En la mirada de Manuel Rivera Silva

Manuel Rivera Silva

Manuel Rivera Silva

Manuel Rivera Silva

 

Manuel Rivera Silva (1913 – 1994) destacó en el ámbito jurídico llegando a ocupar el cargo de ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Coincidió con Paz tanto en la preparatoria como en la Facultad de Derecho. Colaboró en la revista Barandal, en el segundo número, con un ensayo que tituló “Algo sobre la poesía”; después se alejó del grupo. En El misterio de la vocación especulé que él pudo haber ayudado al poeta en su periplo legal contra Elena Garro en 1967.

 

Su familia se vinculó al mundo del arte y la literatura, su hija Hilda se casó con el poeta Eduardo Lizalde y su hijo, el famoso pintor Arturo Rivera —con quien tuvo una relación tormentosa—, afirma que su padre siempre lamentó haberse distanciado de la literatura, “fue un escritor que no quiso ser escritor”. Fue el único “barandal” que publicó sus memorias, las cuales constan en el volumen Perspectivas de una vida: biografía de una generación (1974). De ahí se rescatan los siguientes fragmentos. (AGA)


 

Terminados los estudios secundarios ingresé a la Escuela Nacional Preparatoria. Largos corredores con arcadas, en cuya estructura y corteza de piedra quedaron los desbordamientos del barroco, frente a muros guardianes de las primeras expresiones de una nueva sensibilidad, revelada en violentos contrastes de colores y representaciones desfiguradas que proponían, acordes con los lineamientos de corrientes alucinadas por los aspectos escondidos de las cosas, manifestar los acentos propios de una historia siempre cegada en los momentos de adquirir vigorosos impulsos. Mi sentimiento confrontaba dos épocas: una, detenida en rincones lejanos, y otra anhelado con insistencia recoger las inquietudes de un presente que, condenando las formas del ayer, exhibía las dilatadas esperanzas adheridas a nuevas rutas intencionalmente escogidas. […]

 

Con entusiasmo me asomé a ese mundo que se iba forjando con el aliento de nuevos valores. Veía y reveía los murales de la Preparatoria, y la sorpresa me llevó a un detenido examen de los cuadros de Diego Rivera en el Anfiteatro Universitario y en la Secretaría de Educación. Las iniciales impresiones fueron de asombro, al descubrir en ese mundo las diferencias que los distanciaban de las viejas formas, las cuales, aun vividas por mí, ahora comencé a sentirlas ajenas a mi más propia y exclusiva aceptación. Las viejas formas eran hijas de “valores oficiales” impuestos; las recientemente descubiertas productos engastables en dimensiones que poco a poco iban apareciendo en mi interior: con cierta timidez surgía la creación de un catálogo valorativo. […]

“La Creación”. Mural de Diego Rivera, pintado entre 1922-1923.

No quería nada en dita; rechazaba lo impuesto, ambicionado con vehemencia la determinación de mis valores, los cuales, como míos, era imposible se identificarán con los desahuciados. De esta hambre de “ser”, sin compromiso alguno con el “falso ser” impuesto por el ambiente, nació mi radical rebeldía, la cual considero un rasgo normal de la juventud. […] Mi inicial rebeldía juvenil y el momento histórico me impulsaron al desprecio absoluto del pasado, sin considerar en días de exaltación, bondad alguna en obras del ayer. Leía con especial complacencia los Manifiestos de Bretón, porque alimentaban mi impulso destructor, proyectado por aquellos tiempos hacia todos los renglones fundamentales de la vida. A Nietzsche lo admiré por su conculcación de los clásicos valores cristianos; a Tristán Tzara, por su nihilismo literario; a Marx, debido a la condena del mundo capitalista que integraba mi contorno; a Freud por la destrucción de las viejas concepciones sobre la conducta del hombre y así, en general, rendía pleitesía a todo lo quebrantador de las formas del pasado. Con vehemencia renunciaba a lo existente, sin hacer hincapié en la parte de su caudal que podía incorporar a mi historia, no como concepción impuesta, más sí como algo sinceramente intuido en su matiz positivo, e incluso aprovechable para el logro de la originalidad. Todo el pasado lo puse en entredicho y lo que gualdrapeaba las caducas concepciones, lo recogía con apasionado entusiasmo: frente al capitalismo: pregonaba la teoría socialista; el matrimonio lo postergué ensalzando el amor libre; y la literatura del más próximo ayer, fue objeto de condena.

 

Claras aparecen en mi mente las asistencias a grupos y clubes proscritos, en los cuales con ridículo misterio se exponían doctrinas que por su tono rebelde aceptaba sin critica. Curiosa amalgama se fraguó en mi intimidad al mezclarse el temor oculto de incurrir en lo prohibido, con el abierto orgullo de realizar algo que al herir las viejas concepciones, me hacía sentir liberado de ellas. […]

 

Cuánta inquietud por “ser”, cuánta energía para sobresalir, y que honda inseguridad acusan mis mal compuestos ensayos, en los que deseando exhibir oposición hacia lo construido, no paré mientes en crasas contradicciones, al, sin quererlo, enlazar un historicismo consecuente con el tiempo, con una absoluta intransigencia respecto del pasado. En la revista publicada por mi reducido grupo (Barandal 2 de septiembre de 1931) afirmaba: “cada época de la historia gravita sobre el vértice de una sensibilidad. Por eso, todas las obras humanas están influidas por la manera de pensar del momento en que nacen; las acciones del hombre no son sino un trasunto de su época, un reflejo de su medio, que por estar fuertemente impregnadas de la vitalidad de determinado instante, son elocuentes testimonios de la sociedad que vivió ese tiempo”.

 

En los últimos renglones del propio artículo, olvidando la justificación que por su cronología, tienen las obras, con obsesionante ímpetu rebelde, concluía en términos despectivos, “… los que viven el instante de su vida, serán los únicos que dejen huella luminosa, serán los que reflejen la sensibilidad de nuestra época, la rebeldía del momento actual y el profundo desprecio sentido por todo lo pasado”. […]

 

Recurrí a los compañeros, sin enriquecer, por el fenómeno psicológico de la simpatía, los límites de mi existencia, pues la amistad resultaba imposible al no despertarse en mi interior la situación necesaria para percibir en el amigo la sincera vivencia de mis peripecias o yo tomar las experimentadas por él: nuestras almas permanecían impermeables, no recogiendo una lo sufrido por la otra. Así, sin comunicación afectiva con las personas del contorno, ellas demarcaron mi estrecha frontera individual acrecentando la cruel misantropía que me abrumaba.

 

En aquellos años formé parte de un pequeño grupo, cuyo denominador común se asentaba en el rango privilegiado concedido a los productos del espíritu. Descendientes de escritores, corría por nuestra sangre la preferencia del intelecto sobre la materia, la cual, considerada como simple expresión de la tosca naturaleza, sentíamos necesario superar, a efecto de enaltecer el mundo creado y recreado por el hombre. Los integrantes del grupo, aun en el aspecto erótico postergaron despectivamente los triunfos de la fuerza bruta, menospreciando las conmociones provocadas exclusivamente por los aspectos exteriores. Ninguno tomó actitudes de petimetre y jamás nos esforzamos por el logro de la musculatura hercúlea o del perfil apolíneo, sin impedir tal postura el proceder estudiado, el ademán llamativo, el uso de la seductora o pulcra vestimenta, en cuanto necesarios, a guisa de tarjeta de presentación, para iniciar el diálogo amoroso o el procuramiento de la cercanía sexual. […]

 

Los integrantes de mi grupo, movidos por el afán de sobresalir en el trabajo intelectual, cada uno anheló superar a los demás con un recio volumen de conocimientos y, fundamentalmente, con la original obra por realizar. Esta obra tenía especial significado en nuestra juventud, pues persiguiendo la formación de la personalidad, queríamos plasmar en ella nuestra peculiar manera de sentir y pensar. Soñamos con las mieles del triunfo, considerando que el reconocimiento del mismo nos sacaría del vulgar anonimato de los sujetos-cosas sin ninguna historia. Deseosos de ser alguien resultaba natural la pugna por el dominio. El culto al “yo” se imponía con magna exigencia, apareciendo cierto narcisismo conjugado con la necesidad de registrar en el exterior la presencia de ese nuevo “yo” en formación, descubierto en lo más profundo de la intimidad.

 

La búsqueda de la erudición parecía responder al afán de dominio decretado por la “voluntad de ser”; más siendo vastos los campos de mi ignorancia, el resentimiento se anunciaba, observando en mis compañeros análogas peripecias psicológicas. El resentimiento me produjo, como indiqué, actitudes de menosprecio, y ante la imposibilidad de ignorar las calidades positivas de otros, la operancia de la filosofía del “zorro y las uvas verdes” era ineludible, aseverando pedantescamente que, para mí, aquellas calidades estaban ausentes de interés.

 

Surgieron luchas sordas y despiadadas entre los del grupo, recurriéndose con frecuencia a la ironía, la que aniquilando a la víctima, exalta la agudeza del autor. La ley del canibalismo intelectual se entronizó, devorándonos con sumo placer los unos a los otros, a efecto de hacer evidente la supremacía distintiva del poder de la garra.

 

Esa lucha terrible y sin cuartel, con sádico deleite vivida por el grupo, es también observada en los sujetos participes de la misma labor adquiriendo validez el proverbio de “nadie es profeta en su propia tierra”: los lejanos quedan fuera del terreno de nuestras dominantes ambiciones sin despertar resentimientos tan vigorosos como los que por su proximidad obligan a la permanente confrontación y por ende a la reiterada censura.

 

La pugna, guiada por el sentimiento de “ser” y de “valer”, provoca la desaparición de los grupos, cuyos integrantes ya desunidos marchan solitarios hacia el forjamiento de su destino particular. […]

 

El grupo Barandal fue de efímera vida, en parte por la rivalidad prohijadora de la separación, pero también porque varios de sus miembros, para vencer la inseguridad, olvidando el mantenimiento de la cohesión del grupo, buscaron con fines de salvamento, el calor de generaciones anteriores calificadas de brillantes, sin hacer hincapié en que por razón histórica tendríamos que sucederlas. Ni el grupo constituido en tono de una huelga estudiantil, ni el formado por sujetos más famosos por sus conductas censurables que por las obras escritas, brindaron algo a mis compañeros. La simbiosis espiritual fue imposible, en parte porque los balbuceos juveniles no podían entonar con la voz ya un poco firme de quienes entraban a la madurez y por otro lado, debido a que los sujetos erigidos en patrones, en verdad, descontando algunos, carecían de auténticos valimientos, deslumbrando con fuegos fatuos cuyas pequeñas llamas, a la postre, no alcanzaron a iluminar los senderos aún obscuros de quienes iniciaban su primera navegación.

 

Mis compañeros visitaron sin descanso grupos de artistas y peñas de escandalosos escritores sin descuidar, soñando con Urueta, el aprendizaje de “improvisaciones” recitadas con machacante insistencia. Hambrientos de nombradía y sin marcas propias que pudieran otorgarla, inconscientemente experimentaron su adquisición, en el tributo sin límites concedido a los que la fama, con justicia o sin ella, había etiquetado con el membrete de geniales. Su vacío interno procuraron llenarlo recogiendo el fulgor despedido por la gloria ajena.

 

Además, otro proceso psicológico avalaba su homenaje: estimando que la censura hacia lo superior podía provocar la consideración de su falta de inteligencia para comprender la obra comentada, y ante la posibilidad, lesionadora de su cara soberbia, erigieron ídolos, que como tales, fueron puestos al margen de la realidad humana y de las zafias vulgaridades.

 

El nombre de los artistas de vanguardia y en general de cualquier pensador, por aquella época calificado de extraordinario, seducía más que la obra realizada, siendo suficiente la pronunciación de aquél para de inmediato enlazarle el adjetivo de “estupendo”. Se podía, como sucedió atribuir a un famoso autor las líneas mal escritas por un sujeto festivo, o imputarle la paternidad de un ignorado verso chabacano, para nadie atreverse a expresar en forma sincera su opinión en lo tocante a la baja nobleza literaria, temeroso de ser objeto de vituperio. […]

 

Mis compañeros de grupo hicieron ídolos a los artistas de gran reputación, sin nunca comprender que no hay genios sino obras geniales, y que el hombre, por talentoso que sea, puede producir hijos del espíritu endebles y mal formados. Grandes discusiones surgieron por censuras hechas a obras de autores célebres. El ataque a mi capacidad era inmediato y la respuesta prestamente saltaba, arguyéndoles que aun los magníficos engendran obras malas y que postura semejante a la sostenida por ellos condujo a Swift a la enajenación, horrorizado por la necesidad defecatoria de su amante. Confieso que si no me alucinaban los nombres por la fama, las censuras siempre las hice en la reserva del pequeño grupo, no teniendo osadía para lanzarlas frente a personas de calidad pensante, pues el temor a su crítica me obligaba al laudatorio juicio para la obra comentada, presentando así la misma actitud, objeto de mi cruel vituperio. […]

 

En la preparatoria, entusiasmo me despertaron las asignaturas admisiones de la expresión de lo propio y no aquellas tendientes sólo al acopio de dato al través del aprendizaje. Para mí, unas clases eran de verbo y otras de letra escrita. En las primeras la pasión bullía y el alma brotaba dejando al descubierto la postura mantenida ante los problemas de la existencia. En las cátedras de fría enseñanza la vida postergaba su lado expresivo, manteniéndose en los modestos niveles de la quieta retentiva, y al anhelo de dominio sólo se acusaba en un enriquecido saber ajeno a la huella de la privativa creación. […]

 

En la clase de Lengua Nacional, el verso era cultivado por mis compañeros, y el afán de superarlos me llevó al mismo sendero. Los ánimos puestos en juego desembocaron en el fracaso, pues mis versos, aprisionados en fatigosa métrica, que incrustada en mi interior nunca pude burlar, resultaron alambicados gongorismos, ajenos por completo a la poesía y cercanos a la rebuscada adivinanza formulada con palabras raras. Más tarde comprendería que esos monstruosos versos no se hallaban distantes de los redactados por mis compañeros o de algunos comprendidos en antologías de autores modernistas, pues en unos y otros, sin intuición poética, o bien se sublima con falta de sentido al “patín, patín, como la pista de mi spleen”, o con intencionada protesta hacia las formas valorativas existentes —que en verdad resultaba protesta a lo poético— las frases amorosas del Nazareno eran unidas al reiterado grito de la ventana de un refresco. […]

 

En la preparatoria tuve mi primera experiencia política, cuando cercado por un grupo (que en la jerga actual podría calificarse de “izquierda”) me invitaron a participar en él […]. Cuando al pie de alguna de las arcadas de la preparatoria, en forma accidental nos reuníamos, se eructaban sin descanso los nombres de Engels y Marx, sin conocerse siquiera los puntos liminares de su tesis. Pronto me percaté de que aquellos incipientes políticos eran codiciosos buscadores de prebendas, que obtenidas, realizaban el milagro de hacerles olvidar las apasionadas protestas emitidas en voz baja. En breve tiempo aquel grupo (cuya vida se redujo a expedir vistosas credenciales ocultamente guardadas) se disolvió.

Perspectivas de una vida, 1974.

Autores

  • Rivera Silva, Manuel

Tipología

  • San Ildefonso

Lustros

  • 1930-1934
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