4. A Elena Garro, 21 de julio de 1935

Octavio Paz

 

Esta es la primera carta que se conserva. Es también la primera en la que ya hay problemas. Se comenta en detalle en Los idilios salvajes, (p. 145). Como todas las cartas de este periodo, está enviada desde la Ciudad de México, por correo, a la

Srita. Helena Garro.
Campeche 130.
Ciudad

(G.S.)


 

Helena:

……… Hace veinte minutos que te dejé, y todavía te siento como un desgarramiento; porque cuando te separaste de mí, tan bruscamente, tuve la triste sensación de que te ibas para siempre; yo bien sé que no era así, pero en ese momento (todavía ahora) te siento lejana, tu rostro era como distante, irreconocible, fugada de mí mismo, de mi intimidad, de lo más entrañable de mi vida. Yo tenía razón cuando te dije que debías irte, una triste razón, y verdaderamente se es muy desdichado cuando se sacrifica así el amor, la destrucción que trae consigo el amor (la disolución y el opio,) a las normas.[1] Pero es que quizá hemos olvidado un poco lo que hablamos una tarde: el amor como educación (en el sentido amoroso y divino de la palabra) y sólo lo conocemos como pasión y como fuga de las costumbres y de las gentes. Yo quiero que me ayudes a ser mejor, y quiero que mi amor te haga también más buena, más humana, más tierna. No quiero que pienses en mí con repulsión, como pecado. Hay que amar a nuestros pecados, que esa es la única manera de salvarnos, reconociéndolos. Educación amorosa. Helena mía desde tus labios, desde tu rostro, bajo tu pelo. Así soy un niño, y cada día es un nuevo nacimiento,[2] porque he nacido por ti a la ternura, a la alegría y a una tristeza sin cólera. Estoy aquí en la biblioteca, enmedio de mis muertos, de mis amadas y amargas lágrimas, en soledad, y me siento un poco lejano de ellos, como si mi voluntad ya no fuera la mía, como si ya no fuera la sangre de mi padre y mi abuelo, que me ataban a un destino solitario. Porque (te lo digo a tí, Helena, sin ningún adorno, con toda la desnudez posible) en esta casa me he sentido ligado a una serie de cosas obscuras y decadentes,[3] a un designio de muerte y amargura, como si yo sólo fuera el depositario de palabras ásperas, como el dominio del mundo y su desprecio. Pero contigo he nacido a otras cosas y por eso yo soy puro, aunque haya besado (con amargura como te dije hoy) otros labios que no eran los tuyos amados. Te juro que aunque tú no me quieras, yo seré feliz con quererte, porque me has arrancado de la desesperación. Por eso te amo coléricamente, cuando recuerdo mi antiguo yo, el yo que ya no soy y que no reconozco. No me importa, te lo juro, lo de Pedrito:[4] me da tristeza que hayas pensado en otros antes de mí: en ese insoportable y novelesco Carlos y en el otro, Pedrito. A Carlos lo envidio un poco, porque logró que lo quisieras. Y aunque quiera no lo puedo odiar, sino que le tengo cierto cariño inexplicable. Si juzgo las cosas fríamente (y yo soy capaz a veces de pensar con mucha frialdad y exactitud) me parece que él era un niño, más niño que yo, más irreal, menos humano. Un exceso de felicidad vuelve a las gentes incomprensivas y despóticas, faltos de solicitud y de estremecimiento ante las cosas. Y él era un hombre a quien había ablandado y endurecido la felicidad: lo había ablandado para sí mismo y lo había hecho duro y poco sabio (poco humilde, poco amoroso e insignificante ante Dios y el amor) para con los demás. Pero todo eso me importa de muy lejos, me hiere muy distantemente. Nuestro amor (quiero decir nuestro amor por un solo momento, y no mi amor) debe ser tan intenso que nos haga nacer de nuevo, que me haga olvidar todo, y ser nada más Octavio y tú Helena, la compañera, la novia de Octavio. Sin más máscaras, signos sociales, ataduras al mundo odioso de las conveniencias. Si es necesario tener prejuicios, tengamos el de nuestro amor, el de su eternidad y excelsitud.

……… No quiero volver a ser razonable, no quiero volver a dejarte ir, con ese rostro distante, como si fueras otra mujer, una mujer que nunca volveremos más a encontrarnos. A Estrella[5] no le dijo nada tu mamá, sino que ella lo inventó para salvarnos: como ella no está enamorada cree que eso nos salva. ¿Me equivoco? Esta carta es una conversación contigo, en tu ausencia, y por eso es deshilvanada e intranquila, como cuando hablamos con el temor de ser sorprendidos.

……… ¡Qué felicidad que nuestro amor fuera el único, que después de él se acabara todo! El día del santo de Amalia[6] tuve una alegría y una tristeza: la de sentirte cerca de mí y el convencimiento tuyo de que esto acabaría. ¿No es horrible? Otro día hablaremos de eso, de eso que siempre hablamos, porque tú no me quieres lo suficiente para pensar que seré el único y porque somos lo bastante cobardes para no abandonarnos a la delicia del presente. ¿He hecho mal en decir delicia? Hice un poema, un poco de sangre en palabras quiero que sean mis poemas. Te los entrego a tí, que te amo más que a todo. Esos poemas sé que no serán gustados por nadie, y sólo después de muerto alguna muchacha y algún Octavio remoto se conmoverán con ellos. Unos lejanos hermanos nuestros. El final de esta carta está en tus labios y en mi deseo de que pienses en mí. No continúo por temor de cansarte con mi letra.

Te amo, Helena mía.

Octavio

 

NOTAS

[1] Creo que este párrafo confuso debe leerse así: “…la destrucción que trae consigo el amor (la disolución y el odio) a las normas”. (A pesar de que el joven Paz habla de consumir opio en otra carta.) Por otro lado, supongo que Paz alude de nuevo a La destrucción o el amor de Vicente Aleixandre, que aparece en España ese año, cuyos tonos a veces emula y cuyos adelantos pudo leer en alguna revista. Ese precioso libro de Aleixandre puede leerse aquí.

[2] Otra creencia profunda: para un enamorado cada día es el “primer día”.

[3] Supongo que se refiere al infierno conyugal originado por el alcoholismo y la promiscuidad de su padre. Sobre ese asunto puede verse mi ensayo “Padre a la puerta”, en Habitación con retratos (p. 175).

[4] Según Garro, se trataba de Pedro Miller, “Pedrito”, un pretendiente que era su primo, un “primo americano”, como dijo alguna vez. Sobre “Carlos”, el primer novio, no hay noticia.

[5] Estrella Garro, una de las hermanas de Elena. La otra fue Devaki, “Deva”, que se casaría con el pintor Jesús Guerrero Galván.

[6] Amalia Hernández, quien será famosa coreógrafa, esposa de José Luis Martínez, era entonces novia y posteriormente esposa de Rafael López Malo, buen amigo de Paz, miembro del grupo de la revista Barandal. La fiesta de Santa Amalia se festeja el 10 de julio.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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