En la mirada de Juan Malpartida

Juan Malpartida

Juan Malpartida, Octavio Paz y Manuel Ulacia Altolaguirre, en el Hotel Palace en Madrid, 1987. Cortesía de Juan Malpartida.

 

Juan Malpartida es poeta, crítico literario, redactor jefe de Cuadernos hispanoamericanos y consejero de esta Zona. Sobre su primer poemario Espiral, Paz escribió en 1988: “Es un libro de poemas, mejor dicho, es un poema que se dispersa en muchos poemas pero sólo para volver, una y otra vez, al punto de partida. Un punto que, sin cesar de ser el del comienzo, es siempre distinto. Variaciones y recurrencias, repeticiones y transfiguraciones, vuelo y gravitación, diálogo constante entre lo otro y lo mismo. Espiral, torbellinos y remolinos, formas aéreas y acuáticas al fin resueltas en una caracola resonante: un poema. En el libro de Juan Malpartida giran y se entrelazan voces y ecos, formas y reflejos: el cuerpo que piensa, el pensamiento que encarna”.

 

Los siguientes apuntes provienen, además de algunos ensayos en Letras Libres y de notas periodísticas, de Al vuelo de la página. Diario 1990-2000 (Fórcola, 2011) y Estación de cercanías. Diario 2012-2014 (Fórcola, 2015). (AGA)


 

 

1975

 

Comencé a leer a Paz a los diecinueve años y desde entonces mi interés por su obra ha ido creciendo, sin tregua.

 

Entrevista para Laberinto

 

Cuando conocí al poeta argentino Enrique Molina le pregunté por Paz (¿cómo era, de qué hablaba, ¿qué sabía de su vida?), y lo mismo a Juan Gil-Albert, que lo trató cuando Paz era muy joven, en Valencia (1937) y luego en México. Tuve la suerte de visitar México en 1977, y además de probar los moles, los tacos y tomar margaritas, compré todo lo que me faltaba de la obra de Paz. Me la aprendía de memoria. No podía creer que existiera un poeta así. ¿Por qué? Podría intentar dilucidarlo, pero sospecho que es una tarea interminable. Uno de esos días leí El mono gramático, uno de los poemas mayores de la lengua. Otro día leí Pasado en claro (cuya primera edición hallé en París): poema de dos rostros, el descriptivo de la infancia y el otro, el reflejado en el pensamiento poético.

 

 

1986

 

Más tarde, lo conocí en Madrid —en un momento especialmente dramático en mi vida— y poco a poco se fue fraguando una amistad alimentada por nuestros encuentros en Madrid y México, por nuestros comunes amigos y por una desigual correspondencia. El 27 de mayo de 1989 recibí una carta suya respondiendo a otra en la que le planteaba la posible influencia de La tierra baldía en el Lorca de Poeta en Nueva York. 

 

 

Un azul y todos los azules

 

Hace ya casi veinte años, llevado por la impaciencia de la juventud, le expresé a Paz mi preferencia por cierta tradición algo esotérica que alcanzaba, sobre un determinado aspecto crucial, las mismas conclusiones que un enrevesado filósofo, pero, por decirlo así, de golpe, como un satori. Paz me miró sin impaciencia y me explicó que para él eran importantes los caminos.

 

 

25 de mayo de 1988

Defensa de Paz

 

Si no hubiera leído recientemente el libro de Félix Grande La calumnia, quizá no hubiera entendido la dimensión terrible del artículo de [Francisco] Umbral del día 22 de mayo, titulado Paz. Hacía tiempo que no leía algo tan sucio y vil: acusar a Octavio Paz —de manera velada, como lo hace la cobarde calumnia— de agente de la CIA y de cobrar “en dólares una vez al año, o antes si hubiera peligro de muerte” (aparte de las demás lindezas, dignas de un hombre crítica y moralmente pobre) es algo que merece ser contestado. Todo el artículo de Umbral es una condena a muerte a Octavio Paz y un tremendo desconocimiento de su obra y de su biografía: Paz no vino a Europa a entrometerse, sino a defender la causa republicana, con el riesgo de su vida; Paz es uno de los pocos escritores de nuestra lengua que ha criticado —con argumentos— el poder, llámese PRI, Washington, Moscú o, incluso, los males de la democracia; Octavio Paz dimitió como embajador de México en la India en 1968, como protesta por la matanza de Tlatelolco, y escribió un libro lúcido y valiente, Posdata; ha criticado a Estados Unidos dentro del país, ha defendido siempre la democracia —que es un espacio plural, un espacio de diálogo y posibilidad de crecimiento—; Paz no ha defendido jamás (que Umbral demuestre lo contrario, si puede) ningún tipo de dictaduras y ha reivindicado la lectura de los escritores libertarios. Umbral, con una ceguera que alarma pero que no es nueva, le critica que no se haya comprometido ni con su siglo ni consigo mismo (que el lector repase El laberinto de la soledad y El ogro filantrópico para lo primero, y su poesía para lo segundo). Señor Umbral: usted acusa a Octavio Paz de cobrar dinero de la CIA o de Wall Street (típica figura retórica de la calumnia); pues bien, demuéstrelo, o de lo contrario yo le digo en mi nombre, y sé que en nombre de multitud de lectores de Paz, que usted es un embustero y un calumniador.

 

 

Julio de 1988

 

Estuve algo más de un mes en México, hospedado en casa de mis amigos los poetas Manuel Ulacia y Horacio Costa […]. En ese tiempo vi a Paz varias veces y en tres ocasiones visité su casa, en el Paseo de la Reforma (en realidad se entra por la calle Guadalquivir). Una casa de pisos, pero que los Paz han convertido en una casa romana, con distintas alturas, laberíntica. Es un dúplex, pero sólo es visitable para el invitado la parte alta de la casa, donde hay varias salas, un pequeño jardín y, pasando ese jardín, el amplio estudio de Paz. En la parte baja están las habitaciones privadas y otro estudio con biblioteca donde se hallan los libros en lengua castellana. Por algún lado debe encontrarse el estudio de Marie-Jo (el recinto mágico donde reconstruye mundos, no como vienen, como los ve: los collages). El estudio de Paz está lleno de libros (calculé que habría unos ocho mil), sobre todo en francés e inglés, y objetos muy diversos: figurillas orientales, africanas y de otros lugares: En algún lugar, apoyado en el suelo, un Motherwell. En un lado, una mesa de mediano tamaño, despejada, en la que reposa, verticalmente, una tablilla que no acierto a identificar. A la entrada de la casa está parte de la biblioteca del abuelo, Ireneo Paz (que, a pesar de sus dos veces pacífico nombre, tuvo sus momentos belicosos). Una noche Paz, subiendo al sofá que hay delante de la biblioteca («si viene Marie-Jo me avisas, tiene miedo de que me pueda caer»), me enseñó, con orgullo, alguno de esos libros, entre los que estaban los tres volúmenes de la primera edición de Los episodios Nacionales de Pérez Galdós. En esa misma sala hay un precioso Buda de malaquita y un altar budista: lo abrí y vi con sorpresa que estaba lleno de figurillas eróticas. Olvidaba decir que la casa está recorrida continuamente por un grupo de gatos siameses que amenazan el equilibrio de tantos objetos preciosos.

 

[…] No era fácil, en ciertos momentos, hablar con Paz: su intensidad como interlocutor tiene algo agresivo, aunque no tarda en relajar la mirada y el peso de sus preguntas. No obstante —y muchos amigos comunes me lo han corroborado—, Paz ha sido siempre un interlocutor exigente, angustiado por el tiempo, y, a la vez, capaz de relajarse y olvidarse del tiempo […]. Acabada la entrevista, Marie-Jo se unió a nosotros y volvimos a llenar las copas. «¿Te quedas a cenar?». Me quedé a cenar. Allí mismo, una asistenta desplegó una mesita y un rato más tarde la cena estaba servida. Recuerdo que los cubiertos tenían figuras budistas. No sé lo que comimos, pero sí que tomamos un vino francés estupendo. La conversación se iba para un sitio y para otro, con ese vaivén tan agradable de las charlas que no van a ninguna parte, porque su sentido es solamente ir. Recuerdo algo de lo que dijo Octavio. Sobre Cortázar: «Llegó muy tarde al sexo y a la política, de ahí su actitud». Era una crítica, pero de ningún modo virulenta. Habló de Cortázar con admiración y amistad. En cuanto a García Márquez: «Yo estaría horas con él oyéndolo contar historias, si no fuera por sus ideas políticas». A Paz le gustaba (y le gusta) la fiesta de los toros. Fue de niño con un tío suyo, varias veces en Ciudad de México y llegó a ver a Ignacio Sánchez Mejías torear. Volvió a frecuentar la plaza a su vuelta a México (vivía en París) a principios de los años cincuenta, pero ciertas opiniones de no sé quién —un escritor francés— le hicieron abandonar la afición, y luego de su estancia en la India ya le fue imposible ver el sacrificio del toro. Marie-Jo asentía. Sin duda le repugna cualquier tipo de muerte. De hecho, una vez, acababa de llegar yo a su casa para irnos a comer y, cuando le pregunté por Marie-Jo, me explicó que se habían enfadado: «Hemos estado un día sin hablarnos —me dijo sonriendo y bajando la voz—. Estaba yo leyendo a Shakespeare, The tempest, cuando vi que había una araña peluda sobre las páginas. ¡Chas!, cerré el libro. Pero Marie- Jo me estaba viendo y no pudo perdonármelo». Pensé en los años que vivieron en la India, pero, sobre todo, en su intimidad envidiable.

 

Aunque se presta a conversaciones sinuosas, Paz habla con un sentido enorme de la coherencia. Por ejemplo, si está hablando de la persona Cortázar, no la mezcla con la obra; al menos que esté justificada esta mezcla. Habla con un sentido agudo de la narratividad y de la coherencia. […] Paz es un magnífico narrador, y todos los que lo conocen bien lo habrán constatado. Mientras cuenta alguna anécdota suele retratar con algunas palabras a los personajes: signos rápidos, de gran dibujante. La historia avanza, da vueltas y de pronto se cierra con una imagen o un pensamiento.

 

 

Verano de 1989

 

Recuerdo en Madrid, tal vez un año más tarde. Íbamos por el paseo Recoletos, Paz hablaba de un libro de Wordsworth (The Prelude) donde el poeta inglés recuerda su infancia, se ve patinando o subido a un árbol, imagen esta última que relacionó con su propia infancia; de la Política de Aristóteles y de la modernidad política de Polibio, «autor al que cada día admiro más».  Marie-Jo comentó en algún momento que hacía poco en México hubo un acto oficial de Salinas al que ellos asistieron.  De pronto (imagino que estaría previsto) llegó [Fidel] Castro [1] y todo el mundo comenzó a aplaudir.  Octavio se puso los dedos entre los dientes y chifló hasta que se cansó.  Admirable juventud y entereza moral.  Hablamos de poesía: admira a Vallejo, pero más a Neruda.  No le parece que Sobre los ángeles sea el gran libro que algunos proclaman. “Son ángeles huecos, prefiero el alba del alhelí, Cal y Canto, Yo era un tonto...,” etc.  La conversación salta y Paz habla de que hay parecido entre Poésie ininterrompue de Éluard y Espacio, de Juan Ramón Jiménez, aunque me pregunto si Juan Ramón llegó a leerlo.

 

 

Abril de 1990

 

En un curso que hubo en el Instituto de Cooperación Iberoamericana, creo que en el año 1987, sobre Octavio Paz, una de las mesas versó sobre el ensayo. Recuerdo que Fernando Savater calificó este género literario. entre otras cosas, de epiléptico, y tal vez explicó la etimología de esta palabra que significa «sorpresa», «ser sorprendido» o algo así. Paz matizó la imagen: «si el ensayo es una epilepsia es porque se modera y se convierte en ritmo. Yo he tratado de someter la epilepsia de las ideas al orden de la gracia». No está mal, ¿verdad?

 

 

Junio de 1993

 

Cena con Octavio Paz y Marie-Jo. Fuimos Manuel Ulacia y yo a recogerlos al hotel y paseamos por el Barrio de las Letras, deteniéndonos en la casa de Cervantes y en el convento de las Trinitarias. Ya en el restaurante, en la plaza Santa Ana, hablamos de poesía hispanoamericana. Paz elogió a Roberto Juarroz, especialmente por los comienzos de sus poemas, y Manuel se apresuró a darle la razón. Yo me atreví, tras reconocer su valía, a mencionarle lo monotonía y la estrechez temática. Manolo me miró con alarma, no tanto por no estar de acuerdo como porque le discutiera a Paz, pero Octavio asentía sonriendo. Tras la cena fuimos a tomar una copa a un lugar nuevo, en la calle Arenal, un antiguo palacete, delirio de un indiano de Asturias, del XIX, ahora remozado y abierto al público. Apunto retazos de su conversación. Lamento no recordar bien todo lo que dijo sobre Sor Juana, porque lo confundo con su propio libro sobre la escritora barroca, así que prescindo aquí de esos recuerdos. Me sorprendieron una vez más su memoria y su capacidad para ordenar los argumentos. Tengo que señalar que Paz prueba mucho a sus interlocutores y así prueba sus propios juicios. Cuántas veces lo he visto comenzar elogiando una obra o a una persona para acabar concluyendo lo contrario. Le gustan las paradojas y pensar contra sí mismo: «Corneille —me dijo sonriendo— es el gran dramaturgo español después de Calderón y Lope. Esto no lo dicen los franceses, ni se les puede decir, pero Corneille no es, a pesar de que se expresó en francés, un escritor francés, sino español».

 

Paz tuvo hace muchos años algún trato con Ernesto Cardenal, pero no tardaron en distanciarse, era y es mucho lo que los diferencia: «Ernesto Cardenal estuvo muy enamorado de una sobrina de Somoza; pero a Cardenal siempre le fue mal con las mujeres y aquella muchacha no le hizo caso. Todos esos poetas [nicaragüenses coetáneos de Cardenal] eran católicos y, algunos de ellos, fascistas. Carlos Martínez Rivas —que era por el año 1948, cuando lo conocí, muy bebedor, y lo siguió siendo— me reprochó cosas que yo había dicho en mis poemas. Creía que me asistía el demonio». Hablando de los comienzos de la vanguardia en español era inevitable que nos refiriéramos al poeta chileno Vicente Huidobro: «Nadie vio nunca esa edición de Huidobro [Espejo de agua, Buenos Aires, 1916]. Reverdy, que no era muy buena persona, tenía razón en esto. Él fue el primero, pero Huidobro cambió las fechas sin reconocer que los franceses ya habían destacado el papel de la imagen, su autonomía. A Huidobro —salvo en sus buenos momentos— le faltó lenguaje, le faltó sangre. Todo lo contrario que Neruda, que fue un poeta con mal oído pero, yo creo, fue el gran poeta de su tiempo. Incluso Canto general, en muchos momentos, especialmente en las “Odas” es estupendo.  Alturas de Machu Picchu me gusta menos. Hay en él demasiada retórica. Yo hice una antología de Neruda, que nunca he publicado, y comienzo con Residencia en la tierra, prescindiendo de todo lo anterior. Entre los poetas españoles que supieron leer a Huidobro estuvo Gerardo Diego, un poeta demasiado abundante, de gran perfección formal y excesos notables: Manual de espuma y Fábula de equis y zeda [de Gerardo Diego] son dos libros preciosos, de lo mejor de su generación».

 

Al comentarle que estaba leyendo los libros de memorias de Claude Roy, y una observación que me había hecho Tomlinson sobre el escritor francés (que era demasiado simpático), Paz me recordó su colaboración en Renga, las jornadas sonetistas de las que no estaba muy satisfecho, y además: «Claude sufrió hace años un cáncer de pulmón, pero se curó. Es de mi misma edad. Bueno, tal vez, tenga algo de razón Tomlinson, pero reconozco que sus libros de memorias son muy interesantes. Buena prosa e inteligencia. Es verdad, Claude no desarrolla demasiado las ideas, es algo inconstante, un poco perezoso en su investigación, pero intuitivo y con una cierta energía. ¿Sus novelas? Me interesan menos; tampoco me entusiasman sus libros de poemas, pero me gustan en cambio esos poemas que suele insertar en sus memorias. Él está casado con la primera mujer de Jorge Semprún. Los dos pertenecieron al Partido Comunista. Claude fue en su juventud ultraderechista y católico, luego se hizo del Partido y exaltó el maoísmo. Creo que su fe llegó hasta los sucesos de Hungría. Sí, es verdad, es un hombre simpático y un gran amigo».

 

 

Noviembre de 1993

 

Y bien, le dieron el premio a [Luis] G[arcía] M[ontero], lo cual es un fastidio y un alivio porque ya me devuelve a mi mesa de trabajo, me devuelve a mi realidad más real: lo que tengo que escribir. Me entero de las discusiones, de las tribulaciones de Canto rodado. El presidente del jurado, Octavio Paz, lo defendió hasta el final; [Carlos] Bousoño escribió incluso un pequeño texto para defenderlo, dos más lo votaron, pero finalmente, uno de ellos (por teléfono, puesto que estaba en Barcelona esperando la llegada de la noche cerca de su casa: una doble reivindicación de Drácula y de Proust) cambió el voto, creo que un poco confusamente, Paz me dice que le sorprendió gratamente la pasión que puso Bousoño en la defensa de mi libro, y le sorprendió que [Francisco] Brines también me votara, aunque su defensa no fue tan exaltada como la del académico que llegó a decir que era un libro perfecto. Paz cree que ha sido una pequeña maniobra, tendenciosa, para ir en contra de la tradición que él representa. Estaba un poco molesto. Finalmente, ha propuesto que la fundación Loewe financie la publicación de los dos finalistas en la editorial Visor. Si no es así, él editará en México mi libro, aunque, afirma, sería mejor que me lo editaran en España puesto que allí soy algo conocido y aquí no.

 

 

Enero de 1994

 

El día uno de enero, fecha en la que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio con América del Norte, un movimiento armado (Ejercito Zapatista de Liberación Nacional), que ha oscilado entre los dos mil y quince mil hombres, según las fuentes, campesinos (indios o no) liderados por un tal Marcos, joven poliglota «de ojos verdes», educado en alguna universidad norteamericana, se alza contra el gobierno mexicano, toma varias ciudades, entre ellas San Cristóbal, de unos setenta mil habitantes, hace rehenes y amenaza con llegar a la Ciudad de México, pide la destitución del gobierno «dictatorial», y ofrece distribución de las tierras para el campesinado, acabar con el capitalismo, la burguesía y establecer el socialismo… ¿Para qué más? […].

 

Nada más iniciarse la rebelión, Octavio Paz […] denuncia la situación social en Chiapas, culpa a los poderes locales y gubernamentales de este olvido de siglos, pero critica con dureza a los caudillos revolucionarios […]. [Su] artículo ha despertado una reacción, que no dudo en denominar patológica, tanto en ciertos periodistas e intelectuales españoles como en la opinión general […]. En mi propio trabajo, oigo a gente que no sabe casi dónde está México y que no ha leído ningún libro de Paz, quejarse del infame artículo. Otros, sin haber leído el famoso papel, se refieren a él negativamente con una fuerza moral sorprendente. ¿De dónde viene todo esto? No de Paz, que jamás ha sido un poeta de «torre de marfil», más bien ha sido y es un hombre de este siglo, que ha participado, que ha peleado, que ha discutido sus ideas a diestra y siniestra, que no ha vuelto la cara a la realidad ni a las ideas.

 

 

Noviembre de 1994

 

Conocí a Juan Luis Panero en 1990, en un curso […] dedicado a Octavio Paz […]. Paz se divertía bastante con Panero, aunque a veces disentía de las inexactitudes de su memoria o de sus observaciones. Hubo una pequeña discusión sobre un escritor inglés que Paz admira y sobre el cual Juan Luis habló con desdén. Al decir Octavio que Tomlinson era un poeta inteligente, Juan Luis añadió que era una inteligencia muy inglesa, lo que no era mucho decir, además de que escribía una poesía muy conceptual. Paz se molestó: si Tomlinson era una inteligencia muy inglesa él tenía una inteligencia muy española, «no, mejor dicho, madrileña. Además, si hablamos en serio, Charles Tomlinson no es un poeta conceptual». Octavio había pasado a ser Octavio Paz y se disponía a desmontar las pegas de Juan Luis, pero desistió. Estábamos cenando en una terraza de San Lorenzo, con otros amigos…; recuerdo que en el rápido intercambio de palabras Juan Luis le dijo que él era una inteligencia mexicana y creo que insinuó que más exactamente de Jalisco. Pero se quedó a la mitad. Hizo bien. Todo volvió a la cordialidad. Octavio metió a Haroldo de Campos en la conversación. «Haroldo, ¿no crees tú que Charles es el mejor poeta inglés actual?». Haroldo asintió, aunque ignoro si estaba muy convencido. Otro día, en estas conversaciones que nos teníamos, habitualmente en la terraza del hotel donde nos alojábamos, Paz confesó que la primera vez que leyó El cuarteto de Alejandría, de Durrell, le impactó. Panero comentó principalmente que lo leyó en la misma Alejandría y que también le había gustado mucho. Cavafis andaba por allí retratado. Pero Paz no había terminado: «Sin embargo hace algunos años traté de releerlo, y no pude, me pareció falso». Se habló de Auden, al que Paz había conocido al final de la vida del poeta americano, sería pues el año 74. Esto es algo que habría de comprobar. No estaba de acuerdo con sus ideas sobre poesía, ni con lo que pensaba sobre Juan de la Cruz y García Lorca. Auden criticó, desde su tardío puritanismo, la sensualidad del místico español y, creo recordar, la rebelión contra el catolicismo de Lorca de Poeta en Nueva York. (Por cierto, su amigo Stephen Spender cuenta en sus Journals (1939-1983) que no dejó de pensar que Lady Chatterley era un libro pornográfico y que definía Auden la pornografía como cualquier texto que provoca, en un hombre, una erección). Octavio escribió en esa semana un artículo atacando estas y otras ideas. «Lo escribí en inglés, lo que me dio mucho trabajo, porque quería que estuviera bien. Creo que es el texto que más me ha costado escribir». Le llevó el artículo a otro poeta amigo suyo, creo (aunque no lo recuerdo con exactitud) que se trataba de Mark Strand, que también andaba por ahí, para que lo revisara. Lo leyó y le dijo: «No lo publiques, lo van a interpretar mal. Auden acaba de morir». «Y no lo he publicado. Aún está inédito» […].

 

Por cierto, Juan Luis cuenta […] que conoció a Paz en México, en 1973, y dice algo de este primer encuentro, pero yo le he oído decir algo que hubiera estado bien que contara: «Llegué a su casa y me recibió un señor bronceado, de aspecto joven. Llevaba una camisa algo floreada y de su cuello colgaban diversos collares (quizá influencia de su paso por las universidades norteamericanas fuertemente marcadas entonces por el movimiento hippy). Su mujer, Marie-Jo, era jovencísima. Lo curioso es que aquel hombre hablaba de gente ya legendaria que él había tratado y a mí me parecía imposible dado su aspecto. ¿Cómo era posible que hubiera conocido a Antonio Machado, a Miguel Hernández, a Robert Frost, y si me apuras hasta al mismo Zapata montado a caballo? Pues era cierto».

 

 

Diciembre de 1994

 

Este verano murió Juan Gil-Albert. Tenía 90 años. [Nos contaba sus recuerdos]. En cuanto a Paz, en realidad nos habló de Elena Garro, su primera mujer. Es la única persona a quien he oído hablar con una gran simpatía hacia ella. «Sí, yo iba mucho a su casa, y Octavio a veces se marchaba. “Viene a verte a ti, Elena”, decía». Notamos que a Gil-Albert le hubiera gustado que Paz escribiera algo sobre él, tal vez algún prólogo. Se le veía algo molesto. Le recordé alguna frase que le dedica, muy elogiosa. Entonces nos contó que estando viviendo él en México, en el exilio (1939-47, creo recordar), murió una de sus hermanas: «Octavio pasó toda la noche conmigo, a veces hablando y muchas horas callado, haciéndome compañía. Eso no lo olvidaré». Nos preguntó si conocíamos a su nueva mujer, Marie José. Le dijimos que no, que sólo por fotos y que nos parecía una mujer guapa y simpática, además de que resultara evidente que Paz estaba muy enamorado de ella. Pero Juan no podía hacerse a la idea. Siempre lo había visto con Elena Garro. De hecho, en cierta ocasión en que fue invitado a México, creo que, por los sesenta años de Paz, recuerdo que me dijo que era muy violento para él, por muchas razones. Quería ir, pero que le sobrepasaba. «Además, Octavio tiene ahora (ese ahora, el “ahora” era desde 1962) otra mujer, muy joven, y todo eso se me hace extraño».

 

 

Enero de 1997

 

Cada día me llegan nuevos datos del incendio en la casa de Octavio Paz y de la situación en la que se encuentran él y Marie José. Sucedió unos días antes de Navidad, creo que el 21 de diciembre. Una chispa en el salón provocó un incendio mientras estaban durmiendo (en el piso de abajo). En esa sala se encontraba parte de la biblioteca del abuelo, Ireneo Paz, periodista y novelista muy conocido en la segunda mitad del siglo pasado: algunos cientos de libros de literatura clásica española y otras. Pero además, en esa sala habían ido situando todos sus recuerdos de su estancia en la India: figuras, alfombran, esculturas, cuadros, un altar budista —que se ve en una foto que le hice, hace ya años, en esa misma sala—, cuadros, y mil cosas más. La India, para ellos, simbolizada en esos objetos, tiene, entre otros, un valor íntimo: allí se conocieron y vivieron los primeros años de su matrimonio. Todo se quemó y los dos —Paz con flebitis y con una sonda puesta— tuvieron que salir auxiliados por los vecinos. Ahora viven en el hotel Camino Real y por lo que me dicen algunos amigos comunes —Luz del Amo, Aurelio Major— no quieren volver a esa casa, quieren alquilar otra, tal vez para escapar de esos recuerdos o por miedo a que pueda ocurrir otra vez. Paz sigue enfermo y deprimido e imagino a Marie-Jo, a pesar de su entusiasmo, valor y vitalidad, abrumada por todo lo que se les ha echado encima.

 

Me detengo y levanto el teléfono: llamo a México (¿por qué no hablar con ellos directamente?). Allí son las diez de la mañana. Se pone Marie-Jo y me cuenta todo lo que sucedió: el fuego quemó toda la sala, llegó por el pasillo hasta la puerta de entrada de la casa y, por el interior, bajó por las escaleras justo hasta la «recámara». Se quemaron las primeras ediciones que Paz guardaba de sus obras, lo mencionado antes, un cuadro de Matta, otro de Rauschenberg. Octavio, que tiene un problema de próstata, tenía una sonda, y así tuvieron que sacarlo. Le pregunto por la biblioteca y me dice que va todos los días a la casa y le trae a Octavio alguna caja de los libros quemados para ver cuáles se pueden restaurar. El agua es a veces peor que el fuego para los libros. Octavio se estaba bañando, así que mientras salía, Marie-Jo me contó cómo se encontraba: la pierna hinchada, la próstata, el resfriado del que ya parece estar curándose y algún otro pequeño achaque. Aún no trabaja ni lee, salvo los periódicos y las cartas, y habla por teléfono. Los amigos le llaman y le ponen al tanto de las cosas del día. Los periódicos provocan su cólera y eso le anima. «Creo que pronto se pondrá a contestar la correspondencia, pero aún no ha podido salir de la habitación desde que llegamos, hace un mes.» Le pregunto si no tenían un seguro, y me dice exaltada que no, que ya sé yo que ellos no son de esa manera, que viven de otra forma. Finalmente sale Octavio y se pone al teléfono: «Bueno, ya Marie-Jo te lo contó todo, yo no voy a hablar contigo de eso», pero me cuenta sus achaques y luego, muy al día, me pregunta por la nueva antología de la poesía española que ha salido, de la que he hablado ya aquí. «Muchos de ellos están fascinados por el postmodernismo, que dio algunos poetas estimables en España, como Fernando Fortún y Jiménez Blanco, pero no se dan cuenta de que en Hispanoamérica fueron más perfectos y valiosos la chilena Gabriela Mistral y, en México, López Velarde.» «¿Por qué no hacéis vosotros (se refiere a Sánchez Robayna y a mí) otra antología, donde esté alguno de ellos que sí valen la pena y los otros que han expulsados de la literatura?». Le manifestó mis dudas ante tanta antología (además, cómo hacerla e incorporarnos a nosotros mismos), pero él insiste en que hay que ser más combativo. En cuanto a Cuadernos: «Tenéis que cambiar la letra [ya lo hicimos, y la música] y atender más a lo que ocurre hoy en día con la poesía y con los demás géneros, seguir las discusiones, tomarle el pulso a lo que pasa». Vuelvo el tema a él mismo y me habla de la edición de los volúmenes de sus obras que contienen toda su poesía. Su situación actual le impide escribir, pero le gustaría hacerlo, «no prosa, tal vez algunos poemas, traducciones, como las que he hecho recientemente de Li Ch’ing-chao y tal vez aforismos. Tengo algunos proyectos, Juan, Marie-Jo me dice que te voy a arruinar con tanta conversación». Nos despedimos. Como siempre, me quedo con la sensación de no haber dicho nada, salvo tartamudear un poco. No importa, con Paz para mí lo importante es lo que él dice. Me quedo más tranquilo porque su tono tiene vitalidad y no parece haber perdido nada de su agilidad mental ni de su capacidad de indignación.

 

 

Julio de 1997

 

Octavio sigue en el hotel. Recibí hace un mes (fechada el 22 de mayo) carta suya, lúcida y atenta como siempre, en la que hacía un comentario de cierta extensión de Hora rasante, un pequeño libro de poemas que le envié hace poco. Pocas personas con tanta fidelidad a la poesía, y debo pensar también, a la amistad. Ni por su estado ni en sus circunstancias otro hubiera atendido mi libro. Sobre todo si es, más o menos, de mi generación, tan lejana a la suya […]. Ahora me entero por Orlando que eso no ha sido posible y que lo han vuelto a hospitalizar, tal vez para algo rutinario o quizás alguna intervención. Le cuesta poder caminar sin ayuda. La ciática, los años y los siete meses de achaques, le impiden sostenerse, por lo visto se enfada con facilidad y tiene momentos de verdadera cólera. La cabeza funciona, pero el resto se va convirtiendo en algo que le impide ser el que siempre ha sido. Y no está preparado para ser viejo. Alguien dirá que ya es un hombre de más de ochenta años. Sí, pero con la suficiente vitalidad para dormir seis horas, recibir —en sus estancias en Madrid— a tres o cuatro personas diarias. Responder entrevistas, acudir a algún acto social, almorzar y salir a cenar, beber vino con la cena y algún whisky, y a las dos de la mañana estar entusiasmado con la conversación, contando, con una memoria prodigiosa […]. Pero todo tiene su fin y, sobre todo, las personas, sujetas a un tiempo implacable que, en ocasiones, muestra de manera más evidente su crudeza. Exagero tal vez, porque Paz es un hombre afortunado: por tener a Marie-Jo a su lado, tantos amigos y una situación económica que le permite acceder a lo mejor. No, lo peor es lo de siempre, y no se puede hacer nada, salvo desear que no sea peor aún.

 

 

20 de abril de 1998

 

Ha muerto Octavio Paz.

 

CON MIRADA DE SOL QUE SE RETIRA

 

Yo tenía treinta años recién cumplidos cuando conocí a Paz, él sesenta y dos. Doce años, pues, de amistad. La primera vez que lo vi fue en el otoño del 86, tras habernos escrito a comienzos de ese mismo año, y la última vez que hablé con él, por teléfono, en febrero del 97; pocos meses después todavía recibí una carta suya respondiendo a mi envío de Hora rasante […]. Durante esos años lo vi muchas veces en Madrid y también en México, con otros amigos o desconocidos, con Marie-Jo o a solas. En ocasiones me imponía su conversación, que podía ser inquisitiva por sus preguntas sobre temas difíciles o por su mera amplitud, pero no tardaba en encontrarme a gusto y fascinado por los rumbos de su pensamiento y sus conocimientos, por su incansable curiosidad. Podía ser serio, pero también cordial y divertido.

 

Ahora sé que no sonará el teléfono encontrándome con la sorpresa de oír su voz, ligeramente aguda y de tono bajo, diciendo, «Juan, habla Octavio», y después de las preguntas de rigor, encontrarnos hablando de literatura o de política o bien de los amigos, no sin malicia en ocasiones. Tampoco abriré la revista Vuelta y me encontraré con un artículo o ensayo suyo respondiendo a esto o aquello. La muerte, tan tremenda, es algo sin embargo banal. La vida, en cambio, sí es grande porque en ella caben los amigos y los libros, las conversaciones y los monólogos. La vida es una conversación y ahora la vida se ha hecho más pequeña porque alguien que sabía hondamente que «conversar es humano», es decir, que el humano es conversar, ya no está entre nosotros. Paz hizo del diálogo el eje de toda su obra y de su vida misma, y eso supone la afirmación continua del otro y de lo otro.

 

En las muchas notas que se han publicado en la prensa hoy, he encontrado de todo: declaraciones sinceras y conmovedoras, valoraciones justas y, también, pequeños ajustes de cuentas por parte de gente que no existe, aunque hablan alto; miles de inexactitudes producto de las prisas y de la mala información y, cómo no, el rosario de vanidades. Algunos de sus amigos mexicanos y españoles, han escrito con frialdad, quizás porque no podían escribir con calor, golpeados por la noticia esperada pero siempre sorprendente. Me consta que ha de ser así porque conozco a muchos de ellos y sé el cariño que le profesaban. Otros son amigos del poeta porque le vieron una vez. Algunos más afirman con torpeza que era un gran ensayista, pero un poeta frío y tal vez pasajero; otros que era un gran poeta, pero un pensador discutible (como si fuera una crítica esto último) o divulgativo. Algunos poetas ajenos a su poesía han escrito páginas de elogio y hasta efusivas, y no he podido dejar de preguntarme si quizás ahora comenzarán a leerlo. Nunca es tarde, quizás. Yo he publicado una nota que me han troceado y maltratado con incuria. Palabras, palabras, buenas y malas, acertadas y torpes, necesarias y banales […].

 

Hablo por teléfono con Marie-Jo y me cuenta los últimos días de Octavio. Salvo por los efectos de los anestésicos no perdió, me dice, la lucidez. El mismo día que murió estuvieron varias horas hablando y tomó una menta frappé. Todas las noches salían al jardín y hablaban un poco y se agradecían el tiempo que habían estado juntos. No quiero contar todo lo que Marie-Jo me ha relatado, me basta para abrazar a los dos con lo que he dicho, pero si quiero anotar que ahora sé que Octavio Paz murió tal como se vio en uno de sus poemas de Árbol adentro, «con mirada de sol que se retira».

 

Juan Malpartida

10 de marzo de 2013

 

Recuerdo haber visto a [Alain] Finkielkraut en El Escorial, creo que, en el año 1988, hace veinticinco años. cuando los dos éramos mucho más jóvenes. Yo estaba participando en un curso sobre la obra de Paz, y el joven filósofo se había acercado al poeta, a quien no sé si conocía de París, y, al entrar en la terraza del hotel donde yo estaba, Paz me saludó y nos presentó. Luego se fueron a una mesa donde conversaron durante media hora. de los libros que he leído franceses últimamente sobre el amor y sus peripecias, Finkielkraut es el único que cita La llama doble: Amor y erotismo.

 

 

10 de septiembre de 2014

 

Hace cinco años que murió Alejandro Rossi, con quien tuve una cierta amistad que se intensificó en los últimos años de su vida. Lo conocí en México, en 1987, creo. Estando yo de vacaciones en el D.F., Octavio Paz me invitó un día a una cena en casa del encargado de Exteriores, cuyo nombre no recuerdo, en una agradable casa en Coyoacán [2]. En esa cena estaban también mis amigos Manuel Ulacia y Horacio Costa. Alejandro llegó con su mujer, Olbeth, y estaba restableciéndose de una grave operación. Octavio estuvo muy amable con él, pero yo recuerdo a Alejandro bastante insoportable. Ríspido. En los siguientes encuentros que tuvimos, en México y en España (además de en nuestra correspondencia), me pareció un gran conversador, autoritario con los camareros y, en ocasiones, con su mujer, algo que me molestaba, pero sin duda era un hombre que podía ser, además de muy inteligente, incontestablemente encantador.

 

 

Un tiempo llamado Octavio Paz

 

A pesar de la diferencia de edad y de todo lo demás, fuimos amigos. Me fascinaba dialogar con él y a veces lo temía (un temor que me hacía hablar más…). Su cultura era tan vasta como su inteligencia, y ambas estaban regidas no por la erudición pedante sino por una búsqueda apasionada y auténtica […]. No sólo lo echo de menos a él y su analógica conversación —porque Paz era un analogista: un vértigo del saber alimentado por una fuerte imaginación que imantaba mundos— sino a lo específico de la verdadera aventura que significaba para mí cada uno de nuestros encuentros. Conversar con Octavio Paz suponía, o podía suponer, ser exigente con uno mismo. Hombre serio que no entendía de chistes, poseía en cambio un gran humor y una enorme simpatía (en los dos niveles de significado del término). Su interés por los símbolos y las abstracciones no era superior al que tenía por las personas. El otro, para Paz, existía de verdad. Si “conversar es humano”, Paz lo fue profundamente. No he conocido a ningún poeta tan fascinado por la poesía. La poesía, es decir (es un decir) la imaginación afirmativa que pone en contacto el lado oscuro y el lado visible de la realidad. Al oír el otro día a mis compañeros de homenaje leer los poemas que habían elegido de Paz, pensé que todos formábamos una suerte de renga, precisamente porque Octavio Paz ya había disuelto y resuelto la autoría en el poema. Octavio Paz, un poeta que no estorba al poema, que lo deja hablar (una pasividad que requiere actividad previa: una moral ante las palabras y la afinación de los sentidos). Al fin y al cabo, un poeta es sólo un momento de la lengua poética. El momento que habló en Octavio Paz durará siempre.

 

 

Entrevista para Laberinto

 

Yo sigo siendo amigo suyo, y además de releerlo (muchas veces sin acudir a sus libros), converso con él y lo oigo: “Juan, para mí son importante los caminos”.

 

NOTAS

[1] Fidel Castro vino a la Ciudad de México a la toma de protesta de Carlos Salinas de Gortari el 1° de diciembre de 1988.

[2] En esa época, el titular era Bernardo Sepúlveda Amor.

 

Autores

  • Malpartida, Juan

Lustros

  • 1985-1989
  • 1990-1994
  • 1995-1998
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