En la mirada de Guillermo Haro y Paz

Guillermo Haro y Paz

Guillermo Haro y su esposa Felicitas.

 

Guillermo Haro y Paz (1912-2007), hijo de María Rosa Paz Solórzano[1] y Joaquín Haro y Cadena, fue primo hermano de Octavio Paz y su entrañable compañero de aventuras de la infancia en el barrio de Mixcoac. Estudió medicina y se casó con Felicitas Hernández; sin embargo, ella murió y Guillermo se reencontró con su amor de juventud, Adelina Arias del Real, quien, al igual que él, era viuda. Así, recomenzaron su relación y Guillermo cuidó de las hijas de Adelina como si fueran propias. 

 

Se recopilaron algunos recuerdos de Guillermo sobre su primo que se encontraron en los artículos “Un niño guapo de carácter dulce”[2] y “Hasta el último aliento”[3], además de las referencias que dio Guillermo Sheridan en “El primo Guillermo[4] y Los idilios salvajes. (AGA)


 

I

 

[Octavio era un niño de] carácter dulce y sentimental, un buen jugador de basquetbol y frontón, un muchacho bien parecido que tenía mucho pegue con las chicas bonitas, fortuna que le acarreó no pocos pleitos con sus adversarios vencidos.

 

 

II

 

El recuerdo más lejano que tengo de Octavio es de cuando yo tenía 6 años y él cuatro y medio. Había caído una tormenta en Mixcoac y al otro día Octavio y yo fuimos a ver los destrozos: árboles caídos, ramas en el suelo, cables colgando.

Terrible noche aquella en Mixcoac. Cayó agua todo el tiempo y el viento sopló y sopló hasta arrancar gemido de las rendijas. Blancas y fantasmales imágenes captaban la vista en el instante que duran los flashes de los relámpagos. Enormes sombras brotaban repentinamente y en ocasiones los objetos parecían más pequeños de lo normal. Noche inolvidable por singular. Cuando al fin se hizo de día y me vi en mis ropas, pensé en la excursión que haría en unos momentos en compañía de mi primo Octavio. De seguro era mucho lo que había que ver, luego de tanto trueno y tanto relámpago. El viento había desatado nuestros temores ocultos y ahora, con el sol en plenitud, debíamos ver las huellas de sus pasos iracundos.

En cuanto puse un pie en la calle, me encaminé a la casa de Papá Neo y Mamá Grande. Fui en busca de Octavio para iniciar el recorrido. Él me recibió como siempre, contento por verme. Yo era el mayor e inicié la plática:

—«¿Oíste los ruidos de anoche?», le pregunté.

—«Sí», repuso. «Me espantaron los truenos».

—«¿Te gustaría ver qué ocurrió?».

—«Claro», contestó con aplomo. Y nos fuimos. Tomamos la calle de Ireneo Paz —la antigua Cuauhtémoc, hoy Millet—, y enfilamos hacia el poniente.

Yo llevaba una vara en la mano. Octavio me seguía con las manos libres. Íbamos sobre la acera que se tendría frente al costado sur de la casa de los abuelos. Ganamos la primera calle y no tardamos en llegar a la siguiente esquina. Habíamos pasado frente a la fachada de la casa del tío Arturo [Paz] y estábamos a punto de librar varias ramas derribadas por el viento. Íbamos muy contentos y al torcer hacia la izquierda, sobre la actual calle de Poussin, estiré el brazo y sacudí la rama de un árbol. Luego vi un cable que pendía sobre un madero y con mi vara le tiré un golpe. Fue lo último que registraron mi vista y mi conciencia. Un violento impacto me sacudió y perdí el sentido. Había tocado con la vara húmeda un cable de energía eléctrica. Y al caer ambos, aquél quedó en contacto con mi cabeza.

Octavio reaccionó de inmediato e intentó ayudarme. Tremenda fue la descarga que recibió al tratar de darme auxilio. Gritó y salió despedido a unos metros de mí. Al mirar sus manos vio que las tenía quemadas y emprendió la carrera en busca de ayuda.

—«¡Guillermo está muerto!, ¡Guillermo está muerto!», gritaba impotente y aterrado al cruzar la puesta de mi casa.

Mis familiares corrieron asustados para ver qué había pasado. Les seguía el doctor Rangel. Cuando llegaron donde yo estaba tirado, me encontraron de espaldas y un hombre me daba respiración de boca a boca. Sobre mi cuerpo había una frazada que me cubría la mano lesionada por el impacto eléctrico recibido.

De pronto comencé a llorar, me puse de pie y fui llevado a casa. Había perdido el dedo índice pero estaba vivo. Y en la cabeza llevaba grabados el nombre y el apellido del hombre que me había devuelto la respiración: Basilio Bulnes.[5]

Guillermo Haro y Paz con su madre Rosa Paz Solórzano.

III

 

Basilio Bulnes rememora:

Cuando le oí llorar supe que estaba fuera de peligro; el curso de primeros auxilios que había seguido había servido de algo. Al ocurrir el accidente yo estaba en el balcón de mi casa, rasurándome. De pronto, en la superficie del espejo que reflejaba mi mentón alcancé a ver que un niño tocaba una rama y enseguida golpeaba un cable con vara y caía fulminado. Su acompañante, un pequeño menor que él, intentó ayudarle y también cayó al suelo, luego de recibir poderosa descarga eléctrica.

Sin pensarlo me lancé en auxilio de ambos, y al llegar a la calle, seguido por mi hermano, vi al de menor edad correr hacia la Plaza de San Juan. Llevaba las manos quemadas y gritaba en demanda de auxilio. Con todo cuidado tomé una tabla y retiré el cable que tocaba la cabeza del caído. Luego lo moví un poco del sitio donde yacía. Está muerto, no cabe la menor duda, me dije, al tiempo que alguien piadoso cubría su faz con una frazada. Momento en el que recordé lo aprendido en un curso de primeros auxilios, y empecé a darle respiración boca a boca.

Tome al niño y lo puse a modo para reanimarle. Oprimí sus mejillas con una mano y sobre la boca entreabierta le di aire. Con el feliz resultado de que comenzó a llorar.

No pude hablar. Le vi incorporarse cuando sus parientes llegaron, seguidos por un médico. El rostro de todos se bañó de gozo y esa fue mi mejor recompensa. El niño respiraba y hasta intentó caminar. Alguien preguntó mi nombre y se lo di. Luego volví donde esperaban mi navaja y mi espejo.

 

 

IV

 

Recuerda Guadalupe Martínez de Ritz que ahí nos reuníamos mis primos y yo, nos reuníamos con Octavio Paz, con unos muchachos de la familia Rangel, que era de doctores, vivía junto a la casa de Octavio. Al doctor Rangel lo iban a ver todos los vecinos. Era un doctor general de todo, ahí no había pediatra, ni ginecólogo, ni nada, todo era lo mismo.

 

 

V

 

Según Guillermo Sheridan, el primo mayor evocaba otras historias:

Las insignias masónicas de su abuelo Ireneo, el hallazgo de la micropirámide de Mixcóatl, los frecuentes combates a puñetazos que su primo tenía que librar en la escuela, donde sus compañeros lo hostigaban por “atildado y bonito”, tratándolo de extranjero, y cómo él tuvo que entrar a esos pugilatos en más de una ocasión; la mala relación con su padre, el abogado Octavio, a quien acompañaban a cazar patos enlodados; que Octavio y él eran miembros del equipo de basquetbol del Club Atlético César Augusto Sandino (famoso por su acrónimo); que Octavio recorría la ciudad en bicicleta; que tenía mucho éxito con las “chamacas”… Y así hasta el día de 1980 en que lo acompañó a enterrar a su madre, casi nonagenaria, y cómo el poeta lloraba sin consuelo.

 

 

VI

 

Octavio entró al colegio [El Zacatito] cuando yo estaba en tercer año. Era un niño muy bonito, lo cual le traía trastornos y disgustos con los compañeros que le tenían envidia y, cuando lo molestaba uno más fuerte, yo salía a defenderlo porque era mayor […]. Octavio [decía] que yo le enseñé a jugar canicas.

Con la entrada a la secundaria, empezaron a espaciarse los encuentros. [Nos veíamos] los fines de semana: los sábados para hacer una fiesta con los amigos y las amigas, y los domingos para jugar basquetbol en el Parque Murillo de Mixcoac. También jugábamos al frontón en la Casa Morisca que ahora está en avenida Revolución y que era de la familia Serralde. Ahí también operó uno de los primeros cines de la capital que tenía ese nombre.

De toda la “palomilla” que se reunía los sábados a bailar y tomar refresco —entonces no se bebía licor—, [Octavio] tenía un gran partido con las chicas, porque era muy bien parecido. Por lo menos le conocí tres novias: una de la que sólo recuerdo el nombre, Ideth; otra con todo y apellido, Esperanza Navarrete, y una más […] que era muy bonita.

Octavio se fue a Leyes y yo a Medicina, pero los fines de semana los pasaba yo en su casa. El término de sus estudios profesionales nos llevó por rumbos diferentes. Nos veíamos mucho menos, pero no nos dejamos de querer.

 

 

VII

 

En una carta a Bona Tibertelli de 3 de julio de 1962, glosada por Sheridan, Paz cuenta que su primo Guillermo Haro lo ha buscado para exigirle que recapacite, «tu honra anda por los suelos», le notifica. Haro le ha contado además lo que ya «todo México sabe: que estás encinta, que no cesas de escribir a tu joven amigo [el pintor Francisco Toledo], jurándole amor eterno, y vendrás muy pronto a México para reunirte con él y vivir en su pueblo».

 

 

VIII

 

Los años pasaron y un día de tantos [de 1964], al llegar a la Clínica Londres, donde trabajo, me enteré de que un paciente requería mi presencia. Me encaminé a su lecho y cuál no sería mi sorpresa al ver que frente a mi estaba Basilio Bulnes, el hombre que me había devuelto el aliento. Solo que ahora él era quien requería ayuda.

Luego de dialogar brevemente, tomé su expediente e inicié su estudio. Mi conclusión fue rápida. Imposible una confusión. Bulnes padecía un cáncer incurable en el páncreas. Los síntomas eran inequívocos.

Basilio Bulnes fue mi paciente unos meses. Tiempo en el que su mal hizo crisis, hasta desembocar en su casi inconsciencia. Minuto a minuto le vía perder la batalla y me sentía cada vez más impotente, pues mi deseo era poder corresponder a su acción de Mixcoac.

Su estado era muy delicado una tarde en que, sin poder eludir un compromiso, hablé con la enfermera que vigilaba sus signos vitales para llevar el control de su estado. Le dije: «Tengo una comida a la que no puedo faltar. Es un compromiso que necesito atender y debo ausentarme del hospital por unas horas. Este mediodía no vendré, como costumbre, a visitar al paciente. Le ruego anote el teléfono impreso en esta tarjeta y me informe cualquier complicación, en caso de que el estado del enfermo reclame mi presencia».

El tiempo corrió sin nada en contra. Comí tranquilo con mi anfitrión y por la noche me encaminé al hospital. El estado de salud de Bulnes me mortificaba sobremanera. Cuando llegué la enfermera me comunicó que estaba tranquilo. Dormitaba y a ratos abría los parpados.

No me di por enterado y me aproximé a su lecho. Lucía realmente mal. Ictérico de pies a cabeza. Tomé su mano y comprobé que su corazón latía. Repentinamente, sin embargo, su mano se aferró a la mía. El tiempo suficiente para que sintiera por última vez su pulso, mismo que de pronto cesó de latir.

Le cerré los ojos con devoción. Ya nada podía hacer por él hombre que una vez me devolvió la vida y que toda esa tarde esperó mi regreso con el deseo inocultable de sentir, una vez más, el calor de mi mano.

Esta vez, sin embargo, Basilio Bulnes me regaló el último aliento. Aquel que menos deseaba recibir. Y una vez más la vida estaba en deuda con él.

 

 

IX

 

A mi muy querido Guillermo, al que quise y admiré desde niño y que fue testigo, conmigo, de la muerte de Papá Neo.

Con un abrazo fraternal y un saludo cariñoso para Adelina,

Su primo,
Octavio

México, a 5 de abril de 1997.

Dedicatoria de Paz a su primo.

 

NOTAS

[1] Hermana de Octavio Paz Solórzano, padre del poeta.

[2] Beltrán, Antonio, “Un niño guapo de carácter dulce”, Reforma, sección C, 22 de abril de 1998 p. 1.

[3] Gálvez, Felipe, “Hasta el último aliento”, 3 de noviembre de 1985, Excélsior, sección cultural, p. 4.

[4] Sheridan, Guillermo, “El primo Guillermo, Letras Libres, enero de 2014.

[5] El diplomático Basilio Bulnes Santos Prado nació en Chalchicomula, Ciudad Serdán, estado de Puebla, alrededor de 1880 y falleció en Durango número 50 —ubicación de la Clínica Londres—, el 12 de julio de 1964. Tenía 84 años.

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