En la mirada de Antonio Sánchez Barbudo

Antonio Sánchez Barbudo

Antonio Sánchez Barbudo

Antonio Sánchez Barbudo (1910-1995) fue un poeta y periodista español. Conoció a Paz en el Congreso de Valencia en 1937, aunque su trato con él se incrementó durante su exilio en México, cuando fue invitado a participar —por iniciativa del propio Paz— en Taller. También coincidieron en El Hijo Pródigo y en Letras de México. En enero de 1940, fundó la revista Romance.  En octubre de 1945 se trasladó con su familia a la Universidad de Austin y, en 1947, obtuvo la beca John Simon Guggenheim Foundation.

 

La mirada de Sánchez Barbudo es un recorrido por las publicaciones literarias en las que se involucraron los exiliados españoles. La historia de estas revistas es también la de los intelectuales mexicanos, entre ellos Paz, que convivieron, forjaron amistades y enemistades. Paz identificaba a sus compañeros de redacción con un epiteto, a Sánchez Barbudo, de quien destacó siempre la agudeza critica, lo llamaba “el Castizo”.

 

Los siguiente pasajes pertenecen a distintos publicaciones referidas en nota al pie.[1] (AGA)


 

I

 

Perpignan, 1° de mayo de 1939

Queridos señor y señora Bloch: Ayer por la tarde llegamos a Perpignan y nos hemos instalado en un hotel. Con nosotros vienen nuestros amigos Gaya (pintor) y Varela (escritor, que estaba en Toulouse), es decir, todos salvo el pobre Gil-Albert y, desgraciadamente, sin Claude ni Arturo. Creemos que no habrá ninguna dificultad y que partiremos el 16 de Port-Vendres. Antes de salir, cuando sea absolutamente seguro, les escribiremos de nuevo. También lo he hecho a Blech, Aragon, Cassou y Jouvenel. Estoy completamente curado de mi enfermedad y, por la parte que corresponda, le estoy muy agradecido al señor Chautemps, nuestro buen camarada. No puedo expresarme bien, y menos en francos (Ángela está ocupada con Virginia), pero de ninguna manera podré manifestar jamás cuánto les agradezco lo que han hecho por nosotros, y no ya como camaradas sino como los amigos más cordiales, inteligentes y buenos que he encontrado nunca. No olvidaré su amistad, créanme, y estoy contento de haberles conocido. Les escribiré a menudo desde Mexico y ahora, simplemente, mis más sinceros sentimientos para ustedes de Antonio.

Tal vez reciban alguna carta a mi nombre que les ruego hagan llegar a Antonio Sánchez Barbudo

(en casa de Octavio Paz)

Campeche 115

México D.F.

 

 

II

 

México, D.F., 20 de julio de 1939

Mi querido amigo [Fernando Gamboa]: desde hace ya casi un mes al fin estamos pisando tierra mejicana, realizando de este modo un sueño mantenido durante meses como tú sabes muy bien. Pasamos unos quince días en Veracruz mientras se organizó nuestro traslado a la capital.

Lorenzo Varela con mi mujer y conmigo tenemos ya (lanzándonos un poco a la aventura) una bonita casa en Saltillo 117. Todo esto en gran parte te lo debemos a ti y por esto no quiero dejar de expresarte mi sincero agradecimiento

 

 

III

 

México, a finales de 1939 

Queridos Sr. y señora Bloch:

Me disculpo por no haber escrito antes, pero verdaderamente estaba inquieto y, antes de hacerlo, he preferido saber algo seguro en relación con nuestra situación aquí, al margen de que me horrorice mi “francés” incomprensible. No he escrito tampoco a Claude y Arturo y ahora les envío una carta para ellos. Una vez llegados a México capital, he buscado ante todo un medio de vida y, al mismo tiempo, si esto es posible, una manera de hacer algo por España. Bergamín con dinero del gobierno (se teme que el dinero lo dé Cárdenas a Prieto y no a Negrín, pero no está decidido aún y, además, creo que el gobierno tiene dinero en otra parte) piensa fundar una gran editorial, revistas, etc., y cuenta con nosotros. Por otra parte, Varela, un buen amigo, y yo hemos pensado una revista que sería una cosa algo semejante a Marianne, de izquierda naturalmente y un poco más joven. [Rafael Giménez] Siles, del P.C., gran organizador, el mejor de España, piensa fundar con capital mexicano una gran editorial y ha aceptado nuestro plan. Se quiere vincular ambas intenciones. aunque en cualquier caso creo que haremos una revista de esa clase. Por el momento nuestros amigos de aquí nos han ayudado mucho y Ángela ya tiene un libro, Diderot, de Jean Luc, publicado por la editorial Socialismo y Cultura, que vamos a traducir juntos. En el hotel, muy caro, era imposible trabajar y felizmente hemos alquilado un bonito apartamento en los alrededores de México. Aquí hay casas muy hermosas por la influencia de U.S.A. La vida es cara. Es hermoso un millón y medio de habitantes en una extensión de terreno enorme, porque las casas generalmente son de dos o tres pisos, uno por familia. Tenemos una de tres con un pequeño jardín y una vista esplendida a los volcanes, cubiertos de nieve. El clima es formidable. Se dice que es un clima perjudicial para ciertas enfermedades y, cuando sea el momento oportuno, le informaré también a Arturo para que, una vez sepa cómo se encuentra Claude, pregunte exactamente, incluso con un informe médico, si el clima es bueno para ella. Estamos a 2.400 metros de altitud. Ahora es la época de las lluvias, llueve algo cada tarde y nunca hace verdadero calor ni frío. Se dice que el invierno es simplemente un poco más frío, sobre todo por la noche, pero no mucho. La temperatura normal es de 18 grados y parece que oscila cinco grados arriba o abajo.

La política, muy confusa y casi incomprensible para nosotros. Todo el mundo habla en nombre de la revolución pero veo que todo el mundo es reaccionario. No hay partidos ni ideas —salvo el P.C., naturalmente, débil todavía—, ni en general hay hombres y se hace una política de oportunismo. En todo caso nuestra situación aquí parece estable, aunque casi todos los periódicos de derecha nos ataquen o, en todo caso, se resignen de mala gana ante nuestra llegada. Cárdenas y su pequeño diario nos elogian y, por otra parte, el partido de Cárdenas, una especie de frente popular con masas obreras afiliadas a una central sindical de más de un millón de hombres, es el partido que decide todo. Parece que Cárdenas lucha contra la influencia izquierdista de ese grupo, pero él personalmente nos aprecia mucho… El candidato de derecha para las elecciones del próximo año, el candidato de los grupos fascistas, acaso ingresaría en el partido revolucionario de Cárdenas para ser elegido, pero si no entra o no sale elegido se dice que organizará una sublevación. ¿Comprenden algo? Yo no, aunque los mexicanos tampoco, hablan de todo esto sin convicción y si se les pide que te lo expliquen o cómo es posible tal cosa responden que “la política mexicana es así. Espero descubrir por mí mismo alguna cosa y ya se la comunicaré. En el fondo aquí hay Caudillos y no ideas. Me parece una España engrandecida por una parte, es decir, una extraña prolongación de España y, al propio tiempo, su perversión. Es una España mezclada con el indio, fondo del alma mexicana, fondo explosivo y misterioso. Veo aquí el recuerdo de España y el recuerdo de Moctezuma, pero la realidad viva, México, apenas puedo verla. Cuando tenga ideas más precisas intentaré encontrar al mismo tiempo el medio de comunicar mis pequeños descubrimientos en un francés comprensible. Aquí estamos naturalmente contentos, pero un poco inquietos todavía hasta el momento, que creo próximo, en que nuestra situación económica y, en consecuencia, nuestras posibilidades de trabajo, están un poco mis seguras. Por otra parte todos tenemos un recuerdo melancólico no solamente de España sino también de Francia y, en general, de Europa. He pensado siempre así y, al margen de los prejuicios, la encuentro un poco vacía. No he tenido tiempo todavía de acabar mi novela y ahora estoy trabajando en la traducción de Diderot, pero acabaré enseguida y creo que se publicará pronto. Dentro de unos días podré escribir noticias más precisas acerca de nuestra situación. Y como ya tenemos una hermosa casa, aunque falten los muebles, una vez que tengamos trabajo fijo esperaremos a Claude y Arturo por si quieren venir y, naturalmente, si publico la revista con Bergamín ello significaría que Arturo tendría también trabajo. Espero que France se encuentre muy feliz y también Marianne con su pequeña Milhaud. Les ruego que hagan llegar esta carta que les envío a Arturo y Claude. Nuestra dirección es “Saltillo, 117 Mexico (DF) Antonio Sánchez Barbudo.” Aguardo noticias suyas y ahora, con mis mejores recuerdos, un abrazo

 

El arribo del Sinaia con los exiliados españoles

 

IV

 

El 13 de junio de 1939 entraba en el puerto de Veracruz el «Sinaia», un viejo barco antes usado para transportar peregrinos a la Meca. Con él llegaban a México, desde la costa del sureste de Francia, los primeros centenares de refugiados españoles. Luego llegarían muchos miles más.

 

En el «Sinaia» venía un buen número de «intelectuales» de toda clase. Entre ellos unos cuantos jóvenes amigos —Ramón Gaya, Juan Gil-Albert, Lorenzo Varela, yo mismo—, varios de los cuales formaron parte del grupo original que había dado vida a «Hora de España».

 

A poco de bajar a tierra sentíamos todos, mezcladas, varias, vivas y fuertes emociones: impresiones, recuerdos, temores y esperanzas. Por primera vez desde hacía meses nos sentíamos libres, y era ello una extraña sensación. En Francia, en los campos de concentración, tumbados en la arena, nos habíamos sentido abatidos, miserables; y aun luego en París  —escurridizos, callados, clandestinos—, temerosos siempre de que la policía nos pidiese les papiers, nos habíamos sentido solos, vencidos, como perros, humillados. Ahora estábamos en la Nueva España, en un país de nuestra lengua, y libre, acogidos. Delante de nosotros se abrían unos horizontes inmensos, aunque desconocidos y llenos de interrogantes.

 

Nos sentíamos, claro es, contentos de haber escapado, aunque con remordimientos. Europa quedaba atrás. Iba pronto a ser destrozada por la guerra, pero eso no nos preocupaba demasiado; nos alegraba casi ­­­­­­­—si bien este sentimiento fue en verdad cambiando bastante a poco de estallar la guerra, y sobre todo a medida que se fueron viendo las consecuencias— ya que frente a la Europa democrática, Francia e Inglaterra especialmente, no sentíamos sino desprecio y rencor; y frente a Alemania, odio y miedo. Con respecto a España, nuestra actitud era bien distinta, como es natural. Sentíamos rabia, vergüenza, pena; pero sobre todo angustia, una angustia callada, honda, pensando en la catástrofe que había ocurrido y en lo que estaría pasando, con los «nacionales» triunfantes en cada ciudad y cada aldea. No sabíamos nada. No había noticias. Había realmente caído el telón. Sólo quedaba para nosotros el silencio, y lo que nos imaginábamos de la represión. Nada podíamos hacer, lo cual es poco consuelo. Pero teníamos que vivir, mirar hacia adelante.

 

Siempre serán probablemente iguales o parecidas las sensaciones primeras que un emigrante español recibe al llegar a un país americano de habla española. Más claro es que en nuestra situación, esas impresiones tenían especial fuerza y significado. Estábamos en otra España. Una España trascendida, diríase, y diluida, más extensa. Encontrábamos familiares rincones, tipos, gestos. Todo era casi igual, reconocible; y sin embargo, diferente, como alterado, trasladado. La mayor novedad  —algo que no había en España, cosa que nos atraía, aunque nunca llegáramos a ver— era la selva; esa selva hacia el sur de que se hablaba, con su maleza impenetrable, pantanos y cocodrilos.

 

Nos habíamos instalado por unos días en un mal hotel pintado de verde que tenía grandes ventiladores en el techo. Así gastamos casi todos los francos —regalo de los intelectuales franceses— que nos quedaban. Al salir, las calles, aunque se vieran a lo lejos palmeras y las casas a menudo estuvieran pintadas de muy vivos colores, recordaban las de ciertas poblaciones españolas. La plaza, con su jardinillo, parecía también conocida: por ella, al atardecer, como en los pueblos de España, paseaban en racimos las muchachas, unas gráciles muchachas de ojos profundos y piel oscura y sedosa, bellísimas con su largo cabello negro reluciente. Un señor obsequioso, emperifollado y retórico, nos recordaba ciertos tipos pintorescos en algunos pueblos españoles; sólo que ahora todo resultaba exagerado, como en caricatura. En la taberna quisimos hablar con unos obreros que nos parecieron indios puros. Eran los más retraídos y tímidos, aunque alguno, efusivo y sentimental, expresaba camaradería. Tratábamos de hablar con quién podíamos. Era la lengua compartida lo que nos hacía sentirnos libres, engrandecidos. Una lengua algo distinta, con su seseo y entonación diferente, pero que era la nuestra, a pesar de ciertas peculiaridades que notábamos. Había a veces un curioso cambio en las palabras, como pequeñas desviaciones que alteraban algo el sentido que alteraban algo el sentido y nos deleitaban tanto como nos sorprendían. En cierta taberna o pulquería, para indicar la parte del local que el dueño se reservaba para su uso privado, no accesible al público, había sobre una puerta un letrerito, a la vez cortés y amenazante, comedido —muy mexicano, según reconoceríamos luego—, que decía, para nuestro enternecimiento y regocijo: «No entre. Evítenos la pena de sacarlo».

 

Fue el encuentro con la lengua, la alegría y la sorpresa de hallarnos de pronto en un país de nuestra lengua, aunque en otro mundo, la impresión más honda y duradera. El constatar el hecho de que allí nos entendíamos, aunque fuera ello algo bien sabido y esperado, nos producía siempre cierto asombro. Y en esa maravilla de imaginar, en un horizonte sin fin, gente de muchos países extendidos hablando, aunque fuera con variaciones, la misma lengua nuestra, era en lo que sobre todo pensábamos cuando, semanas después, empezamos, Lorenzo Varela y yo, a considerar la posibilidad de hacer una revista. Y de ahí el título «Romance», que se le ocurrió a él.

 

A la llegada a la capital nos estaba esperando León Felipe, emocionado y paternal, con su bastón y su barba. Como unos cuantos más —Bergamín, Herrera Petere, Miguel Prieto y algún otro— había él podido llegar a México, poco antes que nosotros, en barco regular de línea. También nos esperaba, ansioso y fraternal, Octavio Paz, a quien habíamos conocido durante su estancia en España. Paz, al frente de la revista «Taller», capitaneaba a un grupo de jóvenes escritores mexicanos, de aproximadamente nuestra edad, gustos e ideas, con los cuales entramos inmediatamente en contacto. Varios de nosotros fuimos invitados a formar parte de la redacción de «Taller», una bella revista literaria, aunque de esas hechas por jóvenes en la que no se cobraba. Con quien más contacto personal mantuvimos, de todos los mexicanos, en aquellos primeros meses, fue con Octavio Paz, sobre todo yo. La primera casa que alquilamos mi esposa —Ángela Selke— y yo, con nuestra hija de meses, fue por indicación de Paz y estaba al lado casi de la suya.  Resultaba demasiado cara para nuestros medios, y por ello, entre otras razones, vino a vivir con nosotros Lorenzo Varela.

 

Un comité de auxilio a los refugiados, con fondos del gobierno republicano, nos sostuvo a todos durante los primeros meses. Pero claro es que, a los pocos días de nuestra llegada, buscábamos todos trabajo furiosamente. Lo primero que encontramos algunos fueron traducciones. Había ya una buena editorial, Fondo de Cultura Económica, pero pronto empezaron a crearse otras. Yo tenía, en esto de las traducciones, una ventaja, pues, aunque no podía traducir más que del francés, y malamente, mi mujer podía traducir bien de ese idioma, además del inglés y el alemán. Ella hacía, pues, las traducciones, casi siempre, y yo corregía el estilo. Casi todos los refugiados, intelectuales o no, fueron encontrando al poco tiempo, de un modo u otro, algún medio de vida. Y algunos empezaron a enriquecerse muy pronto. El ambiente, en general, era más bien favorable para nosotros. Solíamos tener una buena acogida en todas partes. Pero nuestro protector mayor, al contrario de lo que solía pasar en otros países, era el gobierno. La actitud del gobierno mexicano con respecto a nosotros fue, desde el principio, la más noble, generosa y quijotesca. Se abreviaban trámites y se allanaban dificultades. No sólo se nos permitía trabajar en cualquier sitio sin restricción ni condición alguna, sino que fue posible para todos los refugiados que quisieron, adquirir inmediatamente la nacionalidad mexicana, y ello sin tener que renunciar a la suya propia española. Todos venerábamos al presidente, general Lázaro Cárdenas.

 

La situación política del país, sin embargo, en la época de nuestra llegada, era compleja, confusa, contradictoria. Había ya pasado la larga revolución, aunque todavía se hablaba mucho de ella, y se la invocaba a cada paso. Cuáles habían sido los resultados, era para nosotros difícil precisar. Había habido una reforma agraria, pero aún quedaba en los campos, como en las ciudades, mucha gente miserable.

 

Había por todas partes una numerosa población flotante de indios sin arraigo, harapientos, de una pobreza que rara vez habíamos visto en la pobre España. La consecuencia mayor de la revolución quizás había sido, por lo que se veía en la capital, y se decía, la entrada a la clase media de una gran parte de los mestizos. Aunque en los puestos más altos de la Administración, la política o los negocios, los que dominaban eran casi siempre los más blancos, los criollos, con poca o ninguna mezcla de sangre india.

 

México se encontraba en un momento de desarrollo, de expansión económica. Se notaba la fatiga de las agitaciones pasadas, y desencanto bastante general con la revolución. El espíritu que diríase dominaba en el país era el de un conservatismo moderado, pero no podía saberse, porque no había elecciones verdaderas. Mas era claro que existían fuerzas opuestas, grupos e intereses distintos. Podía señalarse, a este respecto, lo que llamaríamos coalición conservadora, formada por negociantes, financieros, industriales y comerciantes, buena parte de estos últimos de inmediato origen español, o españoles, a menudo franquistas, los llamados «gachupines». Estos grupos conservadores tenían a su disposición la mayor y mejor parte de la prensa, la cual hablaba constantemente del peligro «rojo» y de la necesidad de «consolidar» la revolución. Por otro lado, estaban los elementos muy dispares que se agrupaban en torno al gobierno y a los que llamaríamos el esqueleto de la revolución ya consumida: reformistas más o menos ardientes, viejos revolucionarios enriquecidos, demagogos, y también ingenuos que, con algunos comunistas infiltrados, se encontraban a menudo dirigiendo los sindicatos obreros y campesinos que el gobierno manejaba, o en empresas más o menos socialistas y en altos puestos del gobierno, así como en la pobre prensa que el gobierno subvencionaba.

Antonio Sánchez Barbudo, Ángela Selke, Alicia Sánchez (en brazos), Rafael Dieste, Arturo Serrano Plaja y Juan Gil-Albert.

Y no era raro descubrir aquí y allá sorprendentes alianzas, mezclas, síntesis y dualidades; grandes negocios oscuros hechos en nombre de la revolución, generales obreristas, ingenieros comerciantes; y licenciados, muchos «licenciados», que a veces eran también «vates» o «bardos», o patronos, y con frecuencia, como muchos policías y otros, además «mordelones», esto es corruptos, fácilmente susceptibles al soborno.

 

El gobierno, con mano firme, mantenía al parecer el equilibrio entre las distintas fuerzas. Pero aunque la retórica fuese sobre todos «revolucionaria» los actos iban inclinando cada vez más la balanza hacia el lado conservador, el de los grandes negocios. Había, visiblemente, un solo partido, el de la Revolución Mexicana. Los más influyentes en ese partido decidían quién había de ser el candidato a la presidencia, y éste salía elegido en las elecciones de un modo inexorable, aunque no era reelegible.

 

El presidente, con los generales, tenía luego en su mano todo el poder. La cámara de diputados, donde no recuerdo hubiera nunca oposición ninguna, no contaba al parecer para nada o casi nada. No se trataba de una verdadera dictadura, sin embargo. No había terror, no había censura, y se podía decir sin gran peligro lo que se quisiera, con tal de que no se atacara al gobierno, especialmente al presidente.

 

De esos dos grandes grupos, el conservador y el revolucionario, el de los negocios y el de los sindicatos obreros y campesinos, el primero era generalmente el «españolista», mientras que el otro, formado normalmente por gente más pobre y de piel más oscura, era antiespañol. Pero al llegar nosotros, esas clásicas actitudes quedaron muy alteradas. Los que preconizaban la necesidad de «consolidar» la revolución, y también, aunque esto no muy abiertamente, el «blanqueamiento» progresivo de la raza, que solían ser los cantores de la Madre Patria, nos atacaban a nosotros por «rojos», y lamentaban en la prensa nuestra llegada a México. Y en cambio los izquierdistas y obreristas, que eran los indigenistas y anti-«íberos», nos acogían como hermanos y camaradas en su prensa y sindicatos.

 

Mas hay que agregar que, en la práctica, a menudo todo resultaba bastante distinto de lo que se proclamaba. No era raro encontrar refugiados españoles trabajando en esos mismos periódicos en los que se nos atacaba, o ver otros en amistosa compañía de los denigrados gachupines y trabajando a menudo para ellos. Y no era raro tampoco, en medio de mucha simpatía auténtica, que no era siempre tan sólo la propia entre camaradas, sino ya personal, percibir en ocasiones una viva hostilidad entre mexicanos y españoles. Una animosidad provocada sin duda muchas veces por una cierta arrogancia, pedantería y exageradas pretensiones frecuentes entre los españoles, pero también por esa tendencia de muchos mexicanos, sobre todo los de piel más oscura, al resentimiento, a caer en el «complejo de inferioridad» y en el contrapeso del «machismo».

 

Las acciones y reacciones, antipatías y simpatías, entre las personas, eran claro es, como en todas partes, muy complejas y variadas, según los casos y circunstancias. Pero algo había en nosotros, los recién llegados, y quizás especialmente en el pequeño grupo de escritores que hicimos luego «Romance», que nos distinguía de otros españoles y podía provocar hostilidad: era la forma nuestra, franca y abierta, de sentirnos españoles y manifestarnos como tales. No era ciertamente la nuestra, como la de los gachupines muchas veces, una españolidad vergonzante. Los gachupines guardaban su rancia españolidad para dentro de sí, y no hacían gala de ella sino en el casino, entre otros españoles. Tenían ellos mucho poder, pero lo exhibían poco. Eran muy poco visibles en la vida nacional, política o cultural. Nosotros, los escritores jóvenes, pretendíamos de algún modo influir en la vida mexicana, y divulgar nuestros gustos y opiniones. Nuestro españolismo, nada convencional, pero del que estábamos, en parte a causa de la guerra, muy seguros y orgullosos, era un oscuro sentimiento que queríamos imponer. Era el nuestro en suma un españolismo absorbente, incluyente, declarado; y aunque nada «imperial», claro es, era arrogante. Un españolismo que a los mexicanos debía a veces recordarles —salvando las grandes distancias y diferencia— al de Cortés, el conquistador tan odiado. Pronto hubimos de advertir que nuestras confusas ambiciones eran muy exageradas, ridículas quizá; que no era posible seguir manteniendo esa actitud, y que había que disimular, no espantar demasiado. Esa decisión de cortar las alas a ciertas primeras fantasías se refleja en «Romance» bastante bien. No se habla ahí de España tanto como podría haberse esperado.

 

Cometimos sin embargo el gran error de permitir, aunque ello no fuera en verdad una decisión deliberada, que todos los miembros de la redacción de «Romance» fueran refugiados españoles, lo cual además de grosero era sin duda inconsistente con nuestro proclamado deseo de colaborar íntimamente con los mexicanos.

 

Tal era, pues, a grandes rasgos, como la recuerdo, la situación que existía en México —aunque de ella no tuviéramos entonces clara conciencia—, y también la nuestra, cuando allí nos instalamos y empezamos a pensar, Lorenzo Varela y yo, sobre todo Varela, en «Romance».

Mesa de redacción de la revista Romance. De izquierda a derecha: Antonio Sánchez Barbudo, Miguel Prieto, Juan Rejano, Pascual Gutiérrez Roldán, José Mancisidor, Martín Luis Guzmán, Pedro Ordorica, Rafael Giménez Siles, José Herrera Petere, Adolfo Sánchez Vázquez, Lorenzo Varela y Victorio Sala Tolo. (1940)

 

V

 

Le pedí una colaboración a [Juan Ramón Jiménez] para la revista «Romance». […] Envío luego un poema «El más fiel» (perteneciente a los Romances de Coral Gables), que se publicó en el núm. XII, de 15 de junio de 1940. […] No sé si yo o alguien otro de «Romance» volvería a escribirle, pidiéndole de nuevo colaboración, pero probablemente no, ya que pronto empezaron a surgir problemas entre los redactores y la empresa dueña de la revista, y acabaron por echarnos a todos los que la habíamos creado. […]

 

Cuando sí le escribí fue a mediados de 1943, pidíendole colaboración para «El Hijo Pródigo», una nueva revista que acababa de aparecer en 1943. La dirigía Octavio G. Barreda, y en ella predominaban los redactores mexicanos (Xavier Villaurrutia, Octavio Paz…). Yo era el único redactor español. Me contestó con una extrañísima carta [donde] lo sorprendente era el tono irritado, agresivo […]. Me quedé perplejo, risueño, y a la vez algo asustado, pensando que tal vez andaría mal de la cabeza. […]

Mandó en efecto una colaboración […]. Pero luego ya no quiso colaborar más. La razón de esto se la da a Octavio G. Barreda, el editor, que era también el editor de «Letras de México», en carta del 12 de junio de 1944. […] Habla ahí de la colaboración que envía para «Letras», y de la que se propone enviar más adelante, y luego agrega: «Nada tengo contra ‘El Hijo Pródigo’. en sí misma. Me gusta la revista por su forma y su colaboración general, y colaboraría gustoso en ella, como empecé, si no advirtiera la predominancia mayor cada día y más arbitraria de José Bergamín. Y no porque me ataque a mí, sistemática y bajamente…».  Y sigue enumerando fases de esa «historia larga» de sus relaciones con Bergamín, y atacando a esté desde varios ángulos.  El hecho es, sin embargo, que lo de la «predominancia» de Bergamín en esa revista era pura fantasía.  Colaboró a menudo, es cierto, como otros (aunque la mayoría de los colaboradores eran mexicanos), pero no intervenía en absoluto en la dirección o manejo de la revista, en la selección de colaboradores ni en nada.

 

 

VI

 

Un momento de crisis [en Romance] ocurrió cuando iba a aparecer el primer número, el 19 de febrero de 1940. De pronto vimos que, sin haber a nadie consultado, aparecía el nombre de Rejano como director. Nosotros habíamos decidido que no hubiera secretario, ni director, sólo la redacción. Pasamos sin embargo por ello al fin, aunque muy a disgusto, ya que era tarde, y que la empresa insistía tanto en que fuera así… En lo único que se notaba que Rejano fuera el director, era en que él se encargaba casi siempre de escribir los editoriales, que ninguno de los demás, por otra parte, quería escribir. Unos editoriales que solían ser muy vagorosos y aburridos, muy comedidos. Y ésa era la razón, supongo yo, por la cual alguien, temeroso de lo que en esos editoriales no firmados pudiéramos alguno escribir, escogió a Rejano como responsable, como director…

 

En el número 7 aparece modificado el recuadro en que se indicaba quiénes hacían la revista; se destacaba ahora más el nombre del director Juan Rejano; pero la novedad mayor es la inclusión del nombre de Martín Luis Guzmán, que pertenecía ya al Consejo de Colaboración, como «Consejero responsable de la empresa». Fue el empeño de la empresa el imponernos a Martín Luis Guzmán como director, de hecho, lo que sobre todo causó el conflicto con EDIAPSA, y finalmente nuestra salida de la revista.

Revista Romance, creada por españoles exiliados

En el número 8, en un recuadro aparece el nombre de Martín Luis Guzmán, en letras grandes, esta vez como ‘Gerente’.

 

El número 16, del 15 de septiembre de 1940 fue el último que confeccionamos los fundadores de Romance. Ya he indicado que la causa de nuestra salida de la revista fue la insistencia de la empresa en imponernos como director, auténtico jefe responsable de todo, al escritor mexicano Martín Luis Guzmán, autor de novelas sobre la Revolución Mexicana… Mas ¿por qué querían tanto Giménez Siles y los otros empresarios imponernos a Guzmán? No es seguro, pero las causas probablemente eran varias. Estaban buscando y consiguiendo, nuevo capital para agrandar el negocio editorial, y quizás la dirección de Guzmán, que era izquierdista pero nada ‘rojo’, muy de la Revolución Mexicana, era una condición de los nuevos accionistas. Probablemente también respondiendo a ciertas quejas, querían dar a la revista un carácter nacional, más puramente mexicano.

 

Acabado Romance, los fundadores nos dispersamos pronto. Yo seguí unos cuantos años en México colaborando en periódicos y revistas, y Juan Rejano y Adolfo Sánchez Vázquez se quedaron siempre allí pero el grupo se disolvió. Lorenzo Varela se fue enseguida a Buenos Aires, donde fundó nuevas revistas, un poco al modo de Romance, que tuvieron poca duración. Escribió poemas y ensayos, pero estuvo mucho tiempo ocupado en periódicos políticos, sacrificando demasiado a estos. Sus actividades y opiniones le crearon, al parecer, graves conflictos con los fieles seguidores de la ‘línea’, grandes dificultades que le hundieron como escritor. Siguió luego en Buenos Aires, ya apartado de política, pero ha quedado bastante eclipsado. Yo me fui en 1945, y desde entonces he estado enseñando literatura española en universidades norteamericanas…

 

NOTAS
[1] Los textos consultados son los siguientes:

  • Antonio Sánchez Barbudo, Ensayos y recuerdos, Barcelona Laia, 1980.
  • Manuel Aznar Soler, II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura: Literatura española y antifascismo (1927-1939), Valencia, Generalitat Valenciana, 1987.
  • “La cartas del exilio español” en Proceso, 1 de marzo de 2009.
  • Xosé Luís Axeitos, “Dos arquivos de Rafael Dieste: cartas de Antonio Sánchez Barbudo ós Dieste” en Boletín Galego de Literatura, número 14, segundo semestre de 1995, pp. 143-148.
  • “Cartas inéditas de Juan Ramón/Antonio Sánchez Barbudo” en Cuadernos hispanomericanos, números 376-378, octubre-dicimebre de 1981, pp. 24-43.

Autores

  • Sánchez Barbudo, Antonio

Lustros

  • 1935-1939
  • 1940-1944
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