En la mirada de Manuel Lerín

Manuel Lerín

Manuel Lerín

 

Manuel Lerín Martínez (1913 –1997) estudió en la Escuela Nacional Preparatoria y en la de Jurisprudencia. Formó parte de las Juventudes Socialistas Unificadas de México y más tarde, de la Confederación Nacional de Organizaciones Populares. Fue miembro del consejo de América, revista mensual de cultura donde publicó poemas, cuentos y reseñas. Colaboró en la Revista Mexicana de Cultura, suplemento de El Nacional, en la columna “Los libros”. Sus primeros poemas aparecieron en las revistas Cuadernos del Valle de México Taller Poético.

 

La poesía de Lerín, según Manuel González Ramírez es “introvertida, plena de palabras claves, que revelan  un agitado concierto, a la vez que desconcierto en el mundo interno del poeta”. Ricardo Cortés Tamayo, a mediados de los sesenta, comentó que Lerín se había “vuelto quién sabe por qué, muy parsimonioso, así como si ya estuviera en la Real Academia. Trabaja como abogado en no se sabe qué banco, y eso da la impresión de que cuando considera libros y artículos lo primero que les ve es la firma. Será por saber si no le han falsificado. Estudia con ceremonioso tesón a los inmortales” . (AGA)


 

I

 

Mentalmente retrocedemos a los años de la adolescencia. En la secundaria número 4, un grupo de jóvenes se dejaba arrastrar por ese impulso tan característico de la edad en que el romanticismo, lejos de ser una posición mental es, esencialmente, una postura vital. Más que una situación preconcebida, una actitud generosa. Por encima de un afán interesado, la entrega plena a todo lo que fuera pureza en la intención. Si no nos traiciona la memoria, “Renancimiento” era el nombre de la agrupación que los reunía en su seno. Salvador Toscano fue uno de sus principales animadores. Domingo a domingo, a las once de la mañana, en uno de los salones que las autoridades de la escuela habían concedido, se leían cuentos, poemas, crítica literaria, ensayos. Se discutía el tema previamente propuesto.  Y había que ver la elocuencia salida de esas bocas aún incipientes. Claro que de vez en cuando los discursos eran pretextos para burlarse de alguien, para demostrar hasta la evidencia —eso se creía por lo menos— que el mundo y sus males estaban a punto de transformarse por la labor de esas inteligencias que preferían el enclaustramiento al desahogo por medio de la diversión que demanda la adolescencia. Toscano, en esa época, gustaba de la oratoria y hasta pensamos que tuvo un recóndito deseo de, por medio del verbo, construir, realizar, sus ideales. Lo recordamos en dos o tres actos, visiblemente pálido por la emoción, soltar su pensamiento con fluidez y con escogida palabra. […]

 

En la Escuela Nacional Preparatoria —encrucijada de caminos— la mayoría de integrantes de “Renancimiento” encontraron medio propicio para su inclinación literaria. Caminó esta en la revista Barandal que se publicó mensualmente y cuya vida duró solo siete números. La editaban Salvador Toscano, Rafael López Malo, Octavio Paz y Arnulfo Martínez Lavalle, y los más asiduos en la colaboración fueron Toscano y Paz. Hizo época Barandal porque significó la formación de un nuevo grupo que no sólo estaba empapado de la actualidad artística sino también de las corrientes culturales. Dentro de la seriedad de la revista no faltó el agridulce de la ironía, manifestación tan propia de la juventud que ve con ojos sonrientes lo que otros con mirada de hueca sapiencia.

 

“Salvador Toscano” en El Nacional, 2 de octubre de 1949, p.3.

 

 

II

 

En la exploración de cómo han ido surgiendo algunas expresiones literarias en nuestro país, no se ha penetrado lo suficiente por falta de elementos o porque quienes pudieran hacerlo, ahora están retirados del medio literario al ser ganados por premuras ajenas al ejercicio de las letras.

 

Entre los años de 1931 a 1934 se organizó un grupo que después habría de dar personalidades en el ámbito intelectual, pero también, contaría con la pérdida de otras, y quizá para siempre; de ese ambiente donde el escritor cultiva, por espontáneo deseo, la prosa o la poesía.

 

En la antigua Preparatoria situada en la calle tradicional de Justo Sierra, con sus arcos que en alguna ocasión cantó Manuel Germán Parra, los murales de Diego y de Orozco, el Generalito de aires religiosos y académicos, el Anfiteatro Bolívar donde por un tiempo se registraron los acontecimientos intelectuales de mayor renombre, propiciose un clima cuya base eran las clases de literatura y las de historia. Raúl Cordero Amador, Carlos Pellicer y Andrés Iduarde impartían estas cátedras dando un rango superior a sus enseñanzas: el tema típico tenía desviaciones que se convertían en comentarios donde la agudeza, el ingenio, la oposición, el desenfado, venían a avivar nuestro interés pues ellos daban oportunidad a emitir la opinión o a participar en las discusiones. Salvador Toscano, Octavio Paz y Rafael López Malo encabezaron esa peña que habría de dar fruto literario. La lectura de trabajos permitía en clase de Cordero Amador ir conociendo las posibilidades de quienes se inclinaban por las bellas letras; y aún flota en el recuerdo las intervenciones serenas y sesudas de Toscano, las expresiones penetrantes de Paz, la explicación bulliciosa de López Malo, la palabra fogosa de Arnulfo Martínez Lavalle, el apunte seguro de Manuel Rivera Silva, el criterio reposado de Humberto Mata. Y después de la clase de historia de América, las arcadas preparatorianas daban refugio para escuchar el tema poético en la voz abaritonada de Pellicer quien contaba sus impresiones por el extranjero, haciéndonos testigos del nacimiento de algunos poemas cuya perdurabilidad —la maestría permanente en el tiempo— ya es obvia. En el año de 1931 aparece Barandal y produce inquietud entre quienes estaban atentos a cualquier brote que revelara diligencia intelectual. Se advierte el nacimiento de un grupo con determinada sensibilidad: las pláticas en los corredores, el diálogo con los maestros se ven plasmados en esta revista; las lecturas tienen una canalización a través del comentario y la crítica gana una tribuna.

 

El paso de los estudios preparatorianos a los de la especialidad en el Facultad de Derecho establece un compás de espera y sobre todo una madurez. Si antes existía una preocupación enderezada hacia lo literario, ahora la experiencia personal, la observación de los acontecimientos nacionales —en la corta medida de una juventud que está por hacer todo— imprimen un sesgo al primer intento: de Barandal se va a Cuadernos del Valle de México cuya vida de sólo dos números, confirma la calidad y el camino ideológico de sus creadores. Cuadernos del Valle de México son publicados por Rafael López Malo, Octavio Paz Lozano, Salvador Toscano, Enrique Ramírez y Ramírez y José Alvarado.

 

Aquí ya no es sólo la literatura lo que preocupa; también lo social, la contemplación de los hechos mundiales que se encauzan hacia movimientos políticos recios encajonados entre el mundo occidental y las fuerzas socialistas. Existe equilibrio en el contenido pues se está al día respecto a tendencias literarias y políticas.

 

En el número uno de estos Cuadernos, Ramírez y Ramírez puntualiza sobre el significado de la Unión Soviética: plan y estilo, teoría y realidad se funden para proporcionar adelanto, transformación, nuevo modo de vida. He aquí algunos conceptos: “En la Unión Soviética no hay todavía comunismo: no hay socialismo. Hay un estado transitorio hacia etapas superiores”, “Estos bolcheviques de Rusia son descendientes directos de los comuneros franceses, bárbaramente sometidos antaño. Así la revolución aparece como el proceso uniforme de una clase”. La prosa flexible, ágil, acertada, coadyuva a esta exposición en la que se conjuga el análisis con el buen decir. José Alvarado en el número II aborda un tema coincidente con Ramírez: la revolución y la novedad. Los intelectuales temen el advenimiento de la revolución porque para ellos tiene un significado de incertidumbre; se duele de perder su exquisitez, de dar al traste con la elegancia y las formas consagradas, les aterra salir de su torre de marfil y desprecian el descender a la realidad del mundo para exponerla con llaneza. Alvarado lo marca así: “La inteligencia se ha vuelto una hábil gimnasia sin alegría que se resuelve en la invención de juegos novedoso de atracciones lógicas, es decir, en la presentación de la novedad”; y la novedad es presentar los hechos matizados por especulaciones, ensayos y escritos que son pirotecnia verbalista: “Pero mientras que la novedad, que es trabajo de modistos, de empresarios teatrales o de publicistas, sea ejercida por quienes tiene una misión superior, han de sentirse en peligro los escritores y los filósofos que no llenen con su labor la connotación de esas palabras; pero no la cultura que volverá a ser movimiento original y vivo”.

 

Octavio Paz en esa época se firmaba Octavio Paz Lozano. En su poema Desde el principio aparecen las notas que le han caracterizado: lirismo, búsqueda de lo singular, motivaciones intelectuales, libertad imaginativa, subjetivismo poético. El hombre está en constante huida, pero al mismo tiempo crea; se enfrenta a los desniveles del mundo, más es eterno; algo pesa sobre él y sin embargo todo le está reservado: “Desde el principio, hombre, lloroso hombre, desventurado hombre”; y si hay silencios inmisericordes y nuestro desenvolvimiento se produce bajo el cansancio metálico del cielo, bajo las estrellas adversas y el insomnio del viento, como dice el poeta, no debe olvidar que

al pie de las inexorables puertas del
(sueño, cerradas,
somos eternos,
eternos en la ardiente tierra,
partidarios de música y escalas,
hombres, llorosos hombres, desventurados hombres)

 

Este poema donde se mezcla la importancia, la frustración y la esperanza, adelanta ya la paz actual de empresas poéticas internacionales.

 

López Malo caminaba con paso decidido hacia la poesía. Tres partes de un diario lo confirman. El desamor, la añoranza por lo romántico y la búsqueda del mismo amor están comprendidos en este poema. La sensibilidad y un modo tiernamente despreocupado de decir las cosas se perfilan: “Si decías:«Ay, no», y con dulce azoro te guarecías entre mis brazos”, comienza diciendo, para más tarde lamentarse en esta forma: “Qué hermoso el tiempo en que no podía pronunciarse la palabra luna”, y luego hace un elogio así: “No se habría sabido entonces si tus ojos eran violetas —o negros pájaros blancos en un cielo blanco y negro”. Desgraciadamente López Malo fue ganado por otras preocupaciones, pero en él anidaba un orbe poético.

 

En los dos números de Cuadernos hay además colaboraciones de Salvador Toscano en cuya prosa se palpa un trasfondo cultural; de Efrén Hernández, Rafael Alberti, James Joyce, Manuel Lerín y un dibujo de Juan Madrid.

 

El repaso a esta revista sirve para espigar ciertos antecedentes en las letras mexicanas. Quede ahí el intento que tiene mucho de ligereza, pero más de entrañable recuerdo.

 

“El grupo de Barandal y Cuadernos del Valle de México”
en El Nacional, 5 de junio de 1966, p. 3.

Poemas de Lerín dedicado a su esposa Sofía Gutiérrez

 

    III

 

Conocí a [José] Revueltas en 1935. Recién llegado de Rusia habló a un grupo de jóvenes reunidos en la calle de Rosales. En unión de otros dos, Ambrosio González y Antonio Pichardo, había asistido a un Congreso de la Juventud. No puedo precisar si fue el primero o el último en hacer uso de la palabra: sólo que como si me recorriese aún la sangre de esos años, lo veo sobre el entarimado, ancho de hombros, abultada frente, porte mediano, sereno pero vivaz, durante media hora nos dijo lo experimentado en un viaje por muchos soñado, para unos cuantos merecido.

 

Habló del anhelo de una juventud que creaba un porvenir: no su porvenir sino el porvenir.

 

“Porfía y pensamiento de José Revueltas”
en América, julio de 1943, p. 28.

 

     IV

 

Octavio Paz que encabeza una de las generaciones literarias [la de Taller] por su destacado papel en la poesía, mantiene en este tramo su renombre y prestigio con Libertad bajo palabra, uno de los mejores libros recientes, pues de él se desprende la brusca elegancia de la palabra, el lirismo permanente, el cúmulo de temas poéticos que van de lo personal a lo externo en un balanceamiento equilibrado. La palabra se da tal como viene al pensamiento para incorporarla atinadamente a la poesía. Expresión de apretado contenido, hace pensar, promueve la meditación, pero siempre la belleza rodéala. Ni un momento la poesía se ausenta, nunca la palabra se somete a un encarcelamiento que no sea la libertad de ser ella misma. Pero no se ha quedado aquí: en ¿Aguila o sol? ensaya el poema en prosa. Se ha dicho que todo un mundo subconsiente está ahí, pleno de estilo, lleno de imaginación.

 

“La poesía mexicana actual”
en El Nacional, 1 de marzo de 1953, p. 16.

Autores

  • Lerín, Manuel

Tipología

  • San Ildefonso

Lustros

  • 1930-1934
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