En la mirada de Octavio G. Barreda

Octavio G. Barreda

 

El escritor y constante editor de revistas literarias Octavio Gabino Barreda (1897-1964) fue un amigo importante de Paz a partir de 1938. Escritor circunstancial pero riguroso, más crítico que poeta y más narrador que crítico (existen sus Obras publicadas por la UNAM en 1985), Barreda creó varias revistas de buen gusto, ánimo ecuménico, curiosidad informada, excelentes ideas y pericia política: “con sus revistas —escribió Paz—  animó nuestras letras” con “acción esforzada e inteligente”. Ambos Octavios trabajaron juntos en el diseño de la mejor de ellas, El Hijo Pródigo (1943-1946). En mi libro Habitación con retratos. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz (Era, 2015) hay un ensayo sobre su relación epistolar.

 

Las notas provienen de un ensayo de Barreda publicado en Las revistas literarias de México.[1] La carta pertenece al acervo de la Capilla Alfonsina. (G.S.)


 

Sobre Letras de México y El Hijo Pródigo

 

A mi llegada a México [en 1935], encontré que a pesar del interesante movimiento literario que ya se manifestaba en el país, no había una buena revista que pudiera considerarse de la altura o calidad de Contemporáneos […]. Mis viejos amigos se hallaban dispersos y muy desalentados, y demasiado escépticos en lo que se refería a la posibilidad de formar y publicar con éxito una revista como la que yo proponía insistentemente en el Café París, ubicado entonces en la calle de Gante, donde se reunían casi a diario Samuel Ramos, José Gorostiza, Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia y otros. […]

 

Pasado más de un año, y convencido de que era imposible mover a aquellos amigos para la realización de una empresa como la que soñaba, me decidí un día lanzarme al ruedo, a la manera de ingenuo espontaneo […] La revista, en un principio, la hacía yo solo:  conseguir originales, anuncios, papel; corregir pruebas; dirigir la información e impresión; distribuir en librerías; enfajillar; hacer envíos por correos, etcétera, hasta que logré la ayuda, durante varios números, de mi viejo amigo René Tirado Fuentes. Después, también por una corta temporada la de Álvaro Gálvez y Fuentes (discípulo por entonces de Agustín Yáñez y quien me lo había recomendado), la de Arturo Sotomayor y, finalmente, la de Isaac Rojas Rosillo. Es curioso observar que estos caballeros, los cuatro, hicieron desde que dejaron la revista una buena y notoria carrera periodística, como si Letras de México les hubiera traído la suerte que se merecían.

 

Entre los colaboradores de los primeros números pueden mencionarse, además de los que formaron el inicial y cuyos nombres ya señalé, los siguientes: Jorge Cuesta, Jaime Torres Bodet, Genaro Fernández Mac Gregor, Antonio Castro Leal, Ermilo Abreu Gómez, Mauricio Magdaleno, Rafael Heliodoro Valle y Rubén Salazar Mallén.  Dia a día fue enriqueciéndose la lista, al grado de que no hubo escritor de relieve o de importancia que no entrara tarde o temprano a nuestras columnas: Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, José Rubén Romero, Francisco Monterde, Rodolfo Usigli, Guillermo Jiménez, Elías Nandino, los hermanos Luquín y otros de igual altura. Un poco después fueron ingresando escritores más jóvenes como Octavio Paz, Efraín Huerta, Rafael Vega Albela, Rafael Solano, Alberto Quintero Álvarez, Arturo Arnaiz y Freg, Efrén Hernández y otro más, hasta llegar a los de promociones posteriores como Leopoldo Zea, José Luis Martínez, Alí Chumacero, Manuel Calvillo, María del Carmen Millán, o bien los viejos y jóvenes españoles que se habían refugiado en nuestro suelo y a quienes acogimos, desde su llegada, con amor e igualdad. Es decir, que por las páginas de Letras de México pasaron casi todos los restos que quedaban del Ateneo de México, de la generación del 15, de La Falange, de Contemporáneos, de Ulises, de Barandal, de Fábula, de Examen, de Antena, de Bandera de Provincias, de Tierra Nueva, de Taller, de Taller Poético, de Ruta y hasta algunos de Tiras de Colores y de América. Pasaron por ahí, también, muchos de aquellos escritores- los francotiradores- como Jesús Zavala, Francisco Rojas González, Renato Leduc, Francisco Orozco Muñoz, José Miguel Quintana, y varios otros más. ¡Hasta Emilio Uranga, muy jovencito por entonces! Entró exactamente en un último número, por lo que algunas lenguas picaras le llamaron El Enterrador. […]

 

Cuando íbamos en el número 72 de Letras de México, correspondiente a febrero de 1942, apareció Cuadernos Americanos, proyectada principalmente por Juan Larrea y respaldada económicamente por un famoso funcionario hacendario de la época, don Jesús Silva Herzog, quien por sus méritos y amistades obtuvo del fisco, de la banca y de los anunciantes más valiosos las sumas y recursos jamás soñados por empresas similares. Se trataba de una gran revista, quizá la mejor en su estilo de la América Española. Desde sus primeros días contrató, con remuneraciones hasta entonces desusadas, la colaboración de los mejores escritores españoles ya radicados y de los talentos más destacados de nuestra sufrida América Latina. Una estupenda revista, en verdad, pero al principio —seguramente por falta de espacio— un poco cerrada a determinados valores mexicanos de promociones jóvenes. Recuerdo que en nuestras tertulias comenzó por tal motivo a despertarse y manifestarse cierto malestar o resentimiento entre aquellos que no habían sido aún invitados a colaborar, como por ejemplo —¿por qué no decirlo?— Samuel Ramos, Xavier Villaurrutia y más ostensiblemente Octavio Paz, los que, además, se sentían inconformes por  no tener a su disposición un órgano publicitario de mejor calidad o más formal que Letras de México.

 

Octavio Paz, un día, me habló francamente y me pidió, con la vehemencia que le caracteriza, el hacer una revista de categoría (textual). Por esos días tenía yo demasiado trabajo en la Secretaría en la que laboraba, el que se agravaba con el que me exigía Letras de México. Me parecía un absurdo echarme sobre tarea tan delicada y comprometedora. Sin embargo, la instancia y la promesa de una ayuda intensa y decidida, así como un no sé qué impulso quijotesco por comprar pleitos ajenos, me hicieron aceptar la proposición. Iniciamos, pues, nuestras juntas para delinear la futura revista. Puedo decir, sin vanidad de ninguna especie, que el formato, la organización de lo que pudiéramos llamar la estructura interna y externa, el tipo de imprenta, la clase de papel, etcétera, fueron de mi gusto y creación, inspirándome en algo de dos a tres revistas europeas. Y hasta el título que se aprobó en tales juntas fue el que yo propuse, título que, entre más de cuarenta que se presentaron, era el que más se ajustaba a la idea que yo perseguía. Teníamos ya una revista cuyo nombre era de por sí limitativo, geográfico, espacial: Letras de México. Había aparecido otra, también con nombre (el nombre es a veces significativo limitativo, geográfico, espacial): Cuadernos Americanos. Éste un poco más amplio, pero de todas maneras espacial. Y como desde los primeros números de ésta se desarrollaba una especie de política continental en que se llegaba al absurdo de dar por acabada Europa, y al parecer el resto del mundo con excepción de la América, estimábamos que la tesis propalada, tan ostensible como exageradamente por Larrea, el secretario de esa revista, requería un contrapeso, una rectificación precisamente cuando el mundo entero pesaba y sufría uno de sus momentos más aflictivos.

 

No era verdad ni adecuado proclamar que Europa (incluyendo a España y a Rusia) estaba liquidada. Además, pensaba yo que los valores de la inteligencia y de la cultura no podían encerrase en un determinado espacio. Para mí, el asunto no radicaba tanto en el espacio como en el tiempo. Todo era cosa de tiempo, de esperar, pues no era posible deshacer de una plumada lo europeo, la cultura de un mundo histórico y temporal, y gritar que el paraíso estaba únicamente en América y que hasta teníamos que ser bilingües a fin de realizar el profético matrimonio del Norte con el Sur que proponía Larrea. Cierto que estas eran ideas personales suyas, pero el director de la revista, por lo menos en los primeros números, no las rectificaba o rechazaba. Había, pues, que lanzarnos a la aventura de una revista diferente, de cultura universal, sin limitaciones de espacio, de todos los tiempos. Y de ahí venía el título. En el diccionario de Benot, el de las ideas afines, se da la frase de “el hijo pródigo” como sinónimo de tiempo —péndulo que va y viene, que sale y regresa, como el Quijote, Ulises y Peer Gynt—  y que, por otra parte, puede decirse que contiene implícita la idea de un regreso sin regreso, tal como explicaba Gide esta paradoja. En aquellos momentos de incertidumbre, nos parecía que no era propio hacer experimentaciones literarias o estéticas ni salidas rebeldes sino juntar lo mejor, tener los pies bien plantados en la tierra y regresar, aunque fuese transitoriamente y en plano superior, a los valores eternos. De esta suerte, la revista fue dividida en cuatro grandes grupos o secciones, cuyos títulos invisibles fueran: Tiempo, Destiempo, Contratiempo y Pasatiempo. En la primera (Tiempo), se incluirían los ensayos, narraciones, teatro y poemas de escritos actuales; en la segunda (Destiempo), las traducciones y los textos del pasado poco conocidos u olvidados; en la tercera (Contratiempo), entrarían las notas criticas  —en ocasiones amargas— sobre libros recientes; y en la cuarta (Pasatiempo o Entretiempo), todo aquello de por sí fugaz, agudo o bien de mero divertimiento. Cada número debería llevar un editorial, dividido en dos partes: Imaginación y Realidad, prácticamente el lema —o tema— de la revista.

 

El cuerpo de la redacción quedó formado por Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Antonio Sánchez Barbudo, Alí Chumacero y Celestino Gorostiza. El administrador y secretario fue Isaac Rojas Rosillo, quien con Alí Chumacero sostuvo buena parte del peso de la revista. Acerca de las colaboraciones tuvimos especial interés y cuidado de que fueran de primera categoría, no incursionando por los terrenos de la historia y de la filosofía sino en muy contadas ocasiones; pero jamás en los de la sociología, la economía, la etnografía o cosas por el estilo, que eran precisamente el fuerte de Cuadernos Americanos. Solo obras de creación literarias y artísticas; y en cuestión de las artes plásticas, tratar de que lo incluido fuese mexicano de todas las épocas, ya que otro de mis propósitos era demostrar, como en los viejos tiempos de Gladios, que la pintura en México no había nacido, como tanto se clamaba, con Rivera, Orozco y Siqueiros sino que desde siempre se dieron magnificas manifestaciones de arte pictórico. En los 42 números publicados se incluyó un número igual de artículos sobre artes plásticas, ilustrados como inmejorables reproducciones, en su mayoría de asuntos mexicanos y de temas hasta entonces poco explorados. Respecto de las colaboraciones literarias, seguimos una especie de norma: huir de todo lo barroco y confuso, muy particularmente de esa plaga seudofilosófica que nos cayó un poco después de la llegada de Gaos y otros filosófos españoles. Era ya inaguantable aquel mar de “daseins” de “ser, el ser, lo ser, lo que es, que es, de Ente es ser, del no-ente es no ser”, todo aquel argot de filosofía profesional que la literatura no necesita para nada.

 

No es que estuviéramos contra la filosofía sino contra esa insoportable jerga de expresión importada, a la manera que lo estuvo Menéndez Pelayo en su tiempo contra aquella otra germanía del krausismo, tal como se lee en su “Historia de los heterodoxos españoles”. Queríamos, insistíamos mucho en que nuestra revista fuera exclusivamente literaria; y llegamos hasta a afirmar, como buenos sofistas, que la filosofía necesitaba del buen decir, de la literatura, pero que en cambio la literatura no necesita de la filosofía. Al teatro, al teatro escrito también le dimos importancia y lugar. En los 42 números publicamos un total de 23 piezas, todo un suceso. Once de mexicanos, tres de españoles radicados en el país, cuatro traducciones del francés, dos del italiano, dos del ruso y una del alemán.

 

En El Hijo Pródigo se incluyeron trabajos de 232 autores, a saber: 87 de mexicanos, 46 de españoles, 24 de franceses, 20 de latinoamericanos, 13 de norteamericanos, 13 de ingleses, 11 de alemanes y 18 de diversas nacionalidades. En poesía se publicaron 43 colaboraciones: de mexicanos, 26; de españoles, 8; y de latinoamericanos, 9. La revista duró 42 meses; es decir, tres años y medio. Se inició, como dijimos, el 15 de abril de 1943 y terminó el 15 de septiembre de 1946. En su dirección y cuerpo de redacción hubo pequeños cambios que no vale la pena mencionar. Si vale, en cambio, señalar nuestros afanes —que logramos solo en parte— de construir una buena editorial y así competir, claro que en noble lid, con las varias y poderosas editoriales extranjeras, que habían comenzado a instalarse. En el intervalo de la existencia de nuestras dos revistas llegamos a dar a la estampa, casi a las calladas y casi de milagro, cuarenta y cinco libros, veinte de mexicanos y veinticinco de extranjeros, de jóvenes españoles principalmente. Todo con un angustioso mínimo de recursos y solo con la ayuda, desinteresada —un poco antes de nuestra muerte— del leal amigo Eduardo Villaseñor.

 

Haciendo un recuento de las colaboraciones incluidas, nos proporcionarían estos datos: de los 232 autores, Villaurrutia está a la cabeza con 42. Le sigue luego: Chumacero, con 30; Sánchez Barbudo, con igual número; Ermilo Abreu Gómez, con 27; Rivas Sáinz, con 20; Octavio Paz, con 16; Solana, con 13; Barreda, con 12; José Luis Martínez, con 12 también; García Bacca y Antonio Castro Leal, con 11 cada uno; Francisco Monterde y Gilberto Owen, con 10 ambos, al igual que don Enrique Diez-Canedo; Zea, con 8; Alfonso Reyes y Ortiz de Montellano, con 7 cada uno; y así decrecientemente.

Octavio G. Barreda

 

Carta de Barreda a Alfonso Reyes

 

México, D.F. Abril 16 de 1943

Señor Alfonso Reyes
Industria No. 122.
Ciudad.

 

Querido Alfonso:

          Unas líneas para agradecerle muy de corazón su magnífico ensayo en el primer número de la revista, y acompañarle la cantidad que por ahora nos ha sido posible disponer. Sabemos que usted jamás la hubiera exigido pero nosotros queremos comenzar, hasta donde sea posible, un poquito “profesionales”. Octavio Paz pasará en estos días a verle a fin de conversar con usted sobre el número ya salido y los otros por aparecer. Estamos llenos de propósitos y deseamos vivamente “sugestiones” y consejos suyos. Yo mismo traté de verle en el Colegio de México, pero me fue imposible encontrarle. Sin embargo, tan pronto como tenga tiempo para ello, pasaré nuevamente por allá.

          Otra vez mil gracias, y un abrazo muy afectuoso de Octavio.

NOTAS

[1] Octavio G. Barreda, “Gladios, San-ev-ank, Letras de México, El Hijo Pródigo” en Las revistas literarias de México, México, INBA, Departamento de Literatura, 1963, pp. 231-238.

Autores

  • Barreda, Octavio G.

Lustros

  • 1940-1944
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