En la mirada de Josep Maria Castellet

Josep María Castellet

Camilo José Cela, Emilio Lorenzo, Josep M. Castellet, Octavio Paz, Gil de Biedma y Joan Petit en Mallorca, mayo de 1961.

Cela, Lorenzo, Castellet, Paz, Gil de Biedma y Petit, mayo de 1961.

Josep Maria Castellet Díaz de Cossío (Barcelona, 15 de diciembre de 1926-ibídem, 9 de enero de 2014) fue un escritor, crítico literario y editor español. Castellet tuvo un papel destacado en la vida cultural catalana y española de la segunda mitad del siglo XX. Fue director literario de Edicions 62 (1964-1996) y, posteriormente, presidente de Grup 62. Fue fundador y primer presidente de la Asociación de Escritores en Lengua Catalana, miembro del consejo directivo de la Comunità europea degli scrittori, jurado del Premio Internacional de Literatura y Decano de la Institución de las Letras Catalanas.

 

En una carta a Gimferrer, Paz dijo sobre Castellet: “Como todo lo suyo, su gran mérito es al mismo tiempo su gran limitación: es el texto de un crítico profesional”.

 

El autor catalán comienza su narración con la historia de su abuelo, Martín Díaz Calero,[1] viajero y aventurero español, que contrajo matrimonio y descendencia en México. Castellet establece, a partir de éste, una relación mística con México que se acrecienta con el pensamiento y personalidad de Paz.[2] (AGA)


 

Invento al amigo que me

inventa, mi semejante.

Octavio Paz

I

 

A principios de los años sesenta, Carlos Barral invitó a Octavio Paz a formar parte del jurado hispánico del Prix Internacional de Littérature. Creo que lo vi por primera vez en Barcelona, de paso hacia Mallorca, o quizás en uno de los otros lugares donde tuvimos las reuniones: Corfú, Túnez o Valescure. Eso significa que no sitúo exactamente el año, pero sí relativamente el paisaje dónde tuvimos las primeras conversaciones largas: Siempre cerca del Mediterráneo, en alguna terraza, tomando un refresco o quizás el café, después de comer. Paz era y es un hombre enormemente atractivo. Por un lado, está el rostro, muy expresivo, a pesar de una seriedad que uno adivina congénita. Es necesario separar del conjunto algunos detalles para entender esta expresividad: de piel con un toque de crítico oscuro, los ojos —como siempre— dan la clave del personaje; son grandes, ligeramente oblicuos, con la comisura de los párpados con pequeñas arrugas y la mirada fija y profunda; los labios carnosos sin exceso, la boca grande y el mentón sólido, con tal de encuadrar por debajo el conjunto de unas facciones en las que se destaca la nariz, poderosa, la cual nace de unas cejas pilosas y abundantes. Finalmente, el cabello es espeso, rigurosamente negro cuando lo conocí —por su cincuentena— y vagamente excesivo, quiero decir que, después de una frente ancha, presenta un desbordamiento expansivo más para los costados que para arriba. Sea como sea, es una cabeza notable, encima de un cuerpo fornido, robusto. Este corpachón debería engendrar una voz potente y unos gestos de una cierta brusquedad: al contrario, la voz más bien suave y modulada, y la expresión gestual, armónica y contenida.  Si de joven —no lo sé— tuvo la vitalidad animal correspondiente a su aspecto, ahora la ha reprimido. Todo él respira un equilibrio adquirido probablemente a través de experiencias, de lecturas, de convicciones, de saberse él mismo y el otro. No es casualidad que El laberinto… esté encabezado por una cita de Antonio Machado que acaba diciendo: «…la incurable otredad que padece lo uno». Estas palabras responden a la reflexión de Abel Martín sobre la esencial heterogeneidad del ser. Que yo recuerde, con anécdotas y no con categorías, sobre estos temas —o, quizás, el de la identidad—transcurrió la primera conversación que tuve con Octavio Paz, después de explicarle la historia de Martín Díaz.

Josep M. Castellet

«Todos los que estamos ligados al continente americano tenemos raíces plurales. Yo he tenido la suerte de poder reseguirlas, hasta cierto punto. Por parte de padre, mi familia es de vieja raigambre mexicana, procedente del estado de Jalisco. Por parte de madre, soy andaluz. Mi abuelo materno era de Medina Sidonia, y mi abuela, del Puerto de Santa María. Como la tuya, también mi madre nació en México. Pero son dos historias muy distintas. De lo que me has dicho de Martín Díaz, me ha parecido que me querías explicar una serie de historias distintas. En primer lugar, y por el hecho de ser el único abuelo que conociste, hay una reinvención tuya, ligada a su larga aventura mexicana, contrapuesta a los hábitos pequeñoburgueses de tus orígenes catalanes. En segundo lugar, de quien hubieses querido saber algo, de verdad, es de tu abuela, María Cisneros, esta belleza mestiza, según se desprende de las pocas fotos que has visto… Debo advertirte que en México hay muchas. Ahora bien, en su caso, los silencios de los que hablas… Ya sabes que cuando, en las familias, se abate el silencio sobre alguien es porque hay cosas que no han ido como “deberían”. ¿Qué sabes de cómo recibieron tus bisabuelos a la mestiza que llegaba sola desde México, con los hijos? ¿Qué trato le dieron? Siendo castellanos viejos, encerrados en las montañas de Cantabria, es de suponer que más bien la recibieron mal. Su muerte prematura, las ocultaciones, la angustia de tu madre, ¿no te han llegado a ti, judeocristiano, en forma de sentimiento de culpabilidad, que es la forma habitual que manifiestan todos los que tienen problemas de identidad? Por suerte mía, como te he dicho, conozco las raíces próximas y, en este sentido, no he tenido más problemas que los generales de los mexicanos, que ya expliqué en El laberinto… Mi abuelo paterno fue un periodista conocido, liberal y masón, que tuvo sus veleidades con el régimen de Porfirio Díaz, contra el cual, finalmente, combatió. Él había leído de joven a Voltaire y Rousseau, y estas lecturas pesan. Cabe mencionar que yo los leí en su biblioteca… También contenía libros españoles, pero se detenía en Galdós: otra lectura juvenil mía, los Episodios nacionales. Como todo mexicano, mi abuelo era antiespañol, pero leía su literatura y yo me aproveché de eso. Mi padre, se radicalizó, participó en la revolución y fue representante de Zapata en los Estados Unidos. Ya ves, pues, que mi asentamiento mexicano es lo suficientemente sólido, hasta el punto de que no he tenido que plantearme problemas de origen. Lo que me sorprende de ti es tu vocación americana… Se me ocurre, hablando del antiespañolismo de mi familia, que hay, seguramente, otra historia implicada en la de tu abuelo y que ha quedado oculta en lo que me has dicho: los catalanes que he conocido son, generalmente, personas que se han sentido poco españolas. El desarraigo final de Martín Díaz —tu sangre castellana— debe de haber pesado,  aunque sea inconscientemente, en esta especie de máscara catalana-americana con la que te presentas».

 

Debo decir que la perspicacia o atrevimiento interpretativos de la historia de mi abuelo me revelaron de inmediato el grado de inteligencia, de capacidad imaginativa y de libertad expresiva de Octavio Paz. Por otro lado, quizás, no me descubría nada nuevo, excepto en la forma de decirlo, lo que manifestaba que sí, que me decía algo nuevo, pero esto me parece que no lo supe hasta mucho más adelante, y hacía referencia a su concepción de la historia. Ahora retomo el discurso.

 

«Hay un problema español, ciertamente, pero yo no lo he querido tratar más que lateralmente, cuando afectaba a mi colectividad. Contra los indigenistas o, en algunos casos, contra los afrancesados, he creído que se tenía que asumir la historia tal y cómo se produjo, con el conjunto de connotaciones negativas o el lastre que el hecho representaba. ¿Crees que es fácil de aceptar que, mientras Europa se iniciaba en la modernidad, el México de después de la conquista —y, por lo tanto, por culpa de España— empezaba con la Contrarreforma?  Es, asimismo, un hecho del que vienen muchas de nuestras desgracias, pero el hombre contemporáneo no puede vivir abocado de cara al pasado, y menos el mexicano, la historia que fue truncada y, posteriormente, ha sido falsificada. Hay nostalgias históricas que matan. Yo no conozco bien la historia de Cataluña, pero pienso que, lo que es válido hoy. es lo que ha sucedido a partir del siglo XIX, es decir, del Renacimiento, industrial y político. Ojo, esto no impide la consideración de otro tipo de valores, como los culturales. Llull o Ausiàs Marc, Gaudí o Miró, son universales y válidos por todo el mundo. Lo que quiero decir es que el peso de la historia de España no puede convertirse en un lamento constante, ni para los mexicanos, ni para los catalanes, ni para los mismos españoles».

 

Lo interrumpí para decirle que, más de un lamento, se trata de una fatiga inmensa, de una desmoralización colectiva, a la cual solamente le faltaba un golpe de gracia del franquismo, castrador, irreal de tan irracional, inacabable…

 

«El franquismo, después de la Segunda Guerra Mundial, ya no tiene sentido en la Europa occidental: es un anacronismo, una reminiscencia, tan dolorosa como quieras, pero sin futuro de ningún tipo. Quizás, incluso, la inmensa bestia que representa es el último golpe de los siglos de oscurantismo. La misma idea de caudillo —aún tan arraigada en la América hispánica— es incompatible con la sociedad industrial. Ahora: vivir en estas circunstancias es duro, tiene que ser muy pesado, insoportable… Asimismo, como hay imágenes recurrentes, quiero contarte una que me llega siempre que hablo de España. Cuando estuve ahí, durante la Guerra Civil, tuve la revelación, viviendo entre los soldados republicanos, de otro hombre español: era el rostro de la desesperación esperanzada. Podía ser una ilusión mía, pero quien ha visto la esperanza no la olvida. Ahora, hoy, hablando contigo de España, me regresan esos rostros que no he vuelto a ver en ningún lado. Y tengo el presentimiento que, a pesar de la derrota, esa “esperanza” les devolverá una España distinta. Tómalo si quieres, como una sensación subjetiva indemostrable, pero que para mí es muy válida».

 

Octavio Paz hablaba, como siempre lo he escuchado, con una convicción interna que, seguramente, debía de ocultar muchas dudas. He oído hablar así a muy poca gente. Algunos intelectuales europeos, ciertamente, franceses o italianos, de cultura profunda. Hay, probablemente una necesidad de concentrar en pocas palabras una serie de acumuladas reflexiones, de vivencias intelectuales emotivas, de romper, por un momento, la soledad con la cual cada uno de nosotros hemos tenido que forjar su mundo de ideas y creencias. Y hay, también, timidez. Y voluntad de seducción. Este rostro cerrado y expresivo a la vez, que he descrito antes, resulta ser el de un seductor intelectual: leed, si no su obra, donde se hace patente la claridad de expresión, la necesidad de hacerse entender, el hecho de buscar la originalidad y la diferencia con tal de llevarte a su terreno, aunque sea para discutir, después, ampliamente.

 

«Déjame volver, por un momento, a la historia de tu abuelo. La has contado, como es normal, en función tuya, porque es, bajo la excusa de un cierto problema de identidad, una de las manifestaciones de tu soledad personal. Pero, también, de la formación de una diferenciación y, en definitiva, de la construcción de tu personalidad, sea cual sea: la de un intelectual, por ejemplo. Es duro no conocerse a uno mismo, pero es la condición humana. No nos conocemos a nosotros mismos porque no tenemos una identidad única y estable, pero la buscamos. Nos desconocemos porque tenemos varias personalidades. Hay, en cada uno de nosotros, muchos desconocidos: nuestro cuerpo, lo que nos imaginamos que somos, lo que surge de nuestros sueños o lo que, de repente, brota de un instante privilegiado, el amor, una pasión determinada, una conversación sobrecogedora… la identidad no existe, o se esconde, o es tan oscura que no la descubriremos nunca. No querría que te molestaras, pero bajo la excusa de explicarme la parte de tus orígenes mexicanos, después de haber leído El laberinto…, no has hecho otra cosa que desnudarte: y lo has hecho con ese tipo de provocación que tienen —o tenemos— los tímidos. También somos tímidos porque estamos solos, porque la comunicación es difícil, y te diré por qué lo es: no podemos comunicarnos con terceras personas sin, antes, haber comunicado con el otro que también somos».

 

Más o menos, así acabó mi primera conversación con Octavio Paz. Sonrió ampliamente, como pidiendo excusas por su discurso.

 

 

II

 

Un día del mes de agosto de 1967, Max Aub y su mujer me invitaron a cenar en su casa, en la Ciudad de México. Estaban ambos, y su hija Elena, había algunos escritores mexicanos, entre ellos Octavio Paz, entonces embajador en la India y que pasaba las vacaciones en su país, y Tomás Segovia. También, me parece recordar, a Ana María y Ramón Xirau, pero no estoy seguro. Yo había llegado unos días antes: era mi primer viaje al país mitificado de mi juventud, y todavía no sé explicar por qué tardé tanto en ir: una especie de miedo ancestral, un rechazo inconsciente, porque sabía de antemano que no encontraría los mitos infantiles, los lejanos nortes de mi madre… no lo sé. Por otro lado, era absurdo, porque ahí tenía casa —la de mi abuelo Martín—, una invitación permanente y, como descubrí, una gran cantidad de parientes. La noche de mi llegada, el abuelo, mi tío Alberto y su mujer, Cora, con los cuales vivía, me habían preparado una recepción inolvidable: una treintena de Díaz de Cossío —tíos, primos, primos segundos, esposas e hijos, a los que no situaba exactamente ni sabía cómo se llamaban— me dieron la bienvenida. Finalmente, mi historia con el México real acababa de empezar.

 

A lo largo de la cena en casa de los Aub hablamos largamente de España, como era habitual en tiempos del franquismo —y más en casa de un exiliado. También de México, claro. En algún momento salió la pregunta educada e inevitable: «¿Qué te parece lo que has visto hasta el momento?». Yo, que tenía un cierto bagaje cultural sobre el tema y conversaciones de actualidad con mi familia, di, más o menos acertadamente, una visión aproximada a lo que debía de ser la realidad: al menos, los presentes, acostumbrados quizás a imágenes más ingenuas, solamente se limitaron a matizar mi interpretación. Asimismo, en un momento dado, mencioné mi admiración por el Museo de Antropología. Vi que Paz manifestaba su desacuerdo y que parecía querer atacar de frente.

 

«Todas las historias de todos los países han estado fabricadas, mitificadas o prostituidas. Asimismo, aunque eso parezca una redundancia, hay países cuya historia se ha desarrollado con una cierta lógica interna. No es éste el caso de España, ni tampoco el de México. El caso español es el de una construcción artificial que no ha salido nunca bien —solamente hace falta ver como están todavía, con un caudillo que después de cinco siglos necesita hablar todos los días de la “unidad de la patria”. El Estado español es hijo de una imposición política, la de una violencia que es la que impusieron los Reyes Católicos y sus sucesores: unir bajo la misma bandera política diversos pueblos y naciones sometidos a su sueño. La unidad española fue y continúa siendo el fruto de la voluntad política del Estado, ajena a los elementos que lo componen. Debo añadir que el catolicismo de ese país ha vivido siempre en función de esta voluntad. Quizás aquí radica su tono beligerante, autoritario e inquisitorial. No quiero decir que en otros países un hecho como este no haya podido funcionar: en España ha sido un fracaso total, y parece como si los historiadores españoles se hubiesen tragado el anzuelo y, en lugar de científicos —la siempre relativa ciencia histórica—, se hubiesen convertido en exégetas de una falsedad. Es cierto que la aventura imperial podía justificar, en su locura, esta idea. Hundido el imperio, ¿sobre qué bases se mantiene la unidad interior? Y aquí aparecemos nosotros. ¿No? —Dijo mirando a los comensales—. Cuando escribí El laberinto de la soledad, un libro que fue más bien mal acogido, hubo mucha gente que se indignó porque pensaba que era un panfleto contra México: ¡los nacionalistas baratos se encuentran en todas partes! Recuerdo que un poeta me dijo que había escrito una elegante “mentada de madre” contra los mexicanos. Nada de eso: solamente había empezado a aproximarme a un problema que cada vez veo más complejo».

 

Se detuvo un momento. Debió de ser hacia el fin de la cena y alguien repartía bebidas. A Max Aub le sonreían los ojos, a través de los cristales gruesos de sus gafas. Los otros, con un respeto y admiración por Paz innegables, esperaban lo que vendría a continuación, tema que conocían, pero que sospecho que les interesaba escuchar repetir otra vez, porque Paz no dejaba de reflexionar sobre eso nunca y porque cada vez que sacaba el tema podía aportar nuevas sugerencias y, según el humor y el día, dar al discurso una dimensión diferente. Parecía que Octavio se concentrara para un combate, mirando oblicuamente a Marie José, mientras se dirigía a mí.

 

«Hablemos del Museo Nacional de Antropología que te ha gustado tanto, ¿verdad? Pues bien, es cierto que contiene todos los elementos con los cuales se puede reconstruir la historia de este país hasta la Conquista. Desde las figuritas del Neolítico hasta las representaciones de los olmecas, los mayas, los huastecos o de los toltecas, es decir, toda la diversidad y la complejidad de dos mil años de historia mesoamericana, todo es presentado como una preparación para la culminación del acto final y la apoteosis apocalíptica del México—Tenochtitlán de los aztecas. Bien, para que sepas —si nadie te lo ha dicho— que la imagen del pasado precolombino que ofrece el Museo de Antropología es absoluta y radicalmente falsa. Los aztecas no representan en ningún caso la diversidad de las culturas que los precedieron, al contrario: fueron unas bestias devastadoras y crearon una civilización —si se le puede llamar así— sanguinaria, centralista, ferozmente autoritaria. En este sentido, la exaltación y glorificación del México-Tenochtitlán transforma el Museo de Antropología en un templo donde se practica el culto que desde antaño inspira los libros de historia de nuestros escolares y la ideología y los discursos de nuestros dirigentes. El símbolo máximo es la pirámide escalonada y la plataforma de sacrificios, más que rituales y sanguinarios, asesinos y caníbales…».

 

Había un punto de ruptura de voz, de indignación contenida, dentro de la suavidad con la que Paz se expresaba. La crispación interior provocada por tema que había escrito y explicado decenas de veces, solamente se adivinaba a través de una suave caída tónica, como de un cansancio de tener que recordar y repetir una historia que le dolía.

 

«Debes de haber leído a los Cronistas de Indias, ¿verdad?», me preguntó.

 

La verdad es que, con respecto al tema que nos ocupaba, y que lo preocupaba, yo solamente había leído a Bernal Díaz del Castillo. Se lo dije.

 

«Bien, bien. Hay mucho más, e incluso escritos en náhuatl que explican estas cosas. ¿Recuerdas la descripción del descubrimiento de la pirámide cuando Moctezuma invita a Cortés a subir los ciento catorce escalones de los templos gemelos de Huitzilopochtli y Tláloc, en la pirámide más alta de Tenochtitlán? Bernal Díaz del Castillo lo explicaba con gran estilo».

 

¡Por supuesto que yo recordaba Bernal Díaz y su descripción de las pirámides sangrantes, malolientes de carne humana sacrificada, de los corazones quemados, de los cuerpos desnudos lanzados por los escalones hacia abajo, donde los esperaban, para devorarlos, los aztecas que habían hecho prisioneros de guerra, quizás —como dice Marvin Harris— porque su alimentación era pobre en proteínas!  Las interpretaciones modernas, asimismo, no justifican ni explican casi nada: se tendría que haber visto e interpretado, con ojos de ese tiempo, toda aquella bestialidad —unida a otra, la de los españoles, de signo muy distinto, pero no demasiado edificante.

 

«La crítica de México —continuó Paz— tiene que empezar por la desmitificación simbólica de la pirámide. Identificar México con los aztecas es la perpetuación de una falsedad. ¿Por qué la ofuscación del espíritu de alguno de nosotros no quiere ver y admitir que el mundo azteca fue una de las grandes aberraciones de la historia? Lo que fascina es eso que sucede con la Conquista. Los españoles, que podrían haber sido los liberadores de los otros pueblos indios, asumen y transmiten de alguna manera los arquetipos aztecas del poder político: el tlatoani —el oligarca sacerdotal e institucional, elegido— y la pirámide. Pienso que los españoles no hacen la transmisión de una manera voluntaria, sino más bien inconsciente, pero estropean lo que de positivo habría podido tener la Conquista: la destrucción del espíritu, de la mentalidad y del poder aztecas. Al aislarnos de nuestro pasado indio, España se aísla de nosotros: es el fracaso de la Conquista y la perpetuación de un determinado sentido de poder, que se alarga hasta nuestros días. Todo esto puede parecer muy complicado, pero no lo es si se adopta la visión histórica real, la cual no es la oficialista. Pero, ¿por qué el arquetipo mexicano tiene que ser precisamente el azteca y no el maya, el zapoteca, el tarasca o el otomí? ¿Dónde está el diálogo entre las culturas prehispánicas?  De la misma manera nos podríamos preguntar dónde está el diálogo entre las culturas peninsulares. Aztecas y españoles coincidieron en una misma imagen mitificada del sueño de poder. Por esto, también, en la vieja polémica entre la cultura castellana y la de las nacionalidades periféricas, yo no estoy con los centralistas, sino con los vascos, los gallegos y los catalanes, independientemente del vínculo lingüístico, que quiero mucho porque es el mío, con Castilla».

 

Octavio Paz había dicho, en pocas palabras, pero con una especial intensidad y pasión, sin levantar nunca el tono de voz, lo que más profundamente llevaba dentro, desde hacía muchos años. Su voz contenida destacaba, con unas leves inflexiones sonoras, aquello que más le interesaba de comunicar. Hubo un silencio de asentimiento. Repentinamente, la conversación se generalizó, matizando quizás alguno de los puntos expresados por Paz, pero tendiendo, como pasa siempre, a atomizarse entre los asistentes a la cena.

 

Asimismo, recuerdo bastante bien el final de la reunión, que tuvo un tono un poco tenso, como pasa siempre que se habla de política rabiosamente contemporánea. Habíamos vuelto a hablar de España y de las curiosas y específicas modalidades de la dictadura franquista. Max Aub no estaba muy de acuerdo con algunas de mis opiniones sobre la lenta pérdida de poder del dictador, obligado cada vez más a hacer concesiones delante de la implacable lógica interna del capitalismo europeo, en el momento que en España había entrado en un cierto proceso de desarrollo económico. Paz, en esos momentos, no participaba en la conversación, ya que debió estar hablando con alguno de los otros contertulianos. Hecho un silencio, escuchó alguno de los fragmentos de lo que decíamos con Aub. Y retomó la palabra, no tanto en relación estricta con nuestra discusión, sino siguiendo un hilo del discurso anterior.

 

«Cuando estuve en España, durante la Guerra Civil, de repente comprendí que el asalto de Franco al poder, después de la revuelta militar que en un principio no encabezó, era un reflejo antiguo dentro del arquetipo arábigo-hispánico del caudillismo, repetido a lo largo de la historia de los portugueses y de la mayor parte de los países latinoamericanos. Cuando he hablado de una cierta continuidad entre el tlatoani y el presidencialismo actual me he olvidado de matizar la diferencia mexicana: el caudillo no pertenece a ninguna casta ni es elegido por ningún colegio sacro o laico, sino que es una presencia “salvadora” que surge de repente, que manda durante un tiempo más o menos largo y que desaparece sin sucesión. Franco se apoderó del Estado con una osadía absolutamente ilegal con tal de proclamarse caudillo. Un juego de manos perfecto. A partir de un momento determinado hace olvidar la tardía incorporación a la rebelión y se proclama, él solo, “salvador de la patria”. En México hemos tenido, también, caudillos —Juárez y Santa Anna, Carranza y Villa, por ejemplo—, pero siempre han aspirado a ser reconocidos como tlatoanis, es decir, a revestirse de algún medio u otro de legalidad, por medio de la elección. Ahora, nuestros presidentes, por mucho que manden, tienen un poder temporal, seis años, y no son reelegibles. La sabiduría autoritaria se prolonga más allá de la dictadura o el caudillismo ocasionales. Hemos instaurado —siguiendo una tradición abominable— el autoritarismo electoral. El mismo nombre del partido —el PRI— es de un absurdo…, la antinomia: “revolucionario/institucional”. Miren, en cambio, el panorama latinoamericano: Rosas o Perón —por decir un par de nombres— han creído que el acto de tomar el poder era una proeza, una gesta, una hazaña. Es la mítica del poder, enfrente de su institucionalización. De caudillos ha habido de derechas y de izquierdas: ahora mismo, Fidel Castro, que no es más que un caudillo, es internacionalmente discutido, pero respetado por muchos demócratas, a pesar de no reconocer ni practicar ninguna de las normas democráticas… Las democracias tienen unas reglas de juego, por muy insuficientes que resulten, como es el caso de los Estados Unidos: libertad de elección, de opinión, de expresión, etc. Castro actúa como un caudillo, es decir, hace lo que le da la gana, mientras se ve sujeto, cada vez más, a la URSS. Que los Estados Unidos son culpables, en parte, de esta situación, sin duda. Pero Castro no es más que un caudillo, un “salvador”, un dictador, en definitiva, en el sentido políticamente tradicional de la palabra».

 

La mención de Fidel Castro provocó cierta tensión. Yo mismo, que no había estado en Cuba pero que tenía un viaje ahí pendiente muy próximo —el cual realicé unos meses después— quedé un poco sorprendido. Max Aub se sentía incómodo. Pero fue su hija quien saltó en contra de Octavio Paz. Venía de Cuba y volvería ahí próximamente. Cuatro frases un poco agrias concluyeron la cuestión y la reunión. Paz no ha modificado su actitud dese entonces. En más de un sentido, veinticinco años después de la revolución, Fidel Castro le ha dado la razón. También la tenía respecto a México, cuando, el año siguiente, la matanza de Tlatelolco —la plaza de las Tres Culturas— lo obligó a dimitir de su cargo de embajador en India.

Max Aub y su hija Elena en La Habana, 1968.

 

III

 

El año 1968 fue para mí especialmente revelador en el terreno de la política —y en otros más o menos conexos. Lo inauguré en enero con un viaje de tres semanas a Cuba, tal y como dije antes, con la experiencia turbadora de la peculiar revolución castrista. Casualmente, me encontré en París el mes de mayo con la rebelión estudiantil y prolongué mi estancia hasta que se anunció la huelga general y, con ella, la dificultad de volver a Barcelona; fueron días llenos de incitaciones políticas e intelectuales en un país que me había dado, más que ningún otro, las bases de mi formación cultural. En junio hice el viaje —entonces todavía iniciático y clandestino para los españoles de la posguerra civil— a la URSS, del cual he contado algunas impresiones en mi texto dedicado a Rafael Alberti. En agosto, la invasión de Checoslovaquia por parte de los soviéticos me tomó intentando reconstruir el rompecabezas mental que llevaba encima, añadiéndole complejidades. Finalmente, a primeros de octubre, la matanza de la plaza de las Tres Culturas, en México D.F., me pegó por motivos obvios, pero también porque ahí vivía mi abuelastra —es decir, la segunda mujer de mi abuelo, ya de vuelta desde hacía tiempo de su interrumpido matrimonio con Vittorio Vidali—, a quien había visitado en mi viaje a México: desde un balcón de su casa habíamos estado charlando mucho rato, sobre aquella misma plaza de la cual tenía un recuerdo muy vivo. A Bela Carvajal no le había pasado nada, pero el ataque desenfrenado del ejército contra una reunión de estudiantes había matado a trescientos o cuatrocientos de ellos —nunca se ha sabido oficialmente la cifra exacta—, de una manera fría y calculada, como represión o castigo porque llevaban un tiempo de agitación, de hecho como muchos estudiantes de todo el mundo, más o menos influidos por la revuelta del Mayo francés.

 

En Nueva Delhi, Octavio Paz, todavía embajador de México, dimitió inmediatamente y se embarcó a Bombay con destino a Barcelona. Hizo la ruta larga, bordeando toda África occidental, porque el canal de Suez estaba cerrado. En el puerto de Barcelona, esperaba a Marie José y Octavio, Carlos Fuentes —el cual había venido expresamente de París— y algunos amigos catalanes. Carlos Barral, Pere Gimferrer, Félix de Azúa y quizás alguien más. Yo, no sé por qué, no estaba. En todo caso, nos vimos en seguida. Creo que Jaime Gil de Biedma le dio un coctel de bienvenida y, al día siguiente, cenábamos en casa de Barral, con otra gente: debía de estar ahí García Márquez, entonces residente en Barcelona, y también Gabriel Ferrater.

 

Reiniciamos la conversación interrumpida en México. De entrada, y brevemente, con el tema de Cuba y mi experiencia soviética. Yo le di la razón sobre la URSS, pero tenía mis dudas, en aquel momento, habiendo escuchado su juicio cortante sobre la revolución cubana. Asimismo lo que le interesaba, entonces, era otra cosa.

 

Suponía, que el viaje en barco, siempre sedante, le había permitido reflexionar con tranquilidad sobre los hechos de México en relación con lo que pasaba en el mundo occidental. Por esto le interesó mucho más que le explicase mi estancia en París el mes de mayo, las manifestaciones, la toma de la Sorbona, el debate abierto entre los estudiantes, las intervenciones de los intelectuales a menudo silbados en los hemiciclos de la Universidad, las actuaciones cada vez más duras de la policía, la perplejidad del Gobierno… Fue como un interrogatorio, especialmente sobre los pequeños detalles, las anécdotas vividas, el ambiente de la calle: el resto, las líneas generales del movimiento y el desarrollo final, lo conocía en profundidad. Me daba cuenta, a través de la conversación, de un hecho del cual he hablado antes, es decir, que sus ojos te escrutaban profundamente mientras hablabas, de tal manera que, a parte de la información que le pudieras dar, le interesaba el interlocutor y la interpretación que este hacía de los hechos que explicaba. En contra de lo que se puede suponer, de su mirada más o menos inquisidora, no molesta nada, al contrario: es una mirada crítica, ciertamente, pero tiene una calidez y una capacidad de comprensión que no deja de fascinar. Por otro lado, difícilmente puedes tener mejor oyente: se podría decir que practica lo que ha escrito más de una vez, es decir, que el arte de escribir implica el arte de saber escuchar, lo cual es coherente con toda su concepción de la vida. Así, el arte sutil de escuchar es el reconocimiento de la existencia de los demás…

 

«El movimiento del Mayo francés enlazaba con toda una serie de ideas que había ido escribiendo a lo largo de unos cuantos años y que recogí, el año pasado, en el libro Corriente alterna. Te diré como seguí los acontecimientos. En Delhi hacía un calor espantoso, y Marie José y yo decidimos pasar unos días en Kasauli, que es un lugar colgado en una de las vertientes del Himalaya. No teníamos prensa, pero cada atardecer seguíamos las noticias a través de la BBC, que tiene un servicio radiofónico excelente que llega a todas partes. A medida que pasaban los días y que el movimiento se desplegaba en libertad se me confirmaba una vieja idea, es decir, que en pleno siglo XX los males de Occidente, que muchas veces se quieren reducir a problemas económicos y sociales, son más profundos porque son morales. En Mayo de 1968, más allá de muchas interpretaciones, parcialmente justas, demostró que la Revolución —en mayúsculas— ya no tiene posibilidad de existir tal y como fue pensada en el siglo XIX. Lo que hay es una voluntad de liberación personal y colectiva que se manifiesta a través del feminismo, de los derechos de las minorías, de la lucha contra la asfixia congénita en los Estados, de la cultura… Volvemos a los estudiantes franceses: lo que sucedió fue una gran representación, la conmemoración de la gran ausente, la Revolución. A pesar de algunos discursos políticos llenos de ambigüedad, vista a la corta distancia de ahora, es claro que la rebelión estudiantil fue un movimiento orgiástico, libertario y, al menos yo lo diría así, pararreligioso. Fue la necesidad de manifestarse contra un engaño, viejo de dos siglos, que se puede definir con unas palabras muy familiares: progreso, utopía, futuro. Yo he hablado y escrito muchas veces sobre la crítica del futuro, tema que me parece importante pero que hasta estos últimos tiempos no empieza a tomar cuerpo. La crítica del futuro no es más que la crítica de la filosofía del progreso, la cual transforma los problemas de hoy en soluciones futuras, más o menos próximas. Lo más curioso es que lo que era una idea original de las izquierdas, las derechas también, de una manera u otra, se han visto obligadas a asumirla. La sociedad capitalista —como dijo Marx— es una sociedad constitutivamente enferma, que nadie no sabe cómo morirá y si juega la carta del progreso es porque no sabe cómo defenderse, no de la Revolución —porque para esto tiene la policía y los tanques—, sino de las rebeliones de las que minorías que han crecido dentro de ella y contra las cuales no tiene otra solución que la de ceder. Delante de una rebelión de sentido moral es mucho más difícil utilizar la fuerza».

 

Le dije que, asimismo, era lo que había pasado en México.

 

La respuesta fue inmediata, rápida, meditada de antemano, concluyente.

 

«La matanza de Tlatelolco ha sido una bestialidad contemporánea pero de raíces muy lejanas: una manifestación más de lo que he dicho y escrito desde El laberinto… No tengo que volverte a explicar nada de lo que ya conoces de mi interpretación de la historia de México. Asimismo, los estudiantes mexicanos, en el contexto del país, han hecho una aportación singular, a pesar de que su propuesta inicial —como todas— apareciese como revolucionaria: se han convertido en los portavoces de la consciencia general en una sociedad donde es difícil que se manifieste, entre otras cosas porque es difusa y ni siquiera los intelectuales —quitando algunas excepciones— tienen la costumbre de intentarlo. Un escritor honesto, Daniel Cosío Villegas, ha hablado de “hacer pública, de verdad, la vida pública”. Pienso que, en México, ésta es la tarea más revolucionaria, es decir, de la palabra verdadera. Y esto lo han conseguido, por primera vez en muchos años, unos chicos que pensaban, quizás, en provocar una revolución —o, mejor, una reforma— diferente. Lo han pagado con muchas vidas, brutalmente, porque el régimen de la “revolución institucionalizada” es la encarnación contemporánea de un poder sanguinario heredado de hace siglos. La “representación” que han efectuado los estudiantes mexicanos no era la que creían, pero esto es un hecho común en la historia de la humanidad: la distorsión de la realidad que sufren los protagonistas de la historia ha sido señalada incluso por Marx. Es un hecho real, asimismo. Pero si el Gobierno supiese aprender la lección, si el PRI la supiese aprovechar y, finalmente, se abriese la democratización interna y la hiciese pública —“hacer pública la verdad pública”—, el país podría volver a encontrar el sentido de lo que fue la verdadera revolución mexicana. Mientras tanto, ¿comprendes?, yo no puedo representar a este Gobierno. Vuelvo a la vida privada».

 

Paz no ha sido ni es un político, pero sí que pertenece a una generación atravesada por las repercusiones de la Revolución de Octubre y por la Guerra Civil española, con todas las implicaciones del caso, es decir, la impregnación de la política. Es buen analista de las convulsiones sociales e ideológicas de su tiempo. Lo han acusado y lo acusan, todavía, de derechización, y, en el contexto americano, de occidentalización. Es posible que en este terreno, haya habido indicios. Pero en la perspectiva del tiempo restará, como el que ha estado siempre —haya errado o no algunos de sus análisis—, es decir, un espíritu libre. Sus raíces literarias —el superrealismo, por ejemplo— negarán siempre, a través de su obra, todo lo que no sea su voluntad de liberación y su reivindicación de que todos los individuos puedan expresar, desde su más íntima personalidad, lo que sienten y piensan, con el convencimiento de que solamente en el diálogo es posible reencontrarse con el otro. Ha habido, pero, en su tiempo —que es el nuestro— una fuerte presión, no sólo política, sino también social, contra los «librepensadores». Los que somos hijos de la Guerra Civil española, de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría consiguiente, nos hemos dado cuenta, un poco tarde, muchas veces, de este hecho. En los años sesenta —y también después—, algunos de los que éramos los jóvenes de este país descubrimos, gracias a él entre otros, la fuerza crítica y creadora de esta actitud.

 

 

IV

 

Durante los años que siguieron el 1968 nos vimos poco y, sobre todo, en malas condiciones para poder hablar tranquilamente: algún congreso internacional, quizás, algún paso rápido por Barcelona… No lo sé. Yo había hecho, en 1972, un viaje largo por América Latina, pero por motivos complicados y personales tuve que desistir de volver a Europa pasando por México. Por otro lado, él pasaba en los Estados Unidos largas temporadas, desde donde me envió Posdata —el libro que recoge muchas de las ideas que me había adelantado en la conversación de Barcelona— con la siguiente dedicatoria: «A J. M. C., este ejercicio de demolición crítica de una pirámide imaginaria (pero “la crítica empieza por la crítica del cielo”, ¿verdad?). O. P.». Sabía cosas de él por algunos amigos, especialmente a través de Pere Gimferrer. Es el mismo Pere quien me confirma, ahora, la fecha de otra estancia relativamente larga en Cataluña donde sí que tuvimos la ocasión y el ocio de hablar en abundancia: la primavera de 1974.

 

Marie José y Octavio planeaban unas vacaciones —si podían ser, solitarias— en la costa catalana. Yo les hablé de Sitges, porque todavía no había empezado la temporada turística y es cuando el mar y el cielo son azules y el sol resplandeciente: Mediterráneo puro. Quedamos en que los llevaría con Isabel y que, si les gustaba, podían quedarse en nuestro apartamento —tan reducido, por otro lado, pero cómodo y cerca del mar— o escoger uno de los hoteles confortables del paseo marítimo.

Sitges, Barcelona

Un día soleado de entre semana cogimos el coche a media mañana y fuimos a Sitges. Cuando empiezan las costas del Garraf propiamente dichas, después de la primera vuelta retorcida, sale el Coll de la Mala Dona y aparece, bajo un precipicio de cincuenta metros, la visión esplendorosa del mar. Para impresionar al visitante hace falta tomar la vuelta con una cierta brusquedad: el pequeño susto que causa el cambio subraya indefectiblemente el efecto visual tranquilizador del mar sobre el horizonte. La exclamación admirativa nunca falla —si hace buen día, claro. Así lo hice, con los resultados adecuados. Después, las vueltas son un poco molestas, pero la visión de Sitges, al inicio de la bajada, lo compensa todo.

 

Durante el viaje, Octavio me comentaba que había visto muy bien Barcelona y que, incluso en las conversaciones con los amigos más politizados, se había dado cuenta de que el peso de la dictadura se había aligerado notablemente. ¿Cuándo acabaría el anacronismo franquista en esta punta occidental de Europa? Yo le dije que de una forma u otra, el franquismo estaba muerto desde el fracaso del estado de excepción de 1969, primero, y desde el asesinato de Carrero Blanco, en 1973, después. Era una tesis que muchos amigos míos no compartían, pero que se hacía patente, día a día, y más en 1974. Hacía falta únicamente deshacerse del cadáver, y todos los lectores de novelas policíacas saben perfectamente que éste es el momento más comprometido del argumento. Por otro lado, proseguí, lo que pasaba era que la lata del franquismo había durado tantos años, que nos encontraba cansados: asimismo, como no la habíamos sabido derrumbar nosotros, no teníamos más remedio que esperar a que cayera el sol, como un castillo de naipes. Desde hacía un tiempo pensaba que, llegados a esta situación, si el régimen se hundía solo, es decir, si moría Franco o no había más remedio que jubilarlo porque chocheaba y volvía la Monarquía en la figura de don Juan o de su hijo, el trabajo de restauración de la democracia podría ser más llanero: cabe añadir que ni él ni yo éramos monárquicos y que la historia de los Borbones, en España, había sido más bien nefasta para el país.

 

«Eres de los pocos que he encontrado —me contestó— que me lo cuenta tal y como yo hace tiempo que lo pienso. Pero lo que pasa es que no me atrevo a decirlo por dos razones: primero, porque soy extranjero y no vivo las tensiones periódicas que viven ustedes; después, porque me da vergüenza, por lo que tú mismo me has dicho, de pedir paciencia: cuando la paciencia se agota —y han tenido mucha— es imposible pedir más. Por esto, este es el momento más difícil de todos y es cuando un mal paso de la oposición puede estropearlo todo. Estoy de acuerdo: el franquismo está muerto. Ahora es el momento de pensar en el futuro, un futuro inmediato, indudablemente. ¿Quién piensa en eso? ¿Cuáles son los pasos cautelosos que se tienen que dar?».

 

A Octavio Paz le resultaba particularmente curioso —como a tanta gente— el proceso, ineluctable ya en aquellos momentos, que tendría que acabar conduciendo a la democracia de la mano de la Monarquía. Por otro lado, pensaba que los comunistas no podían jugar ningún papel en la sucesión del franquismo. Si era verdad que el Partido Socialista tomaba nuevos vuelos, esto facilitaría mucho las cosas para el retorno de la democracia. En todo caso, era en cierto modo sorprendente el interés e incluso la pasión con que Paz hablaba de la política, tan lejana de otras preocupaciones suyas. En algún momento, llegando a Sitges, se lo dije.

 

«Me interesa la política en tanto que me interesa la historia. La historia es el error, como he dicho en algún lado. La historia no solamente es, en cierta manera, irracional, sino que, además, es amoral. Ahora bien, la historia, la hacemos los hombres, y una buena parte de estos hombres no son ni irracionales ni amorales. De aquí que sea difícil creer en aquello que llaman lógica de la historia. Me parece que la confusión proviene de muchos factores; por ejemplo, de las interpretaciones globales de la historia, ya que ninguna de estas no es convincente, o de la identificación de los individuos con la historia pasada —¡tan incierta!— o con la presente, la política de cada día o de cada vida. Yo diría que, si bien nosotros somos o hacemos historia, nuestras experiencias fundamentales son instantáneas y personales, pero no históricas. Pero no puedo dejar de interesarme por la política, la historia que se está haciendo, porque de una manera u otra soy sujeto de la misma. Vuelvo al principio: la historia es el error porque lo que vivimos mejor en la vida es el amor, o contemplar esta maravilla de mar azul brillando bajo el Sol, o leer un libro y ver una película inteligente o una obra de Shakespeare bien representada, o, si tenemos suerte, comer ese pescado al horno que nos has prometido…».

 

Mientras paseábamos por el paseo de la Ribera, le comenté —a pesar de mi pesimismo— la indestructible capacidad de la gente de ser felices —o intentar serlo— bajo una dictadura. Me refería a la fuerza biológica y moral del pueblo, de la «buena gente». Ciertamente, yo estaba fatigado de tantos años de barbaridad, de tanta inútil crueldad. Pero nuestras vidas personales —y hablaba de nosotros y de los amigos y de la gente— habían levantado defensas contra las cuales la dictadura no podía hacer nada. El problema, desde un cierto punto de vista de responsabilidad colectiva, se planteaba de cara al futuro: como se podría reconstruir tanta demolición moral y cultural. En el hundimiento español de siglos, se añadían cerca de cuarenta años de mediocridad, de corrupción, de censura, de poder militar, de violencia policíaca, de estupidez de la Iglesia, de todas las imposiciones subculturales de los pretendidos intelectuales del régimen. Una mierda indigerible, en su conjunto. Y no solamente la victoria militar en una España obsoleta, sino también la complicidad internacional: ¿Cómo podía entenderse la abstención de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial si no era por el menosprecio de España, comparable al que tenían por los países de América Latina?

 

«El menosprecio, nos lo hemos ganado nosotros mismos, españoles y americanos. Es la herencia de la Contrarreforma, la incapacidad de la modernización, las luchas coloniales, la Inquisición, las guerras civiles, la miseria moral, el hundimiento de una civilización cristiano-castellana incapaz de regenerarse. No le echemos siempre la culpa a los demás: nos la hemos ganado a pulso los unos y los otros. Imperialismo tronado de un lado, caudillismo del otro, sumisión barata, oscurantismo, centralismo… Olvídalo: no nos han respetado, porque no nos respetamos a nosotros mismos. No quisimos reconocer al Otro que llevábamos dentro: el liberal, el progresista, el afrancesado, como lo decíamos entonces. Una historia común, en cierta manera, de unos locos que no supieron aprovechar la riqueza del pluralismo, del mestizaje. ¿Por qué no hablamos de otra cosa, enfrente de este mar que generó, demasiado tiempo atrás, la democracia y la tolerancia?».

 

Comimos en el Mare Nostrum, cuando todavía vivía el señor Martí, de cara al mar, bajo el cielo tibio de primavera. El aislamiento, la calma, la civilidad. La conversación derivó por otros caminos más cotidianos y, finalmente, sobre los poetas del Mediterráneo: Kavafis y Ungaretti, Saferis y Valéry, Foix y Aleixandre de Sombra en el paraíso… Los árabes y los andaluces, casi todos los catalanes, los insulares de todo el mar común. Octavio tenía un comentario específico para cada uno de ellos y yo la familiaridad de los «míos» —porque todos lo eran.

 

«Cataluña —dijo de repente— tuvo la suerte de permanecer al margen de la aventura imperial española. Tu país es un país con una sociedad civil fuerte enfrente de un Estado, por el momento, débil. Por esto ha sido castigado y no sé qué destino le espera. Pero sus poetas son sólidos y, cosa que puede sorprender a los extranjeros, de una extraña universalidad. Yo tengo la experiencia de los catalanes en el exilio, con la entrañable amistad de algunos, como Ramón Xirau. Me dicen que Joan Coromines está redactando el Etimológico catalán: cuando lo haya terminado, aunque solamente sea sobre esta piedra, el catalán —tan brutalmente asediado— permanecerá. Perdona que vuelva a mis obsesiones. ¿Por qué les cuesta tanto a los castellanos entender la noción del pluralismo?».

 

Callé. Mi fatiga para poder hablar de este tema me sobrepasaba —entonces y ahora. Le dije lo mismo que me había dicho él antes, es decir, que ¿por qué no hablábamos de otra cosa? Lo entendió. Entonces fue cuando me explicó una curiosa historia sobre un catalán, José Bosch, que fue quien lo inició en la experiencia política: no se la había escuchado nunca, pero más tarde la escribió con detalle. La cuento tal y como recuerdo que me la contó, apoyándome en el texto posterior.

 

«Cuando yo tenía catorce o quince años estudiaba en una escuela de la colonia Juárez. Mi compañero de pupitre era mayor que nosotros: dado su aplomo y la seguridad con la que hablaba hacía pensar en un chico de unos diecisiete años. Tenía un extraño —para nosotros— acento catalán y todo esto hacía que lo mirásemos con un punto de desconfianza e irritación. Un día, saliendo de la escuela, me pasó furtivamente un folleto que llevaba el nombre de un autor desconocido para mí: Kropotkin. Lo leí con avidez y se lo comenté al día siguiente. Esto provocó que, posteriormente, me pasase textos de Eliseu Reclús, de Ferrer i Guàrdia, de Proudhon, etc. Estos escritos políticos me produjeron un gran efecto. Nos hicimos amigos. Yo le pasaba literatura y algunos de los clásicos socialistas de las bibliotecas de mi abuelo y de mi padre, de los cuales ya te hablé. No hace falta decir, que aunque de una manera muy confusa, dada mi edad, yo participaba emotiva e intelectualmente de las ideas de la redención social. Pero Bosch iba más lejos: era, como se demostró, un activista. Me arrastró a mi primera experiencia política. Para protestar por no sé qué incitamos a nuestros compañeros a una huelga. El director de la escuela nos denunció a la policía y nos llevó, detenidos, a los calabozos de la comisaria. Pasamos ahí dos días. Después, un funcionario de Educación nos aleccionó sobre la rebelión juvenil y la eficacia de mantenernos dentro del orden. Bosch le respondió violentamente. Nos mandó a la calle, donde nos esperaba el padre de Bosch, un viejecito pequeño y arrugado: nos abrazó. Era un militante de la FAI».

 

Le pregunté si esta influencia anarquista no había tenido una gran importancia tanto en sus ideas políticas como en su pensamiento ideológico posterior.

 

«Eso era, precisamente, lo que te quería decir. Bosch no fue nunca nuestro líder estudiantil, pero sí nuestra consciencia. Él fue quien me enseñó a desconfiar de la autoridad y el poder y me hizo ver que el eje de la justicia es la libertad. Es más: de esos años con Bosch me quedó la repugnancia que todavía tengo por los caudillos, la burocracia y las ideologías totalitarias. Más tarde participé en otras acciones con Bosch. En una de ellas nos detuvieron a una veintena de supuestas cabezas revolucionarias. A todos nos liberaron al cabo de veinticuatro horas, menos a Bosch. Como no era mexicano lo expulsaron, vergonzosamente, del país. Estando en España, recibíamos noticias esporádicas de él. Más tarde, el silencio. Y estalló la Guerra Civil española. Le imaginábamos, como es natural, combatiendo al lado de la República. Un día, uno de nosotros leyó, en una lista de los muertos en el frente de Aragón, su nombre. Quedamos consternados: yo, ya tenía un héroe y un mártir. En 1937 escribí un poema: lo excluí de los recopilatorios siguientes de mi obra, porque no era el tipo de poesía que, posteriormente, yo valoraba más. Asimismo, ahora que lo pienso, puede ser que en una edición futura de mi obra poética lo reproduzca nuevamente. Quizás no tenemos que esconder siempre algunos momentos peculiares de nuestras vivencias… En 1937, en plena Guerra Civil, fui a España. Me pasearon por todas partes, como simpatizante republicano. Terminé el viaje en Barcelona, donde entre otros actos participé en una reunión en la Sociedad de Amigos de México. Después de algunos himnos y discursos, me tocaba hablar a mí. Yo tenía pensado leer el poema dedicado a la muerte de Bosch. Me hicieron avanzar hasta el proscenio y cuando iba a empezar me quedé petrificado: ahí en frente, a primera fila, resucitado, en persona, estaba Bosch. Me puse a toser, tomé agua y cambié de repente el título del poema, que ahora y por siempre se llamará “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón”. No sé cómo salí de ésa. Entre otras cosas, leyendo a continuación más poemas… Al terminar el acto, en la confusión de la salida, a oscuras, se me acercó una sombra que me dio un papel. Más tarde, en el hotel, lo leí: Bosch me pedía una entrevista, los dos solos al día siguiente —y me daba lugar y hora. Fui, aunque fuese para calmar mi curiosidad y enterarme de lo que le había pasado… En la tarde siguiente nos encontramos en la Rambla y caminamos más de dos horas, por calles perdidas, a oscuras, por un itinerario que no sabré nunca reconstruir, en medio del aire frío y húmedo de un adelantado otoño barcelonés, acercándose al invierno. El suyo fue un monólogo inacabable y delirante: perseguido por el SIM, escondido por el presidente Companys, víctima de los hechos de mayo de 1937, su culpa era la de haber fracasado en la tentativa de frenar la subida de los comunistas. Ahora lo perseguían a muerte, vivía acosado por delatores, reales o imaginarios, no tenía destino ni salvación… Intenté calmarlo, le hablé de los días en México, le pregunté por los años que nos habíamos perdido de vista. Todo fue inútil: volvía recurrentemente a las persecuciones, al peligro diario, a los comunistas, ya no hablaba conmigo, monologaba delante de sus fantasmas. En un momento determinado, en una esquina, cerca de mi hotel, se despidió con prisa. “Te llamaré mañana —me dijo—, te llamaré bajo un nombre falso”. Nunca más he sabido nada: una sombra asustadiza, un espectro obsedido, una víctima: ¿De qué, de quién?».

 

En Sitges hacía una tarde espléndida. Paseamos un buen rato. Marie José y Octavio todavía discutían sobre si se quedaban a pasar los días de vacaciones o iban a la Costa Brava. Finalmente, decidieron quedarse en Sitges, en el Terramar, les conté la historia sobre el primer complejo turístico de Cataluña, en los años treinta. Les hizo gracia saber que por aquellos tiempos había estado el pintoresco conde de Keyserling, el cual había montado una Semana de la Sabiduría con los intelectuales catalanes, como quien jugase a una partida de ajedrez simultánea. No les supe explicar, cuando había aparecido Valéry por Sitges, declarando que el cementerio, de todos los del Mediterráneo que había conocido, era el más parecido al de Seta, su «cementerio marino». «Valéry —me dijo Paz— encontró la perfección de la forma y la convirtió en la celebración de la muerte. Sus poemas son como bellísimas tumbas, las cuales, asimismo, tienen su propio tipo de sensualidad… Iremos a ver este cementerio, en un día de Sol radiante».

 

 

V

 

A lo largo de los siguientes años, lo vi pocas veces. En Barcelona, en 1979, y, probablemente, en Madrid. No he encontrado papeles ni notas sobre esos encuentros. En todo caso, como en el período entre 1968 y 1974, me parece que no tuvimos ocasión de hablar los dos solos, ni tampoco mucho tiempo. Asimismo, en estos años leí algunos libros suyos, algunos de los nuevos y, en 1979, con la aparición del volumen Poemas (1932/1975), el cual recogía su poesía completa, me adentré en él durante unas cuantas semanas.

 

En febrero de 1982 volví a México invitado a asistir a un congreso de escritores españoles y latinoamericanos. Volé, desde Madrid, con Ana María Matute y otros amigos. Menciono el nombre de Matute porque fue causa de admiración y envidia por mi parte y de los otros compañeros: apenas sentarse en el avión se puso a dormir. La desperté en la escala de Miami y, finalmente, a la llegada. Había volado más de ocho horas —esta lata inmensa que son los vuelos transatlánticos— sin darse cuenta. Cuando finalmente llegamos al hotel, se metió en la cama y durmió ocho horas más de tirón. No hace falta decir que al día siguiente estaba fresca como una rosa.

 

En el hotel me esperaban dos llamadas. La de mi tío Alberto y la de Octavio Paz. Con la familia —ya había muerto el abuelo— quedamos de vernos, con calma, una vez terminado el congreso, y hacer una excursión. Octavio me quería ver en privado y al margen del congreso, al cual él no asistiría ni, como me dijo, la mayor parte de los escritores amigos: ya me lo contaría. Quedamos de vernos al día siguiente en su casa.

 

Mientras empecé a saber cosas del fantasmagórico congreso, que, de hecho, solamente consistió en algunos actos más o menos oficiales y algún coloquio público. Asimismo, había una cosa cierta: la ausencia de escritores mexicanos, a parte del infatigable Azuela —que era el responsable del congreso— y de Fernando del Paso, que vivía en Europa y estaba al margen de la lucha que parecía dividir, en varias fracciones, a los escritores del país. Debió de haber alguno más, pero no pude identificarlos. No llegué a entender demasiado las divisiones, básicamente fundamentadas en motivos políticos. Por otro lado, por el hecho de coincidir el congreso con una feria internacional del libro, supe, también, que ahí jugaban factores editoriales no muy escrupulosamente desinteresados. Vistas así las cosas, me pareció que una vez completados mis deberes —dos mesas redondas, una de ellas televisiva— quedaba bastante libre para hacer lo que quisiera. Que es lo que hice. Llamé en seguida a Ramón Xirau, quien ya conocía la situación, y Ana María y él organizaron una cena esplendida, al cabo de dos días, en su casa, con la plana mayor de la revista Vuelta, fundada y dirigida por Octavio Paz. Vinieron conmigo Carlos Castilla del Pino y José Agustín Goytisolo, dos más descolgados del congreso.

 

A Octavio, lo fui a ver a su casa, en el Paseo de la Reforma, tal y como habíamos convenido, el día siguiente de haber llegado. Nunca había estado en su casa, y quedé admirado del espléndido e inmenso despacho-biblioteca que tenía. Le dije que así ya se podía trabajar y ganar el premio Cervantes o el Nobel. Se rió y me dijo que uno de los temas de los cuales quería hablar conmigo era, precisamente, del Cervantes que le acababan de otorgar y que tenía que recoger de manos del rey en abril. De hecho, supongo, quería una información de confianza —como de otros que debía de haber recogido y que recogería más tarde— sobre cómo había caído en España y entre los escritores españoles la concesión del premio. Yo le dije lo que pensaba y más o menos me parecía que era la verdad: quitando la escasa media docena de candidatos españoles —suponiendo que todos ellos fueran envidiosos— y de algunos intelectuales de extrema izquierda —si es que todavía quedaba alguno en la vertiente estalinista—, el premio había caído bien, dado que, reconocida su personalidad poética, un público más amplio, a través de sus libros, había conocido uno de los pocos grandes ensayistas en la lengua castellana del momento. Me callé, para no parecer que lo estaba halagando, aunque yo creía que era el más vigente, el más contemporáneo, el más internacional.

 

«El tema de los premios —me dijo— siempre es molesto. Para los que creen que los merecen y los que los quieren y no los tienen, pero también para los premiados. Para un escritor verdadero, que ha escrito más o menos dificultosamente una obra a lo largo de cuarenta o cincuenta años de vida, un premio —prescindiendo de la consideración que suponía por parte de las personas que se lo otorgan— no es exactamente el hito que busca: los premios son un accidente y no hace falta tomarlos muy seriamente. Un amigo tuyo, Fernando Savater, en una entrevista que me hizo, utilizó unas palabras de Borges, que no recuerdo de memoria, pero que hablan de la parte de simplificación que representa la fama para un escritor. Los premios son un accidente y no se tienen que tomar con mucha seriedad. A mí me han hecho pensar siempre en los años empleados (¡toda una vida!) intentando decir alguna cosa que fuera interesante e inteligible, y en la dificultad y la fatiga que esto representa: ¡qué oficio, éste! La única satisfacción profesional es, a veces, encontrar la palabra, saber darle la vuelta al lenguaje para hacer aparecer el otro lado de la realidad, es decir, ser capaz de comunicar a los lectores el pluralismo de esta realidad: aquí yace el sentido del creador de la poesía, el cual es, ciertamente, mucho más complejo. Hay una lengua de la cual uno es tributario: toda una tradición…».

 

Le dije que el peso de la lengua de cada uno era un peso decisivo en la formulación del mundo propio del escritor.

 

«No hace falta ni decirlo, por esto, independientemente de toda la crítica del viejo y tronado imperialismo español, del centralismo castellano, de todas las cosas que he escrito sobre el ahogo de la Conquista, yo no tengo más que una lengua, que quede bien claro. Yo he hablado siempre como lo que soy: un escritor hispanoamericano que escribe, obviamente, en castellano».

 

En ese momento o en algún otro momento próximo, apareció Marie José, que nos llevaba café. Nos saludamos con la efusividad que da la distancia del tiempo. Si en estas páginas no he hablado de ella es porque la he conocido poco. Bastante más joven que Octavio, Marie José es muy atractiva y todo hace suponer que ha resultado una compañera imprescindible para él. Discreta y amable, se interesó por Isabel y los amigos de Barcelona. Se sentó unos minutos con nosotros y, casi repentinamente, desapareció. Era evidente que no quería interrumpir la conversación, aunque su presencia amistosa no podía interrumpir nada. Al contrario, sin proponérnoslo, introducía un nuevo elemento en la conversación sobre los «otros», sobre la amistad y sobre el amor. Supongo, sospecho, que la sombra de Gabriel Ferrater, muerto hacía diez años exactos, debió de tener alguna influencia: a Gabriel, cuando conoció a Marie José, le hizo un gran efecto, cosa, por otro lado, no muy sorprendente, porque cualquier mujer atractiva lo podía alterar tanto como el alcohol. Hablo de Gabriel porque iniciábamos el tema del «otro» en la poesía, y las ideas de Octavio giraban también entorno de «las mujeres y los días», aunque sus poesías fuesen tan diferentes.

 

«Para concluir provisionalmente lo que venimos diciendo, pienso que la experiencia de la literatura es la experiencia del otro: la experiencia del otro que somos, del otro que son los otros y, para los hombres, la experiencia máxima: la otra, es decir, la mujer. Para mí ha sido siempre un tema recurrente —como también el erotismo, pero sobre todo el amor. Es la manifestación más radical de lo que, probablemente, ha sido una de mis obsesiones: la otra y el otro, aquello que se encuentra más allá de mí mismo y aquello que es el reverso, la otra vertiente de lo que soy. Ahora, las mujeres, el erotismo, el amor significan también temporalidad, la cual es otro de los temas que impregnan mi poesía. ¿El tiempo pasa o es una transparencia inmóvil y lo que vemos pasar son las imágenes del tiempo? Quizás el tiempo es un presente inacabable que no podemos ver, y lo que vemos son las presencias en las cuales el tiempo se manifiesta. Este es el tiempo personal, ciertamente, pero hay un tiempo fijado por las presencias pretéritas, un tiempo definitivamente inmóvil, objeto, por nuestra parte, de análisis e interpretación: la Historia. Estoy acabando de hacer un viaje apasionante a través de una parte de la historia de México de la mano de nuestra más gran poetisa, sor Juana Inés de la Cruz. ¿Ves esa pila de carpetas? —dijo señalando una mesita auxiliar—. Es mi libro más extenso, y trata de una mujer y de su relación con la poesía y su tiempo. No te hablo ahora de eso, porque es el tema que llevo dentro desde hace meses y, en cierta manera, años, y tendría que empezar un discurso apasionante e inacabable. Pero si te interesa el tema, dentro de unos meses lo podrás leer, porque lo entregaré a la imprenta muy pronto…».

 

Habían pasado dos o tres horas, Marie José reapareció para recordarle a Octavio que tenía una comida en el Colegio de México, a la cual asistía también el presidente López Portillo. Paz refunfuñó, porque no tenía ganas de ir. No era difícil saber por qué: acababa de iniciarse una de las más grandes crisis económicas del México contemporáneo y la calle estaba llena de infinitas e inimaginables historias de corrupción e ineficacia, de las cuales no saldría nada bien parada la gestión presidencial. Se levantó y se fue a hablar con Marie José, manifiestamente malhumorado. De la conversación, debió de salir la conclusión de lo inevitable del compromiso.

 

Me dijo que si lo esperaba un momento, como le venía de paso, me dejaría en el hotel. Y me quedé solo, en aquella biblioteca llena de miles de libros de encuadernación valiosa y de todas las materias imaginables. Estuve curioseando un rato. Después, echando un vistazo a un montón de volúmenes que trataban de la historia de México, se me ocurrió que las aventuras misteriosas del abuelo Martín me habían conducido hasta ahí, o sea, que todas las cosas obedecen al azar y a un cierto principio de indeterminación. Pero a quien evocaba realmente, cuando se abrió la puerta, era a la sombra impalpable y fugaz de María Cisneros. «Cuando quieras —dijo Octavio Paz— podemos irnos».

 

 

VI

 

En marzo de 1987 emprendí otro viaje a América con tal de intervenir en una reunión de la Sociedad Catalana de Norteamérica. La noche de Reyes, dos meses antes, cenando, hablamos con Joan Perucho —que nunca había estado en América— de la posibilidad de redondear la ida a los Estados Unidos con un salto —desde Tampa, donde tenía lugar el coloquio— a México. Hicimos el viaje, del cual Perucho ha escrito un artículo divertido y fantasioso, centrado en la estancia en Tampa y su descubrimiento de los indios seminolas. Antes, pero, pasamos por Nueva York. Estuvimos ahí unos días de frío intenso pero de una luminosidad y un aire vivo que me disiparon la fatiga mental que arrastraba desde hacía tiempo. Tampa, Florida, es irrelevante, inexistente. En México encontramos un calor infernal y una ciudad hundida por el terremoto, ciertamente, pero sobre todo por la miseria de la política económica, por la miseria tout court.

 

Me reencontré una vez más con mis parientes y vi a Isabel Carvajal, con quien no había hablado desde hacía veinte años: ¡cómo es de devastador el tiempo! Hablamos de muchas cosas y, obviamente, del abuelo Martín, de la muerte de Vidali, de quien me regaló su autobiografía. En el hotel tenía ya una nota de Ramón Xirau —previamente avisado de la llegada— en la cual me invitaba a cenar en su casa, una vez más, con Marie José y Octavio. Fui con los Perucho y una amiga suya, compañera de viaje, contentos de conocer a Octavio y admirados después por la cordialidad del recibimiento de grandes señores que nos depararon Ana María y Ramón.

 

Octavio estaba medio gripiento y, notándose un poco febril, se tomó un par de aspirinas con un whisky: inmediatamente se encontró mejor y, sentados en un rincón del living, empezó a preguntarme por los amigos y, sobre todo, por el Congreso de Valencia del próximo mes de junio, conmemorativo del cincuentenario del II Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura, que había tenido lugar el año 1937, en plena Guerra Civil. Octavio era uno de los pocos supervivientes y había sido invitado a presidirlo. Yo conocía más o menos su intríngulis organizativo e incluso había visto la fotocopia de una carta de uno de los invitados, donde se negaba a asistir precisamente a causa de la presidencia de Octavio: ¡la miseria de algunos intelectuales no tiene límite! Asimismo, hablamos de la España del tiempo de la guerra donde Octavio había aterrizado a los veintitrés años con su primera mujer, Elena Garro. Con pocas palabras rememoró —como lo había hecho en otras ocasiones y como he explicado páginas atrás— aquella estancia y me explicó que estaba preparando ya el discurso de apertura que leería. Tenía más de una duda sobre la oportunidad o no de mencionar algunas anécdotas. Le expliqué el temor —¡cincuenta años después!— con el cual se había rememorado en España, el año pasado, el aniversario del estallido de la guerra y le incité a hablar sin miedo: asimismo, él era mexicano y podía explayarse con una libertad que los españoles todavía no se atrevían a utilizar del todo: ¡maldita guerra, que yo había vivido de niño, pero las secuelas de la cual habían atravesado prácticamente toda mi vida de adulto!

 

Hicimos un silencio, mientras los demás hablaban. De repente, Octavio dijo, como si hablara para sí mismo: «¡Cuantos años! Quisiera dar un discurso que fuera un examen de lo que hicimos, de lo que no hicimos, de lo que hemos acabado haciendo de bueno y de lo que hemos hecho mal. Es necesario, continuamente, forzar el espíritu crítico, con pasión y lucidez. Tendríamos que hacer un esfuerzo para culminar bien este siglo brutal del cual hemos sido protagonistas, quizás no siempre inocentes». Después, me anticipó algunas de las cosas que quería decir y de una frase de Indalecio Prieto, en el exilio, que le sorprendió y le afectó, la cual se convertiría en profética cuarenta años después: hablaré de esto más adelante.

 

Cenamos hablando tranquilamente de temas que, asimismo, nos preocupaban. La situación mexicana bordeaba los límites de la insostenibilidad social. Inquirí detalles económicos y políticos. Probablemente, los Estados Unidos no podían dejar caer en recesión —una recesión ya real— a la economía mexicana porque la deuda exterior contraída por México afectaba básicamente a los bancos norteamericanos y porque la situación revolucionaria desestabilizaría a un país fronterizo de demasiados miles de kilómetros como para que los Estados Unidos no se vieran obligados a intervenir. Pero la situación económica no mejoraba. Era necesario un cambio político. El PRI, desdichadamente, con demasiados años al poder para rehacer la mala administración y la corrupción que se infiltraba por todas partes, no parecía capaz de dar un giro copernicano. Los otros partidos políticos, debilitados por el PRI, apenas contaban. ¿Qué se podía hacer? Una sombra de pesimismo gravitó sobre la mesa, mientras pasábamos a tomar café. La conversación cambió y, todos los escritores, hablamos de literatura, tampoco con mucho optimismo.

 

Los Paz se retiraron temprano, a causa de la gripe de Octavio. Nos despedimos para encontrarnos después en Valencia. Al final hicimos tertulia con los Xirau y los Perucho.

 

El miércoles 14 de junio llegué puntualmente al aeropuerto para coger el último avión hacia Valencia. Ya estaba ahí todo el grupo de amigos que salían de Barcelona u otros que hacían escala, como Juan Goytisolo, que llegaba de Estambul. No sé por qué —nunca se sabe—, el avión salió con dos horas y media de retraso, tiempo que aprovechamos para hacer tertulia en el bar con José Agustín, el hermano mayor de Juan; con Xavier Rubert de Ventós y un amigo suyo, pintor mexicano de raíces catalanas; con J. F. Yvars; con un sirio, residente en Chipre, que llegaba de Atenas, y con alguien más como Àlex Susanna, que tenía problemas con sus pasajes y con quien estuve charlando durante el viaje. Llegamos de madrugada, junto con un avión que venía de Madrid repleto de congresistas, muchos de los cuales eran viejos amigos y con quien nos abrazamos, medio dormidos por la hora.

 

A la mañana siguiente empezaron las sesiones del Congreso Internacional de Intelectuales y Artistas (1937/1987). La tentación de hacer una crónica sobre el congreso es fuerte, sobre todo porque escribo estas líneas llegando de ahí, pero solamente debo hablar del papel de Octavio Paz. Ahora no puedo rehuir un comentario fugaz porque el discurso inaugural de Paz marcó, en cierto modo, la línea central de las reuniones, con todas las controversias, disensiones y enfrentamientos que se produjeron.

 

Habían pasado cincuenta años —desde 1937— y el mundo era radicalmente distinto. El 37 no era solamente la Guerra Civil española: era la ascensión de los fascismos, la dictadura estalinista con el contrapunto siniestro de los procesos de Moscú, la tibieza de las democracias europeas —a pesar del Frente Popular de Francia—, la indiferencia de los Estados Unidos —no acabada de superar la crisis económica iniciada en 1929—, etc. En España, se jugaban muchas cosas y no todo el mundo lo supo ver, excepto los intelectuales, mayoritariamente favorables a la República, porque ahí estaba en juego la libertad y un sentido democrático de la cultura, entendida como el legado progresivo de la historia. Como dijo Paz en el acto de clausura, el del 37 había sido —a pesar de las diferentes ideologías presentes— el congreso de la unanimidad, mientras que el de 1987 había sido el de la pluralidad.

 

En efecto, en un clima profundamente tenso, pero externamente dialógico —con dos excepciones: una amenaza de bomba y otra de agresión física, ninguna de las cuales prosperó— el congreso discurrió por sendas más o menos enrevesadas, pero salieron los temas de hoy quizás más que de los de ayer. Los antiguos, centrados en la «perversión intelectual» de los que prolongaban el estalinismo más allá del estallido del terrorismo de Estado y de los crímenes de la Revolución de Octubre. Los actuales, sobre la indefensión de las minorías —sociales, sexuales o lingüísticas—, sobre la situación del Tercer Mundo —con una inflexión especial sobre los espacios árabes y de América Latina—, el reto de las nuevas tecnologías, la potencia no siempre objetiva de los medios de comunicación, etc. En definitiva, un diagnostico no muy unánime de la actualidad.

 

Previamente, escuché el discurso inaugural de Paz, a quien vi todos los días, pero de una manera esporádica, con conversaciones cortas, excepto una noche en la que pudimos tomar una copa tranquilamente con un grupo donde estaba Eduardo Arroyo, José Miguel Oviedo y algunos otros amigos, con Inge Feltrinelli y Michi Strausfeld, al fondo. La conversación fue un poco surrealista porque hablamos de Cravan y los escritores y artistas boxeadores o aficionados al boxeo. Salió su combate con Johnson, obviamente, y su personalidad inquietante. Lo que, asimismo, inquietó mucho a Arroyo fue que no tenía fijado —en su exhaustiva biblioteca sobre el tema— un poeta chileno boxeador que se llamaba Guevara y del cual poseía materiales Oviedo… fue un momento de relajación después de un día fatigante en discusiones, en alguna ocasión, tal vez, también un poco surrealistas. Intenté que Marie José y Octavio se unieran a la excursión que habíamos preparado con Patricia y Mario Vargas Llosa, para ir a comer una paella en el Saler y rendir homenaje a Lluís Guarner —muerto el año anterior— yendo a ver su casa en Benifairó. Pero Octavio, reclamado por las autoridades y por los periodistas, se había comprometido ya con el alcalde de Valencia, Ricard Pérez Casado, para ir a comer no sé dónde y después dar una entrevista a no sé quién. Fue una lástima, porque la excursión —dirigida por Yvars— fue muy agradable. Los Vargas Llosa fueron con él y José Miguel Oviedo y yo, con Michi Strausfeld, que había venido en coche desde Madrid.

 

Vuelvo al discurso inaugural de Octavio. Lo leyó en la sala grande del auditorio —Palau de la Música— acabado de inaugurar. Había un punto de emoción en los oyentes, a causa del cincuentenario, y un punto de maliciosa curiosidad por escuchar las palabras de Octavio, que uno suponía muy alejadas del pensamiento del joven de veintitrés años que había asistido, quizás emocionado también, al congreso de 1937. Lo precedieron en la palabra Juan Gil-Albert y Stephen Spender. El público esperaba, también, unas palabras de Joan Fuster, el cual presidía con los demás, y en nombre de los organizadores, la mesa. Su silencio, mantenido durante todo el congreso, causó más de una insondable perplejidad, tan insondable como los motivos del mismo Fuster. Si digo que me lo esperaba, no me pregunten por qué. Fue, a lo largo de esos días, un silencio espeso, lleno de todas las significaciones posibles. No preguntéis tampoco por qué: los silencios públicos se tienen que respetar siempre, sobre todo si vienen de personas que han hablado —o han escrito— mucho y muy bien. Que cada uno lo interprete como quiera: no se equivocará mucho, siempre que una el silencio a la voluntad de la presencia pública.

 

Llegado el turno de Octavio Paz, se levantó pausadamente y se acercó al micrófono destinado a los organizadores. Tengo que decir que estos días vividos con él lo he visto en plena forma, físicamente mejor que la última vez que lo vi en México. Ha vivido intensamente las vicisitudes del congreso y, en cierta manera, ha ganado el reto de una pervivencia cuestionada —por lo menos, sotto voce—  para algunos. Lo ha ganado jugando las cartas de la libertad y la seriedad, al estilo de los viejos moralistas de la mejor tradición cultural que hemos recibido. Fue un discurso muy personal donde afloraron sus temas de siempre, hasta el punto de que el lector que haya seguido estas páginas y las compare con las del discurso impreso encontrará una coherencia y una familiaridad absolutas.

 

En un tono suave, con la voz un poco traicionada por los aparatos de megafonía, empezó a leer en medio del silencio. No tengo que comentar el discurso, hoy ya es público para todo el mundo, pero sí quiero hacer dos o tres comentarios. El primero es el que debo al lector, desde hace unas páginas: la frase de Indalecio Prieto o, más bien, su reflexión de exiliado. Debo decir antes que, tal y como había construido el discurso, la afirmación de Paz sobre los ganadores de la Guerra Civil había provocado gestos de sorpresa y discreta reprobación, no explícitamente expresados durante el discurso. Yo tenía, sentados a la derecha, algunos antiguos amigos comunes. Aquella y alguna otra manifestación de Paz les parecieron retóricas y de expresión anticuada, y así me lo dijeron. Pero, era necesario seguir completo el hilo del discurso. Respecto a Prieto, Paz explicó que, hallándose en 1946 en París, había mantenido diversas conversaciones con dirigentes españoles exiliados. Ninguno de ellos le dijo nada de nuevo. Sin embargo, Prieto le expresó un punto de vista que lo sorprendió: el único régimen que le parecía viable y civilizado para España era una monarquía constitucional con un primer ministro socialista. Era la fórmula de la reconciliación…

 

Paz trabajaba entonces en la embajada mexicana. Hizo un reporte de la conversación con Prieto, subrayando la novedad de su punto de vista, y lo entregó a su superior. Este lo leyó y le dijo: «Curioso pero superfluo ejercicio literario». Aquí acababa, propiamente, la introducción a su discurso, que siguió con una larga reflexión sobre los meandros de la historia y el pensamiento. Vi algún rostro inquieto. Pero se trataba de la guerra y prosiguió su discurso con recuerdos y meditaciones sobre el papel de los intelectuales y el compromiso histórico: la negación y la crítica, dijo, fundaron la Edad Moderna.

 

Debo decir que cuando me di cuenta de que el discurso entraba en la fase final eché de menos una referencia clara a uno de sus temas recurrentes: el otro, el cual sería, en este caso, el adversario, el enemigo. Bien, mi inquietud por la ausencia de una de las más profundas reflexiones de Paz tenía que cesar justamente al final: la había guardado como clausura, porque, asimismo, como yo había aprendido desde que leí El laberinto de la soledad, era un cruce conceptual sobre el cual convergían y del cual partían caminos innombrables de su meditación sobre el mundo. La transcribo en sus palabras: «Podría relatar otros episodios pero prefiero, para terminar, evocar un incidente que me marcó hondamente. En una ocasión visité con un pequeño grupo —Stephen Spender, aquí presente, lo recordará, pues era uno de nosotros— la Ciudad Universitaria de Madrid, que era parte del frente de guerra. Guiados por un oficial, recorrimos aquellos edificios y salones que habían sido aulas y bibliotecas, transformados en trincheras y puestos militares. Al llegar a un amplio recinto, cubierto de sacos de arena, el oficial nos pidió, con un gesto, que guardásemos silencio. Oímos del otro lado de muro, claras y distintas, voces y risas. Pregunté en voz baja: “¿Quiénes son?”. “Son los otros”, me dijo el oficial. Sus palabras me causaron estupor y, después, una pena inmensa. Había descubierto —de pronto y para siempre— que los enemigos también tienen voz humana». Pasaron unos segundos de silencio antes de los aplausos de ritual: ninguno de los presentes había podido evitar un incómodo escalofrío.

 

NOTAS

[1] El texto esta antecedido por una introducción en la que Castellet cuenta la historia de su abuelo:

 

INTRODUCCIÓN

 

A finales del siglo pasado, un adolescente llamado Martín Díaz Calero, nacido en Navales, provincia de Santander, hijo del médico rural del pueblo, desembarcó en México dispuesto a hacer fortuna. Sabemos muy pocas cosas de los primeros años de su vida americana, pero sí que se casó muy joven con María Cisneros, una mestiza muy bella —según muestran las fotos— de la cual tuvo muy pronto una hija, a la que llamaron Encarnación Dolores. Dos hijos más la sucedieron, Eduardo y Diego. En algún momento se trasladó a Yucatán, donde intervino en negocios de fibras, especialmente el sisal y el henequén. Asimismo, las cosas no le debieron de ir demasiado bien, ya que un día indeterminado de un año no localizable decidió enviar a la familia a España, concretamente al pueblo de Celis, donde había sido destinado su padre, y permaneció solo en México buscando obstinadamente la fortuna que lo había empujado a cruzar el Atlántico. De todos modos, parece que una parte de la familia volvió a México, por un período no preciso, no se sabe cuándo.

Martín Díaz reapareció en España durante la segunda década del siglo, habiendo logrado, en parte, su objetivo. Decidió, en algún momento, instalarse con toda la familia —incluyendo a sus padres— en Barcelona, desde donde pensaba que podía desarrollar, mejor que en ningún otro lugar de la península, sus negocios. Mientras tanto, había muerto María Cisneros y había nacido una última hija, María Paz. Desde Barcelona volvió a México y más tarde emprendió varios viajes por Europa y América, con tal de vender las fibras mexicanas. A principios de los años veinte, en un viaje a la URSS, estableció uno de los primeros contratos de exportación de sisal entre México y el gobierno surgido de la revolución de 1917.

Es posible que la gran cantidad de viajes que hizo a lo largo de los años veinte haga difícil su localización real durante este período: hubo largas ausencias y más de un descalabro económico. Las familias guardan, igualmente, cartas y fotos en algún rincón de cajón. Ahora bien: si las cartas solamente traen el día que fueron escritas y no el año o el lugar, y las fotos, como es habitual, no están documentadas, no hay forma de reconstruir el pasado. Por otro lado, curiosamente, las versiones orales sobre Martín Díaz nunca coincidieron demasiado. Finalmente, se tiene la impresión de que era un personaje que, no se sabe muy bien porqué, tejía cierta complejidad a su alrededor, una incertidumbre, un punto de confusión. Hacia el año 1915 —fecha más bien imprecisa— reivindicó y obtuvo el reconocimiento judicial del apellido de Díaz de Cossío, en lugar del de Díaz, a secas. La casona de los Díaz de Cossío se encuentra en Carmona (Cantabria) y es hoy un pequeño «parador nacional>>, con un escudo historiado. Parece ser que su padre, Eduardo, el médico, nació en esa casa.

¿Por qué no lo acompañó el apellido desde el principio? Nadie lo sabe. Por otro lado, Martín Díaz, con tantos viajes y estancias en el extranjero, tuvo algunas aventuras con más de una señora, cosa provocó una cierta confusión con respecto a otros hijos, más o menos atribuibles a su paternidad. La actividad comercial y galante de Martín Díaz parece hoy, a la vez, incontestable, pero siempre imprecisa. Muertos los testigos familiares de la época, solamente a partir de los años treinta uno puede retomar, con cierta fiabilidad, su vida, la cual se extendió hasta los noventa y tres años.

De este modo, a partir de la cuarta década del siglo, Martín Díaz se convierte en un personaje rigurosamente real e historiable: se podría decir que es a partir de su segunda boda con Isabel Carvajal, mexicana también, de la cual tuvo dos hijos, Roger y Alberto. Establecido nuevamente en México, se dedicó entonces principalmente al negocio del café. Terminada la Guerra Civil española, formó parte del comité de recepción de los refugiados. Dos de ellos, anarquistas, después de negarles un dinero que el comité no les podía dar, le disparó un tiro en el estómago, pero sobrevivió. Entre los refugiados españoles conoció a Vittorio Vidali, el famoso comandante Carlos de la Guerra Civil. También lo trató su mujer Isabel, la cual se enamoró del héroe y se fue con él a Trieste. Vidali fue secretario general del partido comunista triestino hasta su muerte, pero Isabel lo dejó unos años más tarde y volvió a México con un nuevo hijo, Carlos. No vivió nunca más con Martín Díaz, pero se convirtió en su mejor amiga, en los años de vejez de éste.

Martín Díaz había sido siempre un hombre de tendencias liberales, vagamente izquierdistas. Había valorado positivamente el advenimiento de la República española y la tarea progresista del presidente mexicano Lázaro Cárdenas. Acabada la Guerra Civil, por repudio al régimen franquista, pidió y obtuvo la nacionalidad mexicana. De repente le nació, con una especie de fuerza profunda, un nacionalismo mexicano quizás un poco exagerado, teñido de un cierto antiespañolismo: como ya no era un hombre joven, debió comprender que, después de una vida azarosa, ese país sería el lugar de su destino final, mientras que España se hundía en el oscurantismo de la dictadura.

Muchos años antes, su hija mayor —llamada Lola— se había casado con un catalán de la pequeña burguesía de Gracia, y, en 1926, le dio a su primer nieto. No se sabe dónde se encontraba, en esos momentos, Martín Díaz, ni cuándo supo que había sido abuelo. Tampoco no consta si el hecho le afectó demasiado. Obviamente, después de lo que he escrito, su primer nieto soy yo. Como mis otros abuelos habían muerto antes de mi nacimiento, al único al que conocí fue a él —y muy poco. Quizás por este hecho, durante muchos años mitifiqué su vida aventurera, voluntariamente desdibujada por la familia. Asimismo, a través de su recuerdo, he evocado siempre el enigma de la bella mestiza que debió de haber sido María Cisneros: su foto iluminó durante muchos años, sobre la mesita de noche, la habitación de mi madre, justo hasta su muerte. Desaparecidas las dos, sobre mi visión de Martín Díaz cae la sombra de demasiados misterios y la impresión —no rencorosa, porque la vida de las familias está llena de secretos, de silencios o de mentiras— que alguien ha estafado una parte de la que debió de haber sido mi memoria o un fragmento remoto de mis raíces mexicanas. Ahora me doy cuenta, muerta mi madre, de que nunca sabré nada más de la procelosa vida de Martín Díaz durante sus primeros cuarenta y cinco años, ni de su primera mujer. Aquí termina, entonces, la historia de la familia materna, y lo que sigue forma parte, ya, de la mía.

El abuelo Martín tardó veinticinco años en volver a España. Si no me equivoco, se ausentó de 1933 a 1958. Esporádicamente, mantenía correspondencia con la familia. Terminada la Guerra Civil y conocedor del aislamiento español, enviaba, de vez en cuando, periódicos y revistas que hizo que muchas veces estuviéramos mejor informados de lo que pasaba en México o en América que no de la política europea. Con el tiempo, debió de enterarse por la familia de mis veleidades literarias. Un día, entrados los años cincuenta, recibí un paquete de libros de autores mexicanos, los nombres , en general, no me resultaban familiares. Pero había de Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, etc. Así conocí a Pedro Páramo o La región más transparente.

También me suscribió a «Cuadernos Americanos», donde colaboraban numerosos escritores españoles exiliados, a parte de los más importantes escritores de América Latina. La curiosidad familiar por México se dobló en el interés por su cultura y, en general, por la de todo Hispanoamérica: Así me inicié en las literaturas que, más tarde, se volverían famosas, debido al llamado Boom latinoamericano. Después del primer paquete de libros llegaron otros. No sé cuándo me llegó El laberinto de la soledad. La lectura de este libro me conmocionó por motivos que hoy pueden parecer obvios pero, en ese momento, también lo hizo por motivos personales que ahora se me haría muy difícil de explicar. Al mismo tiempo, este ensayo me generó una curiosidad por México, más allá del ámbito familiar, un sentimiento crítico profundizado hacia la historia de España, aunque también un cierto malestar hacia los pueblos que buscan las raíces de su identidad, de una manera quizás más enfermiza que con voluntad objetiva de saber, en la medida que puedan, la verdad histórica, como un instinto de defensa por miedo de sentirse solos. Asimismo, y finalmente, con la lectura de otros libros, me sentí atraído poderosamente por la figura de su autor, Octavio Paz, a quien conocí unos años después.

[2] El texto que se presenta proviene del libro: Josep Maria Castellet, Retrats literaris, Barcelona. Edicions 62, 2012. Traducción de Roberto Oriol.

Autores

  • Castellet, Josep Maria

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