En la mirada de Fernando de Szyszlo

Fernando de Szyszlo

Fernando Szyszlo, Michéle Deladrier, Octavio Paz y Blanca Varela, en Paris.

Fernando Szyszlo, Michéle Deladrier, Octavio Paz y Blanca Varela, en Paris.

Fernando de Szyszlo (1925-2017), pintor peruano, es considerado uno de los artistas latinoamericanos más importantes del siglo XX. Estuvo casado con la poeta Blanca Varela y, en segundas nupcias, con Liliana Yábar. Szyszlo forjó amistad con intelectuales reconocidos, como Octavio Paz, la cual perduró por cinco décadas.

 

El poeta mexicano opinó sobre Szyszlo: “es el mejor pintor peruano o, al menos, el más conocido en el extranjero. Fue uno de los iniciadores de la pintura abstracta en Hispanoamérica. Aunque la crítica cerró los ojos (…). [Su obra] no cambia: madura. Avanza hacia dentro de sí mismo”.[1]

 

Los siguientes fragmentos pretenden construir la amistad entre ambos. Los párrafos no referidos directamente pertenecen a La vida sin dueño.[2] (AGA)


 

I

 

La embajada del Perú en París en esa época era de primera clase. El embajador era Arturo García Salazar y el ministro consejero era Enrique Peña Barrenechea, un poeta conocido, pariente de Javier Sologuren; el segundo secretario era Javier Pérez de Cuéllar y agregado cultural era Bernardo Roca Rey.

 

 

II

 

Un día, conversando en la embajada, [Peña] me dijo: hay un poeta mexicano que quiero que conozcas”, y nos invitó a tomar un trago. De esa reunión salí mucho más amigo de Octavio que de Enrique Peña. De ahí nunca nos dejamos de ver; en esa época, él tenía 36 años y estaba escribiendo El laberinto de la soledad. Las pocas veces que he dormido en París en la Rive droite ha sido en casa de Octavio. De ahí se desarrolló una amistad interminable. […] [En esa tiempo, París] era el paraíso inalcanzable. Todos nos fuimos, Paco Pinilla, Jorge Piqueras. A todos los latinoamericanos de mi generación los conocí en París, a Octavio Paz, a Cortázar, a Carlos Martínez Ríos, el poeta nicaragüense, a [los pintores] Alejandro Obregón, Enrique Zañartu, Roberto Matta y Rufino Tamayo. [Mi rutina consistía en levantarme]  a trabajar y por las noches nos encontrábamos en el café Old Navy, quedaba en Saint Germain, ahora está en decadencia. Una vez a la semana nos  reuníamos en los altos del café Flore a planear la revista de Octavio con Cortázar: Jaime Valle lnclán, el hijo de don Ramón; Carlos Martínez Rivas, un estupendo poeta nicaragüense que murió alcohólico; Arturo Serrano, un escritor español amigo de Vallejo; el escritor catalán Palau; Ernesto Cardenal y otros. En esa época Ernesto era franquista…

Entrevista con Mariella Balbi

 

Los martes Octavio nos reunía en el café Flore, en el boulevar Saint-Germain, para hacer una revista de literatura latinoamericana. Más adelante, no recuerdo por qué razón, nos mudamos al café del Hotel des États-Unis en el boulevar Montparnasse. Él tenía pensado ya un nombre para la revista —tomado de Mariano José de Larra: El pobrecito hablador. Ahí iban Cortázar, Martínez Rivas, el crítico catalán Josep Palau i Fabre, el poeta Arturo Serrano Plaja, Jaime Valle Inclán y el filósofo Papaioannou, gente interesantísima. Octavio había invitado a [Peña] y a otros artistas a participar […]. En una de las tantas reuniones […] para elaborar la revista, llegó el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal y se tocó el tema de la Guerra Civil Española. Cardenal dijo: “Todos los muertos equivalen a lo mismo” a lo que […] Arturo Serrano contestó: “No mezcle a mis muertos con sus muertos. Ése es de un hijoputismo intolerable”, así terminó esta reunión. Pero las citas […] continuaron. Éramos unos idealistas que queríamos vencer a la muerte.

Entrevista para La República

 

Cuando empezamos nuestras reuniones para la revista en el Hotel des États-Unis, prolongábamos la tertulia hasta más entrada la noche, porque era un local más informal que el Flore y hasta había música. Nos hicimos amigos de un guitarrista húngaro llamado Yuri, que tocaba allí, y terminamos enseñándole canciones latinoamericanas, inclusive valses peruanos. Más adelante los incorporó a su repertorio habitual en Bar Vert, en Saint-Germanin-des-Prés, y se lucía con ellos ante un público más sofisticado.

 

Recuerdo que cuando se inauguró mi primera exposición en París (julio de 1950), Octavio Paz, que asistió al vernissage, me dijo al despedirse que iba a la inauguración de la exposición de un artista colombiano que debería ver. Fui admirado de la coincidencia de fechas, y así me encontré con Alejandro Obregón e iniciamos una amistad que terminó hasta su muerte, en 1992.

Szyszlo y Paz

 

III

 

[Paz] conocía a todo el mundo en París y era muy apreciado. Creo que amigos mexicanos le habían prestado un departamento, en Passy, en una zona muy hermosa, en el 199 de la Avenue Víctor Hugo. De entre todos los latinoamericanos que nos juntábamos, el suyo era el único departamento amplio en el que nos podíamos reunir. Octavio estaba todavía casado con la escritora Elena Garro, de la que se divorció después y que le hizo la vida imposible. Era impetuosa y a veces desaforada. Tenía una hija, Helena, La Chata, que entonces tenía unos ocho años. Durante años, ambas se unieron en contra de Octavio para tratar de hacerle la vida imposible después del divorcio. […]

 

En la casa de Octavio, que estaba de tercer secretario de la embajada, hacíamos fiestas fantásticas. […]. Tamayo tocaba la guitarra y nosotros bailábamos. Era un genio, tú le tarareabas un tema y él lo sacaba, Carlos Martínez Rivas igual. Todos los días nos reuníamos, pero de vez en cuando hacíamos grandes fiestas. Una vez hicimos una de disfraces, asistían Breton, Lacan, Michaux, Peret, Gracq, Bioy Casares, cantidad de gente. [,,,]

Entrevista con Mariella Balbi

 

Para nosotros la vida en París era la de los cafés en la medida en que nos lo podíamos permitir. De todas maneras disfrutábamos de ese ambiente tan agradable las veces que si nos sentábamos toda una tarde con un solo café para ver a nuestro alrededor a gente que admiráramos. Te sentabas en el Old Navy y veías a Jean Genet o a Samuel Beckett, Juliette Gréco, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, eran personas que encontrabas fácilmente en esos años. Los grandes “monstruos” estaban vivos: Matisse, Braque, Picasso…, Pero estaban mayores y evitaban el invierno de París. Picasso y Matisse definitivamente se instalaron en la Costa Azul.

 

 

IV

 

Cuando yo conocí [a Cortázar], era una especie de Borges en joven. Era brillante, cultísimo en materia de literatura, jazz y cine. Tenía 35 años, la misma edad que Octavio, pero era lampiño con una voz atiplada, parecía un púber. Él era casado con Aurora Bernárdez, Cortázar la dejó porque se enredó con una lituana que escogía qué se publicaba sobre literatura latinoamericana en Gallimard. Era antipática, una sectaria comunista terrible, intratable, muy fea, colorada, chatita y le echaba al trago. Sin embargo, con ella, de un momento a otro, Cortázar tenía barba, la voz ronca y estaba muy interesado en las mujeres, antes no tanto. Octavio nunca le perdió el cariño a pesar de que en un momento dado estaban en las antípodas de pensamiento. Todo el mundo lo quiso siempre. Para nosotros era difícil aceptar su ideología. Se publicaban cosas de los campos de concentración rusos; un día Julio dijo algo inaceptable: “el gulag es un accidente del socialismo, en cambio la miseria es inherente al capitalismo”. También metió la pata en una cosa horrenda: Le hicieron una entrevista a Arguedas en Life en español. José María era una persona un poco huérfana, desamparada, que no era demasiado cosmopolita, una persona siempre rural; ese era el encanto y la fascinación de su personalidad. Cortázar se mandó un artículo feroz en contra de él. Creo que fue una de las causas de la depresión de Arguedas, nunca se recuperó de ese golpe. Cortázar no rectificó, lo trató de provinciano, fue una cosa horrible. A José María no lo conocían en Latinoamérica y Cortázar ya era importante, por eso fue más duro.

Entrevista con Mariella Balbi

 

Una vez en una reunión, un cóctel de Gallimard —eso me lo contó alguien que estaba con Octavio—, se les acercó Ugné Karvelis y en determinado momento dijo, dándose aires: —yo soy la madrina de la literatura latinoamericana.

 

—Creo que se equivoca —le conteso Paz. Usted es una secretaria de Gallimard que ha sido promovida a amante de Cortázar.

 

Era una estalinista insoportable, ni siquiera era atractiva. Pero creo que fue la que le descubrió el sexo. Lo llevó a ese tratamiento hormonal y a raíz de eso muchas cosas cambiaron en él. Estuvieron juntos como diez años.

 

 

V

 

Una vez vi a Faulkner por la calle. Albert Camus comía todos los días en la Brasserie Lipp, que todavía existe. Hace pocos años, mientras Lila [Yábar] y yo estábamos en el café Flore, frente al Lipp, vimos al expresidente Bill Clinton, vestido informalmente, intentando entrar a la Brassserie Lipp. No lo dejaban pasar al segundo piso porque no tenía una chaqueta. Hasta que se dieron cuenta de quién era y la gente empezó a arremolinarse para saludarlo. Otro de nuestros hábitos era ir al Mercado de Pulgas.

 

Aunque no tuviéramos dinero, nos seguían atrayendo los objetos exóticos que podías encontrar allí. Algunas veces comprábamos algo. Jorge Eielson se había llevado a París gran cantidad de objetos precolombinos y coloniales peruanos, y siguió comprando objetos africanos y otras curiosidades. Entre ellas, un trono de rey con forma de tigre. Un día lo encontré con Bresciani en la rue de Seine cargando ese trono-tigre que pesaba como una tonelada. Jorge lo llevaba de la cabeza y Brescini, de la cola. Como se cansaban a cada rato, paraban y se sentaban el trono en medio de la calle. Supongo que lo vendió, aunque Jorge no vendía las cosas totalmente. Si le daban diez mil francos, le añadían una figurita más pequeña.

 

Íbamos mucho a la cinemateca, que era muy barata. La entrada costaba algo de diez francos, ni cinco centavos de dólar: Octavio Paz nos invitaba a menudo. [,,,]. Luego de charlar y tomar hasta tarde. Una vez que se pasaba el último metro, ya no nos íbamos. […] Octavio fue muy generoso con nosotros, pero en realidad su generosidad con los jóvenes, su interés, era su manera de ser natural. Con Blanca lo fue especialmente. Cuando en 1959 vivíamos en Washington y fuimos a México para inaugurar una exposición de pintura mía en la galería de Antonio Souza —en ese momento la mejor de México, que Octavio había conseguido para mí—, le mostramos una especie de libro de artista en el que yo había reunido los poemas de Blanca con una ilustración mía. Ella no había publicado nada todavía y yo había juntado todos sus poemas, los había empastado con alguna ilustración, como un libro único. Se titulaba Puerto Supe. A Octavio le gustó mucho el libro, pero no el título:

 

—Eso de Supe en español no significa nada, nadie va a saber qué es. Es como una adivinanza…

—Octavio —le dijo Blanca—, ¡pero ese puerto existe!

—Ése es el título: Ese puerto existe.

 

Y así se publicó por primera vez, por la Universidad Veracruzana, en 1959. Octavio lo mandó, escribió el prólogo y lo editaron. Mi hijo Vicente hizo una edición facsímil de ese libro único de Puerto Supe en 2014. El libro con el prólogo de Octavio la lanzó como poeta.

 

Con Blanca coincidíamos en materia artística en casi todo. Discutíamos mucho, pero no peleábamos. Pero es muy difícil que dos temperamentos artísticos puedan coexistir, es habitual que uno de los dos acabe ocupando más espacio que el otro. Pienso que nos habíamos casado demasiado jóvenes, éramos demasiado inmaduros. Ella era una mujer de una sensibilidad a flor de piel y a veces caía en una melancolía muy profunda. A Blanca le faltaba aire y no era una esposa convencional y rutinaria. La recuerdo siempre con enorme cariño, pero la realidad es que en esos años no fuimos capaces de formar una unión muy sólida.

 

Mientras tanto, yo pintaba. Lo hacía en lienzos pequeños porque no tenía sitio en la habitación. Y siempre recogía todo al terminar por la misma razón. Desde entonces soy muy limpio en mi taller. Mi primera exposición en París la hice en 1950, unos meses después de haber llegado. Llegué en septiembre y en julio del 50 ya exponía en la pequeña galería Mai, en la rue Bonaparte, esquina con la rue des Beaux-Arts. Octavio me ayudó mucho, me presentó a André Breton, que fue a la exposición. Claudine Fitte, por otro lado, también me echó una mano. Me presentó al pintor español surrealista Óscar Domínguez, un hombre grande de un rostro con rasgos algo extraños, quien me alquiló su departamento, el mismo donde luego se suicidó. Era una persona sumamente amable y generosa. Firmó todas las invitaciones de la galería para que la gente asistiera. Pero a quien más me interesaba conocer entonces era a un pintor que yo admiraba mucho, Hans Hartung. Le escribí una carta, cosa que yo nunca hacía. Fue la única vez. Cuando estaba por viajar a Francia, un amigo me había dado cartas de presentación para Henry Moore, otra para Chadwick, para un montón de gente. Nunca las utilicé.

 

Le escribí a Hartung en castellano. Él no dominaba el idioma, pero por esa época su mujer era la hija de Julio González, el escultor español. Ella le tradujo la carta. Hartung había perdido una pierna en la guerra, peleando por los franceses contra los nazis, aunque él nació en Alemania. La invitación a la muestra era a las cinco de la tarde, pero yo, como buen peruano, pensé que no debía llegar tan temprano y me presenté a las cinco treinta pasadas. Hartung estaba a la puerta de la galería, cojo, con su bastón, esperándome. Nunca me he recobrado de la vergüenza de haberlo hecho esperar. Conversamos, me invitó a su casa y nos vimos algunas veces. Por ahí tengo un libro firmado por él.

 

Mi pintura estaba cambiando. Mostraba sus antecedentes cubistas, pero era más expresionista. Las tres o cuatro pinturas que llevé a París ya eran abstractas, siempre vinculadas vagamente a cosas precolombinas. La francesa es una civilización muy ensimismada y si vienes de fuera no se interesan demasiado por lo que traes. Quizá Breton, un poco, porque le interesaban mucho las culturas primitivas. Octavio nos invitó a las reuniones del grupo surrealista que hacían en la place Blanche, en boulevard Clichy, en Montmartre, el otro lado de París. Fuimos y conocimos a los surrealistas de esa época, a Marc Pierre, Jean-Pierre Duprey —que se suicidó—, además de los viejos, André Bretón y Benjamin Péret. Péret era una persona encantadora, muy interesada por América Latina. Había sido pareja de la pintora española exiliada en México Remedios Varo. El otro día vi que un cuadro de ella se vendió por un millón de dólares. […]

 

[Balthus] tiene cierta perversidad, está erizado de sensualidad, de una sexualidad dudosa, envenenada. Me gustaría tener un Balthus. Octavio era muy amigo de él, se alojaba en su casa cuando iba a Ginebra.

Entrevista con Mariella Balbi

 

 

VI

 

Una vez fuimos a visitar la casa de André Breton, Octavio, Elena Garro, Blanca y yo. Estaba también su mujer, la chilena Elisa Bindhoff. Su casa era un museo. Tenía ese De Chirico maravilloso, Le cerveau de l´enfant, obras de todos los surrealistas —Miro, Jean Arp, Bellmer, Duchamp, Magritte, Óscar Domínguez—, maravillas… Piezas peruanas precolombinas y de Oceanía, africanas. En la puerta del departamento había un cartelito que decía: “Pas d´intervius, pas de prologues, André Breton ne recoit que sur rendezvous”. También tenía Picassos. Picasso quería mucho a Breton. Nunca llegué a conocer a Picasso porque ya se había ido a vivir al sur de Francia y yo no tenía dinero para viajar.

 

Pero sí conocí su estudio, porque Carlos Rodríguez era amigo de Sabartés, su secretario, que vivía en el mítico espacio de rue des Grands Agustins. Ahí fue donde pintó el Guernica. Impresionante el estudio, gigantesco. Había bastantes cuadros de cara a la pared y creí que eran Picassos, hasta que di la vuelta a uno… y era un Modigliani. Tenía de todo, Braque, Aduanero Rousseau, cuanto hay.

 

Pero, bueno, estábamos en casa de Breton y yo, con veinticuatro años, era bastante osado. Así que me atreví a decirle:

 

—Señor Breton, en el Almanaque surrealista que se acaba de publicar —el de 1950— Péret afirma en un artículo titulado “La sopa deshidratada” que la pintura abstracta no tiene nada, que es como una sopa sintética. Cuando en realidad los postulados surrealistas, lo que usted ha dicho, es que se trata de la expresión de lo inconsciente. Y qué mejor expresión de lo indescifrable del inconsciente que la pintura abstracta.

 

—Ésa es la opinión de Péret, pero venga usted conmigo. Vea este Kandinsky, lo tengo hace muchos años, me lo regaló el artista. Y este Miró: él es un pintor muchas veces abstracto. Es una patraña eso de que el surrealismo esté reñido con la pintura abstracta.

 

Breton no era una persona fácil, era algo distante, pero era brillante. Le encantaba hablar. Esa vez nos contó cantidad de cosas, sobre Paul Éluard y su pleito por el Partido Comunista. Mucho después, cuando regresé a París, conocí a una señora que era la directora del grupo de investigación surrealista. Fui con Mario Vargas Llosa. Nos invitó a un homenaje a Breton —él había muerto poco antes— en el que hablaba gente de otros países. Mario habló sobre su libro Nadja y yo, sobre la búsqueda de los maravilloso. También estuvo el poeta Yves Bonnefoy y un joven escritor japones Hisaki Matsuura. […]

 

[El surrealismo implicaba] un compromiso mucho más violento. No era solamente político, ellos comparaban la frase de Marx de cambiar el mundo con la de Rimbaud, cambiar la vida; era algo que modificaba todo. La propuesta del realismo socialista no tuvo mucha vigencia, pero el marxismo influenciaba a la crítica del mundo entero. Claro, en esa época el existencialismo, no el surrealismo, ocupaba la mente de la gente; el teatro de Sartre, la polémica Sartre-Camus. El otro día pensaba en todo el tiempo que gastó Camus en esa polémica, habría podido escribir más novelas, más teatro. De los catorce tomos de la obra de Octavio, creo que varios están dedicados a esta pelea ideológica sobre el realismo socialista. Un desperdicio.

Entrevista con Mariella Balbi

 

 

VII

 

En esa primera época Blanca y yo hicimos amistad con una chica que estaba algo enamorada de Octavio Paz, muy joven; lo seguía a todas las presentaciones o actos en los que participaba. Ella tradujo para el Almanaque surrealista unos poemas de Octavio, la primera vez que se publicaban traducciones en serio de su poesía. Se llamaba Monique Fong, de padre chino y madre francesa, y era íntima amiga de Aube Breton, la hija de André. Se conocieron a través de esas visitas a casa de los Breton. [Ella] se casó más adelante con un alemán y se fue a Nueva York, donde trabajó como traductora en Naciones Unidas. La encontré años después y reanudamos nuestra amistad. Allá en Nueva York se hizo muy amiga, íntima de Marcel Duchamp. Fue una relación amorosa que yo no conocía. Años después, ella escribió dos textos preciosos sobre él.

 

 

VIII

 

Todos en mi casa me decían Gody, pero las personas que me conocen de fuera me llaman por mi nombre, Fernando, y me siento más cómodo. [Sin embargo,] hasta Octavio terminó diciéndome Gody, claro que lo escribía Gaudi. […] Recuerdo que Octavio, cuando se refería a los peruanos, siempre decía: “¡Qué delicados son!, ¿no?”.

Entrevista con Mariella Balbi

 

Cuando llegué a Europa y conocí a los latinoamericanos, todo lo que ellos sabían del Perú era a través de la revista Las Moradas. Al único escritor peruano del momento que conocía Octavio era a Westphalen. Y a César Moro, desde México.

 

 

IX

 

Georgette [Vallejo] —viuda de Cesar Vallejo— era una mujer extremadamente delgada, de tez muy blanca, sin sangre, y un rostro abierto en el que todavía se percibía el recuerdo de la que, según nos contó alguna vez Octavio, era la mujer más bonita del Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia de 1937, durante la Guerra Civil española. […]

 

En los poetas que conocimos siempre me llamó la atención una cosa. César Vallejo es una de mis fuentes y, sin embargo, la mayoría de los buenos poetas no lo consideraban mucho. Qué raro, ¿no? A Octavio Paz, a Emilio Westphalen, a César Moro, a Pablo Neruda no les gustaba y en cambio Octavio, que detestaba la posición política de Neruda, lo apreciaba mucho como poeta. Lo leíamos juntos a veces.

 

 

X

 

[Octavio] estaba lleno de amor por la vida, era muy puro, muy naif. Recuerdo que una vez le presenté una chica en París. Era más bien liberal y encantadora. Estábamos en una de esas fiestas en su casa y Octavio la saca a bailar. Cuando terminan, se me acercó y me dijo: “Montherland tenía razón, las vírgenes huelen a león”. Y la chica estaba lejos de ser virgen. En esa época también decía: “¡Hay que rediseñar la ropa de la gente! A mí me gustaría confeccionar algo así como un overol, y aquí [en el pecho] habría un cierre relámpago donde pudiera guardar libros”. Nunca pudo vivir separado de los libros. Era muy buen mozo, tenía mucho éxito con las mujeres.

Entrevista con Mariella Balbi

 

 

XI

 

Octavio dejó [a Elena] por una pintora italiana, guapísima, Bona Tibertelli de Pisis, muy conocida en la vida parisina. Bellísima y muy elegante. Elena nunca se lo perdonó. Tiempo después, cuando Octavio volvió a México y estaba dando una conferencia, Elena se presentó en la sala con un par de mendigos haraposos y comenzó a vociferar: “Estás hablando de las maravillas de México, ¿y estos? ¿Quién se ocupa de estos?”. Típico de ella. Después fue a vivir a Madrid y hacía circular papeles diciendo que su hija Helenita estaba con cáncer y que Octavio no les enviaba dinero para el tratamiento. Él era una persona muy conocida y trataba de desprestigiarlo y sacarle plata. La niña no tenía nada, murió en 2014. […]

 

En el viaje que hice a Cuba en 1968, estuve algo marginado por el grupo de peruanos comunistas, no me importó porque no iba en grupo me proporcionaba algunos momentos privados y un encuentro muy curioso. Me alojaba en el Hotel Hilton, que ahora se llama Habana Libre. Una de esas noches bajé solo al bar y me senté en la barra a tomar un trago. De pronto apareció esta mujer espectacular y se sentó al costado. La reconocí: Era Bona de Pisis, pintora francesa y exmujer de Octavio Paz.

—Usted y yo tenemos un amigo en común, que yo quiero mucho —me dijo sin saludarme.

—¿Octavio Paz?

—No me hables de esa basura.

Yo me sorprendí mucho.

—Si no es Octavio, ¿quién es?

—Kiko Zañartu.

Enrique Zañartu era un pintor chileno muy amigo mío que vivía en París.

—¿Y qué pasó con Octavio para que me digas eso de él? —le pregunté.

—Estuve haciendo durante meses la recopilación de sus poemas, fotos, documentos para la edición de la monografía sobre él que iba a publicar la colección de Poètes d’aujourd’hui, que editaba Pierre Seghers. Le entregué todo el material para que él solo escogiera lo que iba a ir. Y cuando salió el libro, no apareció mi nombre en ningún lugar.

 

Ella era una mujer elegantísima, una belleza. Octavio era muy amigo y protector del pintor mexicano Francisco Toledo. Una vez lo invitó a cenar con ella en su casa y al día siguiente Bona y Toledo se escaparon juntos. Dejó plantado a Octavio y este se puso furioso contra los dos. Nunca volvió a escribir sobre Toledo e impidió que se reeditaran sus anteriores escritos sobre él. A Bona la borró por completo también. Estaba muy enamorado de ella. La había conocido cuando Bona era esposa del escritor André Pieyre de Mandiargues, millonario y ganador del Premio Goncourt […]. Él no entendía que se hubiera fugado con este pintor que él había ayudado y que andaba con sandalias en invierno, vestido de oaxaqueño, todo de blanco.

 

—¿Y cómo te fue con Toledo? —le pregunté a Bona.

—Mira, llegamos de París a México D.F. y de ahí fuimos a Oaxaca. Era tan celoso que alguna vez me persiguió con un cuchillo. Me pareció tan peligroso que pensé que me podía matar. Así es que a los pocos días tomé un taxi, me fui al aeropuerto, tomé un vuelo a París y no lo volví a ver.

 

 

XII

 

Por suerte, mientras Octavio era embajador en la India, conoció a Marie Jo, Marie José Tramini, con la que vivió el resto de su vida. Cuando se conocieron, ella estaba casada con el consejero de la embajada de Francia en la India. Fue un coup de foudre, un flechazo. Se escaparon juntos. Eso dio motivo suficiente para que el embajador de Francia le pusiera tres cruces al de México. Lo vetó en todos sus actos.

 

Pero en una ocasión André Malraux, siendo ministro de Cultura, fue de visita a Nueva Delhi. El presidente Nehru le ofreció una comida oficial y pidió a Malraux una lista de las personas que quería invitar. Él invitó a Octavio y el embajador de Francia tuvo que aceptarlo. Fue un matrimonio feliz y eso nos complació mucho a los amigos que lo quisimos. Uno de sus últimos libros, La llama doble, es un testimonio de su amor a Marijó. Después de la muerte de Octavio, alguna vez, hablando con Marijó, nos dijo a Lila  y a mí que en los treinta y cuatro años que había estado con él nunca habían pasado una noche separados.

 

 

XIII

 

Todos vacilamos con la revolución cubana, estuvimos cerca en los primeros momentos. Yo hice una exposición en Cuba. Octavio jamás, era tan lucido. Se dio cuenta de todo lo que pasaba, el estalinismo, la política de intereses, de poder.

 

 

XIV

 

Mario [Vargas Llosa] llegó a México invitado a un congreso por Octavio, en esa época él creía que Salinas de Gortari iba a democratizar el PRI. En su intervención Mario dijo que México era una dictadura perfecta que tenía toda la fachada de democracia y que los intelectuales estaban comprados con premios y comisiones, por eso parecía que todo funcionaba. ¡Esto en un congreso que estaba hecho para todo lo contrario! Octavio se enfadó mucho porque eran muy amigos. Yo estaba desconcertado, pero todos creíamos que México era la dictadura perfecta. Pero era la primera vez que alguien lo decía públicamente. Hay que reconocer que el Estado mexicano se ha preocupado siempre por la cultura. ¿Tú sabes que hasta ahora en México hay doscientos intelectuales, escritores, artistas, etc., que reciben 3,000 dólares mensuales para que creen lo mejor posible? Esa fue una iniciativa de Salinas de Gortari. Luego de dos meses me encontré con Octavio en Nueva York porque había un recital suyo. Lo voy a saludar, él me ve de lejos y me dice: “¡Tu amigo me ha traicionado!”. Le respondí: “En realidad Mario no te ha atacado a ti sino al PRI, una cosa que todos pensamos”. Por supuesto que no se molestó, Octavio no era violento. Yo le conté a Mario, después la amistad con él se recuperó. Tanto que cuando se encontraron en Londres, Octavio le dijo: “Mario, yo te quiero mucho, te deseo que pierdas”. Pensaba que la literatura era más importante.

Entrevista con Mariella Balbi

De izquierda a derecha: Fernando de Szyszlo, Octavio Paz, Damián Bayón, Mario Vargas Llosa y Gullermo Cabrera Infante, Congreso de arte latinoamericano en Londres, 1990.

[Ése fue] un momento político en el que, excepcionalmente, Octavio se equivocó. Los de Televisa lo adulaban mucho, incluso le publicaron un libro magnífico en el que se reunían todos los textos que él había escrito sobre arte y artistas a lo largo de su vida, con ilustraciones. (Hasta el Museo del Louvre prestó un cuadro de Chardin mencionado por Paz). Un lujo. Se titula Los privilegios de la vista.

 

 

XV

 

Ser latinoamericano es tan complicado, porque somos fruto de corrientes diversas. Por ejemplo, si tú eres un poeta francés, sabes horrores de poesía francesa, si eres inglés lo mismo. Pero si eres un poeta latinoamericano has leído a los ingleses, franceses, italianos, japoneses y también a los latinoamericanos. Westphalen u Octavio son los ejemplos exactos de lo que es un latinoamericano, aplastados por todo esto, mirando desde lejos, sentados en la mesa donde se sientan los primos pobres, sin compartir el banquete. Esa es la fuerza del arte latinoamericano. Esa es la posibilidad.

Entrevista con Mariella Balbi

 

 

XVI

 

Siempre tuve un afecto profundo por él y una admiración más profunda todavía. Nunca he conocido una persona más inteligente ni más culta que Octavio. Era alguien fascinante, yo lo quería mucho. Cuando ya se estaba muriendo me dije: no puedo dejar que Octavio se muera sin verlo […].

Entrevista con Mariella Balbi

 

XVII

 

A veces hay acontecimientos que parecen precipitar el último tramo de la vida. He explicado lo importante que fue en mi vida la amistad con Octavio Paz. La última vez que lo vi me dejó una serie de impresiones tristes y dolorosas. Se sentía impotente ante la muerte, diría que furioso ante la disminución de sus facultades. Atado a una silla de ruedas, no tenía casi fuerzas para hablar y apenas decía un par de frases, pedía que se lo llevaran a sus habitaciones. Luego gritaba desde dentro: “!Mari Jo, Mari Jo”, y lo volvían a traer.

 

Eso sucedió unas cuatro o cinco veces. Me di cuenta de que ya no podía conversar y a la vez deseaba hacerlo. Una contradicción que lo angustiaba. Quise retener la memoria de ese encuentro y tomé unas notas al salir de su casa en México. Esta es la transcripción de esas notas en caliente:

 

Sábado 21 de febrero de 1998

Temiendo un tráfico complicado, salimos con bastante anticipación, Alberto, el chofer de mi hermana, y yo.

 

Llegamos quince minutos antes de la hora, ocho de la noche, en que nos había citado Mari Jo.

 

La casa que se le ha asignado a la Fundación Octavio Paz es una grandiosa casona colonial llamada Casa Alvarado. La parte derecha de la planta baja es el espacio donde ahora residen los Paz; el resto será dedicado a la fundación cuyos fines “serán promover la cultura y las artes, la investigación literaria y los estudios sobre literatura latinoamericana, así como la preservación, la difusión y el estudio de la obra de Octavio Paz”, según lo estipuló el presidente Zedillo en un informado y generosos discurso del día del inicio de la Fundación Octavio Paz.

 

Antes de que llegara a tocar el hermoso y pesado portón colonial de la casa, éste se abrió y una persona que parecía esperarme me preguntó mi nombre. Le respondí y me hizo un gesto indicándome entrar. Le hizo una seña a otro empleado, quien me condujo a una puerta con vidrios y visillos interiormente iluminada. Para llegar a ella atravesamos un hermoso patio colonial con arcos de piedra y un corredor que lo circunda. El mismo diseño se repite en el segundo piso. En el centro del patio una antigua pila de piedra y a la mitad de uno de los corredores, al fondo, un portón abierto que deja ver la perspectiva muy simétrica de un jardín colonial, muy cuidado.

 

Al entrar me recibió Mari Jo en una sala de estar muy amplia, con sillones tapizados en blanco. En la pared dos cuadros recientes de Roberto Matta. Alguien me había contado que, cuando Matta se enteró del incendio en casa de Paz y que en el se habían quemado dos cuadros suyos, se apresuró a sustituirlos.

 

Antes de que Octavio saliera, Mari Jo me contó los detalles del incendio. Eran las diez de la noche del sábado 21 de diciembre de 1996. Octavio y Mari Jo veían las noticias en televisión en su dormitorio que quedaba un nivel más bajo que la sala de estar, en un departamento dúplex y que tenía un pequeño jardín al aire libre, por el que se accedía a una habitación muy grande que Octavio había convertido en biblioteca y estudio. Mari Jo sintió un ruido extraño, como un objeto de vidrio que se quebraba, y pensó que era el gato, a pesar de que también percibía un ligero olor como a quemado. Se levantó para averiguar que pasaba. Antes de llegar a la sala vio a través de las ventanas las cortinas en llamas. Sólo atinó a gritar a Octavio que saliera, que había un incendio. Entonces las luces se apagaron y gracias a que conocía también toda la disposición de la casa pudo ir arrastrándose a abrir la puerta exterior y gritarle al portero del edificio que había fuego, que avisara a los bomberos. Cuando salían todavía se dieron tiempo para tocar las puertas de los vecinos y avisarles del incendio. En la sala de estar, que fue lo que principalmente se destruyó, se quemaron muchas obras de arte valiosas que habían traído de la India. Le pregunté si se había quemado ese maravilloso cuadro que ilustra la edición original del libro El mono gramático y desgraciadamente la respuesta fue afirmativa. El fuego había sido tan intenso que un precioso tambor hindú de bronce que les había regalado su hermana se había derretido completamente. Se destruyeron también los cuadros de Matta, de Motherwell, de Michaux, de muchos amigos. “Lamento decirte —me dijo— que tu cuadro también se quemó”. Desaparecieron todas las primeras ediciones de Paz y cantidad de libros y objetos de arte, recuerdos y cosas que seguramente tienen mucho más valor para las personas que han vivido con ellas tantos años.

 

 —¿Octavio quedó afectado?

 

—Tú sabes cómo es Octavio. Él no tiene demasiado apego a las cosas y aparentemente sobrellevó todo sin problemas. Tuvimos que mudarnos al Hotel Camino Real y allí su salud comenzó a quebrantarse. De esa manera la preocupación por el incendio y sus consecuencias pasaron totalmente a un segundo plano.

 

Octavio apareció en una silla de ruedas empujada por un enfermero que llevaba una máscara de protección que le cubría la boca y la nariz. A Octavio lo vi muy demacrado, con las mejillas hundidas, una barba corta y una expresión que me pareció al mismo tiempo triste e impaciente. Tenía la voz apagada y hablaba muy poco. Unos minutos después dijo que quiere ir al dormitorio. Apareció el empleado y se lo llevó.

 

(Su cuerpo era la jaula de mi espíritu, como un león, estaba encerrado y rugía impotente de no poderlo dominar).

 

El cáncer se lo llevó dos meses después de mi visita. Creo que el incendio de su biblioteca sí desencadenó, de alguna manera, su enfermedad. Como si el desplome de lo que sostenía buena parte de su pasado, los objetos y libros que lo sustentaban, hubiera carbonizado alguna estructura interna.

 

NOTAS

[1] Octavio Paz, “Un pintor peruna: Fernando de Szyszlo” en Obras completas, México, Fondo de Cultura Económica, tomo 6, 1999, pp. 283 y 284.

[2] Fernando de Szyszlo, Una vida sin dueño, México, Alfaguara, 2017.

 

 

Autores

  • Szyszlo, Fernardo de

Lustros

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