En la mirada de Ramón Gaya

Ramón Gaya

Ramón Gaya. Fotografía de Juan Ballester

 

Paz conoció al pintor y poeta español Ramón Gaya (1910-2005), “extraordinario de agudeza” (dice en su charla con Julián Ríos, Solo a dos voces, 15:677) en Valencia, en 1937, junto a sus amigos de la revista Hora de España. Además de disfrutar de su arte, Paz lo consideraba un buen poeta, autor de sonetos que “son a un tiempo, intensos y lúcidos” (3:313). En su texto “Realismo y poesía”, escrito en 1943 según el catálogo de la exposición Ramón Gaya en México. 1939-1956 (Murcia, 1996) —y que no recogió en sus Obras completas—  Paz se sorprendió de que en la pintura de Gaya hubiese desaparecido la experiencia de la guerra civil: “como si quisiera subrayar que hay cierta distancia entre la vida y el arte, no ha intentado relatarnos nada de lo que ha ocurrido, nada de lo que ha visto caer y hundirse en el polvo”, algo que no es darle la espalda a la realidad tanto como una manera de “penetrar profundamente en ella”.

 

La siguiente carta se encuentra en el libro de Gaya Cartas a sus amigos (Madrid: Pre-Textos, 2016).


 

 

Carta de Ramón Gaya a Tomás Segovia

 

Roma, 15 de septiembre de 1959

 

Caro Tomás Segovia: Por fin recibo un “lungo” telegrama de tu puño y letra. Gracias. No tengo nada contra las cartas telegrámicas, pues obligan a decir lo más con lo menos, y así todos salimos ganando. Al recibir tu carta empecé a escribirte largo, y cuando ya llevaba seis caras, me arrepentí, pues era una especie de ensayo defectuoso, corto, precipitado. Procuraré, pues, ser breve y lo más eficaz posible.

 

El panorama que se refleja en tu carta es de lo más desolador e irritante. Aquí, desde luego, la vida es difícil —según veo—, pero de ninguna manera… DISPARATADA. No dudo que los disparates pueden instruir –como tú, mitad verdad mitad consuelo, supones– pero no olvides que se consume demasiado instruyéndonos, llenándonos de experiencias estériles, buenas tan sólo como ciencia, es decir, estériles como estéril la ciencia. Además, creemos aprender gratuitamente, pero no es así. ¡Ahórrate, cuídate!

 

Veo también —con cierto disgusto— que cedes a publicar cuando ya no te interesa el coso –como dicen aquí–, el original. Yo mismo estuve a punto de caer en esa debilidad, pues me proponían reunir todos mis escritos, de 1932 a 1959 (¡¡¡pásmate, incluso parece ser que se los disputaban varios editores españoles!!!), y yo, estupefacto, adulado en una vanidad hambrienta… de años y un tanto cansada de lamerse “da sola” (aunque ella sola bien se lame), caía ya en la trampa, cuando, de pronto, volví en mí, y al ver todo copiado a máquina lo retiré, y ahora estoy pensando en un libro pequeño, con tres o cuatro ensayos, a lo sumo. Por otro lado, me parece mal que pienses en quemar cosas. Déjalas en un cajón, no las leas, guárdalas. Ni publicar ni quemar aquello que no nos gusta o interesa… por el momento. ¿A quiénes llamas el Fondo de Cultura? Esas mesas son siempre ridículas y estériles; los imbéciles dicen, como es natural, sus imbecilidades, y los inteligentes… también; no sé por qué ha de ser así, pero así es. No conozco arguments pero, sea como sea, me parece de perlas que mandes algo (aun siendo Octavio Paz quien te lo pide); en cuanto al tema señalado ya supondrás las cosas que se me ocurren: purititas palabras en romanesco. Pero tú puedes y debes recurrir a esa parte de intelectual que yo no tengo, y que tú tienes en una cantidad, lugar y tiempo, que no llega a parecerme defecto ni vicio. Estoy, pues, seguro, que contestarás algo sumamente interesante en sí, y que esto puede iniciar una aproximación, o rendija francesa (sin chistes fáciles), nada despreciable. Ahora es moda, mucha moda, esas mesas, y esas encuestas o como se llamen. Acaban de hacer una —también en Francia— para los novelistas de todo el mundo, y otra (ésta es, en realidad “mesa”) en Mallorca, también de novelistas… para…”no echar gota”.

 

Los dos títulos de libros de poemas “sonno molto belli”,[1] y supongo que responderán a la belleza del “interno”.

 

Lo de la larga, profunda y peligrosa crisis, no me extraña lo más mínimo; es más, me extraña (dadas las orteguianas circunstancias) que no te vaya peor y salgas, de cuando en cuando al menos, de una crisis, respires… y… hasta otra. Me gustaría, en lo posible, ayudar, pero estoy poco convencido de que eso sirva realmente; me di cuenta, sobre todo, en tu relación conmigo en los últimos tiempos: es indudable que uno puede ayudar, pero es también indudable que el otro no puede soportarlo.

 

En el “renglón” de las “relaciones y vida social” me dices que en una época veías bastante a Esteban, “a quien sigo encontrando estupendo”. Sí, yo también (en cierto sentido, lo encuentro –muy contra el parecer de muchos– estupendo), creo que lo encontré siempre estupendo, pero… como personaje. Concha también creo que lo estima como personaje, y con su… moralismo, le tomó cariño de persona, para no sentirse en falta, aprovechada espectadora. Yo no soy tan moralista, y le quiero poco porque sólo puedo tomarle cariño a la parte persona, y su parte persona es reducidísima, casi no existe, casi no es real; por eso es estupendo, claro, porque es un artefacto raro, estrafalario, que, sin embargo, camina, se mueve, y casi, ¡siente! Pero personajes no faltan nunca –aunque éste sea de “rara belleza”–, y estoy cansado de la atención extremada que le puse, años atrás, a cosas que, aún valiosas, no llevaban a ninguna parte. Además, aunque yo soy poco contaminable, observando abismos uno se vuelve un poco abismo, o por lo menos, en el querer desentrañarlos se gasta uno inútilmente, nos arrastran a un terreno imposible, absurdo, no tanto peligroso, como vacío y estéril. Y después ¡esa ferocidad que ponen todos los simples personajes por querer ser! (Otra vez la genialidad de Pirandello)

 

No te mando ahora fotografías de mis cuadros porque parece que no te interesan mucho las que te mandé; ya que ni pío. Pero estoy dispuesto a ceder, si se me solicitan por escrito.

 

Noticias, que prefiero tengas para ti solo, o vosotros, claro.

 

En marzo de 1960 expondré en Madrid. La galería se ocupa absolutamente de todo, transportes, aduanas, marcos, catálogos. Yo no estaba muy decidido hasta hace unos días. Es, parece, una galería excepcional, lujosísima, de mucho prestigio, y que hasta ahora sólo ha expuesto Goyas (de su propiedad, como aquella gallinita), Regoyos, Nonell, Solana. Vendrán a mi estudio de Roma a recoger los cuadros, y nada más; yo me quedaré aquí, en el estudio de Roma, aunque me llegan proposiciones de varias… entidades. Como puedes ver, y escrito así, parece “el succeso”.[2]

 

Publicaré un libro, como te digo, con cuatro, cinco, seis ensayos quizá. Diario de un pintor.

 

Quieren también (combinada con la exposición) hacer una monografía de mis cosas. No sé. No creo que se pueda en tan poco tiempo. Nada más hoy, aunque hay más.

 

Saluda a la silenciosa Inés y la callada Rosa.

 

Ramón

 

NOTAS

[1] Se trata de El sol y su eco. 1955-1959, uno de los libros de poemas de Tomás Segovia, publicado tras la salida de Gaya de México. El primero, “Vivido”, está dedicado al pintor (“Para Ramón Gaya, siempre ejemplar”): “El día brasa consumida/ se apaga y se aligera. // Cargado de invisibles huellas/ El cielo fatigado duerme. // En la penumbra tibia/ me refresco los ojos/ y con huelo lunar mitigo/ la larga quemadura/ de la hermosura. // La noche se lo guarda todo/ en su seno me lleva/ como en el hueco de la mano un pájaro. / Y del sol guardo aún rastros de fiebre. // Un día más / he estado vivo.”

[2] Efectivamente, en mayo de 1960 inauguró en la Galería Mater de Madrid y presentó su primer libro en español, El sentimiento de la pintura.

Autores

  • Gaya, Ramón

Lustros

  • 1955-1959
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