En la mirada de José Moreno Villa

José Moreno Villa

José Moreno Villa

 

José Moreno Villa (Málaga, 1887-México, 1955) fue uno de los que más se interesaron, con inteligencia y simpatía, por lo mexicano, pese a su condición de exiliado. Poeta y dibujante, se interesó por la quiromancia y dibujó las manos de algunos intelectuales mexicanos, además de Paz, las de Novo, Vasconcelos y las de los miembros de la  Sociedad Mexicana de Estudios y Lecturas.

 

Paz decía que Moreno Villa era: “Discreto, irónico, cortés, elegante en el pensar y el decir, la sonrisa entre amarga y afable, fue ante todo un hombre sensible, quiero decir, uno en el que la reflexión y la emoción no están reñidas. Poeta, pintor y crítico, comprendió admirablemente ciertos aspectos de nuestro país”.

 

Los siguientes fragmentos reconstruyen la imagen que tenía Moreno Villa de Paz. Las fuentes consultadas, además de algunas notas en revistas literarias, son:  Cornucopia de México[1], Doce manos mexicanas[2] y José Moreno Villa, memoria[3]. (AGA)


 

I

 

Es imposible que yo dedique aquí tantas palabras —siendo tan pocas— a los demás hombres de letras, artistas e intelectuales en general que conozco personalmente o por sus obras. Tengo que restringirme a citar sus nombres y sus actividades, aunque recalcando que todos ellos forman ese mundo necesario en todo país civilizado para que respiren bien los pulmones del espíritu nacional. Hombres que están al tanto del nivel de las cosas fuera del país, cada uno en su especialidad y aún más allá de su especialidad. Repito que en esta enumeración faltarán muchos valores mexicanos sin que ello signifique omisión deliberada. Consigno a los que he tratado. Tales son, el arqueólogo Alfonso Caso, el hacendista Luis Montes de Oca, los economistas Eduardo Villaseñor y Daniel Cosío Villegas, los músicos Chávez, Tata Nacho y Revueltas, el cirujano doctor Baz, el cardiólogo Chávez, los arquitectos Villagrán y Obregón Santacilia, el historiador de arte Manuel Toussaint, el antropólogo Pablo Martínez del Río, los poetas Villaurrutia, Octavio Paz, Pellicer, Efraín Huerta, Rafael Solana, Alberto Quintero Álvarez, Jorge Cuesta y el veterano González Martínez, proclamado como el mejor de México en un concurso organizado por «El Nacional», hace un año; los literatos Torres Bodet, que comparte la literatura con la diplomacia, Bernardo Ortiz de Montellano, que fue director de la buena revista Contemporáneos, Julio Torri, escritor de una finura nada frecuente, Celestino y José Gorostiza, organizadores y críticos además de poetas, Samuel Ramos, filósofo, Luis Cardoza y Aragón, poeta y crítico especializado en ensayos sobre pintura y en intervius, Salvador Novo, cronista sutil y mordaz, Antonio Castro Leal que vuelve a sus estudios literarios y Rodolfo Usigli, autor dramático.

 

II

 

Conozco en México dos «Peñas» de intelectuales, muy al estilo español por tener sus reuniones en cafés. La del Hotel Imperial, originalmente de médicos, fundada hace nueve años por don Pío del Río Hortega y la del Café París, compuesta por literatos. En la «peña» de médicos preside el doctor Perrín, antiguo discípulo de Cajal, que lleva en México más de la mitad de su vida. Los contertulios son, el doctor Miranda, el doctor Ignacio Chávez, el doctor Martínez Báez, el doctor González Guzmán, el doctor Fournier y el doctor Castillo Nájera (cuando está en México vacando de su cargo de embajador en Washington). A estos doctores se agregaron hombres de otras disciplinas, el licenciado Alejandro Quijano, el ingeniero Bojórquez, el químico Illescas.

Esta «peña» se ha distinguido muy especialmente con nosotros los españoles intelectuales emigrados y hoy cuenta con más elementos hispanos que mexicanos. La otra «peña», la literaria, se sostiene a base de Octavio Barreda, director de Letras de MéxicoMancisidor, director de Ruta, Abreu Gómez, erudito dedicado muy especialmente a Sor Juana Inés de la Cruz, Octavio Paz y Villaurrutia.

 

III

 

Siempre he visto con hondo respeto las manos que habían producido algo de importancia para el mundo espiritual. Acaso haya en esto un residuo primitivo, una larvada  creencia en la magia. Juro que hasta el momento de poner el punto anterior no había pensado en la frecuencia con que los musulmanes —posibles antepasados míos— esculpían la mano de Fátima en las claves de los arcos. En cambio, pensé muchas veces que la Edad Media gustó de conservar los corazones de aquellas personas que se habían distinguido en la vida por su calidad óptima. Hubo entonces un verdadero culto al corazón magnánimo, generoso y heroico. ¿Por qué no para las manos también?

Ellas son las ejecutoras de lo que nos manda nuestro ser completo, íntegro, no simplemente aquel motor de la sangre, ese corazón, por otros motivos tan maravilloso como el centro de un sistema planetario. Cuando me encuentro delante de una gran pintura que interpreta al Supremo Hacedor lo primero que miro son las manos. Y me pregunto vagamente: ¿Serían así?

Fuera del Arte y de la Religión, me gusta recordar cómo eran las manos de mis mejores maestros y amigos. Al evocarlas parece que estrechan la mía desde la eternidad, los unos, y desde los cien puntos del planeta, los otros; desde allí donde los trasplantó el vendaval de nuestros días.

Morfológicamente contraria a la de Vasconcelos, es la de Octavio Paz[4], gran esperanza de la lírica mexicana. Noto que es audacia poco de mi gusto escribir de los escritores que no han desarrollado todavía su cuerpo literario. No obstante, como la sensibilidad de Paz me parece legítima por las muestras dadas, le dibujé la mano.

En ella no se acusa el horticultor. Es blanda, suave y muy singularmente pequeña. Parece mano de adolescente, casi de niño. Cosa que se acentúa con la manera de agarrar la pluma. La postura del índice es casi dolorosa de contemplar, y es un vestigio infantil, un vicio no corregido en la escuela primaria. Tal postura no es dinámica. Aunque quizás sea eso lo que le convenga a un poeta cuidadoso de sus vocablos, medidor de sus intuiciones. Quién sabe si por esa torpe postura ha escrito versos como estos, entresacados de sus libros:

Una rosa en la mano y en la otra
el dulce peso de los cielos quietos

Discípula de pájaros y nubes
hace girar el cielo lentamente

Bajo el desnudo y claro amor, que danza,
hay otro negro amor, callado y tenso.

Octavio Paz

 

IV

 

Entre mis amistades tenían que abundar los poetas. Ahora en este lote de “cabezas”, van cinco, contra un solo historiador y un filósofo. No se quejaran los vates. aunque… quien sabe, porque somos muy aficionados a los retratos.

Las de Manuel Ponce, Octavio Paz[5] y León Felipe corresponden a los años 41 y 42. Se publicaron en Letras de México y aquí reproduzco las calcas por ignorar el paradero de los originales. El de Manuel Altolaguirre lo dibujé por septiembre del 49. Los de Alí Chumacero y Carlos Pellicer en estos primeros días del 51.

Dibujo de Octavio Paz por Moreno Villa, 1942.

 

V

 

Viviendo en una misma ciudad, no sabemos muchas veces lo que hace un amigo ni si escribe o viaja por nuevas rutas. De los lejanos resulta más difícil llevar la cuenta. No me ocurre lo mismo, naturalmente, con León Felipe y Octavio Paz. Hemos sido asiduos del Café París, perseverantes en la amistad años y años. Además, uno y otro actúan de tiempo en tiempo sobre la vida literaria con verdadera fuerza. Son de esas personalidades que se adentran por las buenas en el cercado ajeno —quiero decir, en las preocupaciones de uno— y nos imponen las suyas que, como son interesantes, acabamos agradeciendo.

No importa que Octavio se encuentre en París si desde allá piensa en México y en muchos problemas que seguimos todos, en muchos latidos de la tierra de hoy. Lamentamos no verle ni personalmente oírle hablar con aquella pasión de cerebro joven entonces, con aquella seguridad de joven voraz que lo distinguía por los años en que yo frecuentaba su casa y le retraté al oleo, juntamente con Elena, su esposa. La simpatía mutua brotó desde su llegada de España. Siempre le tuve por uno del grupo hispano, el más afín de todos los poetas que iba conociendo en el nuevo continente.

 

VI

 

México crece dentro de mí. Me encuentro lleno de México como debe sentirse una madre en su noveno mes. Y cuando alguien me invita a decir algo de México, acuden: Veracruz, Pátzcuaro, Puebla, Cholula, Tlaxcala o El Mante, Xochipili, Cantú, Rivera u Octavio Paz, los mameyes, los zapotes, las papayas y las quesadillas como objetos en avalancha que pugnan por ser los primero. Tengo la impresión real y fortísima de que todo un nuevo mundo ha crecido en mi alacena y de que si no lo voy sacando con aquellas notas suyas,que por peculiares me resultaron extrañas, se me van a convertir en cosas familiares o sea desprovistas de signos sorprendentes.

 

NOTAS

[1] José Moreno Villa, Cornucopia de México, México, Porrúa, 1952.

[2] José Moreno Villa, Doce manos mexicanas, México, R. Loera y Chávez, 1941.

[3] José Moreno Villa, memoria, México, Colegio de México-Publicaciones de la Residencia de los Estudiantes, 2011.

[4] Una primera versión de este texto se publicó en Letras de México, 15 de marzo de 1941, en Revistas Literarias Mexicanas Modernas, Fondo de Cultura Económica, p. 35.

[5] El retrato de Paz ilustró su texto “Poesía y mitología (novela y mito)”, publicado en Letras de México, 15 de diciembre de 1942, en Revistas Literarias Mexicanas Modernas, Fondo de Cultura Económica, p. 285.

Autores

  • Moreno Villa, José

Lustros

  • 1935-1939
  • 1940-1944
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