En la mirada de José Iturriaga

José Iturriaga

José Iturriaga

 

José Ezequiel Iturriaga Sauco (1912 – 2011) destacó como historiador y diplomático. Conoció a Octavio Paz en la Facultad de Altos Estudios a la que acudían a tomar lecciones de literatura y filosofía en 1933, mientas ambos cursaban la licenciatura en derecho —Iturriaga en la Escuela Libre de Derecho y Paz en la Escuela Nacional de Jurisprudencia— que ninguno concluyó.

 

A lo largo de los años compartieron la memoria de sus caminatas por el barrio universitario y su amistad sobrevivió a las desavenencias políticas, incluso al entusiasmo de Iturriaga al desempeñar el cargo de embajador de México ante URSS en 1964. Cuando publicó Pequeña crónica de grandes días (1990), Paz le escribió la siguiente dedicatoria: “A Pepe Iturriaga, memorias de la prepa chica y la facultad de filosofía y letras, un abrazo”.

 

A continuación reproducimos algunos fragmentos de su libro Rastros y rostros (2003) en que narra algunos de sus encuentros con Paz. (AGA)


 

Dedicatoria de Octavio Paz a José Iturriaga, 9 de diciembre de 1977. Acervo Fernández Chedraui.

 

Conocí a Octavio Paz hace siete decenios. Teníamos 18 años y hablábamos con cierto laconismo en la Prepa Chica. Luego estrechamos nuestra amistad en la Facultad de Filosofía y Letras cuando el plantel estaba instalado en el edificio construido por Porfirito —hijo del general Díaz—, sobre el terreno donde se derribó el claustro de Santa Teresa la Antigua, situado en la esquina de Guatemala y Licenciado Primo Verdad. Después nos seguimos viendo cuando nuestra facultad se trasladó a la vieja casona de Mas­carones en la Rivera de San Cosme.

 

En el primer año de facultad estudiábamos no más de 20 alumnos: 15 en Letras y cinco en Filosofía, entre estos Manuel Cabrera, un joven Molina, muy ágil de mente, y yo. En los espacios entre clase y clase nos reuníamos a conversar, sentados en una escalera de dos brazos inconclusos, Octavio Paz y su novia Elena Garro, María Amerena [1] y Raquel Vázquez [2], María mi novia y yo. No había entonces cafeterías en las facultades para hospedar las disputas académicas de los estudiantes. La curiosidad intelectual de Octavio era ostensible. Constituía un espectáculo humano cuando abordaba los viejos temas con nuevos ojos, no con los de quien pretende venir de regreso de todos los saberes. Octavio mantenía y mantiene fresca esa cu­riosidad, tal como la tenía de adolescente […].

 

Todos los días llegábamos a clases a las cuatro de la tarde, cogidos de la mano de nuestras respectivas novias: Octavio con Elena, cuya belleza y porte rivalizaban tácitamente con los de María, mi elegante novia […]. Esa doble pareja de jóvenes enamorados duró los cuatro años que estudiamos en tan prestigia­da facultad y cuyos maestros en Letras o en Filosofía eran, entre otros, Julio Torri, Antonio Caso, el helenista Francisco de Paula Herrasti, Ezequiel A. Chávez, Julio Jiménez Rueda, Eduardo Nicol, Pablo Martínez del Río, Luis Recaséns Siches, el latinista Pablo González Casanova —padre de quien muchos años después fuera rector de la UNAM— Joaquín Xirau, atropellado por un tranvía minutos después de terminar su cátedra. Su hijo Ramón heredó las virtudes intelectuales de su padre. Ese ambiente de auténtica curiosidad intelectual y de amor por el saber, fraguado en la incompleta escalera de la facultad, rodeó la segunda adolescencia de Octavio a lo largo de cuatro años. No es inútil recordar que a la refinada y distinguida Elena Garro la llamábamos La dama de la facultad porque ligábamos su aspecto al de la Dama de la pantalla, como se le decía entonces a Anne Harding, famosa estrella de cine. […]

 

Al terminar nuestros estudios dejé de ver a Octavio porque se fue a trabajar con los indios mayas de Yucatán como maestro rural. Lo encontré nuevamente cuando tenía un puesto de inspector en la Comisión Nacional Bancaria. Su función consistía en autorizar, ante notario, la quema de billetes usados en exceso y declarados en consecuencia fuera del torrente circu­latorio. Debían ser incinerados y Octavio certificaba el acto crematorio ante un notario. […]

 

Allá por 1936 y 1937 teníamos la costumbre de ir todas las tardes al Café París ubicado primero en Gante, en cuyo predio, baldío ya, se construyó el primer estacionamiento de automóviles de varios pisos en la Ciudad de México. El Café París se mudó después a la calle de 5 de Mayo, junto a la cantina La Ópera, con entrada también por Filomeno Mata. Las tertulias de café constituyen a menudo una prolongación de los planteles de altos estudios; así los ve un sector minoritario de su clientela, el poseído de hábitos intelectuales. Esa minoría pensante era asidua al Café París de 5 de Mayo. La constituían Ermilo Abreu Gómez y Octavio Barreda, este último fundador y director de la revista Letras de México y años más tarde de la revista El Hijo Pródigo. Al cenáculo asistían también, puntuales, Octavio Paz y Andrés Henestrosa, Efraín Huerta y Antonio Acevedo Escobedo, León Felipe, el gran poeta español, y el jurista campechano Juan Pérez Abreu, Pepe Alvarado y Salvador Toscano, quien murió poco después en el Popocatépetl al estrellarse el avión que lo traía de Oaxaca a la Ciudad de México. Posteriormente ese grupo se enriqueció con la llegada de —los muy jóvenes entonces— José Luis Martínez, Alí Chumacero y Jorge González Durán, quienes formarían poco después el grupo Tierra Nueva con su respectivo órgano literario del mismo nombre, no sin incluir a Leo­poldo Zea, entonces de habla monosilábica elocuente: apenas pronunciaba un sí o un no, sin énfasis alguno como lo subrayaba con gracia Henestrosa. […]

El Café París, ubicado en la calle de Gante 21, más tarde se convirtió en el Salón Luz, cuando el café se movió a la calle de 5 de Mayo.

A esta tertulia concurría asimismo un formidable artista que pintaba frondosos árboles y bellísimos sabinos pero que nunca alcanzó el reconocimiento que merecía: vivía de un miserable salario prodigado por la Se­cretaría de Salubridad a cambio de que tan modesto artista —Abelardo Ávila se llamaba— colocara en la pechuga de los pollos —vendidos en el mercado Juárez— el sello que acreditara la buena salud de las aves. ¿Dónde estará ahora su obra?

 

Las certeras intervenciones de Octavio Paz en nuestra mesa obligaban a repensar temas que algunos de los contertulios creían ya haber resuelto. Octavio nunca ofreció el rostro del apodíctico sino el del inquisitivo, del dubitativo que no viene de regreso de todo. Ello nos obligaba en esa época de feroz doctrinarismo o subrayado fanatismo ideológico, a superar el amor propio y revisar, de nueva cuenta, la validez doctrinaria de nuestros asertos.

 

Al principiar los cuarenta, el noble viejo Jesús Silva Herzog, funda la revista Cuadernos Americanos. Le entrega la secretaría de la nueva publicación al gran poeta español Juan Larrea harto inclinado al ocultismo orientalista. […] Desde los primeros números de Cuadernos Americanos se advirtió en sus páginas una caprichosa tesis geografista, según la cual la evolución cultural de nuestro planeta se venía desplazando de oriente a occidente, pasando por Europa, hasta llegar al Nuevo Mundo, donde parecía haberse instalado ya. Según la tesis de Juan Larrea, la sede cultural del mundo sería nuestro hemisferio. Los debates llenos de acrimonia sostenidos en el Café París frente al pensamiento de ese poeta español, condujo a trasladar nuestros encuentros intelectuales al Café Fornos de las calles de Bolívar. El grupo disidente lo encabezaban los dos Octavios —Paz y Barreda—, los terranovos y yo, así como el filósofo historicista español Eugenio Ímaz, cuya habitual y contagiosa alegría la dejó colgada inexplicablemente con el suicidio a que apeló en un retrete de un hotel veracruzano.

 

La disidencia consistía en que nosotros sosteníamos que Europa no había perdido la sede cultural del mundo, ni que nuestro hemisferio —en especial Estados Unidos— sería el depositario de la herencia cultural ecuménica. Nosotros veíamos en esa postura de Larrea una actitud vergonzante filonorteamericana y, desde luego, escribí una carta a Larrea en la que refutaba tan inadmisible tesis, epístola que publicó el noble director de Cuadernos Americanos, don Jesús Silva Herzog, no sin insertar también en el mismo número de la revista una caudalosa misiva de Larrea, tan extensa, que contenía 10 cuartillas de respuesta por cada una de las seis que sumaba la mía. […]

 

El pensamiento disidente frente al orden político que prevalecía entonces, movió a Octavio a dar apoyo en 1943 —junto con muchos mexicanos distinguidos— a tres candidaturas a diputados por el Distrito Federal, postulados por la opositora Liga de Acción Política presidida por Narciso Bassols: la candidatura de éste, la de Víctor Manuel Villaseñor y la mía. Ganamos las elecciones pero no entramos al Congreso. Paz sintió como suya la derrota, lo mismo quienes nos apoyaron, entre los cuales se hallaban los escritores Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Agustín Yáñez, José Revueltas, Ermilo Abreu Gómez y Luis Cardoza y Aragón; los pintores Miguel Covarrubias y Leopoldo Méndez; el músico Carlos Chávez; el museónomo Fernando Gamboa; el escultor Luis Ortiz Monasterio y el fotógrafo —ahora centenario— Manuel Álvarez Bravo. Todos ellos gozaban de prestigio internacional. Paz secundó nuestras candidaturas a pesar de ser alérgico a toda actividad política, más aún la electoral. […]

 

Con Paz y otros amigos nos reuníamos por aquellos años los domingos en el Sanborns de Madero y después de nuestras inacabables discusiones nos íbamos al mercado de La Lagunilla a buscar y comprar libros y revistas viejos. Ahí encontrábamos, todavía muy baratas, verdaderas joyas bi­bliográficas, y algunos pudimos integrar nuestras colecciones incompletas de revistas del siglo pasado y de principios del presente. No pocas veces, después de nuestras compras, comíamos en la taquería de las calles de Dolores, ubicada en el minúsculo Barrio Chino de la ciudad. Nuestro menú era espléndido: tacos de barbacoa y espinazo de cabrito, acompañado de gigantescos tarros de cerveza de barril. Allí íbamos sólo Octavio Paz, Andrés Henestrosa, José Luis Martínez, Alí Chumacero y yo.

 

Algunas veces surgieron, provocativos y rijosos clientes, cuyo analfa­betismo chocaba con la temática de nuestras conversaciones; pero Andrés y yo solíamos ponerlos en su lugar. A propósito de esto, nunca podré olvidar dos episodios violentos.

 

Uno ocurrió [cuando] Paz golpeó en el rostro a Neruda delante de los invitados en un restaurante de ese lugar, entre los cuales yo estaba. Pretendieron defender al poeta chileno dos tipos y agredir a Octavio, intento que impedí, al propinar un enérgico jab a cada uno.

 

El otro episodio violento tuvo lugar allá por los cuarenta de nuestra centuria durante una cena en la casa de un matrimonio antifranquista, poseedor de más de 10 títulos nobiliarios. Ambos —nobles como eran— se convirtieron al comunismo y lo formaban Constancia de la Mora y el general José Ignacio Hidalgo de Cisneros. Vivían en un elegante departamento ubicado en la avenida Melchor Ocampo. El invitado de honor era Pablo Neruda, poeta al que admiraba Octavio pero cuya ideología desdeñaba hasta haber llegado a la ruptura, como antes dije.

 

En medio del salón residencial de Constancia y de José Ignacio, tomaba yo del brazo a Neruda y conversábamos de pie con animación. De pronto, se acercó un energúmeno para reclamarme lo siguiente: “¿Cómo puede usted ser amigo de Pablo y al mismo tiempo de Paz?”, a lo que conteste: “No lo conozco a usted, pero mire”: lo cogí de las solapas con la mano izquierda y con la derecha le di un golpe con el puño bien cerrado. El intruso fue dando pasos para atrás hasta caer en el fondo del salón en las piernas de Conchita Mantecón y de Carmela Roces que estaban sentadas. […] Ante semejante escena, Pablo Neruda me dijo: “¡No se qué admirar más, si la lealtad a tus amigos o la fuerza de tu puño!” […]

 

Me topé con Octavio en 1951 en Ginebra. Paz asistía al encuentro anual que tenían en distintas ciudades europeas cada verano los más eminentes intelectuales de ese continente. Brillante y creador como era Octavio, sin embargo todavía no se había consagrado universalmente y sólo fue invitado a ese encuentro en calidad de observador. […] De regreso de Ginebra a la Ciudad Luz, convencí a Octavio de que rompiera el hielo con Siqueiros y, sin ningún rencor de uno y otro, almorzamos juntos en un extravagante y alargado restaurante parisino, cuyo menú estaba dibujado en la angosta pared final de tan largo salón. A los clientes no se les daba carta alguna, sino unos anteojos de largavista para leer desde su respectiva mesa el menú inscrito en la pared. Comimos y bebimos con tanta abundancia como con cordialidad. El tema recurrente abordado fue México, su pasado y su futuro, que siempre obsesionó a Octavio y que lo manejaba, no con tono apodíctico sino dubitativo, estilo de pensar y hablar que complacía a Paul Éluard, invitado por Octavio a comer con nosotros. El dogmatismo vigoroso o, si se prefiere, candoroso, con que David sostenía su ideario, parecía ablandarse con el género interrogativo o socrá­tico empleado por nuestro poeta en su charla. Fue aquella una gran tarde en que la plática fungió de eficaz alka-seltzer para digerir tan abundante comelitona.

 

Encontré a Octavio un decenio después en Nueva Delhi. Fue cuando llegué a la India como miembro de la comitiva que acompañaba al presidente López Mateos en su gira por esa región del mundo […]. En los días que estuvimos en la India conviví con Paz, quien ya osten­taba el cargo de embajador de México en ese país. Su cancillería y domici­lio privado estaban instalados en un hotel que no correspondía por cierto al rango que México tenía ya entre los países agrupados en la ONU. El presidente López Mateos así lo advirtió y dispuso lo procedente para que la embajada tuviese su residencia propia, modesta pero digna. […]

De izquierda a derecha: Paz, Zakir Hussain, Jawaharlal Nehru, Eva Sámano de López Mateos, Sarvepalli Radhakrishnan, Adolfo López Mateos y Eva Leonor “Avecita” López Mateos Sámano.
Nueva Delhi, India, 6 de octubre de 1962. Archivo fotográfico de la Embajada de México en la India.

Un diferendo surgido entre Octavio y yo en México —su naturaleza no hace al caso aclarar— provocó un aislamiento de varios años. Fue lamentable. Pero la concordia renació entre nosotros, a causa de una invitación hecha por el finísimo Juan José Bremer para cenar con su esposa Anita en su casa de la plaza coyoacanense La Conchita, junto con Marie José y Octavio. Pedí a Juan disculparme, ya que había un penoso distanciamiento entre Octavio y yo. Mi presunto anfitrión respondió que lo sabía, pues el propio Octavio se lo había dicho, no sin pedirle a Juan nos reuniera. Ante ello, acepté gustoso y fui con mi esposa a la residencia de los Bremer. Asis­tieron los Moya y los Muñoz Ledo, los Cuevas y algunos matrimonios más que no recuerdo.

 

Comimos y bebimos más que en aquel alargado restaurante cercano a la Sorbona. Sólo que en el hogar de los Bremer nos amanecimos. Abusé de la palabra con sentido festival y tal vehemencia al expresar mis tesis y teorías, que en varias ocasiones Octavio dijo a mi esposa, cogiéndola del brazo: “Exige a Pepe que escriba todo lo que está diciendo para que no se pierda en una plática”, e insistía: “¡Exígeselo!”

 

Eso habrá ocurrido hace más de un cuarto de siglo y desde entonces Octavio y yo nos veíamos con relativa frecuencia en mi casa de Santa Ca­tarina, en cuya plaza caminamos muchas noches para bajar la cena, tal como hicimos 20 años antes al conversar en la parte trasera del Palacio Nacional, donde el presidente Calles ordenó construir el edificio de la Con­traloría de la Federación. Pero quedaban todavía restos del Jardín Botánico que mandó sembrar Maximiliano en los años sesenta del siglo pasado en ese sitio, peripatéticamente, Octavio y yo discutíamos —con calor pero con buena fe—, las ideas y opiniones de uno y otro en torno a las distintas formas de la realidad nacional y universal. […]

 

La última vez que vi a Octavio fue en abril de 1994 en la casa de Carlos Abedrop [quien me] ofreció una comida por haber recibido en Los Pinos la Medalla al Mérito Ciudadano […]. Al ágape asistieron Octavio Paz, José Rogelio Álvarez, Pepe Campillo, y su hijo José Ignacio, Carlos Slim, Manuel Senderos, Raúl Salinas Lozano, Jacobo Zabludovsky, Javier Moreno Valle junto con los doctores José Luis Ibarrola, Isaac Masri, Rodolfo Echeverría Ruiz, Pepe Carral, Adrián Lajous y mis hijos Renato, José y Gabriel.

 

Carlos Abedrop […] suplicó a Paz que actuase de maestro de ceremonias y que pidiera a cada uno de los asistentes relatar cómo me habían conocido. Así lo pidió Octavio a los comensales. Estos explicaron, en breves y afectuosas intervenciones, cómo se estableció nuestro primer contacto.

 

En su intervención, Octavio recordó nuestra condición de condiscípulos en la Prepa Chica y el trato cotidiano y fraternal que teníamos en la Facultad de Filosofía y Letras […]. Después de ello, formuló Octavio un canto casi poético al significado de la amistad, vivencia tan profunda y cercana al amor. […]

 

Siendo amigo de Catita Sierra y de Octavio, apelé a la nobleza de sus sentimientos y a la escasa idoneidad que ambos tenían para prolongar, por una generación más, el rencor de las dos familias. [3] E invité a Catita y a Octavio a comer en el Sanborns de la Casa de los Azule­jos para que se conocieran y sellaran, con un pacto de amnesia, tan doloroso suceso, ya que una y otro poseían evidente respetabilidad intelectual y afinidad de ideas en más de un punto. Comimos juntos y ninguno de los tres habló de tan lejano y doloroso suceso. Desde entonces, Catita Sierra y Octavio Paz se hallan ligados por una amistad indestructible.

 

El 31 de marzo [de 1998], día del cumpleaños de Octavio, hablé […] con Marie José y le pedí dar en mi nombre un abrazo muy cordial a su marido. Ella me repuso con alegría: “dáselo tú por teléfono, está aquí cerca”, y le pasó a Octavio el auricular. Entre otras cosas le afirmé que yo, como sus amigos y hasta sus paisanos que no lo conocían, estábamos orgullosos del papel estelar que él significaba en la inteligencia universal, expresada en el campo de la filosofía, del ensayo literario, de la crítica es­tética y del análisis político. Con voz un tanto cavernosa me lo agradeció Octavio y me devolvió el abrazo que le di por vía telefónica. Fue la última vez que lo oí.

José Ezequiel Iturriaga, 2001.

 

NOTAS

[1] María Amerena Castro. ( ¿?- Ciudad de México, 11 de septiembre de 1978). En 1939 obtuvo el título de licenciada en derecho por la UNAM con la tesis Mayor intervención del Estado en las sociedades anónimas. Trabajó en Petróleos Mexicanos hasta su jubilación.

[2] Raquel Vázquez García. Nació en Ciudad Jiménez, Chihuahua, alrededor de 1916. En 1939 obtuvo el título de licenciada en derecho de la misma institución con el ensayo Algunas consideraciones sobre delincuencia infantil y su régimen preventivo. Estuvo casada con Marco Antonio Muñoz Turnbull, quien fuera gobernador de Veracruz.

[3] El distanciamiento de las familias Paz y Sierra provenía desde el 27 de abril de 1880, cuando Ireneo Paz mató en duelo a Santiago Sierra, hermano de Justo Sierra, padre de Manuel J. Sierra, y abuelo de Catalina Sierra Casasús de Peimbert. La historiadora Sierra Casasús escribió en Proceso una nota sobre este trágico suceso.

Autores

  • Iturriaga, José

Tipología

  • San Ildefonso

Lustros

  • 1930-1934
  • 1935-1939
  • 1940-1944
  • 1945-1949
  • 1950-1954
  • 1955-1959
  • 1960-1964
  • 1965-1969
  • 1970-1974
  • 1975-1979
  • 1980-1984
  • 1985-1989
  • 1990-1994
Anterior
Siguiente

Archivos relacionados