En la mirada de Julio Cortázar

Julio Cortázar

Julio Cortázar y Octavio Paz, Nueva Delhi, 1968.

 

Octavio Paz y Julio Cortázar pertenecieron a la misma generación, aunque sus divergencias estéticas e intelectuales fueran siempre palpables. Se conocieron luego de que Cortázar publicara una reseña elogiosa de Libertad bajo palabra en la revista Sur (1949). Se hicieron íntimos cuando Paz fungió como embajador de México en la India y Cortázar pasó una temporada en su casa en Delhi. Después, los vientos políticos los separaron y, aunque conservaron un grato recuerdo del otro, las diferencias fueron irreconciliables.

 

Los fragmentos que a continuación se reproducen se encuentran en los cinco tomos de las Cartas de Cortázar (1937-1984), cuya edición estuvo a cargo de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga (Alfaguara). (AGA)


 

 

A Eduardo Jonquières y María Rocchi

 

París, 8 de noviembre de 1951

Aquí te agrego otras noticias concretas Victoria [Ocampo] se me escapó el día de mi llegada pero supe por Octavio Paz (¡a quien mandan a Nueva Delhi, pobre de él y de sus amigos!) que volvería. El 12 estará otra vez aquí y buscaré verla enseguida para que me pilotee en la Unesco.

 

 

A Damián Bayón

 

París, 20 de julio de 1954

¿Vas escribirnos desde México? Tienes que contarnos qué haces y por dónde andas. México es uno de los países que están en mi lista, pero pasan los años sin que me llegue la hora de ir a verlo. Si vas a la capital, trata de ver a Emma Speratti Piñero, que está en el Colegio de México. No sé si la conoces; es argentina, y escribe cosas muy inteligentes. Se interesa mucho por mis cuentos, y acaba de hacer publicar uno de ellos en un diario de allá. Creo que puede resultarte grato verla, y en cuanto a ella estará muy contenta. Si por casualidad conoces o ves a Orfila Reynal dale muchos saludos míos. Y lo mismo a Octavio Paz, que es un muchacho simplemente extraordinario, y todo un poeta.

 

 

A Carlos Fuentes

 

París, 7 de septiembre de 1958

Me queda de México una idea terrible, negra, espesa y perfumada. El miedo anda ahí rondando, el miedo de algunos relatos de Octavio Paz, que algunos recuerdos suyos me habían permitido ya entrever. Pero a veces uno tiene miedo de las cosas que está empezando a amar de veras; yo sé que ahora tengo más ganas que nunca de conocer su país, de oír hablar a sus gentes con esa voz y esa gracia con que hablan en su libro.[1]

 

 

A Paul Blackburn

 

París, 13 de agosto de 1961

Octavio me hizo escuchar la banda donde tú lees (maravillosamente!!) The Salamander.[2] Fue una experiencia muy conmovedora para mí, querido Paul, y tu voz deambulaba por mi casa y provocaba toda clase de tintineos de cucharas en la cocina.

 

 

A Francisco Porrúa

 

París, 21 de mayo de 1963

P. 618.- Como lector de Rayuela ya impresa, empiezo a llevarme mis sorpresas. Por ejemplo, no he podido entender la razón profunda (si era profunda) de esta cita. Sé muy bien que la tenía, y que el pasaje de Prévost, que leí en Buenos Aires la última vez que estuve, me pareció iluminador. Pero ahora no me ilumina nada, absolutamente nada, y me parecería absurdo conservarlo cuando se puede cambiar sin catástrofes tipográficas, ya que es el único texto de la página. He elegido un poemita de Octavio Paz que preludia el tema del doppelgänger, y que es en sí un muy hermoso poema. Please, verificá que dispongan los versos como los he escrito, porque de lo contrario Paz me hará Guerra.

Mis pasos en esta calle
resuenan
………..en otra calle
donde
……..oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde

Sólo es real la niebla

 

 

A Amparo Dávila

 

París, 25 de enero de 1964

Pasó por aquí Carlos Fuentes, con quien hablé largamente, y tuve noticias de toda la gente a quien estimo; conocí a [Alberto] Gironella y veo a veces a Rodolfo Nieto. Hubo aquí un gran homenaje a Guadalupe Posada, y eso me permitió encontrarme con muchos amigos, pero faltabas tú y también faltaba Octavio, perdido allá en la India. Me maravilló la película Memorias de un mexicano, que sin duda conoces; jamás me hubiera imaginado que existían tantos documentos gráficos de la revolución, y que algunos fueran tan hermosos.

 

 

A Sara y Paul Blackburn

 

París, 10 de agosto de 1964

Octavio Paz estuvo aquí la semana pasada y hablamos de ustedes y escuchamos la voz de Paul leyendo poemas. Fue una noche formidable.

 

 

A Amparo Dávila

 

París, 23 de febrero de 1965

En París, ahora que se ha ido Octavio, los únicos amigos mexicanos que vemos son Marta y Rodolfo [Nieto], siempre tan encantadores y sensibles. […]. Octavio pasó unos días en París, hace tiempo, y se volvió a la India con una preciosa chica, lo cual justificaba ampliamente el viaje [3]. Desde allá me enviaron unas líneas para fin de año; creo que lo están pasando muy bien.

 

 

A Graciela de Sola

 

Saignon, 30 de junio de 1966

Acaban de enviarme el último número de El corno emplumado donde hay mucha poesía interesante. ¿Leyó Cuadrivio, de Octavio Paz? Los estudios sobre Darío, Pessoa y Cernuda son admirables; sobre todo el que se refiere a Cernuda, donde Paz los pone en su sitio a los críticastros españoles. (La edición es de Joaquín Mortiz, por si quiere buscarlo.)

 

 

A Jorge Edwards

 

París, 2 de noviembre de 1967

En febrero-marzo iremos a la India con las Naciones Unidas [4]. Será magnífico, pues Octavio Paz me ha escrito ofreciéndome alojamiento (tiene una gran casa) y ya te imaginas lo que será tenerlo a él de guía y compañero en New Delhi.

 

 

A Francisco Porrúa

 

París, 14 de noviembre de 1967

Todavía es temprano para darte una dirección en Nueva Delhi; Octavio Paz nos ha invitado a vivir con él y su amiga, que tienen una casa muy grande, y hemos aceptado en principio, pero no queremos imponerles dos meses de hospitalidad, de modo que una vez allá te enviaré dos líneas o un cable, si fuera necesario, dándote mis señas.

 

 

A Jean Barnabé

 

New Delhi, 30 de enero de 1968

Vivimos en casa de Octavio Paz, en el barrio de las embajadas; por supuesto, la bandera de México flota sobre el porche de esta hermosa casa donde tenemos tantas habitaciones y criados para nosotros que nos sentimos incómodos, avergonzados, y sólo el afecto de Octavio y de su mujer nos rescata un poco de un tipo de vida para el que yo no he nacido (Aurora sí, pero ya sin esperanzas de que yo pueda proporcionárselo alguna vez). Volver a ver Nueva Delhi después de 12 años es bastante vertiginoso; todo parece estar peor, más pobre y sucio, y a la vez con esa dignidad y esa indiferencia que hacen del indio un ser que me gusta instintivamente. La otra vez mire los monumentos; esta vez trataré, a lo largo de tres meses, de mirar a un pueblo. Veré poco y mal, pero algo veré.

 

 

A Arnaldo Calveyra

 

New Delhi, 1° de febrero de 1968

Aquí en Nueva Delhi hay sol y hay Octavio Paz, pero hace frío (durará 15 días más y luego calor, delicioso calor para argentinos friolentos!). Te escribo desde una oficina apenas terminada, húmeda, con indios de grandes ojos que entran y salen para cumplir vagas ocupaciones: uno pasa un trapo por los brazos de los sillones, otro pasa una alambre por las cerraduras de los escritorios y hace vagas anotaciones en la libreta, otro mira los enchufes (que no andan), mueve melancólicamente la cabeza y se va. Pasan grandes, hermosas hormigas. Y nosotros parecemos lo que somos: los bárbaros de occidente chorreando técnica, protestas, agresividad, incomprensión. Kipling estaba en lo cierto: East and West shall never meet.

       Me vuelvo a horribles documentos sobre el caucho y las barreras arancelarias. Pero te digo que Octavio y Marie-José son maravillosos, que tenemos una verdadera casa independiente para nosotros, que hablamos de poesía y planeamos viajes.

Octavio Paz y Julio Cortázar en India, 1968.

 

A Eduardo Jonquières

 

New Delhi, 17 de febrero de 1968

En Nueva Delhi entramos lentamente en la primavera, después de haber pasado más de dos semanas con fuego en las chimeneas, gabardinas y resfríos; desde luego había un sol magnífico, pero sólo ahora empieza a calentar. Razón por la cual mañana volamos a Kajuraho para ver los templos, y el próximo fin de semana se lo dedicamos a Agra y a Fatepurh Sikhri. En casa de Octavio hacemos una vida de majarajahs que colmaría tus más refinadas tendencias al otium cum dignitate y cinco sirvientes; lo único malo es que gran parte del día o de la noche tenemos que dedicársela a la UNCTAD, nombre este último que me hace pensar invariablemente en algún producto para poner en las tostadas. Volviendo a nuestra vida india, trabajamos una semana de día y otra de noche; esta última es siempre la preferida, pues nos deja la mañana y el comienzo de la tarde para recorrer la vieja Delhi o visitar los monumentos y las ruinas. Octavio hace una vida relativamente apacible como embajador, aunque con demasiadas cenas y cócteles, a los que se habituado pero en el fondo no le gustan. Como me conoce, gozo de una libertad total, y mi única aparición remarquée ha tenido lugar en la embajada cubana, donde hubo un cóctel con abundante ron y cigarros que me colmó de felicidad; aparte de eso vamos con los Paz a conciertos y a exposiciones, o nos llevan en auto a visitar lugares (en el zoológico, por ejemplo, hay un tigre blanco, animal rarísimo). Somos dueños de un gran dormitorio, un baño, un salón con biblioteca donde yo trabajo y te escribo esta carta, y un cuarto para guardar ropa y valijas; todo eso con salida independiente al jardín y a la calle; como ves, el nirvana. En estos años Octavio y Marie-José han reunido una fabulosa colección de objetos y pinturas indias, de manera que habitar aquí resulta más que agradable. Las tenidas con Octavio son bastante memorables, y yo aprendo mucho con él en materia de política india, marxismo crítico (que me hace falta) y literatura latinoamericana; anoche me habló dos horas de Vasconcelos, y te aseguro que valía la pena. Ah, no seas tan retobadamente modesto: Octavio sabe muy bien quién sos, y te retribuye los saludos.

       Cuando se acabe la UNCTAD, el 27 de marzo, nos largamos a dar la vuelta a la India hasta el 20 de abril, en que salimos desde Bombay rumbo a Teherán para hacer una conferencia diplomática o algo así hasta el 14 de mayo. También aquí Octavio me es muy útil, porque conoce la India a fondo y entre los dos fabricamos el plan de viaje, que en líneas generales será: Nepal, Calcuta para bajar a la región de Orissa y ver la serie de grandes templos de la costa, luego Madrás para visitar Mahabalipuram y otros templos, de ahí a Ceilán (que es en mí una fijación de infancia y tengo que conocer a toda costa); volvemos entonces a Bombay, cerrando el círculo, con tiempo para una escapada de tres días a Ajanta, Ellora y Karla. Todo en unos 24 días, que está bien aunque no sea perfecto. Octavio me ha llenado los brazos de libros fabulosos sobre arte indio, y me documento a grandes bocados nocturnos; iré a ver todo eso sin demasiada ignorancia.

 

A Julio Silva

 

New Delhi, 20 de febrero de 1968

Cronopio cronopio:

       Sí, señor, por mi boca habla la India. No te mandé noticias hasta ahora porque entre el trabajo por una parte, y el deslumbramiento mezclado con el horror por otra parte, me fueron llevando los días como cuando te sacan el plato de sopa antes de que hayas terminado de libarlo. Lo del horror es lo menos fácil de explicar, y no te fatigaré demasiado con cosas que, por lo menos teóricamente, conocés de sobra. Hay momentos en que se tiene la impresión de que no queda ninguna esperanza; basta caminar una hora por la vieja Delhi, mezclado con una increíble muchedumbre miserable y maravillosamente bella al mismo tiempo, y sentirte asediado por nubes de niños tan parecidos a los tuyos, a todos los niños del mundo, sólo que enfermos y flacos y golpeándose el estómago con una mano mientras te tienden la otra con la frase que es como el leit-motiv de todo el Oriente: “Bakshish, sa’hb, bakshish!”. “¡Limosna, señor, limosna!”.

       Por ejemplo, un artículo que acabo de leer prueba que el precio de un hotel de primera clase por una habitación equivale diariamente a la suma con la que 600 familias indias podrían alimentarse también diariamente. A nosotros nos dan 90 rupias per diem, es decir que recibimos diariamente para vivir una suma tres veces mayor de lo que gana un barrendero por mes. Y así sucesivamente… (Te señalo, de paso, que la mayoría de los traductores encuentra que 90 rupias diarias no alcanzan para nada, y han protestado ya varias veces). En casa de Octavio Paz hay cinco criados, desde el valet hasta el barrendero; y es una de las casas de residentes extranjeros donde hay menos criados, pues se habla de otras donde hay veinte. Una noche no encontramos taxi para volver y tomamos un carricoche conducido por un viejo. Nos divertimos mucho en el viaje, donde por lo demás arriesgamos la vida, y cuando llegamos a casa yo le di diez rupias al viejo. Se bajó del carro, mirando el billete como si no lo pudiera creer, y empezó a seguirme, arrodillándose cada tantos metros y queriendo abrazarme las rodillas; hasta que no entramos en casa no hubo manera de alejarlo. Supe luego que con esa suma podía alimentar a su familia en una semana.

       Todo eso es parte del horror, y me mancha el viaje y la vida y el aire. Pero, por supuesto, no soy morboso al cuete y sé vivir y mirar, de modo que la maravilla también me llega a sus horas. El domingo fuimos a ver los templos de Kajuraho, con las fabulosas esculturas eróticas que habrás visto en los álbumes; lo que no dan los álbumes es el color de miel, el aire que las envuelve, el perfume de los árboles en torno de lo templos, y la presencia de la gente, los pájaros, el tiempo. Kajuraho, o del erotismo como una trascendencia; durante horas y horas he hablado con Octavio de eso. Este fin de semana iremos a Agra y a una fabulosa ciudad a abandonada, Fatepur Sikhri, construida por uno de los sultanes mogoles en el siglo XVI. Y veremos, claro, el Taj Mahal, obedientemente como los turistas bien educados.

       Te confirmo que no volveremos hasta el 15 de mayo a París, pues acabamos de firmar contratos para la reunión de Teherán en abril/mayo. Del 27 de marzo al 20 de abril daremos toda la vuelta a la India, llegando hasta Ceilán.

 

 

A Francisco Porrúa

 

New Delhi, 23 de febrero de 1968

RE INDIA: Evidentemente quedará para otra carta, porque esta lleva dos páginas y los malditos de la UNCTAD me reclaman a las cuatro de la tarde (no te imaginas lo que son los documentos de esta conferencia, y el tedio de revisarlos). Me limito a decirte que lo paso muy bien en casa de Octavio Paz, con el que hablo largo de budismos de arte indio. Fuimos a ver los templos […] aquí, en Delhi, las tumbas y los palacios mogoles, la misma síntesis pero sin imágenes, meramente aludida en las curvas de las cúpulas y el rumor del agua en las piscinas.

 

 

A Eduardo Jonquières

 

New Delhi, 6 de marzo de 1968

Nos vamos acercando poco a poco al final de la conferencia, y el 26 nos vamos a dar la vuelta a la India, de manera muy sumaria pero, con ayuda del conocimiento que tiene Octavio, y los muchos libros que me ha pasado para disipar mis brumas en la materia, veremos unas pocas cosas de primera calidad, dejando de lado mucho de los que van a ver los turistas por razones de publicidad no siempre justificada. En síntesis, nos vamos a Bombay (para ver otra vez Ajanta y Ellora, y esta vez las cavernas a Karla o Karli), y de ahí volamos a Ceilán, donde hay sobre todo paisaje, playas, y ese ambiente de paraíso tropical que es una de mis nostalgias infantiles (Ceilán es Salgari, Verne…). Luego volvemos a Madrás para ver Mahabalipuram, y subimos a Orissa para visitar los templos de Konarak y el resto. Luego Calcuta, y saltamos a Nepal, del que Octavio y Marie-José cuentan maravillas. Volvemos entonces a Delhi, el tiempo para irnos a Teherán y empezar la conferencia. […] Con Octavio llevamos ya muchas horas de charla, en la medida en que es posible hablar en paz teniendo junto a nosotros ese pájaro maravilloso y turbulento que es su mujer. Me maravilla cada vez más la lúcida y sensible inteligencia de Octavio, aunque esté muy lejos de sus criterios en muchas cosas. Lo que más me asombra en él es su juventud, se deseo de seguir adelante en la poesía; Blanco, su último poema, es el resultado de una larga meditación “India”, por una parte, y estructuralista por otra. Trabaja ahora en una serie de poemas “en rotación” (¿leíste Los signos en rotación?), que se imprimirán con un sistema de tarjetas perforadas que permitirán diferentes lecturas, etc. Su interés por las búsquedas de los poetas concretos, lo que hace el grupo de Haroldo de Campos, el de Henri Chopin, etc., es conmovedor, porque todo llevaría a pensar que un hombre que ha llegado a una plena madurez en una línea poética, se mantendría prudentemente al margen de las aventuras actuales. Y no es así, y frente a eso los resultados importan menos que la actitud de un hombre capaz de tirarlo todo por la borda y lanzarse a cosas que muchos de sus admiradores encontrarán insoportables.

 

 

A Julio Silva

 

New Delhi, 9 de marzo de 1968

Con Octavio llevo un mes y medio de charlas y discusiones que me enseñan una infinidad de cosas, y me dan una perspectiva más justa de la India. Hemos hecho algunos viajes cortos juntos, entre ellos una visita a una gurú muy extraordinaria de la que te hablaremos a la vuelta. Estuvimos en Kajuraho, viendo los templos con sus admirables esculturas, que filmé lo mejor que pude; frente a la película y las fotos podremos hablar de eso, como también de la maravillosa arquitectura de los mogoles. Pero fuera de eso la India me muestra horriblemente lo que es el tercer mundo, y me siento muy mal y con una constante crispación de estómago; no soy, desde luego, el esteta que era en 1956, cuando me limitaba atentamente a ver lo bello de la India sin preocuparme demasiado por el resto, que es casi todo.

 

 

A Emmanuel Carballo

 

Nueva Delhi, 24 de marzo de 1968

Anoche terminé la revisión de Paradiso y hoy la entrego a Octavio junto con esta carta para que las envíe a México.

 

 

A Francisco Porrúa

 

Teherán, 24 de abril de 1968

El interregno indio terminó hace algunos días, después de un magnífico viaje por el sur y por Ceilán. Fuimos a Jaipur [5], Bombay, Aurangabad, Madrás, vimos los templos de Mahabalipuram a orillas del mar, y el increíble templo del Sol de Konarak, donde la escultura erótica llega a rozar un absoluto que los occidentales persistimos en no ver. Ceilán es un pequeño paraíso (incluyendo lo cursi de la connotación: no falta nada, el paisaje preadamita, las playas, los niños desnudos jugando con la espuma, el sabor de las frutas, los bungalows con mosquiteros, los templos budistas). Pero detrás de todo eso —y me refiero en especial a la India— hay un horror permanente que solo pueden ignorar los que viajan por cuenta de American Express y duermen en hoteles de lujo. Quise conocer Calcuta, y todavía no he conseguido lavarme de esa impresión. Creer que estamos en la edad moderna, después de una visión semejante, es ser hipócrita o imbécil. La estación de ferrocarril y las plazas adyacentes (por darte un ejemplo) viven permanentemente millares de familias sentadas en el suelo, en los andenes, las calles, entre dos vías de tranvía, al borde de los charcos de agua podrida. Cada familia cuenta cinco o más niños, revolcándose desnudos en el barro y la mugre; hombres y niños están esqueléticos, muchos leprosos o con elefantiasis, y el núcleo familiar visible lo constituye una olla en torno a la cual están sentados o tendidos, y donde cocinan algún puñado de arroz que les dan o que consiguen pidiendo limosna. No sé de una imagen mejor del infierno que la de una familia viviendo al aire libre, entre dos vías de tranvía y rodeada de otros centenares de grupos análogos, mientras una inmensa muchedumbre camina incesantemente de un lado para otro, sin trabajo, sin dinero, mirándose unos a otros con esa insondable mirada de los indios. El problema de las castas y del desempleo es tan monstruoso, que no tiene ninguna salida imaginable, como no sea una explosión a la manera de China: pero en China por lo menos no tenían el problema de las castas. (A poca distancia de Agra, que es una gran ciudad, los pobladores de una aldea quemaron vivo a un muchacho que se atrevió a infligir un tabú de casta; en otro pueblo, dos muchachos se peinaron los bigotes para arriba, privilegio que no les correspondía por razones de casta; los apresaron y los mataron a pedradas. Estas cosas se denuncian en el parlamento, pero al día siguiente ya nadie hablaba de ellas. Y, naturalmente, algo sé ahora del ejército indio, un ejército profesional que se come el 50% del presupuesto, cosa que sin duda te llevará a pensar en casos análogos…).

       Lo pasé muy bien con Octavio Paz, que es uno de los hombres más inteligentes que he conocido entre los poetas; me enseñó mucho sobre budismo, nos pasamos largas veladas hablando de poesía y hasta haciéndola. Octavio está muy entusiasmado con la poesía concreta, y acaba de escribir una serie de “topoemas” que saldrán en México. Yo me divertí imaginando la posibilidad de un poema cuyas estrofas pueden mezclarse y barajarse en todas las combinaciones posibles, y cuyo sentido cambia a veces de una manera muy curiosa.

 

Fotografía del observatorio de Jaipur, tomada por Julio Cortázar.

 

De esa viaje a la India, Aurora Bernárdez recuerda:

El segundo viaje [a la India] lo hicimos estando Octavio como embajador de México […] y nos alojamos en su casa, entonces la experiencia fue muy distinta, naturalmente. Él era un gran conocedor de la cultura india. Vivió años allí y la estudió verdaderamente. Las conversaciones y los viajes que hicimos con él por la India, unos pocos, fueron muy importantes. Por ejemplo, fuimos a un “ashram” donde había una maestra, era realmente insólito para nuestros ojos y a la vez tan interesante. Ese mundo, esa forma de vivir, esa idea de la vida tan diferente de la nuestra, no sé si mejor pero otra […] .  Julio y Octavio [hablaban] de literatura, naturalmente. ¿De qué iban a hablar? Pero de política también, un poco. Porque, en fin, como se vio más tarde, las ideas políticas de uno y de otro fueron muy distintas. Pero las conversaciones a las que asistí me fascinaron. Para mí fue extraordinario, realmente, oírlos hablar a Julio y a Octavio en la casa. Fue una de las experiencias más importantes que he tenido.

Me acuerdo que estábamos en casa de Octavio Paz, había tres o cuatro personas, no era una fiesta propiamente dicha, pero no sé, alguien se puso a bailar, probablemente Marie José, la mujer de Octavio, que era muy joven, muy bonita y muy divertida. Entonces bailamos todos, pero bailamos un poco como los chicos, sin saber, moviéndose de cualquier manera. Hacíamos como ahora se puede hacer, como bailan en las discotecas, cualquiera baila. Ya no es como en mis tiempos de tanguera, en que el tango se bailaba de cierta manera y no de otra. Fue muy divertido. Julio no era bailarín. No bailaba.[6]

 

 

A José Lezama Lima

 

Saignon, 7 de julio de 1968

Quiero ante todo satisfaces el pedido que me haces de que te cuente algo de mi estancia en casa de Octavio Paz en Nueva Delhi; fueron dos meses exaltantes para mí, porque si bien el espectáculo material y moral de la India es terrible (sólo una revolución a lo Mao podría hacer algo por ese país, estoy convencido) en cambio el pasado prodigioso de esa civilización de hace presente, un presente mucho más visible que el triste presente histórico que viven los indicios de hoy […] Y Octavio, que todo lo sabe y lo siente, era mi Hermes Psicopompo, el guía sutil que conoce cada curva simbólica de las piedras, cada intención de los textos. Me dices que te hubiera gustado mirar por la cerradura ese encuentro: yo te digo que muchas noches estuviste con nosotros, porque yo tenía en las manos las galeradas de Paradiso que me habían enviado Emmanuel y Neus para que le diera un vistazo (lo sabes, supongo, porque habíamos hablado de eso con ellos en la Habana), y muchas veces le leí a Octavio largos pasajes, los discutimos, los indagamos, nos perdimos en tus Indias fabulosas para remontar, con el vértigo del que sale del maelstrom, a ese jardín de Nueva Delhi donde cantaban pájaros nocturnos y se oía a lo lejos el cantar de los chacales. No necesito decirte que la poesía fue nuestra amante durante dos meses.

 

 

A Roberto Fernández Retamar

 

París, 20 de octubre de 1968

Octavio Paz renunció a su cargo de embajador después de la masacre de México. Me manda un poema y una carta que explica y da su terrible y hermoso sentido al poema.

 

 

A Néstor García Canclini

 

París, 30 de octubre de 1968

Octavio […] me ha escrito que viene a vivir a París, y que llegará dentro de dos meses.

 

 

A Mario Vargas Llosa

 

París, 11 de marzo de 1969

Tampoco estoy de acuerdo contigo en lo que dices a Roberto [Fernández Retamar] sobre tu cátedra en los USA; siempre me pareció que al firmar la anterior declaración de la revista de la Casa, en el 66 o 67, nos obligábamos moralmente a no ingresar en el drenaje de cerebros. Creo que si hubieras venido al Congreso Cultural, donde este tema fue capital, no hubieras aceptado ir a Pullman; hace unos días tuve ocasión de decirle lo mismo a Octavio Paz, que va a Pittsburgh por tres meses. Por mi parte, rechazaré la invitación de Columbia, cortés pero decididamente, porque aunque sé de sobra las excelentes condiciones que habría allí para decir lo que se piensa (como lo dices tú de tu universidad), lo que vale hoy en Latinoamérica es la decisión física de no ir, puesto que en nuestros países pocos pueden saber si trabajamos con libertad o no en los USA, y en cambio sí saben de las ventajas de todo orden que los yanquis conceden a sus huéspedes culturales, y deducen cómo es lógico que de una manera u otra cedemos a las presiones y a los halagos.

 

 

A Alejandra Pizarnik

 

París, 5 de mayo de 1970

Vi a Octavio en Londres, hablamos de vos, de Duchamp, del arte tántrico, de lo que pasa en México y que es horrible.

 

 

A Gabriel García Márquez

 

París, 7 de diciembre de 1970

Pero no todo es fiesta en este mundo de caimanes y helicópteros. La ominosa revista nonata manifiesta una vitalidad intrauterina que da miedo […]. Primero, hace más de un año que en París le dije a Goytisolo que colaboraciones sí pero Comité de Redacción no; bastante rompecabezas me dan los cubanitos para echarme otra revista al lomo, aunque lo tenga largo […] en todo caso, no me incorporaré a la revista como no sea a título de colaborador, y eso siempre que, como le repetí a Juan delante de todo el mundo, el mecanismo financiero de la revista nos sea explicado con todas las letras desde el vamos  […]. Recibí una carta de Octavio, diciéndome que ya se le ha pasado la bronca, pero que a lo mejor quién sabe si en una de ésas no saca “su” revista en Mexico… Ya ves que el boche es de abrigo; y además, Gabo querido, ¿a ti te parece que todo esto es tan importante como pretenden los agitados del grupo, es decir Goytisolo y probablemente Sarduy? Confío como siempre en tu sentido del humor, y en dos horas de charla barcelonesa, para dejar bien claras estas cosas.

 

 

A Félix Grande

 

París de Francia, 15 de febrero de 1971

Pues no, viejo, no tengo ningún domicilio de Octavio en México, pero pienso que si le escribes al Colegio de México, en el cual, como quizá sabes tiene que hacer un curso este año, la carta le llegará sin problema.  La otra solución es escribirle c/o Mortiz. Vi apenas de paso a Octavio cuando vino unos días a París, pues yo estaba ya lléndome  a La Habana y todo se redujo a unos tragos y un abrazo.

 

 

A Saúl Yurkievich

 

Saignon, 19 de julio de 1971.

Bueno, tu libro me pareció excelente, y lo que no conocía de él me gustó todavía más de lo que he leido (Borges). Si tuviera que elegir, creo que me quedaría con el estudio sobre Huidrobo, que además viene a llenar justicieramente un hueco escandaloso en la crítica.  Mucho me gusto el capítulo sobre Octavio, tan difícil de alcanzar sinfónicamente, diríamos, puesto que Octavio es como un ovillo de muchas puntas que vos haz ubicado perfectamente.

 

 

A Saúl Sosnowski

 

Viena, 23 de septiembre de 1971.

No he escrito ningún cuento, salvo uno que di a Libre y otro a Octavio Paz para Plural.

 

 

A Omar Prego

 

Cadenet, 23 de septiembre de 1981

Como me lo pedís, te mando el mensaje que escribí para el encuentro de La Habana. La declaración de Retamar no me extraña demasiado en un contexto tan exasperado como debió tenerlo el encuentro, a la hora de la ofensiva de Reagan y tantas otras cosas. Pero desde luego se impone calificar los juicios, y juntar a tres grandes escritores bajo una misma tajante acusación me parece… [Octavio] Paz, desde luego, con su neurosis antistalinista que proyecta en todas direcciones, está haciendo mucho mal en México. No es el caso de Fuentes, y en cuanto a Borges, la acusación toca mucho más a su nefasta época de declaraciones públicas que a su reciente actitud mucho más positiva y que debería tenerse en cuenta.

Octavio Paz, Julio Cortázar y Alberto Gironella

 

NOTAS

[1] La carta contiene una amplia reseña de Cortázar a La región más transparente de Fuentes.

[2] Paul Blackburn (1926-1971), fue un poeta, traductor, editor y profesor que realizó extensas grabaciones de la vanguardia poética entre 1960 y 1971. Además de su propia poesía, tradujo a Paz y a Cortázar. El catálogo de esas grabaciones puede consultarse en la Paul Blackburn Audio Collection de la Universidad de California en San Diego.

[3] Marie-José Tramini.

[4] En esa época, Cortázar y su esposa Aurora Bernáldez, trabajaban como traductores de la United Nations Conference on Trade and Development (UNCTAD). Del 1° de febrero al 29 de marzo de 1968 se celebró en Nueva Delhi, la segunda conferencia de dicho organismo.

[5] De las notas y fotografías que Cortázar tomó en el observatorio de Jaipur, surgió su libro Prosa del observatorio (1972). Aurora Bernárdez apunta: “Fue inspirado por el observatorio de Jai Singh, uno de los observatorios astronómicos de la India, que es una verdadera maravilla como construcción. Uno podría incluirlo en el mundo de la arquitectura fantástica. Conjuntos de escaleras que no llevan a ninguna parte, o que uno tiene la impresión de que no llevan a ninguna parte, de arcos que dan a una pared o al vacío… El recuerdo más fuerte que tengo de ese viaje fue el observatorio, y creo que para Julio también fue así, porque lo inspiró.

Prosa del observatorio nace de la visión de los maravillosos edificios que mandó construir el Sultán para observar las estrellas combinado con el viaje anual de las anguilas para desovar. Repite unas leyes que coinciden en el espíritu de Julio con las leyes que gobiernan el universo, con los astros, todo configura un orden. Es un libro extraordinario, no sólo la idea, esta especie de armonía de fondo este orden que se refleja en los observatorios desde el punto de vista plástico y científico y el movimiento de las anguilas que dan esa enorme vuelta. La idea del plan y del orden. Eso es lo que es importante, me parece a mí, aparte de que como prosa es formidable.

[6] Citas tomadas de El libro de Aurora. Textos, conversaciones y notas de Aurora Bernárdez, Alfaguara, 2017.

Autores

  • Cortázar, Julio

Lustros

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