En la mirada de José Manuel Caballero Bonald

José Manuel Caballero Bonald

José Manuel Caballero Bonald

 

José Manuel Cabellero Bonald (1926), poeta español, fue ganador del Premio Cervantes (2012). Darío Villanueva (secretario de la RAE) dijo sobre él: “Su primera dedicación fue poética y la ha mantenido viva hasta hoy mismo. No ha guardado la pluma y sigue presente en nuestro repertorio de hoy. Fue evolucionando hacia una novela que nunca renunció a la poesía de la palabra, es un fabulador de historias y un maestro en el uso del idioma”[1].

 

Y así, como buen fabulador, se acercó a sus propias memorias para describir su relación con Octavio Paz, a quien consideró uno de sus maestros. “Cuarto de Hotel”, poema de Paz, es el preferido de Caballero Bonald. En la actualidad, el escritor español confiesa que lee menos novedades y que su lectura se concentra más en los grandes latinoamericanos, como Onetti,  Rulfo, Lezama Lima, Borges, Carpentier y Octavio Paz[2].

 

En su libro Examen de ingenios[3] hace un retrato de varios autores y aborda la figura de Paz de la siguiente manera. (AGA)


 

Examen de Ingenios

Gastaba una cortesía de criollo afrancesado y se le echaba en falta el bastón de bambú, la leontina y el panamá. Era de natural cálido y sus modales parecían depender de su propia solidez corporal. Al menos se tenía la impresión de que su relativamente robusta prestancia estaba en razón directamente proporcional a la prodigalidad de su afecto. No era ni grueso ni fornido, pero podía llegar a serlo en los momentos de más vehemente actividad oratoria.

Conocí a Octavio Paz en Sevilla, en casa de Pachi y Eduardo Osborne, aunque no consigo concretar por qué estaba él allí ni qué hacía yo en aquella hospitalaria casa del barrio de Santa Cruz. Se reía mucho y con una gradual acumulación de bisbiseos y trémolos que se iban propagando a manera de temblores corporales. Recuerdo que el cantor Juan el Lebrijano interpretó ese día unas soleares dedicadas a Paz y que éste, una vez finalizado el cante, lo único que quiso saber fue el nombre del autor de aquellas letras tan obviamente anónimas. Curiosa pregunta y rara curiosidad.

A partir de entonces coincidí con Octavio Paz en diversos escenarios y oportunidades, desde su ámbito natural al mío, desde Ciudad de México a Sanlúcar de Barrameda. Daba la impresión de que se había ido haciendo cada vez más Octavio Paz. Sus fases de interiorización intelectual quedaban compensadas por sus signos externos de gentileza. Me sabía de memoria muchos versos sueltos de Libertad bajo palabra, pero nunca encontré el momento adecuado para confesárselo. Esas cosas, ya se sabe, requieren su oportunidad y su melancolía.

La sede sevillana de la Universidad Menéndez Pelayo organizó, un verano de finales de los noventa, unas jornadas en Sanlúcar. Entre los actos programados, medio se improvisó una cena que resultó verdaderamente inusitada. Se celebró en una taberna de Bajo de Guía y la relación de comensales tuvo una acusada traza de mundología selecta. Allí estaban con Octavio Paz y conmigo Gerarda de Orleans-Borbón biznieta del duque de Montpensier—, la duquesa de Medina-Sidonia, Perico Romero de Solís, Rafael Atienza, marqués de Salvatierra, el rector Santiago Roldán y algún que otro profesor relevante. Fue una comida de encopetado lucimiento perpetrada por una simple casualidad operativa de la Menéndez, que es como se la nombraba por allí. Me parece que a Paz le agradó aquel cónclave aristocrático que de modo notorio remitía simbólicamente a un crucial trayecto histórico de Andalucía.

Octavio Paz llegó a ser para mí un escritor un poeta—modélico. Tal vez la última fase de su poesía había ido adquiriendo una cierta condición hierática, de lenta desecación, pero eso quedaba desplazado por la potencia general de su obra, cuyas cotas iluminativas llegué a asociar a mis más vinculantes predilecciones estéticas. Al margen de sus libros de poesía, de tan singular relevancia algunos, lo que verdaderamente me fascinó fue la poética de Paz, la filtración de esa poética en los entresijos de su prosa ensayística. En esas lindes de la literatura era sin paliativos un maestro. Me siento deudor de sus maneras de desglosar la materia interior del lenguaje, esa plenaria condición creadora que todavía hoy, al cabo de medio siglo, me sigue resultando paradigmática.

Paz ahonda en lo no visible de la realidad, supedita el pensamiento lógico a la fabulación intuitiva, entrelaza lo imaginario con lo fidedigno. Lo que sobrenada en la construcción verbal del poema es la extraordinaria capacidad rítmica de las palabras para romper sellos, abrir hendeduras por las que vislumbrar una realidad nueva, un mundo desconocido. La lectura de El mono gramático, por ejemplo, fue en este sentido gozosamente reveladora. Producto en parte de sus experiencias en la India, donde Paz fue embajador, el libro es un peregrinaje desconcertante por los fondos enigmáticos de la consciencia. ¿Se conoce ahí el poeta a sí mismo a través del conocimiento del mundo?

Si mal no recuerdo, anduve también con Octavio Paz en Valencia, en 1987, con motivo del cincuentenario del Congreso de Escritores Antifascistas, en cuya primera edición de 1937 él había intervenido y a la que acudió lo más eminente de las literaturas europeas. Esta celebración se debió a la iniciativa del culto alcalde socialista de Valencia, Ricard Pérez Casado. Se produjo empero una impensada manipulación del acto a cuenta de algunos equidistantes notorios o pusilánimes de largo recorrido, que siempre los hay, y el congreso se desvió hacia unos derroteros que no eran los aconsejables. Por allí andaban, entre confusos y decepcionados, Stephen Spender asistente también al primer congreso—, José Saramago, Jorge Semprún… No sé qué pensaría Paz, pero tengo la sensación de que la equívoca dispersión de los actos lo dispersó también a él, aunque no por razones políticas.

Paz fue un escritor prolífico. Su obra poesía, ensayo, historia, correspondencia, traducciones —debe rondar el centenar de volúmenes. Hay algo en toda esa extensa, luminosa y vigilada producción que supone una unánime voluntad creadora. Me refiero especialmente al rigor intelectual y a la excelencia del estilo. Algo que se explicita con meridiana agudeza en sus copiosas incursiones en el género epistolar. Ya se trate de penetrar en los entresijos humanos y estéticos del personaje estudiado de sor Juana Inés de la Cruz a Xavier Villaurrutia, de Duchamp a Sade—o de la articulación de la propia experiencia en su correlato textual, Paz es siempre un inolvidable descubridor de mundos poéticos. De pocos puedo decir tanto.

 

NOTAS

[1] “El Cervantes premia a Caballero Bonald” en El País, 24 de noviembre de 2012.

[2] Antonio Lucas, “Entrevista a José Manuel Caballero Bonald” en Letras Libres.

[3] José Manuel Caballero Bonald, Examen de ingenios (Spanish Edition) (Kindle Locations 1832-1834).

Autores

  • Caballero Bonald, José Manuel
Anterior
Siguiente