En la mirada de Rafael Solana

Rafael Solana

Rafael Solana Salcedo

 

Rafael Solana (1915-1992) fue un escritor que destacó, entre otros géneros, en la dramaturgia. Fue contemporáneo de Paz desde la Secundaria número 3, la Escuela Nacional Preparatoria y la de Jurisprudencia. Para Paz —con quien coeditó Taller—, Solana era un “hombre activo y generoso”, aunque su visión sobre Taller no coincidió, ni en sus objetivos ni en sus colaboradores; en esto último, Paz indicó que “la presencia de los españoles no desnaturalizó a la revista, como dijo después Solana, ni menos causó su muerte”.

 

Los siguientes fragmentos fueron extraídos, entre otros textos, de Crónicas de Rafael Solana (1996) y Mil nombres propios: en las planas de El Universal, (2015)(AGA)

 


 

I

 

A Octavio Paz lo conocí en 1928, para jugar con él frontón a mano en la avenida Chapultepec.

 

II

 

No fue sino al término de mi niñez y principio de mi adolescencia cuando vi la cara de un auténtico hombre de izquierda: se llama Juan o José Bosch, del nombre de pila no me acuerdo, y por algún quebranto de la disciplina fue expulsado de la escuela secundaria en que yo estudiaba: la Tres, que fue poco más tarde cuna de presidentes y era un plantel excelente. Creo que era amigo de Octavio Paz, aunque mayor que nosotros; nos escandalizábamos los más chicos al ver a Bosch pasear insolentemente frente a las rejas del edificio del que se le había proscrito, y se paseaba ¡fumando! Contemplábamos su audacia, nosotros desde dentro de los barrotes, mí compañero e inseparable amigo Maximiliano Revueltas y yo.

 

III

 

Una de las sorpresas que el estudiante se lleva al llegar a la escuela secundaria, es la de averiguar en su clase de literatura española (que en la Secundaria Tres, donde estudiamos Octavio Paz y yo […] y dictaron las memorables maestras Soledad Anaya Solórzano e Ida Appendini Dagazzo) que los pueblos, como los individuos, se expresan más tempranamente en verso que en prosa.

Soledad Anaya, profesora de la Secundaria 3.

 

IV

 

Chole Anaya nos causó viva impresión a aquellos chiquillos de catorce años por su belleza, de mexicana morena, alta, de ojos negrísimos y por su sabiduría. Sin embargo, no era amable, sino adusta, severa, distante. De todos modos nos imponía, y se ganaba, al par que nuestro respeto, nuestro afecto. […] Nos hizo leer a Berceo, el Arcipreste de Hita y al de Talavera, a san Isidoro de Sevilla y a Alfonso el Sabio […]. Pero si alguna familiaridad llegamos a tener con el manejo de los verbos irregulares, con la sintaxis, con el régimen, a ella le debimos.

 

V

 

Cada generación tiene algunos maestros a los que recuerda con mayor veneración y cariño que a los otros, o que ejerce sobre ella una más profunda y determinante influencia. La mía tuvo varios, unos que ya venían de generaciones anteriores, otros que pesarían sobre las siguientes; todavía fue nuestro maestro el inmortal don Antonio Caso, de brillantez maravillosa; escuchamos también con respeto a don Vicente Lombardo Toledano, de personalidad impresionante; ya iban en decadencia; en cambio, don Enrique O. Aragón, que era el último defensor del viejo positivismo, y don Samuel García, y don Erasmo Castellanos Quinto […]. Pero el maestro que más honda huella produjo en mi generación fue don Agustín Loera y Chávez; no era un maestro muy popular, porque era muy severo, y algunos le temían; resultaba demasiado exigente para muchos de sus alumnos pero otros reaccionaban, ante esta exigencia, en forma de superación. Daba las clases de historia de México y de historia del arte; pero estos títulos no marcaban limites, pues en esos cursos se hablaba de todo y, principalmente, de cosas de las que nunca antes habíamos oído hablar los jóvenes estudiantes que llegábamos a la preparatoria; se ponía el maestro en un supuesto completamente falso: el de que, al salir de la secundaria, tuviéramos ya conocimiento de historia, de literatura y aun de sociología, de filosofía, de idiomas, que jamás nos habían sido impartidos; el primer choque era tremendo; algunos alumnos estallaban en indignación cuando el maestro les preguntaba sobre asuntos acerca de los cuales no tenían por qué saber. Luego, algunos fuimos comprendiendo que aquello quería decir que, si queríamos llegar a brillar, tendríamos que saber de todo, hasta de lo que no nos enseñaran en la escuela; entonces comenzamos a acudir a las bibliotecas, academias e instituciones particulares, para poder saber aquéllos idiomas que en la escuela no nos habían enseñado pero que el maestro Loera y Chávez pretendía que conociésemos, y para tener leídos todos aquellos libros, inclusive los de más reciente publicación, que no entraban en ninguno de los cursos que habíamos hecho o que actualmente hacíamos, pero sobre los cuales deberíamos estar informados; más que clases de historia eran las suyas de cultura general, de curiosidad; nos despertaban el ansia de saber de todo, y no nada más de memorizar un texto o aprender algo sobre los temas de un programa; esta fue la enseñanza más valiosa que nos dio este maestro inolvidable; y también esta otra: la de que ninguna exigencia es demasiada, la de que para llegar a valer algo hay que pedir mucho de uno mismo […]. Este sistema produjo los alumnos más brillantes de aquella generación; a Octavio Paz, a Salvador Toscano y, luego, a Cristóbal Sáyago a Ignacio Carrillo Zalce, a Xavier Aragón, Efraín Huerta, Carmen Toscano.

 

VI

 

Ya en preparatoria ambos, y nacientes en José [Revueltas] inquietudes que seguirían agigantando en él con el transcurso de los años, más de una noche le acompañé (iba con nosotros Efraín Huerta) a pegar en las paredes El Machete, que era periódico prohibido. […] La siguiente vez que aparece en mis recuerdos, un grupo de amigos suyos, en el que figuraba Octavio Paz, fuimos a pedir al Procurador, que era don Emilio Portes Gil, su libertad, pues había comenzado ya su larga carrera carcelaria.

 

VII

 

¿Quiénes éramos y qué íbamos a hacer a la Procuraduría? Éramos estudiantes de Leyes, y nos llevaba a tal sitio el propósito de solicitar una entrevista con […] Emilio Portes Gil (que ya había sido Presidente de la República) con objeto de respetuosamente pedirle la libertad de un compañero nuestro que había sido detenido. Nuestro compañero preso […] era Maximiliano Revueltas, que ya q había sustituido su rimbombante nombre de pila por el más sencillo de José […]. En el grupo, que no era muy numeroso, estábamos, entre pocos más, Octavio Paz, Efraín Huerta, Enrique Ramírez y Ramírez, Pepe Alvarado, yo mismo (tal vez Héctor Bernal, Tránsito López y el “Chamaco” Avalos, que no escogieron la carrera de letras y dejaron que sus nombres se fueran perdiendo). Revueltas era conocido sólo porque su apellido era el de sus hermanos, ya ilustres: el pintor Fermín, autor de algunos de los frescos de la Escuela Nacional Preparatoria, y el músico Silvestre, subdirector de la Orquesta Sinfónica de México, violinista notable […]. La hermana menor Rosaura, todavía no se entregaba al arte de la actuación.

Todos los que formábamos aquella tropilla nos podíamos identificar como “jóvenes de izquierda”, y muchos solíamos por las noches salir con botes de engrudo a pegar en las paredes del barrio estudiantil El machete, que era el periódico clandestino del Partido Comunista, en cuyas células aspirábamos a ser admitidos (aunque a Octavio Paz no lo recuerdo claramente en esta actividad al margen de la ley).

 

VIII

 

Todos los jóvenes siquiera barnizados de literatura […] conocíamos y recitábamos a la menor provocación (Octavio Paz solía citarlo con una ligera variante en los versos pares) cierto poema de Efrén Rebolledo, a quien teníamos por el más cálido de los poemas eróticos de México: “Tú no sabes lo que es ser esclavo/de un amor impetuoso y ardiente/ y llevar un afán como un clavo/como un clavo metido en la frente”.

 

IX

 

“Las Garro” eran dos gráciles, delgadas y rubias españolitas, a las que Julio Bracho escogió para que tomaran parte en un especie de coro coreográfico que pondría viñetas de danzas, como una especie de friso, como apostillas casi escultóricas a la versión de Las troyanas de Eurípides que montó en el recién estrenado Palacio de Bellas Artes […]. Llenaron su cometido tan bien que pudo pensarse en que tal vez resultaran bailarinas.

Pero lo que las llamó fue el matrimonio. Devaki lo contrajo con el pintor, que ya entonces comenzaba a ser famoso, Jesús Guerrero Galván; y Elena, tan simpática y tan linda, con el joven y prometedor poeta Octavio Paz Lozano. Hacían tan bella pareja que el siempre exagerado Carlos Pellicer comentó: “el niño que van a tener será el Sol”.

Lo que tuvieron fue una hija, Laura Helena […]. Se fueron a vivir los cónyuges a la Tacubaya natal de la familia de él [luego] residieron en Industria 122, por donde hoy está la avenida Alfonso Reyes, Octavio y Elena ocupaban el tercer piso; Devaki y Jesús, el segundo. Antes las Garro, con sus padres y sus hermanos, vivieron por la colonia Condesa, al final de las calles de Puebla, ahí conocí a Estrella, la más chica de las tres hermanas, y a Albano, el único varón de los cuatro vástagos.

 

X

 

Miguel N. Lira y yo hicimos Taller poético. […] Lira ponía allí su trabajo manual de tipógrafo y su personalidad de poeta, en cuyo turno nos reuníamos. […] En la imprenta de Lira hicimos tres números de Taller poético, y cerca de una docena de libros. […]. Después nos alejamos un poco de Lira, porque el último número del Taller poético lo hizo Chápero.

 

XI

 

[Genaro] Estrada fue un hombre moderno, en todo momento. […] Recordamos que él introdujo en México, en cierta medida, a Federico García Lorca, a quien conoció en España cuando fue allá nuestro embajador. A mí personalmente me dio un poema de Federico, la Gaceta de la terrible presencia, para que lo incluyera en uno de mis números de mi Taller poético.

 

XII

 

También aquellos tres mosqueteros éramos cuatro, y el que se nos unió al último, el D’Artagnan, ha llegado a ser el más sonado de todos; primero nos reunimos Efraín Huerta, Alberto Quintero Álvarez y yo, que éramos estrictamente contemporáneos (cuenta el año de estudios que se cursa, no el de la fecha de nacimiento), y luego llamamos a nuestro pequeño grupo a Octavio Paz, superviviente del naufragio de una generación anterior de la que solamente él pasó a la historia literaria.

 

XIII

 

Cuando fundamos Taller, en diciembre de 1938, Octavio Paz, Efraín Huerta, Alberto Quintero Álvarez y yo, invitamos a Andrés a darnos una colaboración para el primer número, y nos dio Retrato de mi madre, relato breve, del que puede decirse que significó la consagración de Henestrosa como escritor de la calidad más fina.

Revista Taller

 

XIV

 

En los años treinta nos reuníamos en casa [de Octavio Paz] o en la de María [Izquierdo] o en la mía […] Paco de la Maza, Efraín Huerta, Pepe Ferrel (y su esposa, la Peque Vicens), Diego de Mesa, Julio Bracho (cuya compañera era entonces Diana Bordes), Roberto Montenegro, Lupe Marín, María Asúnsolo, Gachita Amador, Rodolfo Usigli, Xavier Villaurrutia, Juan Soriano […] Neftalí Beltrán, Edmundo Báez y Elías Nandino.

 

XV

 

El lugar en que conocí a Rodolfo Usigli fue el café “Paris”, que estaba en las calles de Gante, y se pasó más tarde a las de 5 de Mayo. En aquel tiempo gran parte de la vida de esta ciudad se hacía en los cafés; en el Sanborns se desayunaban muchos de los más importantes intelectuales y formadores de opinión en México; pero don Antonio Caso y sus seguidores lo hacían en frente, en “Lady Baltimore”; los cómicos frecuentaban el “Gourmet, en 16 de Septiembre (después el “Olimpia”, en frente, “La Concordia”, en la avenida Juárez, el “Regis”, en esa misma avenida, el “Principal”, adjunto al teatro de ese nombre, en Bolívar); En Bolívar y 16 de Septiembre estaba “El Fénix”; que era el café de los toreros, que se corrieron un poco hacia el sur, en la misma calle, el “Tupinamba”; en el café “Madrid”, en Artículo 123, se reunirían, en tiempos de la guerra española, los republicanos […] al “Oriental” por Santo Domingo, iban Miguel Lerdo de Tejada, “Tata Nacho”, Mario Talavera, Esparza Oteo y otros compositores. […]

A la peña del café “París”, llegaba Usigli, diré que invariablemente, con la elasticidad que ha de tolerarse al adverbio, a las 3 de cada tarde, para permanecer hasta las 5; ya solía estar allí Xavier Villaurrutia, que era el primero en llegar; después iban cayendo Octavio G. Barreda, Adolfo Menéndez Samará, Elías Nandino, Abelardo Ávila. Entre los más asiduos a esa mesa estaba Samuel Ramos. Por allí cayó pocas veces Octavio Paz. Agustín Lazo se dejaba ver a veces, y así mismo Carlos Luquín. Y también, pero yo no lo recuerdo, un joven abogado que había tenido se decía, sus dares y tomares con la dueña del establecimiento, Madame Helena […] ese joven orador a quien le fiaban pues no siempre llevaba con qué pagar, y gozaba de crédito, se llamaba Adolfo López Mateos. Otro concurrente asiduo era Cesar Garizurieta.

 

XVI

 

Una de las picardías que recuerdo del inteligente y agudo Xavier Villaurrutia es la de que un día en que alguien le preguntó, en el Café París, qué opinaba de ciertos dos escritores amigos suyos (uno de versos, otro de comedias, dijo Xavier con el mayor candor: “Ambos escriben como servantes”.

 

XVII

 

Hacia el fin de la guerra española, en 1939, Octavio Paz, que volvía de Valencia, nos dijo que tendríamos que recibir en su casa cada uno a un intelectual español, que vendría a refugiarse entre nosotros, y los repartió: aceptamos de la mejor gana, con los brazos abiertos; a mí me tocaba Juan Gil-Albert; luego resultó que no venían tan pobres, que traían algún dinero, y que se acomodaron de inmediato muchos en editoriales mexicanas para trabajar; Juan Gil-Albert no vino a vivir a mi casa, sino puso una con Ramón Gaya y Enrique Climent; nosotros les visitamos ahí en vez de ellos a nosotros; Climent era muy callado; Ramón, algo osco y amargo; Juan era el mejor, el más fino, el más suave; todos era muy inteligentes.

 

XVIII

 

Siempre he dicho que los doce números de Taller, aunque aparecimos siempre cuatro personas como responsables, en realidad los cuatro primeros los hice yo solo, y los otros ocho Octavio Paz solo: ahora me doy cuenta […] que en realidad la influencia mayor de Octavio comienza a notarse ya desde el cuarto número, con la aparición preponderante de los españoles a quienes habíamos recibido en México en forma fraternal.

 

XIX

 

Taller significó el brote de una generación distinta, encabezada por Paz, en la que, además de Huerta, nacieron personajes como José Revueltas, Octavio Novaro, Carmen Toscano, Mauricio Gómez Mayorga, Enrique Guerrero Larrañaga, se consolidó Andrés Henestrosa, nacieron Neftalí Beltrán (quien también tuvo su propia revista, Poesía), y Edmundo Báez; en fin, toda una promoción que podría llamarse, en términos algo latos, “generación de 1914”, aunque algunos de sus miembros hayan nacido antes de esta fecha y otros algo después.

 

XX

 

A los doce números de vida murió Taller, de lo que con una frase un poco fuerte podríamos llamar “la influenza española”.

 

XXI

 

Volví a encontrar hace poco [en 1982], en la inauguración de la gran exposición de Juan Soriano, a Octavio Paz, a quien desde París no había vuelto a ver; allá lo veía casi a diario y desde que vive en México no lo había encontrado hasta ahora. […] Me dijo Octavio, en el apresuramiento de la exposición: “Ya hablaremos”; en realidad, estamos hablando en las páginas de la reedición de nuestro querido Taller. 

Autores

  • Solana, Rafael

Lustros

  • 1925-1929
  • 1930-1934
  • 1935-1939
  • 1940-1944
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