En la mirada de Juan de la Cabada

Juan de la Cabada

Juan de la Cabada Vera (1899-1986), narrador y dramaturgo, fue profesor en el Middlebury College de Vermont y maestro de tiempo completo en la Universidad Autónoma de Guerrero; fundador de las editoriales Extemporáneos y Correo de las Américas, y de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios. Perteneció al Partido Comunista Mexicano y en varias ocasiones fue encarcelado por su activismo político. En 1937 viajó a España donde participó en el Congreso Antifascista de Escritores. Además, con Elena Garro, escribió el guion de la película Las señoritas Vivanco.

 

Paz consideraba buen escritor a Juan de la Cabada, sobre Paseo de mentiras comentó que era un libro interesante y enigmático. Sin embargo, el distanciamiento entre ellos pudo ser ideológico, ya que de la Cabada era un férreo comunista. Después del atentado a Trotski, Paz deploró “la actitud de varios amigos: uno, Juan de la Cabada, ayudó a ocultar las armas usadas en el ataque”.

 

Yucatán, el viaje a España en 1937 y los hechos que de él se derivaron son recopilados en los libros de entrevistas Memorial del aventurero y Cosas que dejé en la lejanía.[1] (AGA)


 

I

 

En 1931 conformamos la Unión de Estudiantes Pro-Obrero y Campesino, UEPOC, cuyo local estaba en la misma Universidad, entonces en San Ildefonso. Ahí participaban muchos de los estudiantes vasconcelistas y muchos de nosotros, del Partido Comunista. Nuestro trabajo consistía en dar clases. […] La organización alcanzó cierta popularidad, pero la prensa de entonces, precisamente por las ideas de algunos de los que enseñábamos, inició una campaña con acusaciones como la de que los comunistas estaban adoctrinando a los pobres cargadores y a gente ignorante. […] En este grupo estábamos gente que después fuimos a vivir al Cuadrante de la Soledad, donde entonces había unos dormitorios públicos y adónde llegaba gente que como yo no tenía dinero. El escritor Rubén Salazar Mallén, Jorge Piñero Sandoval, Federico Camps y otros en ese tiempo andábamos sin nada en la bolsa […].

 

Por las noches los miembros de la UEPOC salíamos en camiones a recoger niños de la calle. Lo más difícil era vencer su desconfianza, convencerlos de que no se trataba de una reclusión, sino de contar con una opción  de dormir en algún refugio. [Ahí] viví algo así como un año [y] realizábamos reuniones políticas y mítines. Al final de ese año volví a caer en prisión, ahora tan sólo por pegar propaganda, actividad por la que algunos de esa época fueron incluso asesinados.

 

 

II

 

En octubre de 1936 viajé a Mérida en busca del material para mi libro sobre el chicle. […] Después de estar […] en esa selva, me instalé en Mérida, en la Casa Gamboa, en la esquina del Conejo. En esa ciudad me encontré con mi amigo Octavio Novaro. Era el director de una de esas escuelas vocacionales que promovió el general Cárdenas. Otro amigo era el subdirector: Octavio Paz. Yo también conocía al secretario, Ricardo Cortés Tamayo. Cuando me puse en contacto con ellos, me invitaron a vivir en la escuela, donde no tendría que pagar hospedaje. De esa especie de comuna recuerdo con especial agrado los partidos de soft-ball que organizaban con los alumnos. Fue breve mi estancia —y no sólo la mía— en esa escuela, pues al cabo de unas semanas me vi involucrado en una trágica aventura: la guerra civil española.

 

Octavio Paz tendría unos veintitrés años en 1937. Había escrito un poema antifascista llamado “No pasarán”. Se refería a la consigna madrileña contra las ofensivas franquistas de aquella época. El poema se hizo famoso y Octavio fue invitado para participar en el Segundo Congreso de Escritores Antifascistas que comenzaría en Madrid, seguiría en Valencia y luego en París. Cuando recibió la invitación, el entusiasmo fue general, todos estábamos muy contentos de que asistiera como delegado de los escritores mexicanos. No me imaginaba que a los pocos días de su partida, yo recibiría un telegrama de la LEAR donde se me urgía para presentarme en México. Me pareció una urgencia imposible. En ese tiempo no había ni camiones ni ferrocarril, sólo un barco cuya velocidad no tenía nada que ver con la urgencia. Había que llegar a Progreso, de ahí a Campeche, de Campeche a Ciudad del Carmen, luego a Frontera, a Coatzacoalcos, luego Veracruz y de ahí a México. Este viaje no podía hacerse en menos de cinco días.

 

Intenté otro recurso. Fui a ver al gobernador, Florencio Palomo Valencia […]. Le expliqué mi problema con la callada intención de que pudiera conseguirme un pasaje de avión. Salió mejor de lo que esperaba: me ofreció un avión del gobierno para trasladarme. Cuando se lo conté a Octavio Novaro, se animó tanto que quiso viajar en ese avión a México. A la mañana salimos los dos hacia la capital.

 

A la ciudad llegamos en unas cuantas horas y por la tarde de ese mismo día vimos a los compañeros en un lugar que se llamaba el Salón Rojo. Por casualidad me encontré con Octavio Paz en la esquina de Bolívar y Madero. Me enteré entonces que se había casado por esos días con Elena Garro. Le conté que mi urgente llamada de la Liga era precisamente para ir también a España.

 

El grupo completo estuvo compuesto por Silvestre Revueltas como jefe de la delegación, Fernando Gamboa y su esposa, el pintor José Chávez Morado, María Luisa Vera, joven escritora de la LEAR, Octavio Paz, Elena Garro y yo. Y un agregado más que sólo iría hasta Nueva York: Carlos Leduc, arquitecto y padre del cineasta Paul Leduc. De ese viaje viene Paul Leduc, porque Carlos fue a ver a su novia norteamericana y a casarse. Paul Leduc es, por cierto, medio hermano del escritor Renato Leduc.

 

Era sin duda un grupo extraño que atraía las miradas. El músico y director de orquesta Silvestre Revueltas vestía una yompa de mezclilla y una gorra con viscerita imperiosa, de las que se usaban allá por los años veinte. Cuando Silvestre trabajó en los Estados Unidos como violinista de cine, sufrió un asalto. El miedo a perder sus manos, su principal instrumento de trabajo, le impidió la defensa. De ese miedo conservó en el rostro una clara cicatriz que sus manos no evitaron. Esa seña, junto con el cabello revuelto y un gesto de italiano feroce, hacían de Silvestre alguien inconfundible. Sin embargo, a este personaje algo feroz lo asustaban las risas que Elena Garro y yo le cobrábamos a los gringos. Elena y yo éramos muy burlones de todo lo gringo, humor que Silvestre, conocedor de “kukusklanes”   y del racismo, no se permitía.

 

Elena era entonces una jovencita, dueña de una hermosa cabellera castaña y larga. Su figura delgada bien podía hacerla pasar por una bailarina. A sus diecinueve años era como si exclusivamente usara las puntas de los pies para caminar. Octavio por supuesto también llamaba la atención. Era un joven apuesto que lucía un pelo castaño y unos grandes ojos azules. Chávez Morado parecía en cambio un hindú pintado: delgado, verdoso y con un brevísimo bigote. Femando Gamboa por su parte, era un greco con una gran barba que le caía al pecho. Su mujer, gringa, alta y robusta, habría pasado fácilmente por una de esas cirqueras que con los dientes levantan moles. María Luisa Vera era una mexicana que también habría podido ser de cualquier otra parte y Leduc, un etéreo, largo y pálido hombre flaco.

 

La ruta que seguiríamos consistía en viajar hacia Nueva York y de ahí embarcarnos hacia España. El primer tramo del viaje lo hicimos en un coche. Nos encontramos con que los pueblos del sur de los Estados Unidos eran tanto o más curiosos que los mexicanos. Cuando descendíamos de nuestra camioneta y andábamos algunas calles, la gente se acercaba al extraño grupo que éramos y no faltó quien nos preguntara: “Are you from the show?” En Tylor, por ejemplo, sólo había una estación de tren, un pequeño hotel y una casa de huéspedes. Ahí tuvimos que pasar una noche, en la que no dejamos de conocer el único cafetín del pueblo. Tenía un incómodo mostrador circular de altos bancos para los clientes. No tardaron en aparecer los habituales: un grupo de ferrocarrileros, enormes trabajadores, sucios, uniformados y de maneras rudas. Nos miraban sin disimular todo su extrañamiento. Sin embargo, uno tras otro se limitaba a decir: “coffee”. Elena y yo no perdíamos ocasión para la burla. Silvestre, algo asustado, casi gritaba que nos calláramos, que podíamos estar en peligro. Tal vez, pero nada nos pasó entonces.

 

A Nueva York llegamos en tren. Serían las tres o cuatro de la madrugada cuando salíamos de la estación y encontramos en firme —y conmovedora— guardia a los compañeros Jesús Bracho y Jesús Durón. Nos llevaron al Hotel Albert de la Quinta Avenida. Yo, sin embargo, fui a vivir a la casa de mi amiga Esther Merryl, en la calle de Perry, número 29. Al día siguiente esta amiga ofreció a los compañeros una comida. […]

 

El grupo completo que iba hacia España se dividió. En Nueva York nos alcanzaron los escritores Carlos Pellicer y José Mancisidor; el revolucionario cubano Juan Marinello y el poeta cubano Nicolás Guillén. Ellos, junto con Elena y Octavio, viajarían a Europa vía Canadá. Los restantes teníamos boletos para abordar el Britanic en Nueva York, llegar a Europa vía Londres y de ahí a El Havre. Sólo que tendríamos que esperar hasta el día 27 de junio.

Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas y José Chávez Morado. En barco rumbo a España, 1937

 

No es que tenga gran memoria, sucede sólo que los viajes se hicieron cada semana. Yo había salido de Yucatán el día 6, el 13 dejamos México, y el 20 llegamos a Nueva York. Para el 4 de julio estábamos en El Havre. Ese mismo día habíamos salido de Southampton y el contraste fue —yo diría— eléctrico. De un lugar tranquilo y hasta solemne pasamos al desborde de alegría que el aniversario de la independencia norteamericana ocasiona El Havre. Por supuesto que participamos de esa abundancia de vinos y risas en la calle.

 

Al día siguiente salimos hacia París. En el mismo camarote estábamos Silvestre Revueltas, Chávez Morado y yo. De esto también habla Silvestre en sus memorias. Ahí le mostré el libro que recién había yo escrito: Incidentes melódicos del mundo irracional. Yo leía y en mi lectura intercalaba las tonadas de algunas canciones. […] Ya en París, Silvestre tuvo la fortuna —o la mala fortuna— de reconocer en el cónsul general a un paisano suyo […]. Luego del obligado abrazo por su patria chica, el cónsul invitó a Silvestre a tomar una copa. Lo que sucedió entonces fue como el caer de una lenta e inevitable consecuencia. En todo el viaje Silvestre no había tomado un solo trago, concentrado como estaba en cumplir con su misión. Sin embargo, creyó que al llegar a París ya había cumplido. Viró hacia nosotros, nos miró como cuando el capitán busca la aprobación de sus soldados y entonces aceptó. Fuimos todo al bistrot más cercano. El problema era, evidentemente, que Silvestre no podía beber solo una copa. […]

 

Así, caminando y con paradas en cada taberna, llegamos por la tarde al Hotel Martha. Acaso por alguna molestia, los compañeros Chávez Morado, María Luisa Vera, Gamboa y su mujer salieron del hotel apenas dejaron sus maletas. Nos quedamos el compañero Revueltas y yo. Me quedé con él por solidaridad y porque además éramos compañeros de cuarto. A mi juicio no podía dejar solo a Silvestre. […] Cuando Silvestre despertó, me limité a acercarle las pastillas y la copa. A los pocos minutos volvió a quedar dormido. Así comenzó un tratamiento que le apliqué durante unos dos días. Ignoro si esto puede ser una buena receta, solo sé que luego de los dos días nuestro jefe de delegación estaba completamente repuesto, sin cruda ni nada. Se sentía tan descansado que fue incluso el primero en salir hacia España. En París nos quedamos unos días más Gamboa, su mujer, María Luisa, Chávez Morado y yo. […]

 

El tren en el que viajé, luego de las primeras cuatro horas de camino, hizo una parada que aproveché para tomar una limonada. Bajé del vagón con mi máquina de escribir portátil que nunca soltaba. Cuando estuve en tierra descubrí a Gamboa que viajaba en el mismo tren vagones adelante. Fui a saludarlo y con él estaba conversando cuando él tren inició su camino y ahí seguí hasta que llegamos a la frontera. Sólo entonces me preocupé por buscar mi equipaje que había dejado en el primer vagón —el último del tren— que yo había ocupado. Era ya demasiado tarde. […] Envíe telegramas y los compañeros incluso esperaron un día más. Fue inútil, el equipaje nunca llegó. Esperé todavía otro día. No me resignaba a perder, entre otras cosas la primera versión de Los incidentes melódicos y la de María la voz, además de un traje que Octavio Paz me había regalado. No tuve más remedio que continuar mi viaje hacia Valencia con mi máquina de escribir como único equipaje. […]

 

Como en casi todas partes, en el pequeño pueblo de Minglanilla […] los niños se arremolinaban sobre los recién llegados en infantiles hordas de limosneros. Les ofrecí una moneda. Un soldado se acercó y me reclamó: “Pero qué es esto, hombre. Estamos luchando para que la mendicidad no exista y ustedes vienen a enseñárnosla otra vez”. […]

 

Yo no hacía más que andar en la calle. Quería verlo y hablarlo todo. Para que yo escribiera un artículo que la revista Hora de España me había pedido, los compañeros tuvieron que encerrarme. Elena Garro fue nombrada mi cancerbero. Debía vigilarme y su única concesión fue traerme alimento. Durante todo un día y parte de la noche estuve escribiendo “Taurino López”.

 

Por ese tiempo mi mayor amistad fue con Octavio y con Elena. No voy a decir —ni me interesa— si hubo algún cambio en ellos o en mí después de algunos años, lo que no voy a olvidar es que esos muchachos, de veintitrés años uno y [veintiuno] la otra, eran un prodigio de personas. Una noche me encontré con un compañero tuyo al caminar, aunque tuviera destino, parecía azaroso. Esa primera vez que lo vi no dudé que estuviera extraviado, con los pies un poco juntos el uno del otro y el cuerpo tambaleante. Se me acercó y con el deseo de un andaluz me pregunto: “¿sabrás dónde están los mexicanos?” le dije que yo era mexicano y de inmediato me invitó a conversar. Este personaje, divagante del jardín en aquella casa de Valencia, era el poeta Manuel Altolaguirre.  Lo llevé con los demás compañeros de la delegación mexicana y con ellos conversamos hasta la madrugada.

 

Cuando conocí al poeta Miguel Hernández era un muchacho vestido de pana y alpargatas con él sostuve conversaciones interminables. Nos entreteníamos horas hablando sobre cultura árabe y sobre el campo, los regadíos, las huertas y la tierra. […]

 

El domingo 3 de octubre de 1937 los compañeros de la delegación volvieron a Francia para salir de ahí a México. Yo me quedé en Valencia, viviendo en la plaza de Castelar. No se trató de ningún privilegio, sino únicamente de que yo no tenía nada urgente que hacer en México. […]

 

Cuando llegué a Valencia ya sufría de úlcera. Llegué al fin de año con serios malestares. Recuerdo que esa noche León Felipe, Miguel Hernández y yo fuimos conducidos por un gitano que nos llevó a donde había una fiesta. Los campesinos no entendían que yo no pudiera comer. Mi estómago no aceptaba el rancho habitual: carne de burro. A veces incluso los niños se burlaban de mí al verme comer puños de magnesia anisada por los dolores que la acidez me causaba. Sin comer pasé toda la fiesta de año nuevo. Por la madrugada, cuando me despedí, todo fue sollozos y besos, incluso de los hombres, según se acostumbra allá. Luego el gitano nos condujo de regreso. […]

 

Un día caminaba con Siqueiros por esas calles que en cualquier momento se convertiría en campo de batalla. Vimos a un joven correr a mitad de la calle cuando un obús lo alcanzó. Le dio justo en el brazo izquierdo. El joven miró su miembro completamente desprendido de su cuerpo y exclamó: “¡Mi reloj!” Luego se derrumbó. […]

 

En el hotel donde paré en Barcelona había algunos personajes famosos. Ahí estuvo Hemingway, por ejemplo, aunque debo confesar que nunca quise, ni me interesó, acercarme a él. Y creo que ningún español, ninguno de nuestros amigos, ni Cernuda ni Bergamín, ni Prados ni Altolaguirre, ninguno nos acercamos a Hemingway. Estaba siempre acompañado por un fotógrafo gringo. Me imagino que era el único capaz de soportar su aire absolutamente sangrón. […] En el mismo hotel estuvo viviendo don Antonio Machado con su familia. Lo había conocido en un pueblo de Valencia y desde la primera vez que lo vi, su cordialidad y pulcritud me impresionaron. Siempre vestía de negro, siempre impecablemente limpio. Su madre, de noventa y tres años, vivía todavía. Era una anciana con una carita como de marfil y víctima de una incontinente necesidad de participar en las conversaciones. Antonio, a ratos, perdía la paciencia y exclamaba: “¡Madre, madre!”.

 

 

III

 

[Emprendí el regreso]. A muchos compañeros con los que viajé ya los conocía desde Valencia: Emilio Prados, Herrera Petere, el mismo Bergamín y otros. Así que podría decirse que fue una travesía entre amigos. Amigos españoles que incluso en sus excesos me parecían divertidos. Recuerdo, por ejemplo, que al llegar a Nueva York surgió de pronto esa terrible altivez española. El jefe de la delegación, el señor Manolo Barberena, luego de escuchar a una comitiva norteamericana que ofrecía sus hogares para recibirnos, dijo: “Señores, nosotros hemos perdido una guerra, pero no somos mendigos”. No aceptaron absolutamente nada de aquella gente que únicamente pretendía ayudar.

 

Por fin llegamos a la Ciudad de México. Los refugiados se establecieron donde pudieran tener vecindad. La calle del Ejido, continuación de Juárez, junto al monumento a la Revolución y alrededor de esa zona. Se formó el nuevo Centro Republicano español, en la calle de Balderas. Se hizo una revista, Romance, donde trabajé con Herrera Petere, Adolfo Sánchez Vázquez, Sánchez Barbudo y otros. En esa época se formó, por idea de Giménez Siles, la Librería de Cristal. Entonces recuerdo, comíamos seguido en un cafetín de chinos cerca de Relaciones Exteriores, por 85 centavos la comida.

 

Al poco tiempo hubo una disputa con Martín Luis Guzmán en la revista Romance. Él propuso que los compañeros mexicanos sustituyeran a los españoles. La actitud de los que éramos mexicanos fue de absoluta negativa. Nadie aceptó, ni Andrés Henestrosa ni yo ni nadie. La revista cerró. Luego se formó otra revista, El Hijo Pródigo, impulsada por Octavio G. Barreda. Era sobre todo un proyecto que buscaba brindar una manera de vivir, aunque con pequeños sueldos, de la difusión de la cultura en México. […]

 

 

IV

 

Recuerdo que unas semanas después, Silvestre Revueltas me llamó a su casa. Eran los últimos días de septiembre. Tenía sobre la mesa unos enormes vasos de nieve de limón y no dejaba de quejarse por el calor. Me había llamado para hablarme a cerca del material que yo le había leído en el barco de camino a España, los “Incidentes melódicos”. Me pidió el material para un ballet y me ofreció 500 dólares como adelanto. Le dije que sí, por supuesto, aunque en realidad los originales los había perdido. Se habían quedado en la misma maleta que había dejado en aquel ferrocarril cuando salía de París. Esto tampoco me importó demasiado, porque había memorizado todo el material. Todo lo que entonces había perdido, “María la voz” incluido, lo reescribí.

 

Ese mismo día que estuve en casa de Silvestre había llegado a México Pablo Neruda. Por la noche fuimos a verlo Octavio Paz, Elena Garro, Silvestre […] y yo. Como era su costumbre, Silvestre había bebido bastante. Para cuando vimos a Neruda, Silvestre estaba completamente borracho. Entonces volvía a quererme mucho. “El único que me dice la verdad”, exclamaba. No era así cuando estaba sobrio, porque éramos dos personas de humores distintos, él mucho más introvertido.

 

En la recepción a Neruda, yo había quedado con él en comer al día siguiente. Cuando llegué con Pablo, me enteré de que Silvestre estaba grave. A los cuatro días murió. Lo enterramos el 5 de octubre en el panteón francés. Pablo pronunció el oratorio menor y lo velamos en el conservatorio. Creo que lo que realmente le sucedió a Silvestre es que nadie lo cuidó de sí mismo. Pienso que de otra forma habría vivido muchos años más.

 

 

V

 

Elena Garro, como siempre fue mi amiga, me dice una vez:

Oye, Juanito, no tenemos dinero. ¿Por qué no haces algo para cine? ¿Te acuerdas?, estábamos en un café de París y en una servilleta escribiste una historia, ¿no la tendrás?

¿Qué cosa, tú?, tratando de hacer memoria.

Sí, la historia de unas señoritas que eran sirvientas, robaban el dinero y en un baúl se llevaban el botín.

¡Ah, sí!, pero… no sé si lo tengo. Hace tantos años de eso.

Pues busca por allí, tienes muchos papeles.

 

Y bueno, que los voy encontrando. El productor Mauricio de la Serna llevó a la pantalla a Las señoritas Vivanco (1959) y fue en el cine una casualidad [ya que] estamos a finales del régimen alemanista y apenas se está consolidando la industria cinematográfica; los productores con una visión atinada para hacer crecer sus ganancias, rodaban películas comerciales, de centros nocturnos, cine de cabaret, casa de juegos, cómicas o melodramas.

Guion de Juan de la Cabada y Elena Garro, 1959.

 

NOTAS

[1]  Juan de la Cabada, Memorial del aventurero, México, CONACULTA, 2001  y Juan de la Cabada, Cosas que dejé en la lejanía, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2003.

Autores

  • Cabada, Juan de la

Lustros

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  • 1955-1959
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