21. A Elena Garro, 15 de agosto de 1935

Octavio Paz

 

Helena mía:

 

          A veces uno quiere detener el tiempo, detener a la dicha. Pero esta dicha –o esta lágrima– madura en otra, más grave, más honda. Yo soy feliz a tu lado, pero lejos de tí también lo soy, aunque de distinta manera: la dicha es una promesa, una esperanza, el deseo de verte. Y ese deseo –con toda su inquietud, con todo su dolor llena las horas, las hace vida, corre, espera y ansía. Cuando estoy junto a tí no tengo fuerzas para decir nada, para penetrar en mí. Tengo miedo de destruir esa felicidad inesperada y esperada, renovada continuamente. Es duro desprenderse de tí, aunque siempre estés conmigo. Pero mi dolor se acrecienta y purifica, se convierte en alegría de esperarte.

 

        Helena: todas las palabras son inútiles y yo siento alegría de su inutilidad. ¿Quién, con qué labios, con qué lengua podría decir esa especie de comunicación, de fluido que nos rodea cuando estamos juntos? Si he sido alguna vez feliz –totalmente feliz– es ahora, junto a tí, en tí. Pero esta no es una razón para amarte, sino para amar a la vida, para agradecerle a Dios mi dicha inmerecida. Podía ocurrir que tú no me amaras, y sin embargo sería feliz al amarte.

 

        Tus tías, no quiero oír hablar de ellas. Me imagino todo lo que te habrán dicho. Ya sabes que no tienen imaginación y se limitan a inventar –a repetir– sus cosas de siempre. Una o dos ideas –o consejos o lo que sea– amenizadas con una o dos calumnias. No debo hablar así, pero ellas tampoco debían hablar con tanta ligereza de una gente a quien no conocen. Pues no me conocen, absolutamente, no tienen derecho a generalizar en la forma que lo hacen. Y todas sus ideas tienen un doble fondo, un doble propósito: herirte, amargarte, y hacer que sus prejuicios sean los tuyos. Está bien tener prejuicios, pero que nos dejen en libertad de escojer nuestros prejuicios. Por lo demás me alegra –no por mí– que ya no influyan en tí: en eso yo no gano nada (siempre estoy dispuesto a perder, y soy la eterna espera que no espera nada, porque está satisfecha de esperar –el amor es una espera exaltada y dichosa de esperar), no gano nada, digo, pero tú sí ganas el no sufrir, el no complicarte la vida. Y ellas son buenas en el fondo; pero son tus tías. Y en su calidad de tías cumplen una fastidiosa y absurda, inhumana, tarea. Las tías, así sean angelicales, siempre serán las tías. Es como los inquisidores. O los gendarmes, o cualquier cosa.

 

        Hablas como un pájaro; oigo tu voz, casi cortando el aire, casi cortada por el aire[1]. ¿Quién es más transparente, ella o él? Eres una niña, una muchacha. Tu alegría estalla, surge, inventa dulces cosas, crueles cosas, amadas siempre. Pero tú maduras en mí, floreces y adquieres una gracia reservada y grande[2]. Te vuelves grave, reposada. No la serenidad de la chiquilla, sino la estremecida de la mujer: y tu ternura, penetrante y muda, me oprime el pecho, que te exalta. Todo, hasta mi silencio, te besa.

 

        Tu tristeza ¿a qué se debe? No amo tampoco la excesiva alegría, porque ella muy bien puede ser olvido de nosotros, deliberada o inconscientemente. Más frecuentemente lo último. Siempre es buena la tristeza, pero es mejor la que surge de la alegría: ella fecunda por limita fecundamente a la vida, y su saludable advertencia nos produce una alegre tristeza. Divino fruto es la melancolía, contorno de los sentimientos, dulce flor de la vida. El dolor y la alegría tienen algo –en su enormidad– de innoble. La melancolía es el dulce torbellino –ya casi estatua, ya casi aire despedazado– en el que la serenidad y la fé noble presiden la danza.

 

        Helena mía, querida como la vida, es menester no hablar de Felipe. El otro día sentí un gozo lleno de dolor, y se me humedecieron los ojos: sentí en el aire un estremecimiento de gritos, una infantil presencia, un azoro y una carne rosada. Pero no hay que hablar de él, sino que madure por dentro de nosotros, hay que esperarlo, pero sin hablar. Hablar trae mala suerte, y yo quiero que él sea perfecto. Se va a parecer a tí.

 

        No quiero continuar. Estoy enternecido. El domingo bailaremos juntos. Será un placer nuevo, el de sentir tu cuerpo junto al mío, enmedio del océano de la música[3]. Nos hundiremos en la música, en sus aguas, en el aire alucinado[4].

 

        Tengo tu billete[5]. Lo guardo con otro –que tiene impresos tus labios. Billete de aquel domingo-despedida, ¿te acuerdas? Te amo. Soy tuyo para toda la vida, para toda mi y toda la vida. Te vuelvo a rogar que me des algo tuyo, que tenga una huella de ti. Hay veces que quisiera ser un eco tuyo. O la misma voz tuya. ¡Que estuviéramos siempre juntos! ¿Te gusta que te diga Paloma[6]? Paloma mía. Eres mi vida, y yo quiero que mi sangre fuera la tuya. Sería muy dulce morir por ti. Te amo, ahora, enmedio de la noche: la noche es tu voz tranquila, vuelta aire y sombra lúcida de pronto. Beso tu frente –para que pienses en mí. Beso tus labios. Tus manos. Me quedo, ahora, solamente con tu imagen amada, querida. Te amo

Octavio

 

NOTAS

[1] La alabanza de la voz de Helena está en el poema II de Bajo tu clara sombra (13:71).

[2] El poema V de Raíz del hombre (13:61) pregunta:

¿Qué hermosa, mortal, mano,
corta la música del mundo
y el tallo de su voz, en que florece?

[3] Este bailar juntos por primera vez contradice el testimonio de Garro en el sentido de que se conocieron en un baile, que bailaron, él se puso impertinente y ella le pidió que la llevara a sentarse.

[4] El séptimo soneto de “Primer día” (13:53) parece celebrar ese primer baile:

¡Qué fértil sed, bajo tu luz gozada!,
¡qué tierna voluntad de nube y brisa
en torbellino puro nos realiza
y mueve en danza nuestra sangre atada!

[5] Una carta breve.

[6] En los poemas del periodo aparece un par de veces esta “Paloma”, como en el primer poema de “Primer día”, titulado “Tu nombre” (13:48), que reproduzco completo:

Nace de mí, de mi sombra,
amanece por mi piel,
alba de luz somnolienta.

Dulce paloma tu nombre,
tímida sobre mi hombro.

Los dos primeros versos del poema I, el primero de Bajo tu clara sombra (13:71) son: “Nacían las palabras/ y eran como palomas y luceros”. En el mismo libro, el IX (13:79) dice en su cuarta estrofa:

Tibia mujer de somnolientos ríos,
mi pabellón de pájaros y peces,
mi paloma de tierra,
de leche endurecida,
mi pan, mi sal, mi muerte,
mi almohada de sangre:
en un amor más vasto te sepulto.

Autores

  • Paz, Octavio

Lustros

  • 1935-1939
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