9. A Elena Garro, 29 de julio de 1935 (matutina)

Octavio Paz

 

Se comenta en Los idilios salvajes, p. 157 y ss. (G.S.)


 

Helena:

……..Quisiera que esta carta te llegara hoy mismo, aunque he notado que la entrega inmediata no lo es tanto. Después quizá sea más difícil comunicarnos. Este es uno de los puntos que debemos arreglar hoy mismo.

……..Me parece que esta sujeción a la realidad —a una increíble e ilógica realidad, absolutamente irreal— es espantosa. Este conformismo es el que ha producido todo. Si no te vieran tan resignada se podría evitar el internado; yo no quiero que te rebeles a tus gentes, sino que les expliques con exactitud y frialdad —como si se tratase de otra persona— la verdadera situación. Haz, por lo menos un comentario desapasionado, imparcial, de los aspectos de la decisión de tu papá. Logra que examinen la cuestión no desde la rigidez que a su razón le da la pasión, sino de la realidad, desde los hechos; porque ellos juzgan la cosa desde lo que quieren que sea tu vida, no desde lo que es. Esto, irremediablemente, deforma la apreciación exacta, justa. Están haciéndote prematuramente huérfana, en plena adolescencia. Te arrebatan del círculo de tus afectos, de esas cosas pequeñas que nos ayudan a romper la soledad y a vivir en el mundo como en un sitio en donde ejercitar —ejercer— nuestro amor. Y ellos te convierten el mundo en una prisión, en un sitio áspero. Se privan de ti, pero te privan a ti de ellos. No es un sacrificio tan sólo de su parte, sino de la tuya. Y luego legislan en tu conciencia y en tu porvenir. Con todos tus tíos y tías. A nombre de una hipotética vida, de un futuro remoto, te arrebatan del presente. Ni, en primer lugar, el presente es antagónico del futuro, ni, segundo, se justifica nunca el sacrificio del ser, de tu conciencia actual, por una que todavía no existe y que quizá nunca existirá. Pero ellos obran de acuerdo con sus deseos, con sus sueños, no con tus sueños. No quiero que todo esto lo digas en un tono personal, sino impersonal, crítico. Tú, como siempre, debes obedecerlos. Pero que sepan que hay razones igualmente fuertes que defienden la conveniencia de no ser internada. Razona el carácter general, que ya te expliqué y que tú sabes, y de carácter concreto. Probablemente esto les lleve la convicción de que es su pasión, su razón, la que los mueve, y no la razón. Después, tú debes irte al internado, pero no ciegamente, sino con toda conciencia. Que ellos también se den cuenta de esto. De tu conciencia y de tu cariño por ellos. Todo esto ennoblece y da valor a la vida. No debemos obrar maquinalmente, sino con la conciencia de nuestra pequeñez. Hay, en último término, que aceptarlos como son, pero no abdicando de nosotros, sino entregándonos. La libertad, tú dijiste un día, sólo sirve para perderla, para entregarla. Que vean que es una aceptación libre y no con aniquilamiento de tu conciencia. Tú, anoche, me prestaste valor. Ahora deseo que tú lo tengas para asumir la libertad de tu vida, que entregas a tu familia. Dile a tu papá esto, y también que yo lo quiero a pesar de todo. La sonrisa de tu mamá, ayer, me conmovió. A pesar de esto hay una subterránea comunicación, una oculta simpatía, que nos recorre. ¿No es así? Tu actitud de anoche me ha confortado: hay que hacer de esto una cosa sobria, humana. Nada de desesperación, siempre de serenidad. Esto también nos ennoblece, nos perfecciona.

……..Un día te dije que te había sentido como un desgarramiento.[1] Ahora, cada vez que pienso en la ausencia, te siento de una manera terrible. Los sentimientos son complejos, nunca somos hombres de una sola pasión, sino que todo nos afecta muy complicada y sutilmente. Hubo un momento en que sentí la sensación de la partida sin regreso, la casi física desesperación que hace que sintamos dolor hasta en los huesos. Un helado estremecerse, una especie de convulsa sacudida. Como cuando se muere alguien. Un viaje, una partida, siempre suponen un regreso, una posibilidad de reencuentro. En ese momento no. Te arrancaban, no te ibas, de mi sangre. Volvía, otra vez, a sentirme huérfano en la tierra dura. Una especie de frialdad, de clima de desamparo, me cercaba; había una cierta esterilidad hasta en mi propio dolor, porque parecía que lloraba a una muerta. Era un dolor desesperado, sin esperanzas. En ese momento había una sequedad en el aire, en el mundo. Y mi ternura, mi amor, eran aislados e inútiles, sin donde verterse. Así estuve ante el balcón de tu casa. Después tú saliste. Yo estaba enfrente. La vida cambió. Mi amor, mi cariño tenían un objeto. Todo eso lo pienso ahora. Ayer solamente, como sonámbulo, lo sentía. Recobrarte, verte. No te había perdido, no habías muerto. No era lo definitivo, sino que tenía que luchar, luchar por verte, y luchar por ser más bueno —menos malo—  para hacerme digno de tí. Mi amor tuvo una ocupación, un objeto. (Como ves, esto comprueba lo de la mañana: los objetos son resultado de nuestra pasión, y no al contrario. No amamos a las gentes por su valor, sino que valen por nuestro amor. Por eso valgo algo yo.) Ahora todo yo soy una lucha. Estoy avergonzado de mí, de mi pequeñez. Pero es que el dolor de perderte me recobró recordó otra pérdida y el mundo me pareció desolado, y yo enmedio de él, como maldito, solo para siempre.[2] Una sensación de crueldad, de desamparo. Pero ha desaparecido la debilidad. Ni la situación de abandono, ni la de combate absurdo, sino la de amor. Si nuestro amor ha de florecer, que sirva para amar a todos los demás y que ellos se amen. Son ya cerca de las diez. Voy a llamar a un mozo, para que envíe la carta.[3] De otra manera la recibirás hasta mañana, el día de tu partida. A veces me conformo, urdo planes para verte, pero en este instante, al pensar en el martes, me entristezco, me desespero. No pienso en mí, sino en tí, en tu internado. Te mandaré flores y libros de versos. ¿Quieres? Por lo menos consigue eso de la escuela: que te permitan tan poco. Qué lejos quedan todas nuestras disputas, nuestra presuntuosa voluntad y razón que querían persuadirse —racionalmente— del carácter de nuestro afecto. Es triste ahora, así, nada más. Sufro y gozo con mi amor. Sufro por tu partida, porque tú eres todo para mí. Ahora no me importa de qué manera me quieres, ni sé cómo te quiero, si fatal o libremente. Si te escogí yo, o ya estaba determinado que tú fueras mi amor. Eres eso, una sangre en la mía, algo extraño que ya no lo es. Un pulso que late junto al mío. Tengo tus guantes. Siempre los traigo conmigo, en la bolsa del pecho, con tu retrato y mi cartera. Son una huella de ti, símbolo de que volverás, no de que te fuiste. Guardamos un recuerdo para hacer más viva una ausencia y hacer más visible la convicción de lo irremediable. Tus guantes no son un recuerdo, sino una esperanza. Los Parques Abandonados, verdaderamente abandonados. Pero hay que pensar en los Los Parques Retornados, a los que volveremos. A los Parques de tu amor, al irreal de tu ternura. Parque Aéreo. No leeré los Parques Abandonados. Yo haré, tú harás, unos nuevos, llameantes y eternos. No te olvidaré. No me olvides. Haz lo que digo al principio, no para evitar la internación, sino para darle su entero valor. Te amo, con esperanzas de amarte, con la seguridad de ello, eternamente. Que nuestro amor esté más allá de todo. Alegre y eterno. Sonríe y déjame acariciar tu pelo.

………………..Tuyo

……………………Octavio

 

NOTAS

[1] El verbo desgarrar aparece media docena de veces en los poemas juveniles, como en el VII de Raíz del hombre (13:62), que inicia:

Tendida y desgarrada,
a la derecha de mis venas, muda…

[2] Pensará en su abuelo, más que en su padre. En Poeta con paisaje (pp. 74 y ss) ya he comentado este tema reiterado en Paz: sentirse perdido, solo, enmedio, triada que se reitera en la poesía y en algunos escritos autobiográficos, como en “Entrada retrospectiva” a El peregrino en su patria (8:17). La idea de que ser abandonado equivale a estar maldito también es reiterativa.

[3] Está en el Archivo, por la mañana.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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