En la mirada de Juan Gil-Albert

Juan Gil-Albert

Juan Gil-Albert, Antonio Sánchez Barbudo y Ramón Gaya en Valencia, 1935.

 

Juan Gil-Albert (1904-1994), poeta y ensayista español, huyó de su país debido a la persecución franquista. Así fue como llegó a colaborar como secretario en la revista Taller, que recibió a la mayoría de los escritores españoles exiliados. De esta manera conoció y estuvo en contacto con los círculos intelectuales mexicanos. De estos encuentros, Gil-Albert recuerda a Octavio Paz en algunas de sus obras, principalmente en Memorabilia y en la novela autobiográfica Tobeyo o del amor.

 

Gil-Albert, quien colaboró en la polémica antología Laurel, era para Paz un hombre «que estaba lleno de buena voluntad», quien «escribió algunos de sus más logrados poemas durante sus años mexicanos», ya que «son poemas en los que el erotismo se inclina, por decirlo así, sobre su propio enigma transparente». Paz le dedicó el poema Jardín.

 

En sus recuerdos, Gil-Albert reconstruye el escenario del México de finales de los treinta y principios de los cuarenta. De Paz describe, principalmente, su carácter y la relación que tuvo con Elena Garro. (AGA) 

 


 

De Memorabilia (1934-1939)

 

Del otro lado del Atlántico, vinieron también a vernos. Y a confortarnos, ahora, en nuestra misma lingua mater, que nos acariciaba con unos acentillos de suavidad despertando en nosotros una sonrisa complacida, y hasta un medio irónica, de hermano mayor —excluidos los andaluces, a quienes les parecía oír variantes exóticas de hijos pródigos—. Algo similar a lo que había de sucedernos cuando vimos,  atravesando el mar, las doraduras de sus altares, de un churriguerismo que se había declarado independiente y que casi nos chocaba tanto como se nos parecía. La figura en que se centró nuestra preferencia fue Octavio Paz. Este nombre evoca, para mí, un horizonte tan amplio que he de someterlo, para no remontarme en el aire disperso del tiempo, a la operación de fijarlo ante mí, como hacen los coleccionistas de insectos, con un alfiler. Por ejemplo, y me permitiré esta fuga, ¿cómo iba yo a prever cuando le estrechaba, al serme presentado, su mano que, allá en su casa, pasaría yo la noche, con la luz encendida, del día en que me notificaron, desde Valencia, la muerte de mi hermana menor,[1] teniéndolo a él enfrente, como a un compañero que resumía, en ese momento, la amistad? Nada hubiera resultado, en el terreno de la imaginación, más especulativo. Octavio era sumamente joven, apenas, supongo, habría cumplido sus veinte años, y no respondía, en absoluto, físicamente hablando, a la estampa que su cine vernáculo ha extendido por el mundo del mestizaje mexicano. Es que no era mestizo, sino criollo. Ni los rasgos, ni la apostura, reclamaban en él los atuendos rancheros, ni las gestas de la revolución.

De tez clara y mate, más bien pálida, de ojos azules y labios finos, de cabello rizoso, de una entonación como se ocurre utilizar extraído de las frondosidades de otro poeta de su tierra, de «miel en sombra», Juan Ramón hubiera dicho de él que era un muchacho hermoso; y lo era.

Pero el país, rico de un subsuelo ancestral, había impreso en él su marca inevitable, y si no en la línea, estaba diluido en su sustancia, más que como un componente como una cualidad que hacía que me aventure a expresarlo así, que siéndonos tan afín y tan diferente a los suyos, les perteneciera a ellos y no a nosotros. Esta marca de fábrica —cosa curiosa— nadie se singulariza más que en el tipo de excepción, y esto es lo que hace que Goethe, tan poco alemán en sus manifestaciones, lo sea, sin embargo, todo a lo contrapelo que se quiera, tan inevitablemente. En la poesía de Octavio se traducía esta misma ambigüedad; en el sentido primigenio que empieza a prevalecer y que hace que, con conexiones tan hispánicas, de Garcilaso a Salinas, tan arquitrabadas de transparencia, nos haya  ido acercando a la naturaleza volcánica de unos materiales cuyas canteras nos están vedadas y de las que vemos surgir, con apasionada frialdad, esas construcciones verbales que brillan como las piedras de un templo antiguo en medio del discurrir de una sociedad, actual, febril y fabril. Me expreso imaginísticamente para tratar de apresar una poesía que, tras su velo sereno —forma en que se nos presentó—, traslucía más que ocultaba un conglomerado de pasión cerebral en la que descubrimos el convivir, en perpetua asimilación mutua, por un lado, del determinismo occidental, por el otro, de la sabia incertidumbre asiática.

Podría ser que el destino de ese mundo continental que está tendido, como un vasto cuerpo perezoso, entre Europa y Asia, y en cuyos flancos mueren las olas de dos mares inmensos, fuera la de sintetizar, el arrullo de las dos culturas, un tercer plano de vida que pueda suponer el feliz resumen del potencial de Oriente con el rigor europeo.

De momento Octavio estaba aquí y, si nos prometía un mundo, justo es que se nos presentara acompañado de la mujer; quiero decir que no como un mensajero solitario sino formando pareja. A su lado traía una chica delgada, angulosa, exprimida la feminidad en su rubia cabellera eléctrica que le flotaba sobre la espalda; criatura incisiva y hasta hiriente, que se movía por sacudidas instintivas que, con la apropiada dicotomía de la naturaleza, vertía ahora miel, ahora hiel. Fue nuestra amiga entusiasta y nuestra mitógrafa. Llegada a México les contaría a sus hermanas de nosotros, que adquirimos, ante ellas, el prestigio que hubiera correspondido, en otros tiempos, a jóvenes caballeros San Jorge sobre corceles blancos. Nos recuerdo una mañana en Viveros, sentados en un banco de una de las avenidas laterales, entre cuyos árboles alineados, grueso festón de hiedra, describía, de tronco a tronco, una guirnalda que reproducía, a gran escala, su gracioso motivo renacentista. Sin embargo, los Paz encontraban nuestra vegetación de salón; Octavio decía: «Eso parece más bien una galería de Versalles que un parque». Y me hablaban de las proporciones de sus arboledas que, a mi educación latina, habían de parecerle, precisamente, desproporcionadas. Elena, que no desaprovechaba ocasión de vituperar lo suyo propio, si alguien había de darse por zaherido, comentó: «Pero Octavio, mira nomás, esto es la civilización, lo nuestro es salvajismo», vino a decir. A lo que Octavio sonreía, parcialmente, a nuestro favor, en contra de su mujer. Un día, en los alrededores de Buenos Aires, Angelica Ocampo me habló también, bajo unos árboles, aquellos sí, enormes, los de casa de su hermana, del canto estridente de los pájaros americanos. Llegaría el momento, ya que todo, como un círculo, pasa, y se suelda, de comprobar por mí mismo que, para el ojo ultramarino, Europa tiene el tamaño de una maqueta, perfectamente abarcable; fue cuando, de un solo vuelo, el avión me depositó, con el único aterrizaje de una noche en Miami, del Yucatán, en Lisboa.

 

De Juan Gil-Albert: realidad en la ficción

 

México nos abrió sus brazos y aceptamos sus requerimientos. El haber sido un día poderosos nos servía ahora de algo. Nunca había pasado por mí el visitar esas tierras perdidas al otro lado del mar. Mi proyecto era otro vuelto hacia el oriente, llegar a Grecia, pasando por Italia, lo que me parecía, por nacimiento y tendencia, remontar mis orígenes culturales. […] Pero nuestro destino no nos suele pedir parecer y se cumple a veces contra nuestro gusto, utilizando para sus fines nuestras mismas fuerzas.

Mi estancia en México exigiría una extensión que no es propia de esta rápida ojeada autobiográfica. Allí también encontramos oriente pero no el nuestro, el musulmán, sino el hindú, solo que no sé si con acierto o no, cristianizado. Años centrales de mi vida allí discurrieron, un poco en abandono, como si se hubiera abierto repentinamente un paréntesis, y estuviéramos esperando. ¿Esperando qué? La vida no abre nunca paréntesis, los simula en todo caso, nuestros aparentes descansos, nuestras esperas, son vida también, vida que transcurre. La muerte natural de un compañero de exilio, Mariano Orgaz, pintor y arquitecto, nos advirtió de ello, nos hizo patente que, en  el destierro, puede uno morirse como en su propia casa, es decir, lejos de lo suyo o de lo que habíamos considerado como tal. Me unió gran amistad con Octavio Paz y con su mujer Elena. Dirigía entonces la revista Taller de la que fui secretario. Colaboré en El Hijo Pródigo, cuyo animador era otro poeta de calidad, Xavier Villaurrutia, y también en Letras de México […].  Pero, sobre todo, en aquellas tierras surcadas por nubes luminosas sobre un cielo transparente —estaban a dos mil metros de altura— viví una íntima experiencia dramática sin continuidad, de las que imprimen en nuestra carne huella candente; cuando los años pasan, el dolor se ha evaporado, la impresión queda.

Octavio Paz, Rosa Chacel y Juan Gil-Albert, 1987. Foto de Andrés Castillo

 

De Tobeyo o del amor[2]

 

Las Asúnsolo [Garro] componían un conjunto pintoresco, de indudable interés, dentro de lo que Hugo calificaba con respeto de coleccionista, fauna indígena. Virginia [Elena] era la mediana; la mayor respondía al nombre de Trinidad [Devaki] y la más joven al de Esperanza [Estrella]. Jóvenes eran las tres, cuya edad oscilaba entre los veintisiete y los diecinueve, siendo de ellas, la mayor la más idealista, la menor la más silenciosa, y [Elena], sin duda, la más comprometida con la vida y, si no las más aventurada, condición común a cada una de ellas, sí, en cambio, la más aventurera. Extravagantes las tres en la acepción etimológica. Muy unidas como por un secreto de juramento de fidelidad familiar, formaban un clan cerrado que participaban de los mismos apasionamientos y de las mismas aversiones; en cada una con un matiz definido pero sin desavenencias. Clan femenino, ya que en la casa no vivía más hombre que el marido de la mayor, persona callada y pulcra, indio de nacimiento y pintor, a quien llamaban Chucho.[3] El padre de [ellas], de origen español, según decían navarro, pero, a su vez, con mezcla materna andaluza de lo que extraían ellas motivos de envanecimiento […] pasaba por teósofo […]. La madre, por el contrario, más fiel en su conducta a la religiosidad, de tipo marcadamente hindú, que compartía  con su esposo […].

Amigas de poetas y pintores, las tres hermanas cotizaban valores y, dependientes siempre de los altibajos de su humor, fruto de los razonamientos diarios y de esos lejanos reactivos que nos aporta el aire beligerante de la gran ciudad, cargados de ambiciones y de malevolencias, pellizcaban aquí y allá, con una independencia de criterio que no lo era, exactamente, de sentimiento, o llevadas de su entusiasmo, adornaban, con toda clase de cintas y abalorios, como hacían con sus peinados, el altar del favorito en turno. [Elena] solía llevar la voz cantante y era, de las tres, como más lista, la peor intencionada. [Devaki] hacía las veces de la viola en los tercetos de cuerda y su parecer era si menos destacado más envuelto o más discrecional. Menos razonadora también, era más idealista y sus puntos de vista solían resultar, por lo inesperados, de una mayor originalidad y que, en su caso, no resultaba rebuscada. Más bien parecía pedir excusas por presentarse como era y que no garantizaba tampoco eficacia que le asistía el ser así. Estas criaturas sugestionan fácilmente a los temperamentos lógicos, por lo extraño que presiente su funcionamiento anímico, una especie de seguridad inconsciente que las guía, pero en cambio sacan de quicio a los dogmáticos. La menor, [Estrella], la más bonita de las tres, propiamente la única bella, parecía representar, entre las otras dos, el papel de pausa de la oración; apenas hablaba, se dedicaba como a escuchar algo que ya supiera, por una como mascarilla que componía su rostro de cejas curvas y altas sobre los dos párpados que bajaban hasta la rendija de los ojos como dos estiradas cortinillas de seda, mientras los labios, finos, se mantenían invariablemente paralizados por el toque de una enigmática sonrisa. Era, en el trío, el alma vegetativa.

Por aquel entonces ya había comenzado el cerco que le puso Edmundo X. [Octavio Paz]. […] [Elena] le hizo la confidencia a Claudio [Gil-Albert] luego de una de esas veladas —solían ser los sábados— en que la crême de las artes y las letras pernoctaba, hasta el amanecer, en un centro nocturno llamado el «Leda», aglutinante de cabaret, de tugurio y de sala de fiestas, falsamente popular, en el que bailaban codeándose con parejas anónimas, más bien modestas, los nombres jóvenes, a veces no tanto, de la pintura, del teatro, de la intelectualidad disconforme y politizante o de la simple singularidad, y que desembocaban en el antro tendido de gallardetes, como en una fiesta de arrabal, por grupos pintorescos o en solitarias apariciones […].

[Octavio] era un hombre […] de tez blanca y de rasgos perfectos. […] Su guapeza había sido proverbial sin sospechar que los que lo conocían ahora no lo hubieran soportado ya como fue, lo preferían así. No parecía contener mezcla alguna de sangre y sólo su habla lo hubiera señalado entre españoles como indiano, aunque también con un no sé qué de menos recortado, de más sinuoso. Su profesión, como era de esperar, lo engreía pero su indudable simpatía personal, si bien epidérmica, como les ocurre a tantos bondadoso presumidos, lo rescataba de ese engolamiento suficiente, apabullador y, en casos, grosero […]. Por todo lo cual se le quería ya que, además gozaba fama de esplendidez, era de cara rica, lo que ocasionaba, por otra parte, en los grupos izquierdistas de procedencia más modesta pero que hilaban más fino, o más exigentemente, una apreciación llena de reticencias con respecto a su posible valer y a la garantía que ofrecía su persona con respecto a su obra futura. […]

Las relaciones, pues, dobles, se mantuvieron entre [Elena] y [Octavio], en cuanto a los efectos, pese a las apariencias, en un plano negativo. […] Pero en este caso el crispado sentido crítico de [Elena] lo echaba todo a perder. […] No parecía, por lo demás, poseer un verdadero temperamento amoroso; había en ella un especial acento viril que no dejaba de poner una valla de prevención inconsciente entre ella y los hombres y que la mayoría de éstos no podían definir pero que la dejaba fuera del juego fácil de las atracciones. Para [Octavio], en cambio, esta prescripción no existía puesto que [Elena] le interesaba muy especialmente y lo llegaba a comprender, por la imposibilidad en que todo hombre guapo se encuentra de profundizar en estas cuestiones, los motivos de su resistencia. No tenía en cuenta que [Elena] era, a pesar de todo exhibicionismo mental, una puritana.

 

NOTAS

[1] Se refiere a Marichu Gil-Albert Simón, quien falleció el 7 de diciembre de 1942.

[2] En octubre del 1977, Gil-Albert le envío a Paz el capítulo de esta novela. Paz le pidió a Gil-Albert que cambiara en nombre del personaje de Devaki, al parecer, Juan Gil lo había dejado tal cual o lo utilizó para algún otro personaje (Paz a Gil-Albert, México, 5 de octubre de 1977):

“Una dificultad: el subtítulo. Deva es el nombre de la hermana de Elena y, te lo confieso, me fastidia —mejor dicho: me da miedo provocar otra comedia con las consabidas reclamaciones e injurias. ¿No podrías cambiar el nombre? Hay tanto… Después de todo, Deva no es nombre mexicano sino hindú: Devaki. El padre, quizá lo recuerdes, era teósofo”.

[3] El pintor Jesús Guerrero Galván.

Autores

  • Gil-Albert, Juan

Lustros

  • 1935-1939
  • 1940-1944
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