En la mirada de Jorge Edwards

Jorge Edwards

Jorge Edwards y Octavio Paz. Ilustración de Francisco Javier Olea.

 

El escritor chileno Jorge Edwards (1931) fue el primer representante del gobierno de Salvador Allende ante Fidel Castro en Cuba, experiencia de la que surgió Persona non grata (1973), su primer libro de memorias y evocaciones.

 

Luego del golpe militar de Augusto Pinochet se exilió en España. Fue en casa del editor Carlos Barral donde conoció a Paz en 1974. Años después volvió a Chile y retomó su carrera diplomática. En 2010 fue embajador en Francia. Entre los muchos reconocimientos que ha merecido se cuenta el Premio Cervantes de 1999.

 

En una entrevista con Jean-François Revel (1986), Paz reconoció la relevancia crítica de Edwards: “La mayor parte de los intelectuales de América Latina siguen siendo buenos herederos del pensamiento teológico del siglo XVII. Ese pensamiento sigue atado a su culto. Idolatra a las ortodoxias políticas del siglo XX. Hay, de todas maneras, escritores que han roto con esta tradición, como Vargas Llosa en Perú, Cabrera Infante en Cuba, lo mismo que muchos otros escritores cubanos que fueron víctimas de Fidel Castro después de haber sido sus amigos. En Chile hay igualmente diversas personalidades originales, como Jorge Edwards”.

 

A continuación ofrecemos una relación de las evocaciones que hace Edwards de Octavio Paz en sus libros Adiós poeta…  (1990) y Esclavos de la consigna, memorias II (2018), así como en los artículos “Octavio Paz y nosotros[1] y “Pablo Neruda y Octavio Paz”, y en una entrevista para El País [2]. (AGA)


 

 

“Octavio Paz y nosotros”

 

Para mi generación, más joven que la de Octavio Paz, formada en medio de una batalla sin cuartel de sectarismos, de divisiones y subdivisiones ideológicas, en la guerrilla literaria permanente, en la delación y la exclusión como sistemas, Octavio Paz representó la independencia intelectual, la imaginación crítica, libre, la poesía como visión y como revisión, como pregunta por el mundo y su belleza, como descubrimiento […] de un pensamiento que se origina en la filosofía y que deriva en algo que podríamos definir como sensibilidad de lo mágico, del misterio, incluso de la intuición religiosa.

 

 

Adiós, poeta…

 

Yo, en aquellos años[3], aún sabía muy poco de Octavio Paz. Mario Vargas Llosa me había aconsejado que leyera Piedra de sol, y una primera lectura más bien superficial, rápida, me produjo interés, respeto, incluso admiración, pero no terminó de entusiasmarme.

 

 

Esclavos de la consigna

 

En esos días del otoño de 1966, nuestra tempestuosa amiga aparecida en Leros había regresado de Grecia por el camino de Italia […]. Mi amiga tromba me hablaba de Octavio Paz, que había sido amante de ella en años recientes, con escasa simpatía, con un espíritu agresivo, desdeñoso, que ella no explicaba y que yo no alcanzaba a entender.

 

 

Entrevista para El País

 

¡[Camus, Orwell, Popper, Paz…] me hicieron disidente! Octavio fue uno de mis ídolos, solo comparable con Camus […]. Cuando supo que iba a salir mi libro le dijo a Vargas Llosa, que no conocía Persona non grata, que escribiera sobre él[4]. Lo que pasó entonces fue un cambio de vida, de opinión, se formó, frente a la consigna sobre Cuba, un lado liberal que estaba cerca de la revista Vuelta, la de Paz.

 

 

“Octavio Paz y nosotros”

 

Conocí a Octavio en la casa de Carlos Barral, en la Barcelona de enero de 1974. Él acababa de leer Persona non grata y le había preguntado a Carlos por mí. Desde el primer minuto, me dio una impresión notoria de serenidad, de capacidad de diálogo, de atención a todas las cosas, de algo que se podría definir, quizá, como la cortesía de la inteligencia. Unía un humor amable y sabía introducir en la conversación, sin apremio, con una sonrisa, con indudable seguridad, pero también con gracia, las grandes cuestiones de la época. Se notaba de inmediato que era un lector activo, incesante, en proceso de revisión permanente de lo leído: lector y relector. En los encuentros que siguieron, esa impresión se confirmó en forma rotunda: Octavio Paz, poeta de ideas, ensayista, hombre de libros, de cultura.

En uno de esos encuentros del final, Octavio Paz me contó que había releído la obra completa de Neruda sin interrupción, desde la primera línea hasta la última. Todos conocemos su discrepancia con Neruda, que venía de los años cuarenta en México; su distancia política, que parecía infranqueable. En El arco y la lira escribió, sin embargo, que Neruda es «casi siempre el más rico y denso de nuestros poetas». A mí me tocó ser testigo de una curiosidad literaria y hasta humana que no había disminuido, a pesar de las diferencias y de las apariencias. «Como tú lo conociste bien», me dijo Octavio, a propósito de esa relectura suya, «conviene que sepas esto». Me confesó, entonces, que había llegado a la conclusión de que Neruda era el mejor poeta de todos, y citó varios nombres de los que prefiero no acordarme: mejor que tal, mejor que cual, mejor que tal otro. «Su error, agregó, conciso, rotundo, fue la política».

Me pareció una confesión extraordinaria, casi un intento de reconciliación más allá de la muerte. Paz encontraba en el mejor Neruda un intento de absorción física del mundo, una aproximación de índole casi religiosa a la materia, y entendía que la experiencia del chileno en su juventud en el Extremo Oriente, simétrica de la suya en su madurez, tenía algo que ver con todo esto.

 

 

Adiós, poeta…

 

Si uno pretendía que el olímpico creador de Canto general perdonara a sus enemigos políticos o a sus rivales literarios, tenía que esperar sentado […]. Carlos Fuentes, en un momento, se vio llamado por el propio Neruda a organizar un encuentro de reconciliación con Octavio Paz […]. Según Fuentes, sin embargo, Neruda demostró muy poco ánimo real de reconciliarse, y él, Fuentes, prefirió no correr riesgos inútiles.

 

 

“Pablo Neruda y Octavio Paz”

 

En los años de la discordia, Octavio Paz siempre decía que Neruda era su “enemigo más querido” […]. La reconciliación es un arte refinado, pero la enemistad con afecto, con nostalgia, es un caso todavía más complejo.

Pablo Neruda y Jorge Edwards

“Octavio Paz y nosotros”

 

Por lo demás, hace pocos años, un testigo privilegiado, de la mejor calidad testimonial imaginable, me contó que los dos poetas habían coincidido en un hotel de Londres; sus mujeres, Mario Jo y Matilde, se habían encontrado en la escalera y habían decidido por su cuenta, sin hacerse mayores preguntas, que todos cenaran juntos esa noche. El poder femenino se había impuesto, y con sabiduría, esto es, con razones que eran superiores a la razón misma […].

En las muchas conversaciones que tuve con Octavio Paz, sobre todo en las décadas de los ochenta y los noventa, las referencias suyas a Neruda fueron ocasionales, discretas y a la vez constantes, como preguntas que dejaba caer en medio de otros temas, sondas que lanzaba al azar y después recogía. A veces adquirían un matiz algo cómico. Parecía que tuviera nostalgia de los tiempos anteriores a la crítica, al recelo, a la distancia política. Como sabía que yo había pasado bastantes años en contacto cercano con el chileno, trataba de confrontar su memoria lejana, la de su viaje al congreso de Valencia de 1937, con la mía, más reciente y más fresca. Un día me preguntó con la mayor candidez: «Dime, Jorge, ¿cómo tomaba su whisky Pablo Neruda?». Respondí con el mayor detalle, a sabiendas de que había que saciar una poderosa curiosidad: vasos gruesos, bajos, de pesado cristal no más de un cubo de hielo, Johnny Walker etiqueta negra o Buchanan de lujo, de la familia prestigiosa de los Black & White, un poco de agua mineral con gas, de preferencia Perrier. Después de dar estos datos, pensé en el whisky de otros poetas whisqueros que había conocido, el de Jaime Gil de Biedma, el de Vinicius de Moraes, el de Rubem Braga, poeta bisiesto, según su autodefinición, y escribí una crónica sobre la materia, un texto que habría podido calificarse, a la inglesa, de ensayo familiar. El whisky formaba parte de la biografía de Neruda, quizá de su espíritu poco libresco, de su aparente pereza intelectual, y era ajeno a la de Octavio. Sentado en su comoda poltrona, Neruda miraba el licor ambarino contra la luz de la tarde, mientras Octavio Paz, intensamente curioso de casi todo observaba y hacía preguntas directas y concretas.

El último encuentro mío con Octavio tuvo un aspecto trágico y desembocó en una conversación más íntima, en cierto modo más completa. No sé si más seria, puesto que saber cómo bebe su whisky un poeta también es una cuestión delicada. Me hacían una entrevista en los jardines del Hotel Camino Real de Ciudad de México, a propósito de la aparición de mi novela El origen del mundo, y escuché de repente gritos indignados. Uno de los fotógrafos presentes en mi entrevista había divisado a Octavio Paz en uno de los senderos y le había sacado fotografías de hombre enfermo, cansado, que caminaba apoyado en el brazo de un enfermero. Fue un momento difícil, un episodio de ira descontrolada. El incidente se superó y el fotógrafo juró destruir sus fotografías, juramento que, al abrir los periódicos de la mañana siguiente, comprobamos que no había cumplido. El poeta y yo nos sentamos, por nuestra parte, junto a una mesa del jardín, debajo de un toldo. Aunque tenía fama de no leer novelas, Octavio me dijo que había leído la mía y me contó que había sido gran lector del género en su juventud. Hablamos de Stendhal, de Gustave Flaubert, de uno que otro autor en lengua inglesa, de los rusos, no sé si de Marcel Proust. Paz me había impresionado siempre por su inteligencia, desde luego, pero tengo que añadir ahora que me impresionaba un aspecto preciso de esa inteligencia: su elegancia, su amplitud, su sorprendente universalidad. Era un degustador, un gozador de las ideas. En ese encuentro final me dio una impresión algo diferente, más completa, menos gozosa: de resignación, de mirada lúcida y que iba lejos, de sabiduría algo triste. Me dijo que debía esos meses de tranquilidad a la «generosidad de la presidencia de la República», detalle que en Chile habría sido mal visto, pero que reflejaba muy bien la relación entre el Estado y los hombres de cultura en México. Me preguntó mucho por Chile, por amigos comunes, por Francia y España. Sea como sea, hablar con Octavio Paz de Stendhal, de Flaubert., de novelas rusas, en un cruce fortuito de caminos, en un descanso, en un jardín mexicano, fue una experiencia inolvidable. Trato ahora de leerlo desde la primera línea hasta la última, en su poesía y en su prosa, como me contó una vez en Madrid que había leído a Neruda. Creo que no tengo una constancia y una opacidad de concentración comparables a las suyas. Pero mi conclusión es clara: Octavio Paz es uno de los pocos escritores de la lengua que tiene un espíritu abierto, libre, siempre curioso, en quien la poesía y el ensayo confluyen y se refuerzan mutuamente. Lo mejor de la poesía de Octavio Paz es pensamiento poético; lo mejor de su pensamiento es síntesis más alta, poesía. Comunión, como dice él a veces. Lo releo con placer superior. Busco en España y en América los escritores de su misma familia intelectual. Compruebo que por suerte, a pesar de prejuicios y lugares comunes, todavía existen, aunque a menudo de manera más bien secreta.

 

Jorge Edwards

 

NOTAS

[1] Cuadernos Hispanoamericanos, n. 774, diciembre 2014.

[2] Cruz, Juan, “Entrevista a Jorge Edwards”, El País, 10 de diciembre de 2018.

[3] Se refiere a los años que estuvo en París trabajando para la embajada de Chile.

[4] En el otoño de 1974 aparece en el número 39 de Plural “Un francotirador tranquilo”, de Mario Vargas Llosa, pp. 74 a 77.

Autores

  • Edwards, Jorge

Lustros

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