.

[3] Se refiere a su ensayo “El silencio del arte”, que Octavio Paz no valoró al parecer como quizá Gaya esperaba. Sin embargo, en 1943, Paz había publicado “Realismo y poesía (La pintura de Ramón Gaya)” en el Novedades de 26 de mayo de 1943, a propósito de su primera exposición en el estudio Marco y Rodríguez Arquitectura y Decoración de México, D.F., inaugurada el 19 de ese mismo mes: “La pintura de Ramón Gaya nos regala algo ausente de casi toda la pintura contemporánea: un mundo. Los gouaches de Francia, el retrato de Concha Albornoz, El eucalipto, La cinta, son algo más que pintura, son algo más que color, forma, volumen y atmósfera, no porque dejen de serlo sino porque se han vuelto ya otra cosa: espíritu, alma…”. El catálogo llevaba un texto de Juan Gil-Albert titulado “Continuación de la pintura”. ¨[Esta nota proviene de Cartas a sus amigos].

[4] Se trata de El sol y su eco. 1955-1959, uno de los libros de poemas de Tomás Segovia, publicado tras la salida de Gaya de México. El primero, “Vivido”, está dedicado al pintor (“Para Ramón Gaya, siempre ejemplar”): “El día brasa consumida/ se apaga y se aligera. // Cargado de invisibles huellas/ El cielo fatigado duerme. // En la penumbra tibia/ me refresco los ojos/ y con huelo lunar mitigo/ la larga quemadura/ de la hermosura. // La noche se lo guarda todo/ en su seno me lleva/ como en el hueco de la mano un pájaro. / Y del sol guardo aún rastros de fiebre. // Un día más / he estado vivo.”

[5] Efectivamente, en mayo de 1960 inauguró en la Galería Mater de Madrid y presentó su primer libro en español, El sentimiento de la pintura.

Autores

  • Gaya, Ramón

Lustros

  • 1935-1939
  • 1940-1944
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