En la mirada de Francisco Toledo

Francisco Toledo

Francisco Toledo. Foto de Manuel Álvarez Bravo, 1960.

Francisco Toledo (1940-2019), artista plástico, tuvo una relación tangencial con Paz, marcada por su amor compartido por una mujer. Toledo, autodidacta, se formó entre los artistas franceses de la segunda mitad del siglo XX; fueron Rufino Tamayo, Bona Tibertelli, André Pieyre de Mandiargues y Paz quienes introdujeron al joven pintor al mundo parisino. Incluso, la idea de su vestimenta folclórica pudo haber sido idea de Bona: “Un año después de haber llegado a París, comenzó a presentarse vestido con la amplia ropa blanca y los huaraches de los campesinos oaxaqueños, un“travestismo” que se ha opinado “muy probablemente haya sido obra de Bona en su afán de figurar socialmente en el mundillo del surrealismo tardío”.[1]

 

Paz mencionó: “[La pintura de Toledo] me gusta mucho. En París me entusiasmó su aparición. Tuvo algo de milagroso en el mundo de aquellos años. ¿Cómo definirlo? […] ¿Compararlo con Tamayo? No. Es un temperamento de una gran originalidad. […] En él son visibles su extrema modernidad y su extrema antigüedad, además él se mezcla con su interés por las artes primitivas de otras culturas, no sólo de la mexicana”. Los párrafos siguientes dan cuenta de la visión del oaxaqueño sobre el poeta.[2] (AGA)


 

 

      I

 

[Fui a París] por [Antonio] Souza [3]. Me dijo que fuera a ver los museos, a conocer las calles. Y como con mi exposición hubo ventas, tenía algo de dinero. Llegué primero a Roma, quería conocer Italia, pero estando en Roma me aburrí un poco y viajé a París.

Entrevista con Angélica Abelleyra, en La Jornada, 4 de mayo de 1995

 

 

      II

 

En Paris conocí a Tamayo y a Octavio Paz. Los dos fueron muy importantes y bondadosos porque me apoyaron para quedarme. Recién llegado, gracias a Octavio Paz, entré a la Casa de México. Además, frecuentaba su casa adonde nos juntábamos con [Rodolfo] Nieto. Hablábamos del amor y la nostalgia.

 

Olga y Rufino me tomaron como hijo, salía a comer con ellos, los acompañaba, me aconsejaban. Tamayo veía mis cuadros y llegó un momento en que me dijo «tráigamelos»  y empezó a venderlos en su casa, con sus clientes y coleccionistas y me fue ayudando. Así que ese viaje que yo tenía planeado por unos meses, se prolongó por cuatro años. Octavio Paz —que tenía una carta de recomendación de Antonio Souza—, se interesó por lo que yo hacía y cuando tuve necesidad de un cuarto para vivir, él me consiguió uno en la Ciudad Universitaria de París, rompiendo reglas […].

 

 

      III

 

Para tener derecho a estar en la Casa debía estar inscrito, pero como no tenía ni certificado de secundaria no podía inscribirme en ningún lado. Para tener una credencial y justificar mi estancia en la Casa me inscribí en la Alianza Francesa y nunca fui a las clases. […]. Tampoco iba a un taller. Debajo de una escalera me dieron permiso para trabajar, pero era mucha la suciedad porque la gente caminaba y se llevaba los colores con las pisadas, además que caía polvo. Ahí estaba Jorge Alberto Manrique, Tomás Pérez Turrent. Creo que Cuauhtémoc Cárdenas llegó por ahí de visita; también Flores Olea y Manuel Bartlett que vivía ahí.

Entrevista con Angélica Abelleyra, en La Jornada, 4 de mayo de 1995

En su estudio en París. 1963 o 1964

 

      IV

 

La otra persona que me apoyó fue el escritor [André] Pieyre de Mandiargues, que escribió un texto […] y hacia recomendaciones entusiastas de mi obra. Me recomendó con galerías también pero no tuve mucho éxito aunque era una persona con peso porque escribía sobre arte.

Entrevista con Angélica Abelleyra, en La Jornada, 4 de mayo de 1995

 

Dice Sibylle Pieyre de Mandiargues:

Toledo está en París muy apoyado por Tamayo quien lo ayuda y creo que lo lleva a ver a los intelectuales. Pero él era mudo, no hablaba, no decía una palabra. Y mi papá [André Pieyre de Mandiargues] recuerda […] que él pintaba sus manos, dibujaba todo el tiempo cosas y después las borraba y [volvía a pintar] en las mesas, en las toallas. Cuando [Toledo] estaba aquí él no se compraba nada. Un día lo vi con este frío y un suéter azul, un suetercito azul, y le dije «¿pero qué haces con este frío?». «Ah, en mi pueblo son las mujeres quienes compran las cosas para los hombres», dijo. «Bueno ¿y tú estás esperando que una mujer llegue y te compre el abrigo?», y yo tenía un abrigo demasiado grande para mí y le dije «a ver si te queda», y le quedaba perfecto y se fue con mi abrigo.

“El informe Toledo”, Mexico, 2009, segunda parte, minuto 0:40.

 

      V

 

—¿Ya leyó usted a san Juan de la Cruz?, [me preguntó Paz].

—No.

—¡Cómo! ¡Quien no ha leído a san Juan de la Cruz no puede ser capaz de crear una obra importante, de pintar algo que valga la pena!

 

Toledo hace una pausa, tal vez la misma que Octavio Paz se dio para continuar y matizar enseguida sus recomendaciones a un artista adolescente:

—No es verdad lo que le dije. No es necesario leer a nadie para que la obra de un pintor valga la pena. Pero si puede, lea a san Juan de la Cruz. […]

 

La verdad es que mucho antes ya había leído a san Juan de la Cruz, pero me dio temor que, al decirle a Paz que lo conocía, me preguntara algo en especifico o me pidiera una opinión. ¡No hubiera sabido qué decir frente al poeta!

 

 

VI

 

[No establecí una relación estrecha con Octavio Paz]. Fue culpa mía porque yo era muy seco y frente a él no tenía mucho qué decir. ¡Imagínate hablar de poesía con un poeta! A veces me invitaba a su casa, cuando estaba viviendo con Bona. Luego lo visitaba en la embajada, veía mi obra pero no hacía muchos comentarios. De lo único que me acuerdo es que vio que leía a Góngora y le agradó. Cuando acudía a sus invitaciones yo hablaba poco. Creo que le incomodaba que estuviera como convidado de piedra. Me preguntaba de Juchitán y de Andrés Henestrosa. De pintura, platicábamos apenas. Me acuerdo que me preguntó una vez: “Toledo, ¿y si por valija diplomática mandamos traer una iguana, estará usted más contento?”. Era un chiste, pero lo cierto es que estar lejos de tu país a veces resulta pesado.

 

 

      VII

 

En algunas ocasiones Paz me preguntaba cosas, pero yo era muy simple y no me atrevía a hablar de ciertos temas, como la literatura. Pero recuerdo que una sola vez me vi medio brillante ante él y el grupo donde estaba Pilar Pellicer y Mandiargues. Mientras me mantenía silencioso, los demás escuchaban a Paz hablar sobre las múltiples maneras femeninas de nombrar al sexo masculino:  que si verga, pistola, minga, picha, pinga. Yo nada más oía, hasta que Paz me pidió que dijera otro nombre en castellano. Salí de mi letargo y contesté: la reata, de forma casi instantánea. “Qué bella palabra”, comentó Paz, aunque muchos de los que estaban en la reunión ni se imaginaban que también es el mecate grueso que se usa para colgar la ropa. Tal vez por mi rápida respuesta, Paz la festejó con un aplauso.

 

 

VIII

 

París llegó a ser menos difícil por mis amigas de la India. Una de ellas, Antjolie [Ella Menon], ahora se volvió muy famosa, pero entonces era más o menos de mi edad, o sea dos chamaquitos que hablábamos en francés, íbamos al cine a ver esas películas hindúes que son pura lloradera y trabajábamos juntos en la pintura. Por ella escuché la música maravillosa de Ravi Shankar por vez primera. También me presentó a otros pintores de su país. […] “Hasta los colores hindúes se le están pegando, Toledo, sobre todo los violetas”, [me] dijo Octavio Paz en aquellos tiempos.

 

 

      IX

 

Paz me regaló un abrigo que había comprado en un viaje. Pero él era el doble de alto y de ancho que yo, así que me quedaba grande. Me llevaron con un sastre para lo arreglara, pero nunca pasé a recogerlo pues era muy pesado. Paz siempre me criticó por lo que consideró una soberbia así que después de la reprimenda he seguido al pie de la letra sus consejos y ahora vivo de ropa prestada, de esa que llaman de “segunda mano”.

 

 

      X

 

Eran los tiempos en que Paz ya hablaba de crear una revista en la que participarían escritores y algunos pintores, como Nieto y yo, con ilustraciones. Luego, cuando Tamayo se fue de París, le comenté a Paz que me había regalado todas sus herramientas de trabajo: tachuelas, pinzas para estirar las telas y otras cosas. Entonces Paz observó: “¿Se da cuenta de que Tamayo le está entregando la estafeta, le está heredando las armas para que usted siga su propio camino?”.

 

 

XI

 

[Bona] era sobre todo una mujer libre. Se había separado de André [Pieyre de Mandiargues] y planeaba casarse con Paz. Estaba con él y, de repente, llegué yo por casualidad. Tenía apenas 20 años; ella, 35. ¿Qué se puede esperar de un muchachito de esa edad? De madurez, nada. De lo demás es la mejor etapa de la vida para esperar todo […]. Ella era una mujer muy bella. Estuvimos juntos, viajamos. Era 1965 cuando vivió conmigo en Juchitán durante el tiempo que duró la fiesta de La Candelaria. Creo que a partir de esa experiencia escribió un libro: La Cafarde; por mi parte hice un cuadro: Bona en Juchitán, colmado de pescados, pues me acordé del día en que Bona nos mandó al mercado a un amigo y a mí para comprar pescado. Las mujeres allá se burlan de los hombres que van a hacer las compras, así que cuando entrábamos, las juchitecas hacían juegos de palabras referidos al sexo. […] Luego Bona y yo tuvimos distanciamientos y me pidió que me fuera. Así lo hice. Regresé y hablamos. Ahora seguimos siendo amigos y ella escribe siempre que hay un cumpleaños.[4]

“Bona en Juchitán” por Francisco Toledo

Dice Sibylle Pieyre de Mandiargues:

(Bona y él) se enamoran, empiezan a tener una relación, como en el 62 y Toledo es muy joven, tiene 15 años menos que mi mamá entonces no es tan simple como relación, me imagino.

“El informe Toledo”, Mexico, 2009, segunda parte, minuto 3:00

 

 

XII

 

Hicimos un viaje a Padua y Bona me repetía la misma pregunta cuando veíamos la imagen de una mujer con plumaje [¿Ya se fijó que la locura tiene plumas, como los indios?] en los murales del Giotto. Paz y ella se ponían de acuerdo para tomar el volante del carro y conducirnos por la carretera. La pintura era a veces entre nosotros, y Paz comentaba que los pintores estaban dejando los pinceles por las herramientas de los albañiles, las cucharas, las palas y los instrumentos para repellar. Ella y yo, que pintábamos, teníamos las inquietudes del momento: la materialogía de la que hablaba Dubuffet, por lo que cada uno buscaba, por su lado, la manera de hacer esa materia pegada a la tela.

 

 

XIII

 

La primera vez que Bona exhibió en México [en la galería de Souza y con ayuda de Paz], la trataron como una reina, pero durante la segunda exposición todo el mundo le volteó la espalda. Ella estaba tristísima porque todos los que se decían sus amigos la rechazaron la segunda ocasión, tal vez para no contrariar a Octavio Paz. Sólo la familia de Xirau la aceptó y creo que recibió después una reprimenda por parte del poeta.

Con Bona en Venecia, 1968.

 

XIV

 

Toledo considera que, de forma velada,  Paz se refiere a él en un artículo de presentación que escribió para una exposición de Rodolfo Nieto en 1964 en la Galerie de France. Paz habla del momento en que estábamos en Ciudad Universitaria y me parece que hace una crítica a mi persona y a mi trabajo, sin mencionarme. Y es que Nieto no hablaba del mundo mágico de Oaxaca. Yo sí. Debo reconocer ahora que en aquel entonces era un poco estrafalario, un poco exhibicionista a la hora de vestirme, como hasta hoy. Pero si Paz dice que yo era como un salvaje de vitrina paseándose en los salones de los civilizados, el único salón que yo visitaba era el de él.[5]

 

 

XV

 

“Nada es eterno ni la muerte. Quien trabaja para la eternidad es un pretencioso”. Esa fue una de las enseñanzas de Paz para Toledo. […] Cuando Paz murió, Toledo comentó: “La muerte es tan lejana, tan efímera, tan sin importancia. Paz estará en sus libros”.

 

 

NOTAS

[1] Guillermo Sheridan, Los idilios salvajes, México, Era, 2016, p. 437.

[2] Los fragmentos fueron tomados de: Angélica Abelleyra, Se busca un alma, Barcelona, Plaza y Janés, 2001, a menos que el texto indique otra fuente o remita a un testimonio visual.

[3] Promotor artístico y escritor mexicano. Abrió su galería en 1956. Según Raquel Tibol, se llamó:

Galería de los Contemporáneos, mejor conocida por el nombre de su dueño, pues cuando la abrió, en Génova 61-2, ya existía la Galería de Arte Contemporáneo, dirigida por Lola Álvarez Bravo en Amberes 12, acreditada y muy activa, y la semejanza de nombres se prestaba a confusión. […] Francisco Toledo no suele mencionar la exhibición que tuvo en la Galería Antonio Souza antes de viajar a Europa en 1960, quizás porque quien ahí exhibió todavía se llamaba Francisco López Toledo y aún recordaba los estudios hechos en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Benito Juárez de la ciudad de Oaxaca, cuando las clases de pintura y grabado las daba Arturo García Bustos. Al llegar a la ciudad de México, después de pasar dos años en Minatitlán, Veracruz, la familia le pidió al pintor Roberto Donis que viniera por él. Fue Donis quien lo presentó con Antonio Souza. La muestra fue de acuarelas y tuvo mucho éxito.

Un poco antes, en esa misma galería, Bona presentó su obra en México.

[4] La relación de Bona y el pintor fue más tortuosa de lo que menciona Toledo. Sheridan, en Los idilios salvajes, comenta que el artista amenazó a Bona, además de que ésta sufrió maltratos por parte de él. Arnaldo Coen, en comunicación directa (cfr. “Arnaldo Coen recuerda una colaboración con Paz“), me confirmó una historia similar. Él conoció a Bona; ella le rentó el departamento donde vivió con Octavio Paz en París. Así, Coen tuvo oportunidad escuchar y saber sobre la relación entre Bona y Toledo.

[5] Paz escribe: “La tradición en las artes se define por la invención; cada obra realmente importante es única y en su esencia inimitable. Inclusive dentro de un estilo o una manera, lo que cuentan son las variaciones: la historia de un estilo es la de sus cambios. Al prohibirse la facilidad del gesto de imitación, Nieto se salvó de la impostura moral. Con la misma sencillez con que se negó a facturar objetos curiosos, se negó, rehusó a convertirse en un objeto de curiosidad. Nada más alejado de su actitud que esa ingenua, aunque indecente, superchería que consiste en pasearse por los salones de los civilizados con un atavío de salvaje de vitrina”. Citado por Angélica Abelleyra, op.cit.

Autores

  • Toledo, Francisco

Lustros

  • 1960-1964
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