En la mirada de Ida Vitale

Ida Vitale

Octavio Paz, Enrique Fierro, Ida Vitale y Danubio Torres Fierro. El País.

Octavio Paz e Ida Vitale, ca. 1980.

 

Ida Vitale (1923), poeta uruguaya perteneciente a la Generación del 45, ganadora del Premio Cervantes en 2018. Su relación con México se remonta a 1974, año en que llegó, junto a su esposo Enrique Fierro, ambos exiliados por la dictadura en su país. Obtuvo el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo en 2009, junto con Ramón Xirau. El jurado opinó sobre los dos autores: “Ambas figuras, cada una desde su propio exilio y desarraigo, han contribuido a la renovación de nuestra lengua y sus letras. Son dos voces distintas pero reunidas en su práctica y defensa tanto de la libertad como del lenguaje común de la poesía”. [1] 

 

La obra de Ida Vitale fue bienvenida en el exilio en las revistas Plural y en Vuelta,“las cuales permitieron la confluencia de los esencialmente afines en un amplio grupo intelectual hispanoamericano que entendía la poesía, la crítica y la experiencia literaria en libertad, y en debate contra todo provincianismo y totalitarismo”. [2] 

 

Los siguientes párrafos fueron extraídos de libro Shakespeare Palace[3] y del discurso ofrecido por Vitale, en 2018, al recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. (AGA)


 

Danubio Torres [Fierro] me presentó con Octavio [Paz] en un museo. Sólo me atreví a decirle que décadas atrás, en Montevideo, Bergamín me había prestado Libertad bajo palabra (su modo de mandármelo leer). Eso era asegurarle que su antiguo amigo había viajado hasta allí con su libro. Aunque ahora él no compartía las posiciones políticas del español, éste, fiel a su amistad y a su admiración, había dejado sembrada ésta entre sus alumnos, con esa lealtad muy suya hacia lo por él aceptado. No le dije que a partir de ese momento había buscado sus siguientes libros, que había escrito sobre Blanco en la colombiana Mito y menos que alguien me lo había anunciado como un peligro a tener en cuenta. Quizás esto solo lo hubiese divertido mucho, pienso ahora.

Una segunda conversación suya, con Enrique [Fierro], tuvo algo de ordalía medieval. Hablando de escritores y escritoras, Octavio le preguntó a quién consideraba la mejor escritora mexicana. No era de decir sor Juana, porque se hablaba de contemporáneas. Ambos coincidíamos peligrosamente. ¿Cómo lo iba a tomar Octavio? Sin duda él había seguido nuestro recorrido mental, cuando al decir Enrique, después de respirar hondo: “Elena Garro”, sonrió y dijo estar de acuerdo. ¿Haría pasar a todos sus nuevos conocidos por parecidas pruebas? Sospecho que sí, que sintiéndose expuesto y vulnerable deseaba asegurarse de cómo eran o que pensaban los que andaban en sus proximidades. Creo que poco a poco se sintió más seguro de nosotros.

A todo esto, ya había yo comenzado a colaborar en el Diorama de la Cultura de Excélsior, que dirigía Nacho Solares, y también en Plural, donde estaba Kazuya Sakai, tan notable pintor como intelectual. Mi primera tarea para Plural creo que también fue una prueba: comentar un numero de Changes sobre la literatura latinoamericana. Fuera de colaboraciones de Paz, de Lezama Lima, quizás de Cortázar —los años pasados, entre otras cosas, me han borrado la lista—, abundaban las de latinoamericanos, más o menos a mano, no siempre ejemplares. Lo primero en lo que me detuve fue en las traducciones de Lezama del propio Faye, el director, y en el hecho no prescindible de que tres veces en el mismo poema el sustantivo espalda se transformara en espada, trocando en bélico lo erótico del tema. Como a ésta se sumaron otros sorpresas (otras traducciones y datos errados), debí comprobar una vez más que la solvencia gala podía perder pie al asomarse a lo hispanoamericano (aun tratándose del Supervielle de la Bibliothèque de la Pléiade, esa editorial normalmente impecable) y dudé sobre qué actitud tomar, dado que se trataba de una revista amiga. ¿Mostrarme entre ciega y deslumbrada? ¿Honesta en el desencanto? Al fin oscilé entre el humor y lo ácido. Octavio, que quizás no había mirado mucho aquel número pero sí miró mi nota, resolvió que la pagaran y que no se publicara, salomónica solución, muy suya. Pensé que había sido imprudente. Pero al mes siguiente volvieron a llamarme a colaborar. Pasaron los años y nunca hablamos de esto con Paz.

Claro que un tiempo después, como es bien sabido, varias cosas habían cambiado, mediante el poco airoso método de dar un golpe bajo en Excélsior mediante intervención policial en una asamblea (no, no me reiteraré en lo ya sabido). Todos reapareceríamos en Vuelta. Sólo que estos… accidentalmente acercan y Octavio quedó aún más rodeado. Y él aún más responsable. Nació incluso una editorial. A mí me asombraba su capacidad para estar en todo, de no descuidar su revista ni su propia obra, de preocuparse de cada quien cobrara lo debido y de que nada dejase de estar aceitado.

Un día llevé a un nuevo colaborar posible, uruguayo, y lo admitió, necesitaba trabajar y lo presenté como traductor, entre otras cosas; también en otros lados, dado que él se decía capacitado para muchas. Pero él quería entrar en Vuelta escribiendo notas. Octavio aceptó pero al cabo de varias publicadas, no muy diferentes entre sí, sobre autores distintos, me preguntó: “¿Y qué hacemos con X?” Yo, ya inquieta por la responsabilidad que me había echado, puse cara de estar avergonzada, sonreí y di a entender que carecía de argumentos defensivos. Pero él se abstuvo de tomar medidas y allí quedó X. Por un tiempo. Su agradecimiento consistió en hablar mal de Paz. Fuera de México claro.

Cuantos recuerdos me vienen de la voz de Octavio, de sus gestos, de sus sonrisas que solían decir también mucho, sobre todo de su rapidez para entender una situación. Entre tantas cosas, pasando el tiempo y el nuestro en su ciudad, llegó un viaje a Montevideo con Marie Jo, ya José María Sanguinetti presidente y Enrique en la Biblioteca Nacional. Octavio dio allí una conferencia. El mundo que se aguantó callado cuando mandaban los militares, representado ahora por un delegado sindical, sedicioso y conflictivo y, a la vez, elegante estanciero que no desaprovechaba ninguna ocasión para lucirse ante sus funcionarios, más pobres que él, como correspondía, al entrar Octavio le rugió una información que debía conmover y quizás enmudecer a éste: “Paz, aquí pasamos hambre”. Octavio lo miró, desde el saco de flamante gamuza hasta los zapatos al tono, y con una discreta sonrisa le respondió de inmediato: “Pues no lo parece”. Y eso que no le había visto el auto.

Luego. al terminar su charla, ante algunas interpelaciones de esos asiduos que aguardan el fin de las conferencias para poner ellos el broche de oro a todo lo anteriormente dicho (la biblioteca disponía de varios que jamás faltaban), aceptó y respondió con una paciencia bien humorada, como si no viniese de un largo viaje y estuviese dialogando con los Siete Sabios. Y fue Marie Jo la que se atrevió, horrorizada, a rechazar el regalo que les fuera ofrecido por un poeta con inoportuna buena voluntad: la mascarilla mortuoria de Amado Nervo, que tendrán que transportar y que ella aseguró sentir destinada a provocar la caída del avión.

A veces la nostalgia nos lleva a ver viejos registros en YouTube: mesas redondas en las que Octavio Paz aparece, con Vargas Llosa, por ejemplo, donde Octavio señala el empobrecimiento espiritual de Occidente. Su contrincante acumula constancias científicas, evidentes progresos (como ese Internet que nos permite volver a oírlos veinte años después), pero sabemos que la razón escéptica y última la tiene Octavio. Este Octavio que es precisamente el que recuerdo —y quiero recordar siempre en su generosa y lúcida plenitud creadora—, ese Octavio al que la muerte le ahorró descorazonarse por la multiplicación del horror en el mundo: la declinación cultural, evidente, indiscutible de las masas en crecimiento, sobre las que reinan los “héroes” de los diversos deportes, y que, como no cabe que sea de otro modo, elegirán gobiernos a su altura: llegarían, aunque cueste creerlo, semianalfabetos en comunicación con pajaritos que no parecen ser la paloma del Espíritu Santo. O veloces jóvenes neotecnócratas y neocoléricos.

Supongo que para muchos pertenecer al mundo de Octavio implicó mayores responsabilidades. Al menos así fue para mí. Una mañana sonó el teléfono y era él, que habiendo leído una nota mía en Unomásuno sobre el sueño que Jean-Paul cuenta, quería saber si yo tenía el libro. Lamentablemente, yo no tenía en México la edición bilingüe que había usado al hacer la nota en Montevideo, pero quedé asombrada de que Octavio se hiciese tiempo para mirar las modestas páginas de cada día. A lo largo de años, Guillermo Sheridan fiel amigo, ha reconstruido ejemplarmente la vida pública y privada que sostiene su obra admirable.

Un día llegué no sé cómo a una serie de filmaciones y reportajes sobre el terremoto del 85 en México, que nunca había visto y que volvieron a angustiarme, como en su momento la falta de información. En ellas descubrí, en una esquina de Reforma, solo, a Octavio, mirando desolado la catástrofe que lo rodeaba.

Un día conocimos a Efraín Huerta; había leído un libro de Enrique y nos habían invitado generosamente a su casa. Allí estaban, claro, su mujer, Telma Nava, y David. Telma había publicado en Siete Poetas Hispanoamericanos, una revista en cuyo comité estaba Enrique, dirigida en Montevideo por Nancy Bacelo, su amiga fiel de toda la vida. […] Ya Efraín, enfermo, había sido operado y hablaba con enormes dificultades, auxiliado por una mímica imperiosa, sin haber perdido entusiasmo y gracia. Contemporáneo de Octavio, ambos se situaban en un extremo y de otro de un recorrido en el que ahora no se acercaban mucho. Pero se respetaban. Un tiempo después, ambos leían juntos no sé bien dónde, aunque recuerdo un gran patio colonial atestado. Octavio llegó último y de entre aquel público mayoritariamente juvenil, destemplado y más veloz que inteligente en sus reacciones, surgió un silbido. No sé si el destinatario lo registró, pero Efraín, que vaya a saber con qué esfuerzo iba a leer, se puso de pie y, erguido y mudo, impuso el respeto debido a su colega. Noblezas mexicanas.

Mario Benedetti y yo coincidimos en el tiempo. [Él] nos advirtió a Enrique y a mí sobre los riesgos que podía depararnos el viaje a México que se anunciaba en nuestro futuro inmediato. No pensaba en terremotos, asaltos o parasitosis, y la gripe suina era desconocida. Lo consternaban posibles deslices ideológicos. Aunque tan distante estuviera en nuestros perspectiva el cruzarnos con Octavio Paz, como un encuentro con el papa para el turista común que visita la pinacoteca vaticana, la perspicacia de Mario anticipó un inevitable Walpurgis donde nuestra alma perdería las bienaventuranzas que nos prometía la ideología en ese momento derrotada, pero que la torpeza  de la gestión militar, más la tozudez de unos, la ignorancia de otros y el hábito general de someterse a la opinión de quienes reinan en las alturas, llevarían a un triunfo por demás pírrico, según lo proclaman preciosos datos, y sobre el actual nivel de la enseñanza y la cultura general en aquella que fue llamada la “Suiza de América”, más por su paz, supongo, que por alguna virtud más relampagueante. Sin embargo, quiero ser justa y asegurar que pudimos ahorrarle a Octavio Paz, entre sus muchas ocupaciones, la de blanquear nuestra alma. Esa dolorosa tarea fue cumplida de modo gradual por varios compatriotas y rematada de manera tajante e involuntaria por una historiadora, en ese momento tenida por conspicua.

En los desdichados días de la toma de una asamblea del sindicato del diario Excélsior por individuos armados, los colaboradores del Diorama de la Cultura (que dirigía el cultísimo y estupendo pintor Kazuya Sakai), así como los de Plural (Octavio Paz), se retiraron en masa. Yo estaba entre ellos. A la tarde siguiente del atentado fui a retirar una nota que ya tenía entregada, con miedo de verme convertida en involuntaria colaboradora de la nueva dirección. Me recibieron de inmediato. Hubo ofertas de café y halagos hasta el momento en que dije a lo que iba. Ahí las caras cambiaron y se me dijo, con evidente desagrado por la confusión, que los que habían hecho abandono del trabajo se habían llevado todo el material. Ya tranquila, me retiré, de veras divertida, porque el humor suele acompañarme cuando las situaciones le dejan con resquicio.

A pocos metros de la gran entrada me topé con mi tigrillo. No cabían dudad acerca de lo que se le había perdido por ese rumbo de Reforma. Escandalizada, le dije que tuviera cuidado, que desconociendo aún el ambiente en el que empezaba a moverse —qué ingenuidad la mía, pese a todo—, iba a lanzarse de cabeza al amarillismo que en el Uruguay execraba. Me contestó con arrogancia que necesitaba trabajar.  Explicarle que la mitad de mis parvas entradas venía de las colaboraciones que acababa de interrumpir fue porfiar en el candor. Con un encogimiento de hombros de su parte nos despedimos. Con lentitud con vergüenza, entendí que parte de las zalemas de un rato atrás tenían su origen en mi nacionalidad y en la presunción de que integraba el grupo que estaba ingresando allí donde tantos mexicanos solidarios habían sido expulsados.

Muchos tuvimos un resarcimiento casi inmediato. El excelente espacio cultural que había sido Diorama se desintegró. Más valía la muerte que la caricatura. Duró unas pocas semanas, escuálido y olvidable mamarracho que la incapacidad redujo a ocho páginas. La historia de Plural, la notable revista que Paz nombrara y dirigía, fue más siniestra aún y ya ha sido muy contada. Siguió apareciendo, porque la apropiación del nombre tardó en saberse fuera de fronteras, dando tiempo para buscar pálidos colaboradores que sustituyeran a los que habían creado su prestigio. Capaces de escribir bajo la bandera ajena de lo plural, desvirtuándola por un tiempo engañado a lectores distraídos con la continuidad de la apariencia. También allí prosperaron algunos de mis compatriotas, devorándose unos a otros.

Años después, uno de ellos, expulsado de su partido, de regreso al Uruguay y luego vuelto a México y al que sin duda sus idas y venidas le habían despeinado un tanto las neuronas, otra vez en Montevideo y en presencia de un amigo común, reclamó lastimero y condolencia: “¿Viste que se terminó Plural?” Con la pólvora de una por tanto tiempo guardada indignación, le brotó un inmediato: “Era hora”. Me miró con tal desconcierto que me dio pena. Había perdido hasta la memoria y los reflejos de un pasado de seguro colmado de cosas poco agradables que habría resuelto olvidar, sin pensar que a veces borrando lo que nos desagrada, también destruimos una experiencia cuyo recuerdo puedo ser útil para nuestro futuro. Si es que aún éste es posible. Después he comprobado con frecuencia que la memoria histórica es la más afectada por el Alzheimer.

Una obligación feliz para mí es nombrar a alguna gente que me acompañaron involuntariamente desde arriba en estos casos. […] Y obviamente otro gran nombre, Octavio Paz, gran nombre no sólo mexicano sino universal, claro, con un magisterio discretísimo y una acogida elegante, generosa, disimulada, magistral pero discreta, discretísima. Octavio nunca firmaba algo sin decir: “¿Están de acuerdo?” Eso que quizás no sea la imagen que más trasciende es la que yo guardo con más fuerza. Quisiera convencerlos a todos que Octavio no sólo era un gran maestro, sino un humano generosísimo. Gracias en él a México.

 

NOTAS

[1] Joaquim Ibarz, “Ramon Xirau e Ida Vitale ganan el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo” en La Vanguardia, 27 de noviembre de 2009.

[2] Aurelio Major, “Ida Vitale: homenaje a la poesía” en Milenio, 23 de abril de 2019.

[3] Ida Vitale, Shakespeare Palace: Mosaicos de mi vida en México (1974-1984), México, Lumen, 2018.

Autores

  • Vitale, Ida

Lustros

  • 1970-1974
  • 1975-1979
  • 1980-1984
  • 1985-1989
  • 1990-1994
  • 1995-1998
Anterior
Siguiente