8. A Elena Garro, 28 de julio de 1935

Octavio Paz

 

Se comenta en Los idilios salvajes, p. 157. Es la primera de las cartas en las que se discute el internamiento de Helena. (G.S.)


 

Querida Helena:

……..Yo mismo no sé cómo te puedo escribir; más que nada lo hago para comunicarme contigo y para aclararme las cosas. Cuando se escribe se ordenan un poco los sentimientos, se hacen como más organizados; se deja de vivir en ese mundo de zozobra —de alegría y de dolor, de confianza y de recelo, de los más contradictorios sentimientos. Yo mismo soy ahora el que ordena y el que siente: el actor y el espectador de mi vida. Esto es terrible —cada carta, cada pensamiento sobre nuestros sentimientos lo es— porque no vamos nosotros mismos, lo mejor o lo más amado, en ese examen. Examen de conciencia en cada carta; estoy seguro que después de cada entrevista tú te examinas, regresas a tu soledad. Pero cuando escribimos nuestra razón nos pone en contacto otra vez, como antes nuestras manos o nuestros labios, o simplemente tu eléctrica y al mismo tiempo tranquila presencia. Es que todo es un simple medio de nuestra ternura, que a veces se expresa en congoja por la suerte de nuestro amor, otras goza con la presencia de tus manos o de tu sonrisa. Ahorita me inquieté por tus guantes: no pienso devolvértelos, no hasta que regreses de la escuela. No quiero quejarme porque te vas. Sería egoísmo después de tus palabras confortantes. Desgraciadamente no me voy a enfermar por la lluvia de hoy, pero quisiera que me pasara algo por ti, porque hasta la enfermedad sería buena si viene por tu causa.[1] Fíjate que ya acepto tu ausencia. Realmente soy un niño y tú logras de mí cuanto quieres, pero yo no me arrepiento de eso, como tú. Claro que es distinto porque quizá no tengo nada valioso que perder. Y si lo tengo, no me lo parece más que a tu contacto. Tú me iluminas y me engrandeces la vida y estoy alegre y orgulloso de amarte y de que tú me quieras. Porque me quieres un poco. Eso me urge que me lo digas: que me quieres.

……..Me has dado valor. Me has salvado. En la mañana, antes de verte, estaba en una situación de ánimo muy extraña. Después de haber sufrido toda la tarde y la noche, después de haber ideado planes y más planes, y hasta de haber preparado todo un sermón, una conferencia casi, en la que no hablaría de mí; de pronto me encontré dispuesto a no decirte nada. Quise que tú hablaras. Pasaron las horas —las más dichosas de mi vida— (siempre que te veo digo que son las más dichosas, las últimas, antes de acordarme de las otras). Pasaron las horas, digo, y yo veía que no te decía nada, que no hacía nada de lo pensado. Me daba dolor empañar esas horas con reflexiones, con lágrimas. No quería convencerte ni conmoverte, sino ser feliz y hacerte [feliz], abandonados de todo futuro. Una mañana muy hermosa, que quería gozar. Entregarme a esa especie de embriaguez, de olvido, entre los árboles, aquellos niños serafines, tú, enmedio del aire, un aire que te besaba, que reposaba en tus nobles hombros, y todos los sentidos iluminados, alegres, danzando la vida, la luz. Y proyectos, una ternura crecida en la alegría serena del sol y del valle. Valle de México.[2] No lo olvidaré nunca, ni tú tampoco. Pero todo estremecido por una subconciencia angustiada, vigilante de las horas, de los minutos. Yo confiaba en hacerte desistir de todo, pero no era una confianza segura, sino un pretexto para ser un minuto feliz y olvidado. Olvidado de mi deseo de retenerte. Nunca pensé en ese momento que realmente te fueras. Yo no quería retenerte, sino tenerte. Estar contigo, nada más. Y estaba seguro de que te vería esa misma tarde o mañana. Fui a comer luego. Después, lo de la tarde. Estuve muy débil, te entristecí. Esto me causa cólera. No tengo derecho a hacerte triste un segundo de tu vida. Debía ser alegre y confiado siempre. Una alegría desesperada y exasperada. Pero te sentí fugada de mí. Arrancada, mejor dicho. Una voluntad te separaba de mí; a tí que ya eres un pedazo de mi vida, inseparable, indestructible. Porque te siento ligada siempre, y eres mi dueña. Te siento mía. No te debes ir. Debes hacer una tentativa de conciliación, de humanización. Ellos no tienen razón, pero aunque la tuvieran, debían arrepentirse, porque es horrible tener razón de esta manera. Además tú vas a sufrir en ese feo internado, seguramente rígido, seco, con unas frías monjas (peor que la más “recta” de tus tías), llenas de rezos y envidia triste de una juventud que ellas no han conocido. Eso es lo peor: las monjas esas.

……..Tengo muy mala letra. No puedo escribirte. Todo es falso, no puedo estar tranquilo. Sólo una vez he sentido tanto dolor. Son los Parques Abandonados.[3] Los Fuegos Olvidados. La sequedad irreversible de la vida sin ti. Mañana, en el Archivo[4], te escribiré más. Ahora no puedo. Es mejor no hacerlo. No quiero que te vayas, pero si tú quieres irte, hazlo. Hoy besaré tus guantes. Tus cartas. No tengo miedo de perderte, sino tristeza de dejarte. Te digo que no soy débil, ni que me siento hundido. Simplemente triste, no quiero pensar en el internado, porque soy capaz de ir a sacarte. Me aconsejas prudencia. Sólo tú puedes dármela, tú que me serenas y me calmas. Te amo, te adoro, no te olvidaré nunca,

……………….. Octavio

(Esta carta la voy a poner a las 8. Mañana intentaré escribirte con calma. Además te hablaré por teléfono. Es el último día.[5] Ámame.)

 

NOTAS

[1] Este “deseo”, como se verá, habrá de cumplirse

[2] En su última aparición en público, en diciembre de 1997, su discurso al crear la fundación que llevaba su nombre, improvisó: “Valle de México: esa palabra [sic] iluminó mi infancia, mi madurez, mi vejez”.

[3] Ese libro de sonetos de Julio Herrera y Reissig, Los parques abandonados (1902) era el libro tutelar de la pareja. Abundan en él, los amantes que tejen y entretejen cuitas y deleites en ocasiones relativamente risqués (“gemí en tu casta desnudez rituales/ artísticos de eróticos fervores”, dice, por ejemplo, en “Luna de miel”). Hay encuentros, distanciamientos, silencios y reconciliaciones en abundancia, narrados en versos a veces espectaculares, como en “La última carta”: “En la quietud de un síncope furtivo,/ desangróse la tarde en la vertiente,/ cual si la hiriera repentinamente/ un aneurisma determinativo”.

[4] El Archivo General de la Nación, donde Paz tenía un cargo de escribiente.

[5] Es decir, el anterior a su internamiento.

Autores

  • Paz, Octavio

Tipología

  • Carta

Lustros

  • 1935-1939
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