Las cartas a Elena Garro

Se desnudan diariamente, en interminables confesiones que dicta su orgullo, su insensato amor por sí mismos, no su angustia. Y cuanto más se desnudan más ocultos aparecen, y más incomunicados y tapiados cuanto más se confiesan y prodigan.

O.P. “Vigilias IV” (13:176)

 

Tenemos en la colección de la Zona Paz, hasta ahora, copia de unas ochenta cartas enviadas por Octavio Paz a Elena Garro. Muchas de ellas me fueron entregadas —como a otros escritores y periodistas— por el señor Jesús Garro después de la muerte de su tía en 1999. Tiempo después, sumadas a otras, los sobrinos Garro y la hija de Paz, Helena Paz Garro, las vendieron a la Biblioteca Firestone de la Universidad de Princeton, donde se hallan guardadas entre los “Elena Garro Papers”.

 

Tengo motivos para pensar que las respuestas de Elena Garro desaparecieron del archivo de Paz que —por su disposición testamentaria— serán cuidados por El Colegio Nacional y abiertos a la investigación dentro de tres años. Ojalá me equivoque, pues es una de las grandes historias de amor del México moderno y la única protagonizada por una pareja de escritores. No sólo habría narrado una historia apasionante de amor (y desamor), ni iluminado sus respectivas obras literarias, sino que habría enriquecido la antropología de la pasión amorosa en una cultura tan reservada como la nuestra.

 

Mientras tanto, comenzaré a publicar las cartas enviadas por Paz en 1935. Es importante fijar estos documentos que circulan hace años entre muchas personas. Temo que sin el adecuado conocimiento del tema, y sin el necesario desinterés, alguien las amontone irresponsablemente aprovechando la niebla legal que cubre hoy la propiedad de los derechos de autor de Paz. (Desde luego, si las leyes otorgasen esos derechos a alguna persona o institución, la Zona Paz pagará la suma apropiada.)

 

Recurrí a estas cartas para narrar la historia de amor (y desamor) del joven Paz y, sobre todo, su relación con su poesía, en mis libros Poeta con paisaje y, con mayor hondura, en Los idilios salvajes, ambos publicados por Ediciones Era, en 2005 y 2016, respectivamente. Si el lector aspira a adentrarse en las circunstancias que rodean la redacción de estas cartas, se beneficiará de esa lectura. Sobra decir que nada alimentará mejor al lector que volver a los poemas que Paz escribía a la par de las misivas…

 

Sobre de carta enviada por Paz a Elena Garro

 

 

Las cartas

 

En Los idilios salvajes escribí que las cartas de Paz a sus amantes están escritas con una tinta incandescente. Las juveniles, paralelas a su vida indómita, redactadas sin cautela, furiosamente libres de decoro o compromiso, del yugo del tiempo y de la fama, son puro fervor, poesía en bruto. Como en una de ellas el mismo Paz se las describe a su novia: “nuestras cartas son un esquema de nuestro espíritu, la confesión apasionada, pero clara, de nuestro corazón”.

 

(Claridad complicada, por cierto, por la deplorable caligrafía de Paz, por la que solía ofrecer disculpas a sus corresponsales. A veces casi ilegibles, a veces incompletas, las cartas son olas de papel redactadas con escritura de náufrago: “¡Qué mal escribo! Mi letra es imposible, porque todo lo hago de primera intención”, le escribe a Helena. A veces las aporrea en una Remington: “pego en la máquina con rabia, con verdadera furia, quisiera que las teclas penetraran hondo, se incrustaran en el papel, delataran mi temblor, mi amor, mi ansiedad por verte y besarte”. No es ocurrencia la analogía con las olas: con objeto de ahorrar, cuando vive en Mérida en 1937, escribe sus misivas en unos asequibles rollos de papel industrial y llega a ufanarse ante su novia y sus camaradas de haber logrado una carta-ola de metro y medio de longitud: “¡yo soy ahora el campeón de escribir cartas!”)

 

Como suele suceder en las cartas de amor de un joven poeta, él mismo es el héroe de su propia ficción; su amor la divisa, su amada la cautiva y su pasión un jardín en el que vivir y amar son plantas enlazadas con savia de tinta. Las cartas conjugan esos impulsos con una fuerza de la que son combustible y rescoldo, la primera precipitación de la materia poética antes de sublimarse en poesía; son de este modo una fotografía en negativo de su poesía de esos días, una íntima historia de su escritura y, también, su primera crítica.

 

Las cartas alumbran la cristalización de su primera poesía, cuando Paz se apropia de su voz y coloca los cimientos del vasto edificio que vendrá; aportan matices relevantes sobre su personalidad borrascosa y delatan su manera de poner(se) en escena su experiencia del amor. Reflejan también los modos de su imaginación, incuban su retórica y su léxico, inventarían sus lecturas, narran la profesión de su fe y la bitácora de imágenes y símbolos perdurables, de sus creencias profundas. Y son al mismo tiempo una autobiografía extrema, una crónica de la interlocución anímica que, a lo largo de su vida, llevará con el amor, el erotismo y la sexualidad que suscita en él la presencia de la mujer/Diosa. Consciente de que además de su mujer es su ánima, en una carta de 1935 explica que cuando le escribe

 

me dirijo en cierto modo a mí mismo, a la —supongo— apasionada espectadora y confidente de mi alma que eres tú; en segundo lugar, para saber qué piensas, realmente, qué piensas sobre ti, sobre nosotros. Estéril, infecundo pensamiento es el mío, que naufraga en sus propias aguas, en las mínimas tormentas que él mismo se provoca.

 

Las cartas saltan del fervor a la angustia y del deseo al miedo, del bel canto erótico a la cacofonía de los celos: una precipitada combustión de luz y lodazal. Son las largas olas enamoradas del amor que los bañan a él y a la divinidad a quien ha rebautizado como Helena, con una hache diferencial (“Elena es un nombre muy humilde y muy opaco, muy para mí. Helena es lo otro”, le explica). Isla en llamas, tendedero impúdico, cuaderno de laboratorio, nuestra correspondencia —le advierte a Helena, tan parlanchina— es “íntima, absolutamente, lo mismo que su contenido”. Son costuras hondas del alma del poeta y, quizá, su escritura más anómala, a salvo de la vigilia y la reescritura, la más a contrapelo de su obsesivo aliño. Las cartas amorosas, virtud del género fugaz, son escritura íntima, pero en un sentido muy diferente al que hace privada su poesía.

 

De nuevo, reivindicar el acceso a estos papeles no significa desplazar la poesía de su autor a un plano subsidiario: sólo una persona confundida cambia una obra por la biografía de su autor. Antes bien, al publicar estas cartas se aspira a entrelazar las dos complejidades, la de vivir y la de escribir. Paz enfrentó siempre este dilema, en especial cuando realiza sus grandes ensayos crítico-biográficos (López Velarde, Villaurrutia, Sor Juana) y cuando él mismo enfrenta el entredicho de ser el actor de su propia biografía. Baste recordar, por lo pronto, la síntesis que aporta en 1967 al discutir el triste libro de Jean-Paul Sartre sobre Baudelaire, (“La excepción de la regla”, 10:619):

 

sin sus poemas Baudelaire no sería Baudelaire. La paradoja de las relaciones entre vida y obra consiste en que son realidades complementarias sólo en un sentido: podemos leer los poemas de Baudelaire sin conocer ningún detalle de su biografía; no podemos estudiar su vida si ignoramos que fue el autor de Les fleurs du mal.

 

 

Sobre la edición

 

Cada entrega irá precedida por una breve nota introductoria. Las transcripciones respetan la ortografía, puntuación, testados y subrayados originales. Las referencias a las Obras completas de Paz –como siempre en esta página web— remiten a la edición que hizo el autor para el Fondo de Cultura Económica, e indican el número de volumen y la página. Se utilizan sobre todo el volumen 13, Miscelánea I. Primeros escritos, y el 11, Obra poética I. (1935-1970).

Autores

  • Sheridan, Guillermo
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