En la mirada de Emir Rodríguez Monegal

Emir Rodríguez Monegal

 

Emir Rodríguez Monegal (1921-1985) fue un escritor uruguayo que encabezó la Generación del 45 —referida a una agrupación de artistas uruguayos, principalmente escritores, que fueron parte de un movimiento político y cultural en su país—. Como uno de los intelectuales más reconocidos de América Latina, Rodríguez Monegal se involucró en otros ambientes literarios; la revista Mundo Nuevo, que editó en 1966, buscó divulgar la literatura latinoamericana: “escuchar las voces que casi siempre son inaudibles”.[1]

 

Rodríguez Monegal y Paz se conocieron en 1960, en Nueva York. Su interés por lo latinoamericano fue un punto de encuentro entre ambos, además de otros temas de la poesía (en este video se puede apreciar sus opiniones sobre el tema). Para Paz, Rodríguez Monegal —hombre honrado e independiente— fue uno de los más distinguidos críticos hispanoamericanos, por lo que lamentó su abrupta salida de Mundo Nuevo y, por supuesto, el fin de la publicación.[2]

 

Según Jaime Perales, “Rodríguez Monegal fue la primera persona que declaró públicamente que deseaba escribir una biografía de Octavio Paz. Eso ocurrió en México en 1984 durante el septuagésimo aniversario de Paz en donde el gobierno mexicano le organizó al poeta mexicano el homenaje del siglo como lo calificó El País. Su repentina muerte se lo impidió. A continuación se presentan fragmentos de diferentes publicaciones[3] que describen la relación entre ellos. (AGA)


 

I

 

El verano en Nueva York es implacable. A pesar del aire acondicionado, a pesar de las bebidas refrescantes, a pesar de las telas ultrasintéticas, hay un pulpo que succiona cada gota de sangre en las venas, que se ha tragado todo el aire, que empapa de humedad cada centímetro de la piel. Sartre ha descrito ese pulpo en Les chemins de la liberté y no hace falta insistir. Llegué por primera vez a Nueva York en agosto de 1960 para reunirme con los otros miembros del jurado que designó Life en Español con motivo de su Concurso Literario. Venía de Londres, de un verano tibio y lluvioso, un verano de ligero sobretodo en las noches frías, un verano que valía más en la letra de cambio del almanaque que en la moneda contante y sonante de todos los días. Y Nueva York, ya en el Aeropuerto, me golpeó con su sol quemante. En el Hotel estaban Arturo Uslar Pietri, llegado de Venezuela e instalado en Nueva York como el pez en el agua (es visitante asiduo), y Octavio Paz que venía con el bronceado profundo del Mediterráneo, de otro sol, otro calor, otra temperatura vital. A las pocas horas, tanto Paz como yo estábamos casi enfermos: no resistíamos el aire acondicionado, su tersa humedad sepulcral, ese cuchillito que se desliza hasta los huesos. Pero tampoco resistíamos demasiado el calor sofocante. Entre gestos de ahogo y lamentos por otros aires menos fabricados empecé a conocer a Octavio Paz. Lo vi durante una semana larga. Creo que su personalidad es imborrable.

 

De los muchos días que pasamos juntos —reunidos en serias conferencias con Uslar, con Federico de Onís, con Hernán Díaz Arrieta (Alone), o comiendo los cinco juntos en algún restaurante típico (casi siempre era español, casi siempre el plato era paella porque don Federico es un dictador suave pero firme) o asistiendo, también juntos, a las reuniones sociales organizadas tan abrumadoramente por Life, escoltados por la gente más amable y precisa del mundo—; de esa larga semana que yo estiré un par de días para ver algo más de teatro, recuerdo sobre todo una conversación con Octavio Paz en el Museo de Arte Moderno. En medio de la empinadísima ciudad, el Museo resulta una casa pequeña, baja, que se da el lujo de un jardín propio sobre el que se asoman, con aire algo censorio, las torres de los rascacielos vecinos. En ese jardín hay estatuas, fuentes, algunos bancos, unas sillas cómodas, el portal de una estación del Metro de París (delirio de floricultura forjada del período Art Nouveau), y también una pequeña sala de lunch. De todas las imágenes de Octavio Paz que acumulé en esa semana la que más recuerdo es ésa del mediodía en el Museo. De cuarenta y seis años muy bien llevados, quemadísima la piel con un moreno de oro, la sonrisa bien dispuesta y los ojos muy penetrantes pero corteses, Octavio Paz prolongaba el color del rostro en el marrón del traje a la italiana. Todo él resultaba compacto y exacto.

 

Creo que hablamos mucho de poesía pero estoy seguro de que no hablamos sólo de poesía. Porque si bien el quehacer poético está en el centro de su personalidad, Octavio Paz es un hombre para el que existe la realidad en sus múltiples dimensiones. Sé que hablamos de poesía, sin embargo, porque para él la poesía es el punto final de toda actividad. Pero me consta que hablamos de poesía mientras hablábamos de otras cosas: de la pintura moderna que le interesa en forma muy personal (está casado con una hija del pintor italiano Pisis); de la realidad de París donde se ha aclimatado viviendo muchos años; del París que han soñado los hispanoamericanos desde Echeverría hasta Darío, hasta Gómez Carrillo, hasta Julio Cortázar, y que es un París de fábula, más y menos real que el verdadero: de las experiencias de Huxley con la mescalina (el peyotl de los mexicanos), experiencias que Octavio Paz ha enriquecido por su cuenta y que le han permitido el acceso mesurado a otras dimensiones; de la poesía de amor y del amor mismo. En el centro de Nueva York, en el caos del centro de Nueva York, esas horas de charla en el Museo parecían robadas a otra zona de la realidad. Oía a Octavio Paz, le respondía, y al mismo tiempo mi vista recorría el aire sereno de este jardín, una frescura que parecía venir de las estatuas (el Balzac de Rodin, tan arropado frente a las mujeres calenturientas de Bourdelle), las líneas delicadas, armoniosas, del Museo contrastando con el disparate de los rascacielos cercanos, con su abundancia de arabescos, con su barroquismo de enésima mano. Nada de lo que allí ocurría (en esa hora que bordea el mediodía) parecía referirse al mundo vertiginoso que continuaba corriendo del otro lado del muro. Después anduvimos despacio muchas salas y visitamos una exposición muy importante dedicada al Art Nouveau. Todo es metáfora aquí, me dijo Octavio Paz mostrándome con la mano y la sonrisa esas sillas en forma de concha marina, esos aparadores que tiemblan como algas de mar o languidecen como calas, esas mesitas que tienen patas que son flores (qué mezcla de metáforas verbales). Allí estaban Toulouse-Lautrec y Van Gogh junto a las enormes fotografías de edificios construidos por Gaudí en Barcelona o al lado de las opalinas, los yesos, los rasos con que decoradores del período trataron de captar la incontenible florificación de muebles, telas, jarrones.

 

A lo largo de esa semana, hablamos otras veces, discutimos con los otros jurados la poesía española o el folclore con riesgo de nuestras vidas (don Federico de Onís conserva todavía sus costumbres de cortante catedrático y desde lo alto de sus 75 años no aceptaba teorías o enfoques heterodoxos), nos zambullimos en Brentano’s y emergimos borrachos de libros. Al final hasta intercambiamos (es de rigor) algún volumen propio, llevándome yo la mejor parte del trueque. Pero el momento preservado intacto hasta ahora es el de ese mediodía en el Museo.

Octavio Paz, Marie José y Emir Rodríguez Monegal.

 

II 

 

En Octavio Paz, la crítica no es sino una función complementaria de otra más central: la creación poética, y esta misma no es sino consecuencia de un apetito de ser y de trascender que tiene hondas raíces metafísicas. Estudiar su obra crítica sin examinar (así sea sumariamente) el sistema poético total en que se inscribe es tarea ociosa. Para poder situarla, y para aprovechar incluso sus iluminaciones mayores, es necesario entender que esta obra critica existe a partir de una obra poética que se va abriendo camino, dentro y fuera del poeta, desde Luna silvestre (1933). A medida que Paz iba  descubriendo su poesía, iba descubriendo también la necesidad de explorar críticamente su mundo y de crear por sí mismo ese «espacio intelectual», de cuya ausencia en América Latina tanto se ha quejado. Porque su obra poética no podía ser valorada en un medio como el mexicano o el latinoamericano general, de los años 40: medio en que la polémica del «realismo» y de la literatura «social» y del «arte comprometido» había reducido a la total esterilidad. Paz tuvo, pues, que segregar paralelamente a su obra poética, una obra critica que le sirviera de apoyo y de irradiación. De su paso por el surrealismo francés a partir de 1945, de sus contactos con el marxismo y con el existencialismo, de su descubrimiento vertiginoso del Oriente en un viaje a la India y el Japón (1952), arranca todo un cuerpo critico que tiene, a pesar de su aparente dispersión, una enorme coherencia interior. […]

 

Muchos han creído ver en el hecho de que Paz sea Embajador mexicano en la India el origen de su conversión al pensamiento oriental. La verdad es al revés. Deslumbrado por un primer contacto con el Oriente en 1952, Paz empieza a profundizar en el pensamiento hindú y va a la India en 1962, precisamente para ahondar con la experiencia viva ese descubrimiento. La crítica suele ver en El arco y la lira todo lo que tiene de gozoso tributo al pensamiento occidental; pero una relectura permite advertir que ya en ese libro de 1956 está el deslumbramiento frente al ser y el pensar del Oriente. Allí ha encontrado Paz la clave para disiparlas contradicciones; un sistema que permite aceptarla existencia del Otro y la disolución del yo; una religión que instaura lo divino y no un Dios como centro de sus creencias; una concepción del tiempo como algo cíclico y no lineal, lo que permite disolver las fantasías del «progreso» y da un nuevo sentido a la empresa revolucionaria. Hasta la concepción del amor (central para este gran poeta erótico) encuentra en el pensamiento y en la experiencia oriental un apoyo solar. Pero Octavio Paz sigue siendo un hombre de este Occidente lineal y yoísta, y él lo sabe mejor que nadie. Si concibe la poesía en movimiento; si propone […] una idea de la tradición de la ruptura; si proclama la necesidad de alcanzar la conciliación de los contrarios, la comunión; si concibe la poesía en última instancia bajo la imagen nietzscheana de una danza sobre el abismo del no ser, al mismo tiempo Paz está alerta para ese mundo concreto y racionalista y humanitario que aún sobrevive en Occidente. Desde su mirador de Nueva Delhi, y en escapadas hacia Europa que tienen el carácter de verdaderas razzias intelectuales, Octavio Paz sigue con la mirada muy firme lo transitorio de las modas, el juego de las apariencias, la discordia permanente de Occidente.

Emir Rodríguez Monegal con Octavio Paz, Nueva York, 1969.

 

III

2 de mayo de 1985

Sr. Octavio Paz
Paseo de la Reforma 369 Nº 104
México 5, D.F.

 

Querido Octavio:

        Sé que te has interesado por mi salud. Te lo agradezco muchísimo. Me he recuperado milagrosamente de una operación difícil y ahora me estoy preparando como un atleta para la próxima. Estoy lleno de energía y con la ferocidad tranquila de los legendarios gauchos.

        Por correo aparte, te mandé para Vuelta una fantasía sobre Pessoa/Borges, que te debe gustar mucho. Lo de Arenas quedó muy bien.

Muchos cariños para Marie Jo y para ti.

Emir Rodríguez Monegal

 

P.S. Te había escrito estas líneas antes de recibir tu cariñosa carta. No sabemos nada de nuestro destino, pero yo ahora sé que cualquiera sea no ha faltado el cariño y la solidaridad de los amigos probados.

Un gran abrazo

 

NOTAS

[1] Emir Rodríguez Monegal, Mundo nuevo, número 1, julio de 1966, p. 4.

[2] La revista estuvo implicada en cuestiones políticas internacionales, se rumoraba sobre el financiamiento de la CIA. Paz lamentó que se intentara pasar al autor uruguayo como agente de dicha institución.

[3] El fragmento I corresponde a: Emir Rodriguéz Monegal, “Diálogo en el museo” en Número, número 3-4, mayo 1964, pp. 181 y 182. El fragmento II, a: Emir Rodríguez Monegal, “Octavio Paz: crítica y poesía” en Nuevo Mundo, número 21, marzo de 1968, pp. 55-62. Finalmente, el tercero corresponde a una de las últimas cartas de Rodríguez Monegal a Paz antes de su muerte, ocurrida el 14 de noviembre de 1985.

Autores

  • Rodríguez Monegal, Emir

Lustros

  • 1960-1964
  • 1965-1969
  • 1970-1974
  • 1975-1979
  • 1980-1984
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